El Pensamiento. — La Palabra. — La Escritura. — La libertad de pensamiento. — La libertad de expresión. — Los fogli a mano. — La libertad de prensa. — Los enemigos de la libertad de prensa. — La declaración de los derechos del hombre. — La libertad de prensa en Cuba. — La colonia española. — Periodistas cubanos que tuvieron que salir al exilio para defender sus ideas: Félix Varela, José Antonio Saco, Juan Clemente Zenea, Enrique Piñeyro, José Martí. — Periodistas cubanos que libraron su batalla en Cuba: Juan Gualberto Gómez. — Una sentencia del tribunal supremo español que hizo historia. — La libertad de prensa en las constituciones cubanas. — La censura en la República. — Final
Por Jorge Quintana (1953)
La primera actividad mental de la especie humana fue el pensamiento. Se iba así diferenciando el Homo sapiens, con características únicas, de los demás animales que poblaban el planeta. Por la vía del pensamiento se entró en el terreno de la razón y, mediante la observación, el ser humano se adentró en el campo del conocimiento.
Memorizando fue haciéndose de un acervo de experiencias; advirtió así diferencias esenciales entre el día y la noche, la periodicidad de los ciclos lunares, la lluvia y otros fenómenos atmosféricos. La primera explicación que logró de ellos fue empírica. El tiempo, la meditación, la observación y la experimentación le han hecho dueño de la ciencia. El ser humano es la única especie que ha logrado progresar conscientemente a través de su existencia.
Con la evolución de las ideas, el pensamiento derivó hacia el campo de la filosofía y las aspiraciones ideales. Las cosas eran de una forma, pero se podía aspirar a transformarlas en la búsqueda afanosa de su perfección. Con los siglos surgieron las luchas por los ideales: la persecución por razones religiosas, políticas y sociales. Así nació la aspiración filosófica de la libertad de pensamiento. La sangre corrió a raudales, pero ya en las colonias que Inglaterra organizó en el continente americano, una amplia libertad religiosa sirvió de ejemplo y estímulo al mundo europeo.
La Reforma puso en evidencia el absurdo de un mundo en el que no se pudiera profesar la religión deseada o pensar con libertad, siempre y cuando ese pensamiento no lesionara los derechos ajenos, base de lo que los sociólogos llaman el equilibrio social. La Revolución Francesa de 1789 proclamó esos derechos esenciales. Desde entonces, la sociedad lucha por afianzar un clima donde la persecución de las ideas deje de ser una amenaza a la actividad mental fundamental.
La Palabra
Tras la conquista del pensamiento, se ganó la de la palabra. En los primeros tiempos, el Homo sapiens emitía gritos guturales, semejantes a los de ciertos antropoides. Sin embargo, los fue articulando paulatinamente: suavizó el tono de la voz y, en el cambio de inflexiones, halló la manera de enviar y recibir mensajes, ideas e información con sus semejantes. Pudo expresarse de forma tal que asegurase la perdurabilidad de las experiencias adquiridas y del conocimiento logrado.
Para la vida en sociedad fue un paso decisivo. Incluso para los orígenes del Estado, la articulación del lenguaje constituyó un gran logro. Y cuando se avanzó en el terreno de las aspiraciones ideales, paralelamente al ansia de libertad de pensamiento, se desarrolló el deseo de alcanzar la libertad de expresión.
Se reclamaba el derecho a pensar y hablar sin sujeción a reglas previas, a profesar la religión deseada o a opinar a entera satisfacción del fuero interno. En la Revolución Francesa de 1789 estos derechos alcanzaron máxima prioridad. En la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, adoptada por la Asamblea Constituyente francesa del 20 al 26 de agosto de 1789 y aceptada por el rey Luis XVI el 5 de octubre de ese mismo año, se lee en su artículo 10:
“Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso religiosas, con tal de que su manifestación no perturbe el orden público establecido por la ley”.
Con ello se consagró formalmente un derecho considerado desde entonces como una de las conquistas más preciadas. ¡Libertad para pensar! ¡Libertad para opinar!
