A 20 años de la muerte de Edith Llerena. (19 de octubre de 1936 – 2 de octubre de 2006)

Written by Luis De La Paz

6 de octubre de 2026

Una noche de viernes, en algo que fue haciéndose una cita semanal y poco a poco una costumbre, un pequeño grupo de escritores nos reuníamos en casa de Armando de Armas, en La Pequeña Habana, para hablar de literatura y de fabulosos proyectos de libros por escribir (en algunos casos, planes inalcanzables). Entre copas de vino, platos con chorizo y queso, uno de los contertulios, José Abreu Felippe, describió con detalle una velada en casa de los escritores Edith Llerena y Pío Serrano (en aquel entonces estaban casados) en el Madrid de los años ochenta, alrededor de 1984 o 1985. Entre los asistentes a aquella velada se encontraban también Reinaldo Arenas, de visita en Madrid en aquel momento, Luis Antonio de Villena, Gastón Baquero —uno de los grandes poetas cubanos— y algún que otro visitante que no recuerdo ahora.

En su relato, el amigo se refirió a una sala amplia con una chimenea que, por ser invierno, estaba encendida y calentaba el ambiente. Era, según relataba, la primera vez que disfrutaba de una chimenea encendida como las que se ven en las fotos navideñas, y dijo que sentía cierta satisfacción y algo de recelo ante el calor que emanaba del fuego. La descripción del evento incluía también copas de vino, algo para picar y la presencia de la poesía, que gravitaba por todo el salón. Abreu Felippe se regocijaba de haber sido parte de ese encuentro y describía a los asistentes, su gestualidad y la manera en que cada cual enfrentaba la poesía.

Fue en el patio de la casa de Armando de Armas, en el corazón de La Pequeña Habana, junto a Denis Fortún, Rodolfo Martínez Sotomayor y su esposa Eva Vergara (también estaba Daymis Sánchez, “Mimí”, la mujer de Armando), donde escuché hablar por primera vez de Edith Llerena, la escritora de cuyo fallecimiento se cumplen 20 años este 2 de octubre de 2026.

Años después de aquella tertulia en Miami, acompañé a Abreu en un viaje a Madrid. Una de las visitas ineludibles fue a la casa de Edith Llerena en el número 3 de la calle León, en el mismo edificio donde habían vivido un tiempo Abreu y la escritora Lilliam Moro. En fin, un lugar en el centro de Madrid donde convivieron escritores cubanos exiliados: Pío y Edith, Lilliam y Abreu.

Allí conocí a Edith Llerena, de quien para ese entonces ya había leído los libros Las catedrales del agua (Playor, 1981) y Canciones para la muerte (Playor, 1982), los cuales me había facilitado Abreu antes del viaje para que conociera su poesía. Sus otros libros, La piel de la memoria (1976), Canto a España (1979), El placer de la palabra (1986) y Resacas del amar, aires y lunas (1992), solo los conozco por referencias y poemas sueltos.

Otros textos suyos se enfocan en la literatura infantil, como Los oficios (1982), Los animales, tus amigos de la tierra (1982), El libro de los animales (1983) y Las flores (tus amigos de la tierra) (1983). Estos libros ayudan a explicar el amor que sentía Edith por los animales, en particular por los gatos.

Al saludarla, sentí a una mujer tierna, inquieta y dulce en su hablar. Una mujer delgada, en aquel momento en sus cincuenta y tantos años, de mirada cálida, aunque creo que ya algo atormentada y paranoica, pues hablaba constantemente de unos vecinos argentinos a los que acusaba de estarla vigilando; no explicó el porqué de sus sospechas, ni era apropiado preguntarle.

De su rostro de ojos azules, grandes y expresivos, emanaban los rasgos de una belleza que comenzaba a borrarse por el paso del tiempo. Fue muy amable: me regaló y dedicó su libro Las catedrales del agua, lo que me permitió revivir la descripción que había escuchado de la sala con su chimenea (en ese momento apagada) y recrear la anécdota narrada por Abreu, algo que ellos también rememoraron.

En la casa, varios gatos —diría muchos— campeaban por sus respetos, y Edith hablaba del amor que sentía por “esos animalitos indefensos” mientras nos preparaba un café bastante parecido al cubano. Lo bebimos en la misma mesa donde la tarde del 2 de octubre de 2006, mientras tomaba un refrigerio, se apagó de repente su vida.

