ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

18 de agosto de 2026

CAPÍTULO III

—¿A qué planes te refieres?

—Papá dice que la eliminación, cría y peleas de gallos le acortan la vida. Él quiere morir peleando gallos. Él quiere que crucemos la frontera fluvial. Quiere que sus hijos sean como quieran ser. Eso dice.

—¿Has pensado en nosotros…?

—¿Tú y yo…?

—Sí, nosotros.

—No paro de pensar.

—¿Y qué has pensado?

—Pienso y espero que a papá se le pase la idea. También pienso y espero que Celso Trafid Zur desaparezca de nuestras vidas, del pueblo. Que se vaya a bolina, como un papalote.

—Y si Juan José, tu padre, no cambia de idea y Celso Trafid Zur, no se va a bolina… ¿Entonces, qué harías?

—Te pediría que vinieses con nosotros.

—¿Y si pidiera que te quedaras?

—Para mí, en este instante, es duro decidir. Tú y yo estamos hechos para compartir la vida, pero papá me la dio. Para él represento el logro sobre la muerte de mi madre. La memoria viva de ella.

Bartolo calla. La mira con expresión reservada y le murmura al oído.

—Es cierto. En estos tiempos es difícil decidir. Especialmente sobre uno mismo y aconsejar a los seres queridos. —Retrocede; una sonrisa de esperanza le distiende los labios y pide. —Ayúdame a empinar el papalote. Tómalo por el güin central y camina para allá. Allá, donde sopla el viento y tal vez vuele un ángel.

* * *

Es media mañana. Bartolo se pasea por los bien cuidados jardines del Centro de Higiene Mental. Recién ha finalizado las clases diarias de afirmación mental. Un especialista en sentimientos subjetivos y un auxiliar de higiene mental, le explicaron, una vez más, el capítulo del manual de Polución Mental referente a las nocivas y contaminantes influencias foráneas. También, con júbilo reverente los funcionarios se refirieron a un volumen caligrafiado, con pluma de ave y tinta negra, en hojas de papel de culebrilla y encuadernado, a mano, en cuero repujado, que bajo el título de “Reflexiones del Salvaguarda Mental” y contando con una edición secreta de siete ejemplares, se había constituido en el complemento requerido para convertir a Polución Mental en el valladar que concluiría el desbocamiento innecesario del pensamiento humano: “Gracias a este aporte, su estudio oral, diseminación intensiva y comprensión popular, muy pronto el Centro de Higiene Mental ya no será necesario, y los que aquí laboramos podremos dedicarnos a otros menesteres más materiales y ostensibles, como es el cultivo de la tierra”, había dicho el especialista en sentimientos subjetivos.

Por su parte, el auxiliar de higiene mental, conteniendo la emoción, manifestó: “Es una reliquia anticipada. En ella está la conclusión, en puño y letra, para no ser vista ni leída por las mayorías, del pensamiento de nuestro Salvaguarda Mental. Ya nada más se escribirá. Ya nada más se hablará. Todo ha quedado dicho”.

Bartolo encamina los pasos por un sendero alfombrado de piedrecillas blancas que bordea un seto de arbustos florecidos de mariposas, flor que junto con el tocororo, ave solitaria y de colores vivos que anida en el bosque umbroso, simboliza al pueblo y sus habitantes.

Se detiene. Aproxima el rostro a una mariposa de pétalos blancos y frágiles. Inhala el perfume, cierra los ojos y besa la flor. Repite la caricia y piensa, con fuerza presente, en los labios y el sabor de la saliva de María Amalia que, por omisiones provocadas por el tiempo, la cobardía compartida y las charlas con el Higienista Mental, a veces se le desdibuja en culpas ajenas con persistencia presente.

Piensa y rememora parte de los acontecimientos que se desencadenaron a raíz de la incautación de los bienes del general Jomarrón y su presunta fuga del pueblo.

* * *

Cándido Villalonga y “Juan José Castillo, luego de haber completado el curso” de afirmación mental, fueron sometidos a un examen de creencia, el cual arrojó que acataban, pero no compartían los preceptos enunciados en el texto de Polución Mental. También, la prueba demostró que ambos se mostraban escépticos en relación a la vigencia, difusión persuasiva, ampliación y alcance perpetuo del pensamiento creativo de Celso Trafid Zur, que en labios de sus mejores intérpretes era voceado, a determinadas horas, diurnas y nocturnas, por las calles del pueblo.

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