La Escritura
Tras el pensamiento y la palabra, el progreso continuó con la conquista de la escritura. La perdurabilidad de las ideas quedaba asegurada para la posteridad. El conocimiento, la ciencia y las experiencias de todo orden podían perpetuarse definitivamente. Había noticias e informes que transmitir e intercambiar. Surgió la prensa oral, primera manifestación de lo que hoy conocemos como periodismo.
Con la escritura, la noticia pudo ser manuscrita y difundirse ampliamente. El valor de estas informaciones aumentó con el desarrollo de las actividades humanas. En Italia, a mediados del siglo XV, se organizaron oficinas que redactaban noticias manuscritas denominadas fogli a mano. Las había de toda clase: mercantiles, sociales, políticas y militares. A quienes confeccionaban los fogli a mano se les denominaba novellanti, rapportisti o gazzettanti, tres denominaciones cuyos derivados perduran en el léxico actual: de novellanti proviene “novelista”; de rapportisti, “reportero”; y de gazzettanti deriva “gaceta”. Este último término correspondía a la gazzetta, moneda fraccionaria veneciana equivalente al precio habitual de un foglio a mano.
Hacia 1440, Johannes Gutenberg perfeccionó la imprenta de tipos móviles. Los fogli a mano pasaron muy pronto de ser noticias manuscritas a convertirse en impresos. Fueron adquiriendo periodicidad y así nació el periódico, y con él, la necesidad imperiosa de conquistar la libertad de prensa.
Desde la época de los fogli a mano existió la certeza de una lucha por este derecho. Los papas se opusieron resueltamente. En 1572, la bula Romani Pontificis Providentia prohibió la circulación de avisos o noticias, así como de escritos considerados libelos. La sanción era gravísima: los autores, recopiladores y divulgadores —o quienes no los remitieran inmediatamente a las autoridades— quedaban expuestos a severas penas, incluidas la muerte y la confiscación de bienes.
Ya en 1570, Nicolás Franco ascendió al patíbulo, convirtiéndose en una de las primeras víctimas del deber periodístico. Con su ejecución, los verdugos mostraron los sacrificios necesarios para que el derecho a pensar, hablar y escribir fuera respetado. Pocos años más tarde, en 1586, la Cámara de la Corona inglesa expedía un decreto disponiendo que las noticias pertenecían al rey y requerían licencia previa. En 1587, bajo el pontificado de Sixto V, Annibale Cappello fue ejecutado en Roma: le cortaron la mano con la que escribía, luego la lengua, y fue ahorcado con un cartel que lo declaraba “embustero y calumniador”.
Sin embargo, a pesar de tales arbitrariedades, la causa continuó. Un monarca absolutista como Federico el Grande de Prusia, influido por Voltaire, llegó a reconocer que “para que los periódicos puedan ser interesantes es menester que no se les ponga trabas”.
La Gran Lucha
A la par de las libertades de pensamiento y expresión, se consolidó la lucha por la libertad de prensa, entendida como condición indispensable para la existencia de cualquier otra libertad. La prensa libre funcionaba como el barómetro del estado político de la nación: bajo un gobierno despótico la libertad de prensa era anulada, mientras que bajo un régimen respetuoso de la ley, nada se temía de ella. Se aspiraba a un sistema donde la opinión pública fuese un valor reconocido, para lo cual se requería una prensa independiente, responsable y libre de temor.
En la Declaración de los Derechos del Hombre de 1789, el artículo 11 ratifica:
“La libre comunicación de los pensamientos y de las opiniones es uno de los derechos más preciosos del hombre; todo ciudadano puede, por tanto, hablar, escribir e imprimir libremente, salvo la responsabilidad por el abuso de esta libertad en los casos determinados por la ley”.
