CAPÍTULO II
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
—No me importa, quiero que todos sepan que te amo; nos amamos. Es más, ahora lo voy a echar a bolina. —Extrae una navaja de bolsillo y corta la pita del papalote que, desde las alturas, atado al tronco del árbol, fue testigo del encuentro amoroso.
—¡No, no…! No tienes derecho a regalar lo que es nuestro. ¿Por qué lo haces? —Bartolo no responde. Un espasmo de aprensión le sube al rostro y, para disimular, le da la espalda.
—¿Qué sucede…?
—Temo que algún día esto acabe —la encara.
—Todo termina —María Eulalia indica.
—Sí, lo sé. Pero no es lógico ni agradable que las cosas finalicen antes de tiempo.
—Finalizan cuando tienen que finalizar, por ley de la vida, u otros así lo determinan. Sabes que no me agradan las peleas de gallos. Te he contado que, minutos antes de pelear, he sostenido a muchos gallos finos. En mis manos laten llenos de fuerza. Sin embargo, cualquiera de ellos puede morir en el encuentro pactado o quedar tan malherido que papá decide sacrificarlo.
Para mí, para mis hermanos, mamá murió antes de tiempo —reflexiona y apunta con voz reconcentrada—. A veces es preferible no entender; me basta con sentir el presente.
—Estoy preocupado por nosotros —Bartolo confiesa.
María Eulalia se distiende en una sonrisa e inquiere:
—¿Y eso qué tiene que ver con el mensaje que dejaste ir a bolina y es mío?
—Dedicarte notas de amor es un recurso que ingenié para defender el sentimiento. Si otros se enteran —que no es lo más importante—, lo respetarán y hasta podrían imitarlo. No importa que seamos unos desconocidos, siempre y cuando el futuro nos tome en cuenta.
—Todo lo complicas. Tantas lecturas, las ideas del difunto notario y las de tu padre te han vuelto pesimista.
Él niega con la cabeza y arguye:
—Conoces bien que, desde que el nuevo alcalde ganó la elección, las cosas han empezado a complicarse en el municipio. Tu padre ya tuvo problemas por la cría y peleas de gallos finos. El general Jomarrón, héroe de la guerra de los Diez Años, casi perseguido, desapareció del pueblo. Se piensa que cruzó la frontera fluvial. Nadie se explica el porqué de lo que está pasando. Todo se reduce a muchas palabras que prometen un futuro mejor. No quiero un futuro que de antemano me otorgan. No lo quiero para mí, para ti, para nosotros. Además, no es común la manera como el antiguo limpiador municipal de viviendas deshabitadas y de ancianos impedidos llegó a la alcaldía. Ahora se propone cambiarlo todo y que le llamemos Salvaguarda Mental.
María Eulalia le echa los brazos al cuello y une los rostros.
—Dice papá que esto pasará, como tantas otras cosas desagradables. Te quiero; estoy a tu lado y nada nos separará.
Cándido, siguiendo el eco de los martillazos, se adentra en el sendero, siempre en descenso, que serpentea entre cerros cubiertos de espartillo y arbustos, donde los de caimitillo sobresalen por el púrpura de las frutillas. Vence un recodo y distingue a Bartolo que, junto a su ayudante, el viejo Hipólito, tiende un pequeño puente de madera entre las dos orillas del riachuelo Los Sapos.
Bartolo levanta los ojos empañados de sudor y los fija en el padre. Cruzan una mirada inteligente, pero no hablan. Vuelve al trabajo y le ordena a Hipólito:
—Dame clavos.
El martillo golpea de nuevo y el ruido asusta al pitirre que hace nido en las ramas del marañón cercano. El pájaro canta asustado. Sus alas, llenas de aire, cortan el sol del atardecer y trepa a una rama superior.
—La elección para la alcaldía la ganó Celso Trafid Zur, el hasta hace poco tiempo limpiador municipal de viviendas deshabitadas y de ancianos impedidos —Cándido dice entre martillazo y martillazo.
Bartolo para de golpear la puntilla.
—¿Cómo te enteraste?
No responde y sigue el curso de sus pensamientos.
—Y eso no es bueno. Su campaña electoral estuvo basada en la mentira. Mentira que robó del resentimiento de don Pascual Armenteros.







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