ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

7 de octubre de 2026

CAPÍTULO IV

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Es noche abrileña de luna llena. Una brisa fría baja del cerro Capiro. Cándido, para disimular su aproximación a la sabana, colindante con la frontera fluvial, se afana en cruzar un bosque tupido de plantas arbóreas de marabú o aromo de más de quince metros de alto. A trechos, un rayo de luna traspasa el follaje uniforme y baña partes de su cuerpo, ropa desgarrada y salpicada de sangre por las heridas que las espinas duras y enhiestas del marabú le infligen.

La respiración fatigosa se mezcla con el sudor y la sangre que mana de las magulladuras. De vez en cuando, para proteger la estructura del coronel, se encorva o repta. La bobina de mecate grueso, confeccionada por él mismo a partir de trozos de sogas y tiras trenzadas de yaguas, obtenidas de las palmas reales, así como el rabo, largo y enrollado, hecho con retazos de telas viejas, le dificulta el paso.

Así y todo avanza; avanza porque antes de acometer el cruce se dedicó por más de un mes, de forma disimulada, en horas nocturnas, a golpe de machete, a crear un angosto túnel o trocha que le permitiera, con algunas posibilidades de éxito, atravesar la enrevesada y agresiva madeja de ramas, hojas, troncos y espinas del marabuzal.

A Cándido, desde joven, le rondaba la idea de construir y volar un coronel. Primero, en los libros del notario don Pascual Armenteros, conoció de las aventuras aerostáticas del señor Verdalles y del toldero Matías Pérez. Tiempo después, formó parte de la muchedumbre que se congregó, un día de abril, en el Plan de Cardoso para contemplar la elevación de un coronel. Nunca antes en el pueblo se había visto papalote tan grande. Casi tenía la altura de un hombre. La pita era de metros y más metros de soga gruesa y la cola extendida sobre la tierra se perdía de vista.

Los forasteros, que al hablar hacían volar las letras c y z por todo el hemisferio de las s, se identificaron con los nombres de Mariano Barberán, Joaquín Collar y Modesto Madariaga. Los dos primeros declararon, con orgullo, ser los pilotos del aeroplano “Cuatro Vientos” y el tercero, mecánico de la nave. Dijeron que venían de un sitio lejano, allende el río, a la suma de muchos ríos, que señalaron con el calificativo de “Costa de los conejos”. Explicaron que con el aeroplano querían llegar al reino del papalotl, última etapa del viaje, pero que antes de remontar vuelo debían conocer, por medio de la elevación del coronel, el secreto de los vientos del Caribe. A una pregunta aseguraron que el pueblo y su frontera fluvial eran el sitio idóneo para obtener los datos meteorológicos requeridos.

En el pueblo, la mayoría de los habitantes desconocían lo que era un aeroplano y para qué servía. Jamás ninguno cruzó el cielo y ni tan siquiera de lejos se escuchó el ruido de su maquinaria. Cándido, entre los menos, sí sabía lo que era un aeroplano. Había leído sobre ellos y visto alguna que otra ilustración en los libros de Leví Marrero.

Tardíamente, un anciano se adelanta e inquiere.

—¿Qué cosa es un aeroplano?

—Una máquina voladora.

—¿Es como un papalote…? —interviene una mujer. 

—No exactamente.

Entonces las preguntas se agolpan en gritería unánime.

Barberán, Collar y Madariaga, luego de unos minutos de confusión, logran acallar al gentío. En voz alta y alternándose explican lo que es un aeroplano y cómo se logra que vuele.

—¿Dónde está? ¿Cuándo lo veremos volar? ¿Por qué no lo trajeron…? —las interrogantes crecen.

Los pilotos, con lo ya dicho y nuevas explicaciones, manifiestan que, buscando la cercanía territorial con el reino del papalotl, habían decidido que el aeroplano remontaría vuelo desde la villa de San Cristóbal de La Habana, junto al río Casiguaguas, localizada en un paraje lejano, al norte y occidente del pueblo.

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