CAPÍTULO III
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Bartolo, paralelo al desusado comportamiento y alarmado, observa que el padre adelgaza de día en día y cómo en sus ojos se aposenta una mirada maníaca y ardiente. Una mañana en que ambos se disponen a partir rumbo a sus ocupaciones respectivas, Bartolo interpela a Cándido.
—Estás extraño, muy extraño… ¿Qué te sucede?
Cándido no responde de inmediato. Le dedica una mirada cansada, llena de amor paternal.
—Como tú construyes y empinas papalotes para comunicarte con María Eulalia, yo también quiero llegar hasta Amelia y para eso necesito elevarme mucho. Mucho y bien alto —al fin, de mala gana, responde.
—¿No te entiendo?
—Es mejor que no comprendas. No quiero, por tu bien futuro, que te involucres.
—¿Qué haces o piensas hacer? —Bartolo lo apremia.
—Acabo de manifestar que te quiero lejos de lo que pienso o hago —lentamente recalca. —Pero algo te diré —dice reflexivo—, y que quede claro —advierte—: no más preguntas. ¿De acuerdo?
—De acuerdo —Bartolo asiente.
—El fallecido notario don Pascual Armenteros, como sabes, me prestaba libros y en uno de ellos leí sobre la vida del toldero Matías Pérez y el menos conocido señor Verdalles. Cuando eras pequeño, y ya no tan pequeño, me pedías con frecuencia, en las noches, que te contara la historia de ambos.
—¡Me acuerdo! Las leyendas del señor Verdalles y la de Matías Pérez.
—No es leyenda. Verdalles y Matías Pérez existieron. Vivieron aquí, en el pueblo, mucho antes que todos nosotros naciéramos. Ambos fabricaron globos aerostáticos. Matías Pérez fue el que más se destacó. Él construyó el más grande y el mejor. Un globo con barquilla, estilo camarote, al que bautizó con el nombre de Villa de París. Y un buen día, desde el desaparecido Campo de Marte, no lejos del sitio al que hoy Celso Trafid Zur, falsamente, llama Plaza del Cambio, Matías Pérez, ante la mirada unánime de los vecinos, montó en la barquilla; soltó el lastre y se elevó rumbo a la frontera fluvial.
—Y desapareció para siempre —Bartolo se adelanta.
—Nunca he creído en esa teoría.
—Pero no volvió.
—Llegó a donde quería llegar, aunque en el presente no encuentre el retorno. Sin embargo, todos, de una u otra forma, siempre volvemos al inicio cuando este queda inconcluso.







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