Aunque su nombre resulta llamativo y parece conducir a otras geografías —y de hecho es así—, el artista plástico Áisar Abdalá Jalil Martínez es cubano. Nació en Camagüey en 1953 y es descendiente de libaneses. Cuba fue durante la primera mitad del siglo XX un país receptor de inmigrantes.
Áisar ingresó a los 15 años en la Escuela Profesional de Artes de Camagüey. Luego continuó estudios en la Escuela Nacional de Arte, en La Habana. Años después tomó otros cursos en el Instituto Repin de Pintura, Escultura y Arquitectura, en Leningrado, donde obtuvo el título de “Master of Fine Arts” en 1983.
Sobre su estancia en la Unión Soviética, ha expresado: “Marcó un punto de inflexión en mi carrera, proporcionándome una base técnica rigurosa y una perspectiva internacional sobre las artes visuales”. Más tardes, tras el llamado Período Especial en Cuba, tomó el camino del exilio.
Con sus cuadros me ocurre que siempre voy descubriendo cosas, incluso en una misma pieza; al regresar a ella, hallo elementos que no había identificado previamente. Y ese es, en parte, el arte: un descubrimiento permanente. El artista posee un estilo muy personal, algo que todo autor busca con su obra. Basta mirar una pieza suya para afirmar sin temor a equivocarse: este es un Áisar.
Cuando lo contacté para esta entrevista, me dijo que estaba en Brasil. Esperé a su regreso y con él abordamos la actualidad.
—¿Cómo fue tu experiencia en Brasil?
He visitado varios países de habla española, pero en ninguno he experimentado el sentimiento de acogida que encontré en Brasil, un país cuya lengua no es la mía. Y eso siempre me ha sorprendido. Creo que ocurrió algo difícil de explicar racionalmente. Fue algo mágico: llegué desde otra tierra, con otra historia y otra cultura, y, sin embargo, sentí una conexión inmediata con las personas, con la cultura y con el propio país.
Mi obra habla muchas veces del desplazamiento, del éxodo, de quienes dejan atrás su tierra buscando un nuevo lugar. Y Brasil, de alguna manera, me hizo experimentar en mi propia vida aquello que muchas veces aparece en mi pintura: la búsqueda de un lugar al que uno sienta que pertenece. En ese camino también construí relaciones profesionales y humanas muy importantes. Una de ellas es la que mantengo con Elías Zoccoli, mi colega y amigo, con quien realicé la exposición A Quatro Mãos. Fue un encuentro entre dos artistas, dos historias y dos maneras de mirar el mundo.
Para mí, A Quatro Mãos fue mucho más que una exposición. Fue un diálogo artístico y humano en el que cada uno mantuvo su propia identidad, pero al mismo tiempo permitió que la obra del otro provocara nuevas ideas y posibilidades.
—He leído que tu tu formación original es la de escultor, e incluso se habla de esculturas monumentales. ¿Cómo fue esa etapa en tu trabajo y cuál ha sido su legado?
Fui seleccionado para cursar estudios superiores en la Academia de Artes de Leningrado (Academia Repin), en la Unión Soviética, institución en la que obtuve la titulación en la especialidad de Escultura Monumental. Este ciclo de aprendizaje me proporcionó un rigor técnico basado en el estudio de las proporciones, la anatomía y el diseño de obras concebidas para el espacio arquitectónico y urbano.
Regresé a Cuba para desarrollar mi práctica profesional. Durante un primer período, centré mi labor en la proyección y ejecución de esculturas monumentales destinadas a espacios públicos e instituciones culturales. De esa etapa es el busto en homenaje al compositor Amadeo Roldán, emplazado en el vestíbulo del Teatro Amadeo Roldán en La Habana.
A principios de la década de 1990, la coyuntura política y económica derivada del colapso del bloque socialista y del inicio del Período Especial alteró de manera drástica las condiciones de producción artística en la isla. La inactividad de las fundiciones y la escasez de materiales pesados como el bronce y la piedra hicieron inviable la continuidad del trabajo escultórico en gran formato.
Reestructuré mi enfoque creativo y me encaucé hacia la pintura, el dibujo y el trabajo sobre papel, lenguajes que me permitieron sostener mi actividad artística de forma autónoma y adaptada a las nuevas condiciones materiales.
