CAPÍTULO IV
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Se deshace de la carga y baja al agujero. Comprueba que tiene las características de una gruta de tamaño suficiente como para guardar los materiales y trabajar con comodidad relativa. Vuelve afuera. Toma los pedazos de caña brava y los deja caer en el interior del hueco.
Cándido, a partir de ese anochecer, vive por espacio de dos meses dedicado a burlar la vigilancia de los higienistas mentales. Recolecta, siempre que tiene oportunidad, en la basura, los materiales necesarios para confeccionar el coronel, junto a otros elementos requeridos para el vuelo.
Una de las etapas más difíciles del propósito le resulta alejarse de la ruta pautada en la cartilla de hábitos, trabajo y horarios. Pero, así y todo, se las ingenia para, dos veces por semana, demorar el regreso al hogar, ir a la mina, transportar materiales nuevos y adelantar la fabricación del coronel.
Al fin concluye la obra y, en un anochecer de tormenta, protegido por un maltratado nailon negro, traslada el coronel hasta el marabuzal aledaño a la frontera fluvial. Allí, se adentra unos metros en la madeja de plantas espinosas. Con una hoja de cuchillo partida, carente de empuñadura, desbroza, lo mejor que puede, un área acorde con las dimensiones del coronel. Después, alrededor, cava algunas pulgadas de profundidad, suficientes como para enmarcarlo. Se cerciora de que el coronel está bien cubierto por el nailon. Lo coloca en la abertura y lo tapa con la tierra proveniente de la excavación. Aplana el sitio y, al descuido, derrama hojas y ramas pequeñas hasta que la simulación no es visible.
Con las mismas precauciones con las que llegó, se retira. La tormenta no amaina. Ráfagas de viento lanzan chorros de agua contra su cuerpo. Las manos le sangran. Se ha herido los dedos con el acero sin mango. Sin embargo, no siente dolor y sí un sentimiento parecido a la felicidad. Un relámpago dibuja la silueta encorvada.
“¡Volar es lo único que me falta!”, piensa con una sacudida de frío y regocijo. El aguacero se intensifica.
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La tarde ha vencido al mediodía. Bartolo vuelve a comprobar la exactitud en las medidas de los frenillos. Una expresión satisfecha le cruza el rostro.
Los construyó semejantes a los que su padre hizo para él y Dimas. Los mismos colores, pero invertidos en uno y otro; aunque los flecos, con combinación de arcoíris, son iguales. Las colas, como aquella vez, tampoco llevan cuchillitas.
Por la parte inferior, toma uno en cada mano y se coloca frente a la ventana. Levanta los papalotes y, a trasluz, contempla el sol de la tarde que sobre su rostro estampa y mezcla las tonalidades y tintes del papel vejiga.
Refresca el recuerdo de María Eulalia y la idea reciente se repite en su mente.
“Si fabricara un papalote inmenso, un coronel, como el que se especula, y posiblemente, hizo mi padre, yo mismo podría llevarle… Eres… Tal vez decírselo a gritos, desde las alturas”. “Hacerlo aquí es imposible”, razona. “Pero mandarlo en el papalote; elevarlo frente a las mismas narices del Higienista Mental, no es fácil pero tampoco imposible…”
Y en aquel momento, mirando el fulgor de la tarde que guarda reminiscencias de María Eulalia, Bartolo recuerda las circunstancias sentimentales que rodearon el… Eres… que ansía enviarle.
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Antes de la fuga la vio. Claro que volvió a verla. Poco antes de la partida, ella, según lo acordado, le había hecho llegar un mensaje de despedida. Cuando Bartolo leyó la nota, por un instante pensó que por motivos de seguridad, sobre todo para él, era mejor que la despedida fuese así, lejana. Pero una mezcla de amor lacerado e impotencia, frente a lo que otros decidían por ellos, hizo que, olvidando las precauciones, le respondiera, por la misma vía, que esa tarde, casi al anochecer, la encontraría en el lugar de siempre: La Loma del Carmen.








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