Incluso los dictadores suelen declararse partidarios de la libertad de prensa, sobre todo en América Latina, donde los regímenes autoritarios se autoasumen paradójicamente como democráticos. Lo complejo es que la respeten. Gerardo Machado, antes de asumir la presidencia de Cuba, declaró en un viaje a los Estados Unidos que “la prensa era una cosa molestísima, pero necesaria”. Ninguna expresión ilustra mejor la contradicción de los tiranos al proclamarse amantes de la libertad mientras en la práctica la suprimen.
Thomas Carlyle atribuyó a la prensa la condición de “cuarto poder” o “cuarto estado”. Hoy el concepto resulta anticuado. El periodismo no aspira a ser un poder, sino a que sus derechos estén garantizados en la práctica social; no en el papel, sino en la conciencia responsable de los gobernantes.
John Milton, al defender este derecho en Inglaterra y combatir la censura en su Areopagítica, no vaciló en criticar al propio Parlamento cuando amparó medidas arbitrarias, marcando un hito en la comprensión de la misión del periodismo.
La libertad de prensa ha tenido notorios detractores históricos como Fouché, Fernando VII, León XII o el príncipe Metternich. En el siglo XX, cuatro grandes regímenes la anularon: el nazismo de Adolf Hitler, el fascismo de Benito Mussolini, la dictadura de Francisco Franco y el régimen soviético.
En contraste, ha contado con destacados defensores. El papa Pío XII, al dirigirse a un grupo de periodistas estadounidenses el 27 de abril de 1946, expresaba:
“[…] la prensa debe ser enteramente leal, sin desviarse de la verdad, para que esa tremenda influencia no sea malamente utilizada. La verdad a que nos referimos es la verdad de la visión con que ustedes contemplen los acontecimientos realmente como suceden, la verdad de su presentación cuando ustedes informan de esos sucesos, tal como los han visto, interpretándolos tan solo por los estándares. Ahora bien, la verdad es imparcial —no es partidista—, exige los hechos, no la fantasía. La verdad no es venal, no teme ser conocida, pero sí quiere que se le presente en la blanca luz de la objetividad, no con el tinte especial del prejuicio o de la conjetura. La verdad también es discreta, y sabe que la realidad, a veces, debe ser circunscrita por la reserva, que no se adorne el mal y se menosprecie el bien. La verdad es modesta, y sabe que puede entrar en el alma por la ventana de los ojos”.
La Libertad de Prensa en Cuba
El régimen colonial español no reconoció el derecho a la libertad de prensa hasta las Cortes de Cádiz. La Constitución Política de la Monarquía Española, promulgada el 19 de marzo de 1812, declaraba en el artículo 131 (inciso XXIV) a las Cortes como protectoras de “la libertad política de la imprenta”. Asimismo, el artículo 371 establecía: “Todos los españoles tienen libertad de escribir, imprimir y publicar sus ideas políticas sin necesidad de licencia, revisión o aprobación, bajo las restricciones y responsabilidades que establezcan las leyes”.
La aplicación de estos preceptos en Cuba estimuló el desarrollo periodístico. No obstante, el período fue breve: con el regreso de Fernando VII a España tras la retirada francesa, se decretó la abolición del régimen constitucional y el restablecimiento del absolutismo. Como señaló el historiador Fernando Portuondo: “Políticamente, lo único que perdió el cubano era la libertad de imprenta”.
Seis años más tarde, el pronunciamiento del general Rafael del Riego en Cabezas de San Juan restableció el sistema constitucional. Ante la noticia, las tropas españolas en La Habana obligaron al capitán general a proclamar la Constitución derogada. El periodismo recobró bríos y proliferó el libelo, con el presbítero Tomás Gutiérrez de Piñeres como figura prominente. Reaccionario y demagogo, Gutiérrez de Piñeres atacó a los criollos con la intención de desplazarlos de los cargos públicos, acentuando la división entre criollos y peninsulares en la prensa de la época.
A fines de 1823 se restauró el absolutismo en España mediante la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis. Cuba volvió al oscurantismo y la libertad de prensa desapareció. Para afianzar el control, la Real Orden del 28 de mayo de 1825 otorgó al capitán general facultades de gobernador de plaza sitiada.
