CAPÍTULO II
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Mira —y enarbola el atado de hojas—, esto es el resultado de mis meditaciones y estudios.
Cándido toma el cartapacio. Lo observa. Revisa las páginas y se detiene en la lectura de algunos párrafos salteados.
—¡Pero esto no lo escribiste tú! —exclama con la inocencia que le otorga su nombre—. Esto lo escribió don Pascual Armenteros. Hasta la letra es la de su vieja máquina de escribir.
—¡He sido yo! —afirma vehemente—, lo que sucede es que recuerdas pedazos de conversaciones y varias de las notas que te leyó. Él no pasó de escribir apuntes simples.
Cándido levanta el cuaderno e insiste.
—Estas hojas son las mismas que me mostró y leyó. Y estas, las letras de la máquina de escribir… —reitera.
—La máquina de escribir se la compré al municipio cuando se realizó la subasta pública de los bienes del matrimonio —Celso se acalora—. Recuerda que no hubo herederos. De los hijos nunca más se supo.
—¿Por qué te empecinas en apropiarte de algo que no es tuyo? Además, el propio notario renegó de la teoría, por considerar que fue producto del resentimiento.
—¡Ahí! En eso que acabas de decir, “renegó de la teoría”, radica el centro de mi idea, que surge a partir de las anotaciones del notario. Ideas que he ampliado para traer la prosperidad a nuestra comunidad. Por supuesto, sin resentimientos de ninguna índole, aunque para lograr el bienestar de la mayoría, siempre es necesario encontrar culpable o culpables que se conviertan en motivo de unidad, sin la cual no se alcanza el bienestar colectivo.
Cándido se rasca la cabeza. Visiblemente molesto, puntualiza.
—Don Pascual ya está muerto, puedes hacer y decir lo que quieras. En definitiva, lo que tienes en tus manos es un manojo de papeles. ¿Por qué quisiste hablar conmigo?
Celso Trafid Zur aproxima el rostro de mirada fija. En tono confidencial, cuyo aliento estremece el olfato de Cándido, explica.
—Quiero convertir a Polución Mental en un patrón de comportamiento social para, basándome en él, crear un partido político de directivas centralistas, que me llevará a ocupar la alcaldía municipal. El pueblo está cansado de promesas y de que los del otro lado del río, con sus publicaciones propagandísticas y estilo de vida, influyan en nuestro pensamiento, para así terminar apropiándose de lo mejor del talento local. Los hijos del notario fueron a educarse allá; jamás regresaron.
—Cuido caballos; fabrico y empino papalotes. ¿Qué represento en todo esto…?
—Necesito tu cooperación. Posees una carta manuscrita en la cual el notario te pedía que destruyeras el ejemplar de Polución Mental.
—¿Cómo lo sabes?
—Encontré el borrador cuando limpié la vivienda del matrimonio. Quiero que me entregues el documento y que te sumes al proyecto. Conviértete en líder de mis seguidores.
—Entonces, ¿reconoces que no escribiste la teoría?







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