ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

30 de junio de 2026

CAPÍTULO II

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

—¿Por qué mucho después?

—Porque mi madre aún vivía. Tenía una familia; trabajo, gracias a ustedes —recalca con intención— y aún construía algunos papalotes.

—Que empinaba junto a las fronteras fluviales —interpone el Higienista Mental.

—En aquellos momentos se podía. Además, volaban las palomas mensajeras y los criadores eran tolerados.

—Las palomas mensajeras, al igual que tu interés por los puentes, constituyen otro tema. Ahora hablemos de Cándido, de María Eulalia y de ti. En aquellos momentos, según tus palabras, se podía. Se podían —agudiza— realizar muchas actividades, pero luego el Salvaguarda Mental del pueblo demostró, con la prédica y la práctica, la eficacia de su teoría Polución Mental que preserva, apuntala y desarrolla los valores humanos y materiales de nuestra comunidad, para de esa forma evitar la contaminación foránea —efectúa un paréntesis. Observa el rostro de Bartolo y prosigue. —Cándido no atendió las recomendaciones de los primeros higienistas mentales. Siguió fabricando papalotes, volándolos, sin control, junto a las orillas del río Bélico y propagando rumores insensatos. Azuzó en ti la misma irreverencia y justificó la manera desmedida y sin planificar con que construiste puentes que, más que vías de comunicación, resultaron ser vehículos diseminadores del posible contagio de la polución mental.

Pero bueno, en consultas futuras repasaremos esos asuntos. Por lo pronto, quiero mostrarte algo que recientemente fue encontrado por uno de nuestros especialistas en sentimientos subjetivos. Mira —y extiende una nota, escrita en papel blanco maltratado y trazos desvaídos por la intemperie—. ¿Lo reconoces?

—De esos escribí muchos.

—Lo sé. Pero no todos se recobraron, ni se recobrarán porque cruzaron la frontera fluvial o cayeron en manos de seres desorientados y subjetivos que, como tú, los han convertido en objetos de un culto fetichista.

—Los escribí para María Eulalia. Ni tuve ni tengo interés en que nadie los lea. Son de ella y míos.

El otro se toma la barbilla. Lo mira fijamente y habla con lentitud de maestro que repite la lección.

—Hace tiempo. Mucho tiempo que María Eulalia no está. Para tu sanidad mental, no es recomendable que mantengas su imagen en presente. Tú has envejecido. También, ella del otro lado del río carga arrugas y cabellos grises.

Otros higienistas mentales, al igual que yo, te han comunicado que formó pareja, tuvo hijos, abandonó la unión marital y la vida dura de allá le borró lo que en el pasado te sedujo.

Hoy es una mujer madura y endurecida que, si te recuerda, es para desdeñar tus tonterías sentimentaloides, tus papalotes y tus notas. Notas como esta, que aunque borrosa, aún es legible. ¡Léela!, y mírala tal y como luce en el presente —le extiende el papel junto con una fotografía.

Bartolo declina el ofrecimiento y dice.

—Recuerdo todas y cada una de las notas que escribí para ella. La fotografía, que no es la primera vez que me la muestra, es solamente el dibujo de un cuerpo. No me importan las arrugas ni la dureza que hay en la mirada de esa cartulina. Con ella viví y creé algo que llega hasta mi presente.

—De eso se trata. De que reconozcas que tu aferramiento a un afecto inútil, en nuestra comunidad, puede fomentar el germen de la polución mental y desatar, a escala importante, el contagio entre los más jóvenes que, de alguna manera, contacten con tu obstinada afición, que se aleja de las relaciones de apego pautadas en las prédicas del Salvaguarda Mental. Apego que, junto a los intereses naturales de una pareja, contempla el bien social y laboral, sin descuidar la salud de los descendientes.

—Siempre menciona lo que llama mi aferramiento. Pero es un sentimiento que viene de adentro, de muy adentro. A estas alturas no necesita de nadie, de ningún estímulo externo para que exista. ¿Para qué volver a lo mismo?

El Higienista Mental toma una pluma; aún no ha sucedido “La Cremación Purificadora”. Inclina el rostro y escribe brevemente en el expediente médico. Después, con acento neutro, manifiesta.

—El sentido común que rige nuestra comunidad y las enseñanzas del Salvaguarda Mental demuestran que estás empecinado en un sentimiento equivocado que perjudica a todos. Para lograr que te habitúes a un pensamiento lógico, estamos invirtiendo tiempo y recursos que bien pudiesen estar dedicados a obras en beneficio de la comunidad.

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