CAPÍTULO IV
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Al día siguiente, los tres forasteros, amantes del aire, partieron del pueblo y pronto el olvido se hizo en la memoria de la mayoría. No obstante, Cándido, deslumbrado por las dimensiones del coronel y el relato de lo que los pilotos pretendían realizar a bordo del aeroplano “Cuatro Vientos”, por mucho tiempo, buscando noticias, persiguió las revistas y periódicos escasos que del otro lado de la frontera fluvial, y con atraso de semanas o meses, de vez en cuando, llegaban a la desvencijada biblioteca pública, en la que el viejo Nicolás convivía con papeles mohosos de tiempo y polillas ahítas.
Y al fin dio con la información. La encontró en una manoseada revista Bohemia, acabada de llegar y fechada tiempo atrás. En el año 33.
Allí, frente a sus ojos, estaba un artículo periodístico, ilustrado con las fotografías de los tres pilotos, sonriendo al momento de la partida, cuando se disponían a tomar los controles del “Cuatro Vientos”.
El escrito brindaba datos biográficos y profesionales de los aviadores y la hazaña que se proponían realizar. Cándido, prosiguiendo la lectura, supo que la última vez que se avistó el aeroplano fue ya en tierras del reino del papalotl, sobre un asentamiento humano llamado Villahermosa. Luego, sin dejar rastros, desaparecieron hombres y máquina.
Cándido se afana. Se afana en proseguir la marcha y proteger con su cuerpo la armazón del coronel. La noche es fresca pero el sudor le empapa la piel y se confunde con los hilillos de sangre que, a cada nuevo pinchazo, fluyen.
Está convencido, nunca ha dejado de estarlo, de que Matías Pérez, Mariano Barberán, Joaquín Collar y Modesto Madariaga no desaparecieron o murieron. Simplemente están y permanecen en el sitio al que quisieron llegar. Lo intuye porque morir es despojo y olvido. Es respirar y que nadie sepa de ti. Es aceptar el temor impuesto. Es vivir cuidando el pellejo propio y cubrirse con el ajeno… es no querer volar.
Persuadido está de que Amelia no murió; ella voló. Voló porque, a su manera, lo dijo la curandera Delia Hernández Roque: “Su luz irá hacia otro lado”. Y la luz es liviana como el aire. Se eleva y vuela; se empina como un papalote.
Cándido sabe eso y muchas cosas más. Una voz interior le asegura que es de valientes ir al encuentro de la idea. La materia viene después. Primero hay que enrumbarse.
Piensa en Bartolo y no siente remordimientos por el planeado abandono. Se dice que no elude responsabilidades. Busca el retorno de la armonía y la verdad y eso solamente lo puede hallar yendo a las alturas. Allá, donde sopla el viento, vuelan los ángeles y de seguro encontrará a los aeronautas, a los pilotos del “Cuatro Vientos” y a su querida Amelia.
Lo hará por el aire; cruzará la frontera fluvial y llegará a ellos. Más tarde, regresará con Amelia y todo se repetirá igual o parecido, pero con sentimientos renovados.
Levanta la vista. Una luna a ratos verde, manchada de follaje, lo observa con inminencia de amanecer.
“Tengo que apurarme. Debo llegar a la sabana antes de que aclare y las patrullas de higienistas mentales comiencen a recorrer la frontera fluvial”.
Apresura el paso, pero el temor a que una rama o espina de marabú rasgue la cubierta del coronel lo hace retomar la cautela anterior.
“Si la tela del coronel se rompe no hay vuelo posible”, reflexiona. Respira profundo y trata de vencer la ansiedad.
Construir el coronel no le fue nada fácil. Cuando la idea tomó cuerpo en su mente se enfrentó a las limitaciones de trabajo, movimiento y control de suministros, incluyendo güin, papel vejiga y otros materiales, que imponían los salvaguardas mentales. También sabía que la fabricación de un coronel no se podía realizar con los mismos elementos que requiere un papalote. Un coronel es grande, pesado; luchador y acaparador de vientos.








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