Su muerte resultó una sorprendente y dolorosa noticia. Pío, que nunca dejó de estar al tanto de ella, la dio a conocer. En un correo escribió: “Los que conocimos y quisimos a Edith Llerena conservamos de su estancia entre nosotros la memoria de una mujer apasionada y honesta, de una autora de escritura ardiente e inconsolable”.

La vida y obra de la escritora se dividen entre La Habana, donde nació, y el exilio en Madrid, donde la muerte la sorprendió a los 69 años. Edith Llerena había nacido en la capital cubana el 19 de octubre de 1936. Formó parte de una familia de artistas entre los que destacan su hermana, la actriz Lillian Llerena, y dos sobrinos también actores: Mauricio Rentería, que reside en Miami, y Lily Rentería, ahora en España. Esta última, en octubre de 2014, estrenó el espectáculo Vestida de ojos claros, con poemas de su tía, durante la Lawrence International Book Fair en Massachusetts.

Antes de dedicarse a escribir, Edith formó parte del Ballet de Alicia Alonso y del Conjunto Nacional de Danza Moderna, dirigido por Ramiro Guerra. Tras sufrir una lesión dejó de bailar, pero se mantuvo en el ámbito de la danza como profesora en la Escuela Nacional de Arte.

En 1974 salió de la isla con Pío Serrano y se establecieron en Madrid. Dos años después de iniciar el siempre doloroso exilio, publicó su primer libro, La piel de la memoria. Su poesía es hermética; algunas imágenes resultan difíciles de penetrar, pero el conjunto de su obra ofrece la voz de una mujer que desborda inquietud por los caminos de la existencia, nostalgia y desamparo. De su libro Las catedrales del agua, el poema “Cuba” dice al final: “Lejos de ti, tus hijos,/ van alcanzando la resignación/ y serás algún día, tal vez,/ tierra de fe”.

El prólogo de Las catedrales del agua es del gran Gastón Baquero, quien, como si escribiera un poema, señaló: “Por los poemas de este libro pasa, como ante el niño con el caleidoscopio en la mano, el cuerpo pétreo y alado a un tiempo de una ciudad mágica. Se escucha quedamente el rumor del mar, tan en sordina que no se sabe si gime o canturrea. Las olas se convierten en ondas apacibles, dejan de ser sombras tormentosas, y el mar, el Infatigable, sale y vuelve de las costas de la isla, toca en cada ribera del sitio cualquiera donde están los hijos dispersados, y le lleva el perfil del cuerpo inolvidable”.

De los libros mencionados, Canciones para la muerte cobró un relieve especial al momento de su fallecimiento y ahora, a 20 años de su deceso.

Este libro, con prólogo de Armando Álvarez Bravo e ilustraciones de Lorenzo Mena, Jerónimo Salinero, Ramón Alejandro y Arturo Rodríguez, evoca la muerte en 16 formas: ira, envidia, nostalgia, amor, dolor, discordia, celos, tristeza, rencor, traición, lujuria, miedo, odio, venganza, guerra y lágrimas. Es un libro extraño, pues la muerte es, en sí misma, cada uno de estos sustantivos sobre los que crecen las oscuras imágenes que la escritora dibuja: “Miedo para que la Muerte/ en el océano-rocío del lirio/ se haga una copa cristalina/ con las purísimas temblorosas gotas,/ para que se sienta loba/ atrapada en cepo…”.

En la introducción de Álvarez Bravo se lee sobre Canciones para la muerte: “Nunca es más espléndida la poesía que cuando se centra en el amor, la noche y la muerte. Porque realidad e irrealidad son productos de sus enlaces más secretos, y son ellos los que determinan ese más que es la esencia y razón del acto poético”.

Edith Llerena era, sin duda, una de las voces femeninas más interesantes de la literatura cubana. El hecho de vivir en España quizás haya influido en que su obra sea menos conocida entre los cubanos de Miami y, aún menos, entre los de la isla.

Que sirvan estas palabras para recordarla dos décadas después de su fallecimiento, como un llamado para que su voz poética irradie como se merece.

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