Actualidad con Jacobo Machover

Written by Luis De La Paz

28 de julio de 2026

A pesar de haber salido de Cuba siendo niño, donde nació en 1954 como parte de una familia de refugiados judíos que huían de la nefasta Segunda Guerra Mundial, el amor de Jacobo Machover por Cuba ha sido una constante en su vida. Un amor que podría entenderse como un compromiso con la libertad de todos aquellos que luchan por los derechos humanos y por la convivencia en democracia.

Su andar lo llevó a establecerse en París, Francia, donde reside e impulsa su activismo político y social por la libertad de Cuba. Profesor, escritor, poeta y periodista, es autor de Memoria de siglos (1991), recientemente reeditada y ampliada bajo el sello de Editorial Betania (2026); La memoria frente al poder. Escritores cubanos del exilio: Guillermo Cabrera Infante, Severo Sarduy, Reinaldo Arenas (2001); La dinastía Castro (2007); La cara oculta del Che: Desmitificación de un héroe “romántico” (2008); El libro negro del castrismo (2010); El terror «humanista». Tribunales revolucionarios y paredón (1959) (2011); y La complicidad de los intelectuales con la dictadura castrista (2011).

Ha colaborado con la revista Magazine littéraire y con el diario Libération. Fue corresponsal en París de Diario 16 y Cambio 16. Con frecuencia participa en la radio y la televisión francesas, así como en distintas emisoras del exilio cubano.

Con Jacobo Machover, la actualidad cobra fuerza.

—Has vivido en Europa una gran parte de tu vida. Se conoce tu activismo por la libertad de Cuba, pero seguramente hay aspectos que los lectores de LIBRE quisieran saber sobre ti. ¿Quién es Jacobo Machover?

Ni él ni yo lo sabemos exactamente. Por los mismos orígenes familiares, por los países atravesados, por los idiomas asimilados, por las tragedias vividas o heredadas, entre la Polonia natal de mis padres —de donde tuvieron que huir por ser judíos—; Francia, su tierra de elección, de donde también tuvieron que escapar por las mismas razones, refugiándose en Cuba; y luego Cuba, de donde partieron, como tantos de nosotros, hacia otros lugares, nuevamente a Francia, conmigo siendo niño y con mi hermano ya adolescente; y también por la libertad interior conquistada, resulta imposible definir una identidad única. Mi novela Memoria de siglos podría llamarse también Memoria de exilios. Pero mi punto de referencia, casi obsesivo, es La Habana, Cuba, tierra de dolor y de esperanza.

—En uno de tus libros más relevantes, La cara oculta del Che, desmontas el mito del Che Guevara. ¿Qué te impulsó a publicar ese trabajo?

Llevaba tiempo investigando los escritos y discursos del Che Guevara, casi como un detective político-literario, analizando sus palabras y también sus silencios, lo no dicho —siempre procedo de esa manera—, cuando uno de los excompañeros del “guerrillero heroico”, Dariel Alarcón Ramírez, alias “Benigno”, exiliado en París, me contó cómo el argentino presenciaba con deleite las ejecuciones en La Cabaña, la fortaleza que dirigía. Luego, otro exagente de la DGI (Dirección General de Inteligencia, G2), Andrés Alfaya, más conocido como Juan Vivés, me habló de la manera en que Guevara, entonces presidente del Banco Nacional de Cuba y posteriormente ministro de Industrias, llevaba a varios de sus invitados más ilustres, entre ellos los filósofos Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, a presenciar los fusilamientos en esa misma prisión.

En sus propias palabras, él asumía aquello con orgullo, sin la más mínima vergüenza. Había que bajarlo de su pedestal. Lo hice en 2007 con La face cachée du Che, publicada primero en francés y luego en español como La cara oculta del Che, además de otros idiomas. Me costó el odio eterno de los castro-guevaristas, junto con insultos y amenazas, pero también el reconocimiento de descendientes de víctimas directas del Che. Me siento orgulloso de ello.

—Hay grupos que salen a manifestarse en sus países pidiendo libertad y democracia, llevando camisetas y estandartes con la imagen del Che. Lo mismo hacen algunos movimientos LGBT+. Sin embargo, el Che es sinónimo de unipartidismo, dictadura, control de la sociedad y homofobia. Se puede entender que la propaganda ha sido intensa, pero en tiempos de tanta información disponible, incluido tu libro, ¿a qué atribuyes que siga siendo un símbolo de lo que realmente no fue?

El escritor franco-español Carlos Semprún-Maura, quien fue mi amigo, llamaba al Che Guevara “el asesino-camiseta”. Yo quise hacer quebrar a las empresas que fabrican las camisetas con su rostro. No lo he logrado del todo, pero estoy seguro de que sus ventas han bajado. Guevara es para mí, más que nada, “el carnicerito de La Cabaña”: un fanático comunista heterodoxo, poco profundo en sus análisis políticos y un psicópata, un killer.