Los intelectuales que buscaron expresar sus opiniones libremente debieron marchar al exilio: hacia Estados Unidos, como el padre Félix Varela, Miguel Teurbe Tolón o los hermanos Iznaga; o hacia México, como el poeta José María Heredia. En Estados Unidos, el padre Varela redactó El Habanero, publicación fundamental en la defensa de la independencia de criterio y la libertad de emisión del pensamiento.
A la muerte de Fernando VII asumió como capitán general en Cuba Miguel Tacón, uno de los gobernantes coloniales más intransigentes. Tras haber capitulado ante los patriotas en Suramérica, profesaba un profundo rechazo hacia los criollos. Antes de tomar posesión solicitó la ratificación de las facultades omnímodas de 1825 y, a los dos meses de mando, expulsó de la isla a José Antonio Saco, quien había dirigido El Mensajero Semanal en EE. UU. y encabezaba entonces la Revista Bimestre Cubana. La explicación dada por Tacón a Saco refleja su talante autoritario: afirmó que sus escritos “eran muy alarmantes y la juventud seguía con mucho calor sus ideas”.
Tacón implantó una rígida censura que alcanzó a la correspondencia privada. A pesar de ello, enfrentó la postura crítica de tres criollos ilustres: José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y Domingo del Monte.
El motín de La Granja de 1836 restableció temporalmente la Constitución de Cádiz. El gobernador de Oriente, general Manuel Lorenzo, la proclamó en su jurisdicción, pero Tacón envió tropas que lo obligaron a embarcarse hacia España. En 1838 Tacón entregó el mando a Joaquín de Espeleta, pero el régimen dictatorial subsistió con igual rigor bajo su mandato y los de Leopoldo O’Donnell (1843) y José Gutiérrez de la Concha.
En ese contexto de opresión, los anexionistas editaban en Estados Unidos el periódico La Verdad. En Cuba, por imprimir clandestinamente La Voz del Pueblo Cubano, fue ejecutado en el garrote vil el joven tipógrafo Eduardo Facciolo. Por su parte, el periodista estadounidense John S. Thrasher fue juzgado en consejo de guerra y enviado prisionero a Ceuta, de donde fue liberado tras la firme reclamación del gobierno de Washington.
La Revolución de 1868 en España trajo a Cuba al capitán general Domingo Dulce, de filiación liberal, quien restableció la libertad de imprenta. En ese breve periodo, José Martí, siendo estudiante del Instituto de Segunda Enseñanza, se inició en el periodismo colaborando en El Diablo Cojuelo y publicando el periódico La Patria Libre.
Con el alzamiento independentista del 10 de octubre de 1868, los patriotas editaron sus propios órganos de prensa en la manigua, entre ellos El Cubano Libre, publicado por Carlos Manuel de Céspedes tras la toma de Bayamo. En el exilio, figuras como Enrique Piñeyro, Juan Clemente Zenea y José Antonio Merchán mantuvieron activas sus publicaciones.
Tras el Pacto del Zanjón (1878), no se incluyeron garantías para la prensa. Como observó Rafael Montoro en el Ateneo de Madrid: “En cuanto a la libertad de imprenta en particular no existió porque ninguna disposición se dictó entonces en tal sentido”.
En el período entre el Zanjón y el reinicio de la guerra en 1895, la prensa cubana disfrutó de aperturas limitadas. Surgieron publicaciones de aliento nacional, aunque sujetas a constante persecución militar. Incluso los periódicos autonomistas sufrían represalias: en 1885, El País fue suspendido por veinte días por adelantar la noticia de la enfermedad del rey Alfonso XII. Para eludir las suspensiones, El Triunfo (fundado por Manuel Pérez Molina) reaparecía bajo el título El Trunco, de forma análoga a El País, que salía como El Paisaje.
