ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

8 de septiembre de 2026

CAPÍTULO III

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Después de «La cremación purificadora», término con el que los higienistas mentales, más allegados al Salvaguarda Mental, calificaron la quema mencionada, se instauró con carácter permanente la enseñanza oral obligatoria para todos los pobladores, quienes diariamente, por espacio de una hora diurna y otra nocturna, debían asistir a reuniones populares en las que activistas, autorizados por el centro de Higiene Mental, los ponían al corriente del acontecer ciudadano y se analizaban las más recientes reflexiones de Celso Trafid Zur.

Paralelo a la prédica oral, la moneda fue abolida, las matemáticas simplificadas y la adquisición de bienes e intercambios comerciales regulada por trabajadores sociales de convicciones absolutas.

Asimismo, la correspondencia quedó limitada a recaderos que tomaban el aviso verbalmente, para de forma similar y pública comunicarlo al destinatario. Luego de ser recibido, el emisario se plantaba en medio de la calle y gritaba el mensaje que bien podría ser: «Su hija le hace saber que ya es abuela». El secreto dejó de existir y guardar alguno llegó a considerarse como una falta de confianza hacia el Salvaguarda Mental y su entorno de ayudantes.

***

Bartolo recuerda que fue en abril; abril del año cuarenta y nueve. Ella se pega a su cuerpo con premura de adiós. El beso late en ambos labios y él discurre que el sol palidece.

Despacio, con temblor interior de premonición y con ansias de perpetuar el momento, tomándola por los brazos, la separa y la contempla con ojos de amor inconcluso.

—Te vas… ¿Verdad…? —El tono de su voz le suena ajeno.

María Eulalia enrojece y baja la vista.

—Entonces, es cierto —afirma y el vibrar interno se convierte en agobio.

—Papá no ha cambiado de idea. Ya lo decidió —dice y rehúye mirarlo.

—Quédate conmigo.

—Siempre estoy contigo —responde y esta vez lo devora con las pupilas grises.

—¡Quédate! —insiste.

—Ven con nosotros.

Ahora es Bartolo quien desvía la mirada.

—Mamá está frágil. Alguna enfermedad la ronda. Soy hijo único y esa circunstancia me limita.

—No me pidas que haga lo que tú no harías —le reprocha.

—El estado de mi madre no lo es todo. 

—¿Qué más hay?

—La tierra. No abandonarla, tener y defender, si es necesario, la tierra propia es importante. Los trasplantes no siempre son exitosos. Además, si accedes al despojo, las cosas nunca volverán a ser lo que fueron. Te conviertes en forastero, aun si algún día regresas.

—¿Y qué pasa con aquellos que, desde que el mundo es mundo, voluntariamente han emigrado?

—Es diferente, van a conquistar o crear. Nadie los ha despojado, aunque en el empeño devasten a otros.

—Las palabras, en ocasiones, suenan bien —apunta María Eulalia—, pero no pasan de ser palabras. Nuestra situación, como sucede con la mayoría de los seres humanos, es de sentimientos y realidades. Sentimientos porque te amo; nos amamos. Realidades, porque un estúpido como Celso Trafid Zur se ha metido entre los dos para obligarnos a decidir, cerrando el camino de las alternativas.

—A veces es necesario crear alternativas propias.

—¿A qué precio?

—Todo tiene un precio —evade una respuesta directa.

—No quiero sufrir, ser maltratada, humillada y hasta destruida. Te amo —repite—, pero forzar una situación, aunque sea real y esté cargada de amor, termina devorando las emociones legítimas y pariendo resentimiento. El resentimiento es cercano a la muerte oscura.

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