El poeta estadounidense Allen Ginsberg, judío, budista y homosexual, lo encontraba cute, lindo, al tiempo que le pedía a Fidel Castro que dejara de fusilar. Tal vez esa sea la principal razón de la admiración que algunos movimientos LGBT+ sienten por su figura. A mí nunca me ha parecido atractivo. Era homofóbico, pero no participó en la creación de las UMAP —ya se encontraba combatiendo en el Congo—, que fueron más bien una iniciativa de Raúl Castro, aunque sí creó el primer campo de “reeducación” en la Cuba comunista, allá por la península de Guanahacabibes.

En conjunto, me temo que la evidencia de sus crímenes sirva de poco para abrirles los ojos a muchos jóvenes —y no tan jóvenes— fascinados por el ejercicio del terror, ya sea el de la Revolución francesa, el de la Rusia comunista o el de la revolución castrista. Al contrario, simpatizan con esas prácticas en nombre de la pureza del “hombre nuevo”, un concepto totalitario por excelencia.

—Has realizado trabajos investigativos, académicos y periodísticos sobre el desastre del comunismo y la izquierda, y los has llevado al público francés en su propia lengua. ¿Cuál ha sido la respuesta que has recibido?

Es más bien favorable, ya que vienen a sumarse a una larga tradición de investigación y denuncia de los crímenes del comunismo —y de sus herederos, como Vladímir Putin, con su guerra de agresión contra la población ucraniana, con la cual manifiesto mi solidaridad, incluso viajando a ese país—. Sin embargo, he sido objeto de toda clase de obstáculos en mi carrera universitaria y en mi trabajo como periodista. No me importa. Lo más significativo, a mi juicio, es que he logrado dar a conocer los testimonios de numerosos expresos políticos cubanos, como Jorge Valls, Ángel Cuadra, Pedro Corzo, Ernesto Díaz Rodríguez o Ángel de Fana —que fueron o siguen siendo miembros del PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio—, entre otros. Es una continuación de mi propia historia familiar, marcada por las víctimas del Holocausto.

—La editorial Betania acaba de publicar una segunda edición, revisada y aumentada, de tu novela Memoria de siglos. Háblanos de esa novela y de su vigencia, que ha motivado esta nueva edición.

Fue mi primera novela, que pretendía ser una obra “total”. Retoma los principales temas de mis andanzas por el mundo, a menudo nocturnas, en París, La Habana, Barcelona o Jerusalén —hay más ciudades, pero permanecen ocultas—, de manera a veces fantástica y, con frecuencia, poética. Transcribe los diálogos de dos niños que buscan a su padre por todas partes y se encuentran con los ecos de los campos de concentración. “Tú eres como todos los demás. Tú buscas, buscas… y nunca encontrarás”, le dice a uno de ellos una mujer hermosa y tremendamente erótica, como lo es toda la novela. Es otra manera de viajar, en sueños.

—A la nueva edición de Memoria de siglos le has añadido cinco “cuentos cubanos de terror y de esperanza”, según señala el editor Felipe Lázaro. Háblanos de esos nuevos relatos.

Uno de esos relatos no es tan nuevo. Se titula Caballo y se refiere a quien tú sabes. Fue escrito en una extraña cárcel sin barrotes de La Habana, donde pasé una noche durante una escala aérea por no llevar mi pasaporte cubano en regla. Los demás ofrecen visiones de Cuba y de Miami, capital de nuestro exilio, desde una perspectiva lejana, pero, a fin de cuentas, muy cercana. El último, escrito a raíz de la rebelión del 11 de julio de 2021, es el único que expresa una esperanza: la de volver a encontrarnos todos «el año próximo en La Habana».

—¿Cómo visualizas el actual caos cubano y el futuro de Cuba, incluso el más inmediato?

Cuba está en candela. Los fuegos desatados en las calles, en la sede del Partido en Morón, en la casa museo dedicada a Olo Pantoja, en Contramaestre, uno de los seudomártires de la guerrilla del Che en Bolivia, anuncian “la hora de los hornos”, anunciada por José Martí. Es una llamarada, tal vez la definitiva. Si tiene que haber una intervención americana, será una operación “Cuban-American” totalmente legítima, igual que en Venezuela. Esa lucha nunca ha cesado desde hace 67 años. Será la continuación, por otros medios, del desembarco frustrado de la Brigada 2506 en Bahía de Cochinos y de los combates, con nuestras palabras, que también son armas, por la libertad anhelada, desde todas partes del mundo y desde el fondo de nuestras almas.

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