CAPÍTULO II
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
—¡Hay que aprovechar el golpe de viento! —Bartolo exclama y corre cerro abajo.
—¡Levántalo y dale pita! ¡Corre más rápido… más, dale más pita! —María Eulalia grita y lo sigue en la carrera.
—Ya se empina. ¡Tremendo viento! Agarra la pita; volvamos al tope —Bartolo dice y ella ríe.
La joven toma el cordel. Él se coloca a sus espaldas y ufano de vigor físico la empuja hasta la cumbre de la Loma del Carmen.
Desde la elevación observan el vuelo del papalote. Bartolo besa la nuca de María Eulalia.
—No me entretengas… estoy sudada —simula enfado.
—Me gusta tu sudor —vuelve a besarla y paladea el sabor breve de la transpiración femenina.
El viento alinea el papalote con el disco solar.
—¡No lo veo! —protesta enceguecida por la claridad.
Bartolo, a modo de visera, coloca la mano derecha sobre los ojos, mira a lo alto y afirma.
—Está ahí; siente su fuerza en la pita. Cuando cambie el rumbo del viento lo podrás ver.
Es una tarde abrileña de sábado. Bartolo y María Eulalia como es costumbre, desde que la relación cuajó en amor, comparten al aire libre y disfrutan de la presencia de uno en el otro.
El tiempo ha transcurrido. María Eulalia es una joven mujer y Bartolo un hombre vital que, escuchando los consejos de su padre, gracias a las recomendaciones del desaparecido notario don Pascual Armenteros, se ha convertido en constructor de puentes y en el más diestro fabricante y volador de papalotes del pueblo y los caseríos diseminados a lo largo de las sabanas que riega el cauce del río Bélico.
Se comenta, pero nunca se supo con certeza, que la fama de papalotero de Bartolo trascendió la frontera fluvial; llegó a la gran ciudad y a las tierras que se detienen junto a las orillas de ese enorme lago de agua salada que llaman mar u océano y que Bartolo sólo ha contemplado en las ilustraciones de la geografía de Leví Marrero, antes que la biblioteca del pueblo fuese cerrada y la de don Pascual Armenteros confiscada y desaparecida, por decisión del Salvaguarda Mental y sus discípulos.
Y aunque su otro y empírico oficio, como edificador de puentes, no es tan notorio, no es menos cierto que Bartolo, provisto de sierra, serrucho, martillo, clavos, sogas y maderas, ha logrado mejorar la rapidez del intercambio comercial y cruce seguro de los pobladores sobre los riachuelos, cañadas y quebradas que accidentan los caminos que comunican al pueblo con los campos dedicados a la producción agrícola, cría de animales domésticos y de consumo humano.
Por eso Bartolo es feliz. Feliz por los puentes que relacionan a las personas. Feliz ahora; aquí en la Loma del Carmen por amar a María Eulalia sobre la tierra que recoge el gemir del follaje del árbol, a cuyo tronco ató el cordel del papalote que, con un mensaje para ella, ahíto de aire y sol, se mueve con inquietud que parece absorber la fusión del orgasmo.
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—Disculpa la demora. Ha sido un día de mucho trabajo.
—Pensé que hoy no vendría. Estoy cansado; es tarde.
—La espera te ha agotado, pero debemos hablar — Bartolo esboza una mueca de fastidio. El otro lo ataja. —Seré breve, es necesario… ¿Comprendes?
—Siempre tengo que comprender. ¿Qué más de lo mismo quiere saber?
—Sigues siendo el obstinado de siempre —el Higienista Mental sonríe benévolo. Endurece las facciones e inquiere. — Ese día, el día que en la Loma del Carmen fornicaron y empinaron un papalote, ¿qué otra cosa hicieron?
—Hablamos de nosotros, del futuro.
—Y de Cándido. ¿Hablaron de Cándido y de sus planes para evadirse del pueblo? ¿Tal vez lo hizo por aire?
Bartolo crispa los labios.
—Por entonces yo no sabía nada y menos María Eulalia. Es más, se lo he dicho otras veces, pienso que en ese tiempo mi padre no había pensado hacerlo. Si es que luego, realmente, hizo algo —corrige.
—Pero, terminó haciéndolo.
—Si hubo planes de fuga no los conocí, ni los conozco. Su desaparición aconteció mucho después.







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