Actualidad con Carlos D. Lechuga

Written by Luis De La Paz

22 de septiembre de 2026

Encuentro autenticidad y desenfado en la manera de escribir del cineasta y escritor cubano Carlos D. Lechuga, residente en España. Es alguien que parece estar permanentemente a la defensiva, esperando el zarpazo para evadirlo. Es un hombre rebelde; habría que añadir que bien le vale ser rebelde con causa. De lo que no cabe duda es de que es un luchador: sabe luchar.

Nació en La Habana en 1983, después de muchas catástrofes nacionales que han hundido al país: los fusilamientos, la zafra de los diez millones y el éxodo del Mariel. Estudió en la Universidad de las Artes (ISA) y en la Escuela Internacional de Cine y Televisión (EICTV) de San Antonio de los Baños.

Su formación es en el cine; ha realizado varios proyectos destacados, entre ellos el largometraje Melaza. Sus películas han tenido un recorrido exitoso, como Santa y Andrés, sobre la relación entre un escritor disidente y una mujer encargada de vigilarlo, y Vicenta B, enfocada en los desafíos de la emigración.

El exilio en España lo ha forzado a frenar el cine —aunque ya anuncia Leningrado-Madrid—, pero ha encontrado en la literatura una manera de seguir en el arte y la creación. Entre sus libros se encuentran Esta es tu casa, Fidel: La historia de un nieto de la Revolución, En brazos de la mujer casada, Sórdida tropical y, más recientemente, Perro cubano, libro con el que ganó el Premio Franz Kafka de Ensayo / Testimonio 2026.

—Has hecho de España tu nueva casa, pero por lo que escribes se te siente como disgustado. ¿Eres de los que sienten nostalgia por Cuba, de los que tienen dificultades para la adaptación?

Es cierto que ahora vivo en Madrid. Antes viví en Barcelona, y antes de todo eso era un tipo de La Habana, del Vedado. Tengo a mi hija lejos y también a mi madre. La vida me ha quitado muchas cosas y yo solito he tenido que aprender a hacerme de un hogar: conmigo mismo, con mis escritos. Mañana puedo estar en Japón o en Nueva York, que tendré que reconstruirme de nuevo e inventarme mi propio hogar. Para eso sirve la escritura, era algo que Eddy Campa sabía.

España me ha permitido publicar con editoriales serias, desarrollarme, ser la mejor versión de mí mismo. Pero no creo que la literatura deba confundirse con un informe de satisfacción personal. Uno puede estar agradecido por haber encontrado un lugar donde estar sin ser perseguido y, al mismo tiempo, conservar una mirada crítica.

Eso no es necesariamente dificultad de adaptación; quizá sea simplemente una forma de no dejar de pensar. Siento nostalgia por una Cuba muy mía que fue destruida por el castrismo, pero al mismo tiempo, como me considero un hombre de éxito y soy muy fan de mí mismo, no me he quedado enquistado en el odio. Vuelvo a mis amigos, a las novias del pasado, a los baños en la playa… pero también disfruto avanzar, no tener que regresar, no hacer mi carrera de eso. Fui crítico con el castrismo viviendo en la isla y todavía lo soy. Y con España, como con cualquier otro país democrático, también creo que merece ser observado sin la obligación de convertirlo en un decorado perfecto.

—En general percibo tus libros como una catarsis de la realidad que te ha tocado vivir, tanto dentro como fuera de Cuba. ¿Qué te impulsó a esta etapa literaria y cómo la comparas con la de cineasta?

La palabra “catarsis” no me gusta. Quizá sea más exacto hablar de necesidad. Tengo la necesidad de escribir para entender lo que me pasa. Durante muchos años conté historias a través de imágenes y por eso me censuraron. No tenía idea de cómo iba a seguir mi vida o de qué iba a comer; entonces una amiga me dijo que me pusiera a escribir y me brindó el espacio de su blog.

Mis últimos años en Cuba viví de eso, de escribir para revistas independientes. Cuando no puedes tener un equipo de gente a tu disposición, un presupuesto, una producción, vas a ti mismo y con un pedacito de papel resuelves todo. Aunque me considero un “turista” en el mundo literario (empecé a los 40), disfruto más escribir mis novelas y no tanto los guiones. Esa capacidad de reinventarme me ha ayudado a no llenarme de odio con tanto idiota que uno se encuentra en el camino.

