CAPÍTULO III
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
El Higienista Mental se despide con un ademán vago y Bartolo contempla la espalda que se aleja, hasta que desaparece en un ángulo de sol, troncos, ramas y hojarasca.
«Acepto», murmura mentalmente y una punzada escalofriante le azota el cuerpo. Porque, de cierta manera, piensa que —y el estómago se contorsiona— volver a empinar papalotes es comunicarse con María Eulalia, es encontrarla en el espacio abierto, es localizarla en el aire de las alturas, es mirarla en el azul y retornar al sudor de su nuca delgada, es sentirla en la pita que tironea, es pedirle que regrese a este lado del río, es decirle lo de siempre, lo que tantas dificultades le ha ocasionado con los higienistas mentales, es gritar… Eres…
A golpes de voluntad controla el desbocamiento de sentimientos e ideas. Adivina que detrás de la propuesta de volar papalotes se agazapa la intención, entre otras, de conocer detalles íntimos de su relación con María Eulalia, así como llegar al meollo de la desaparición de Cándido y posibles implicaciones de índole contaminante.
Con pasos lentos, regresa al edificio principal. El calor de la mañana trepa al espacio y se coagula en cúmulos. “Esta tarde lloverá y estaré solo. Solo en este edificio”.
El sol se obstina en brillar.
***
Tras ser elegido alcalde, no transcurrió mucho tiempo sin que Celso Trafid Zur adoptase oficialmente el nombre de Salvaguarda Mental y acometiera una serie de cambios políticos, administrativos e ideológicos que transformaron el estilo de comportarse, pensar, relacionarse y producir de los habitantes del pueblo. Más avanzado su mandato y convencido de que el manual de Polución Mental requería de un añadido enriquecedor, comenzó a propalar las “Reflexiones del Salvaguarda Mental”, que a medida que iban brotando eran dadas a conocer, calle por calle, barrio por barrio y parque por parque, por pregoneros oficiales, que de memoria y en voz alta recitaban el texto que los lugareños nunca verían escrito.
Aquellas primeras reflexiones propiciaron un movimiento, entre los seguidores de Celso Trafid Zur, que clamaba por una total revisión de las comunicaciones y la enseñanza escolar. Según ellos, transmitir oralmente las prédicas del Salvaguarda Mental, con anterioridad, había arrojado un saldo favorable, que fue demostrado por el creciente número de adeptos que los estudiosos y voceadores de Polución Mental obtuvieron entre los pobladores, sin necesidad de recurrir al internamiento en el Centro de Higiene Mental para impartirles tratamientos costosos de descontaminación.
Estos argumentos, sumados a la idea de que una buena educación oral y visual era todo lo que los ciudadanos necesitaban para constituirse en una comunidad próspera y feliz, paulatinamente fueron impuestos por obra de la transmutación de la mentira en verdad colectiva e irrevocable.
Una comisión integrada por los mejores intérpretes del pensamiento de Celso Trafid Zur fue creada con miras a revisar el sistema de enseñanza y comunicación vigente.
A partir de las recomendaciones rendidas por el grupo, la escuela local y la oficina de correos fueron clausuradas. Asimismo, se procedió a requisar, en algunos hogares, radios receptores aparentemente inservibles, que databan de la época de la “Guerrita de la Chambelona”, cuando aún al poblado llegaban emisiones radiales esporádicas, originadas del otro lado de la frontera fluvial.
También, apelando al civismo comunitario, se fijó un día de luna llena del mes de abril para que, en horas nocturnas, todos los ciudadanos, portando lo que en sus viviendas restaba de lápices, plumas, papeles, libros impresos o cualquier otro medio de expresión que no fuese verbal, concurrieran al Plan de Cardoso, en cuyo centro se levantó una enorme pira en la que se incineraron toneladas de palabras escritas junto a la posibilidad de escribirlas.
Hasta el presente, en voz de algunas bocas desdentadas de lenguas torpes y labios resumidos, llega la historia de que aquella noche el ambiente se estremeció con los cantos y loas dedicados a enaltecer al Salvaguarda Mental, en tanto las llamas horadaban la oscuridad y desprendían pavesas inflamadas que, agotadas en su fulgor efímero, descendían en copos ingrávidos de la eterna, real e ineludible ceniza.







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