CAPÍTULO IV
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Pasaron días y semanas en las que Cándido, mientras empujaba la carretilla higiénica y limpiaba las calles de excrementos y micciones equinas, se concentraba mentalmente en dar con una solución que le permitiera acometer el plan: “¿Cómo, dónde y cuándo?”.
Las respuestas comenzaron a llegar un atardecer en que, más demorado que de costumbre —ya casi anochecía—, arribó al Centro Popular de Recolección de Abonos para depositar el resultado fétido de un largo día de labor.
Mientras descargaba la carretilla y el aserrín mojado, sus cansados ojos se detuvieron sobre varios pedazos de caña brava que coronaban un montón de basura.
“La caña brava es resistente, mucho más gruesa que el güin y pesa poco, porque es hueca —razona—. Tengo que esconder los trozos antes de que separen los desperdicios y se los lleven para la planta de procesamiento”.
El miedo se apodera de su mirada y el rostro se le demuda. Con cautela mira alrededor y comprueba que el higienista mental responsable del basurero ya se ha marchado. Solamente dos recolectores, rezagados como él, depositan su carga disímil.
Finge que trabaja y se demora. Cuando se cerciora de que ha quedado solo, con el corazón desbocado, se aproxima a las cañas bravas. Las contempla y evalúa que son suficientes para fabricar la armazón del coronel.
Conoce a la perfección el sitio en que está el Centro Popular de Recolección de Abonos. Sabe que a la izquierda, no muy distante, alejándose del pueblo, queda la cantera agotada de piedra caliza. “Allí puedo esconderlas”.
Sin embargo, adivina que, si es sorprendido en otra actividad que no sea la que le han asignado los higienistas mentales, será sometido a un segundo curso de afirmación mental del cual nadie, hasta el presente, ha regresado.
Toma los pedazos de caña brava y los acomoda sobre el hombro derecho. Con cautela, confiando en la soledad y oscuridad que crece, se encamina a la cantera abandonada. Sopla un viento fresco, pero Cándido suda a chorros.
No necesita ver para seguir el sendero. De niño, junto a otros chiquillos, acostumbraba a empinar papalotes en las inmediaciones de la cantera. El propietario Héctor Feijó, bebedor de un licor llamado “jua, jua” y al que todos identificaban por el sobrenombre de Cucurucho, fue un hombre afable y amante de volar papalotes. Pasatiempo que disfrutaba, junto a los muchachos del pueblo, siempre que tuviese tiempo.
La llegada a la alcaldía de Celso Trafid Zur y sus primeros intentos para aplicar la teoría de Polución Mental coincidieron con el agotamiento de la cantera y la temprana desaparición de Cucurucho.
Algunos dijeron que fue uno de los primeros internados, por dos veces consecutivas, en el Centro de Higiene Mental. Otros afirmaban que resultó ser el primer lugareño que cruzó la frontera fluvial. Pero con la implantación de la unanimidad de criterios, que propugnaba Celso Trafid Zur, las especulaciones verbales quedaron borradas del pensamiento colectivo y constreñidas al rincón más discreto de la mente individual. Aquel que desaparecía del pueblo dejaba de existir; nunca vivió entre los que quedaban.
Cándido se acerca a la elevación maltrecha que fue cantera. La tierra ha dejado de ser suave para convertirse en dura y de color blanquecino. Polvo y residuos de piedra caliza, acumulados por décadas de explotación, hacen que el suelo tenga la aridez de una sabana esteparia. Agrupaciones herbáceas, discontinuas y raquíticas, se empecinan en subsistir.
Inclina el cuerpo, sortea los inconvenientes del terreno y asciende por lo que resta de una vertiente accidentada. Explora los agujeros dispersos hasta topar con una oquedad profunda. A simple vista, disimulada por un capricho de la topografía.








0 comentarios