—En Esta es tu casa, Fidel: La historia de un nieto de la Revolución, transmites honestidad, incluso eres crítico contigo mismo. El personaje se siente dentro del grupo de los privilegiados del régimen, pero a su vez está consciente de lo que realmente le rodea. ¿Qué te propusiste conseguir con ese libro donde tu abuelo, embajador castrista y un fidelista consumado, te hace debatirte entre dos realidades?

Precisamente evitar la comodidad de escribir una historia en la que yo pudiera aparecer como el personaje moralmente impecable. Eso habría sido bastante sencillo y, sobre todo, bastante poco interesante. Los cubanos somos seres muy dañados y todo el mundo se cree el dueño de la verdad. Yo por eso no le creo a ningún cubano. Mira Miami, se ha llenado de agentes de Castro. También hay muchos que fueron torturadores y del partido hasta el otro día y ahora quieren linchar al otro. Los que se creen dueños de una verdad… esos son los que más embarcados están… o los más farsantes. Yo por eso siempre dudo. Dudo hasta de mí.

Ahí está la clave. El libro no pretende absolver a nadie, empezando por mí. Pretende contar lo que viví: mi experiencia familiar, nada más. Mi abuelo me obligaba a enfrentar una contradicción que no podía resolver con consignas: querer a una persona y cuestionar profundamente las ideas políticas a las que esa persona dedicó su vida. Creo que ahí está una de las dificultades de contar Cuba: comprender que la realidad no siempre se organiza según las categorías con las que nos gustaría juzgarla. Los extremos se muerden la cola. René Ariza decía que hay que vigilar al Fidel Castro que uno tiene dentro. Y muchos cubanos todavía están cogidos con ese virus malévolo.

—En tu más reciente libro, Perro cubano, que se presenta como un ensayo-testimonio, parece que te envuelves de una capa de resistencia para no sucumbir. En Cuba te faltaban muchas cosas; en España, sin dudas, otras. ¿Eres un hombre insatisfecho o es parte del tejido de tus personajes, como elemento literario?

Lo de “capa de resistencia para no sucumbir” viene como con un dardo envenenado, ja, ja. Supongo que depende de qué entendamos por «insatisfecho». Si significa no aceptar que la realidad es perfecta, probablemente sí. Pero si significa vivir permanentemente lamentando lo que no se tiene, no. Yo soy un hombre muy feliz y muy libre. Además, sospecho que hay una pequeña trampa en la pregunta: parecería que, si uno encuentra defectos en Cuba y en España, es que no toma partido o que nada le conviene o que no sabe vivir en capitalismo. En general sí que eso de no tener todas las respuestas, eso de ser un ser no resuelto, es un elemento que se repite en mis libros.

—Como vienes del cine, tu literatura es muy visual, definitivamente cinematográfica. ¿Cómo es el proceso mental que empleas para concebir tus libros?

Creo que el cine me dejó una deformación profesional bastante útil: antes de explicar una escena, intento verla. Los espacios, los cuerpos, los silencios, los movimientos y los pequeños detalles suelen aparecer antes que las ideas. Después viene el trabajo propiamente literario: descubrir qué significa aquello que estoy viendo, qué voz debe contarlo y qué conviene callar. Quizá por eso mis libros tengan una estructura visual, pero no intento escribir cine en forma de novela. Si quisiera hacer exactamente lo mismo que hacía en una película, probablemente seguiría haciendo películas.

—En términos prácticos hay un enorme abismo entre escribir y hacer cine. ¿Has renunciado al cine, o trabajas en alguna película, o al menos en algún guion?

Sí, yo no dejo de trabajar en el cine. Escribo películas para otros. A veces hago de ghostwriter de películas en las que no aparece mi nombre, pero son películas que ya han salido. Trabajo en mi futura película con mi productora de toda la vida y trabajo en otras películas con otras personas.

Lo que sí he aprendido es que el cine exige una cantidad extraordinaria de voluntades, dinero, permisos, productores, calendarios y circunstancias que la literatura, para bien y para mal, puede ahorrarte. Escribir un libro depende fundamentalmente de sentarse y hacerlo. Hacer una película requiere conseguir que muchas personas quieran sentarse contigo. Y quizá esa sea la diferencia más radical entre ambos oficios.

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