—¿Cómo fue la evolución de tu pincel hasta llegar a lo que hoy todos valoramos?
Mi formación como pintor no provino de las aulas ni de un currículo académico tradicional; nació de la práctica pura, del taller y del impulso de crear justo cuando el Período Especial replanteó todo el panorama de la isla. Esa falta de dogmas institucionales no fue una limitación, sino la clave de mi libertad formal.
Al adentrarme en la creación en medio de una coyuntura de escasez y urgencia, aprendí a relacionarme con el arte desde la intuición. Entiendo la creación visual como un ejercicio de comunicación directa y sin rodeos. Mi obra no nace del artificio técnico ni de la especulación estética, sino de una necesidad de decir, de nombrar lo invisible y de transmitir emociones con una honestidad radical. Para mí, el arte es, ante todo, un puente humano.
Trabajo a través del símbolo, la materia y el lenguaje plástico para traducir la experiencia del tránsito, la metamorfosis y la memoria. Cada serie que desarrollo es un espacio de indagación donde la forma sirve como vehículo para desnudar mi propia visión del mundo. No busco complacer ni adornar la realidad; busco la verdad del gesto, la resonancia de la huella y la capacidad de la imagen para conmover y sostener un diálogo transparente con el espectador.
—Has expresado: “Pinto con las manos llenas de memorias y con el corazón en protesta”. ¿Podrías ahondar en esas palabras?
Mis manos llevan el peso de todo lo vivido y mi corazón crea desde la verdad más pura. Pinto con el recuerdo grabado en la piel y con la honestidad visceral de quien no calla ante su realidad.
—A principios de año expusiste Éxodo en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, con piezas centradas en el tema de las migraciones. Háblanos de esa muestra en particular.
Éxodo es la cartografía de mi propio viaje y el mapa de una vivencia compartida. En esta serie, la travesía no es únicamente un desplazamiento físico o geográfico, sino un tránsito del alma: un estado de suspensión donde la pérdida, la memoria y la búsqueda constante de refugio se entrelazan.
Al pintar Éxodo, no registro la distancia en kilómetros, sino en ausencias y añoranzas. Cada línea, figura y textura nace del peso que guardan mis manos y de la necesidad de dar rostro al desarraigo. Es mi manera de confrontar la fractura del origen, convirtiendo la nostalgia en un acto de resistencia y la huella del pasado en un nuevo territorio de libertad.
—Como observador de tu obra, me atraen los elementos que habitan en los cuadros, que parecen brotar de la flora y la fauna, pero son mucho más. Háblanos de esas imágenes.
Partiendo de la teoría darwiniana de la evolución, observo con dolor el proceso inverso: no el ascenso de la especie, sino su paulatina involución. Ante el agotamiento de lo humano y la pérdida de empatía, busco un retorno a lo originario. De ahí mi encuentro con la metamorfosis hombre-animal, con la teriantropía: la mutación ya no como adorno, sino como el síntoma de una especie que necesita buscar en el instinto, en lo salvaje y en la bestia la verdad que la civilización ha destruido. Mi obra es el testimonio de esa regresión, el espejo de una metamorfosis que se vuelve refugio y última frontera de la identidad.
—Me gustaría conocer tu opinión sobre el arte cubano en general, pero marcando las diferencias, si las hay, entre el del exilio y el de la isla.
A pesar de la emigración constante que ha dispersado a tantas promociones de artistas visuales por el mundo, la isla sigue siendo un manantial inagotable de talento. Hay una fuerza visceral en nuestra tierra: la necesidad de moldear el barro, de enfrentarse a la cartulina o al lienzo, de buscar el mito y la metáfora en medio de la realidad cotidiana. Es algo que parece llevarse en la sangre. Pese a las dificultades, los talleres de la isla no se apagan. Las nuevas generaciones siguen brotando con un rigor técnico impecable y con un lenguaje conceptual maduro, fresco y provocador. El arte cubano tiene esa capacidad casi milagrosa de reinventarse desde sus propias raíces. Por eso la creación en la isla no solo resiste: florece.








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