En los Estados Unidos, periodistas como Enrique Trujillo (El Porvenir), José Dolores Poyo (El Yara) y José Martí (Patria) mantuvieron la prédica independentista. Dentro de Cuba, Juan Gualberto Gómez, Eduardo Yero, Desiderio Fajardo Ortiz, Emilio Bacardí y el catalán José Miró Argenter libraron la batalla abierta contra la censura española.
Cabe señalar un antecedente jurídico relevante: Juan Gualberto Gómez fue condenado en La Habana por un artículo que el capitán general Camilo García de Polavieja consideró subversivo. Tras ser defendido en primera instancia por José González Lanuza, la causa fue apelada ante el Tribunal Supremo de España, donde el jurista Rafael María de Labra obtuvo una sentencia revocatoria que estableció que la propaganda separatista no constituía delito si se mantenía dentro de los límites de la prensa escrita y la lucha ideológica pacífica.
La Libertad de Prensa en las Constituciones Cubanas
Proyecto de Joaquín Infante (1811): Redactado en el exilio en Venezuela, regulaba el derecho señalando: “Las opiniones serán libres, lo mismo en la prensa, con tal que no se ofenda al dogma y la moral, al sistema de Gobierno ni a los ciudadanos en particular”.
Proyecto de Narciso López (1851): El artículo 14 establecía: “La libertad de imprenta y de la palabra queda reconocida y sancionada, sin otra limitación que los derechos y la libertad de otro y la seguridad pública”.
Constitución de Guáimaro (1869): La primera Carta Magna de la República en Armas abordó el tema en su artículo 28: “La Cámara no podrá atacar las libertades de culto, imprenta, reunión pacífica, enseñanza y petición, ni derecho alguno inalienable del Pueblo”.
Constitución de Jimaguayú (1895): Centrada en la estructura militar de la guerra, omitió la parte dogmática sobre derechos individuales.
Constitución de La Yaya (1897): Dedicó el Título II a los derechos individuales. El artículo 13 estipuló: “Todos los cubanos tienen derecho a emitir con libertad sus ideas y a reunirse y asociarse para los fines lícitos de la vida”.
Constitución de 1901: Con la instauración de la República, el artículo 25 consagró: “Toda persona podrá libremente, y sin sujeción a censura previa, emitir su pensamiento, de palabra o por escrito, por medio de la imprenta o por cualquier otro procedimiento, sin perjuicio de las responsabilidades que impongan las leyes […]”.
Estatutos de 1933 y Ley Constitucional de 1934: Tras la caída de Gerardo Machado, los Estatutos Provisionales fiscalizaron las garantías. Posteriormente, la Ley Constitucional de Mendieta (1934) restituyó en su artículo 26 la libertad de emisión del pensamiento sin censura previa, prohibiendo el decomiso de publicaciones sin mandato judicial firme. En 1935 se restableció plenamente el texto de 1901.
Constitución de 1940: Firmada el 1.º de julio en Guáimaro y en vigor desde el 10 de octubre, ratificó en su artículo 33 la emisión del pensamiento sin censura previa y prohibió la ocupación de locales, equipos o instrumentos periodísticos.
Ley Constitucional de 1952: Tras el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, el gobierno de facto reprodujo formalmente el texto del artículo 33 de 1940 en su articulado.
La Censura en la República
En las primeras cinco décadas republicanas, la prensa cubana enfrentó la censura en dos períodos principales.
La primera censura formal de la República fue decretada por el gobierno de Gerardo Machado el 13 de noviembre de 1930. Los diarios de la capital suspendieron voluntariamente sus publicaciones en protesta. El 22 de noviembre, las empresas acordaron editar conjuntamente el diario Prensa Unida en los talleres de El Mundo; sin embargo, al día siguiente la policía ocupó las instalaciones e impidió su distribución.
Aunque las garantías se restablecieron brevemente en diciembre de 1930, el 9 de enero de 1931 un decreto ordenó la clausura de El Mundo, El País, Información, Havana American, y las revistas Carteles, Karikato, La Semana y Bohemia. Al día siguiente fue clausurada La Independencia de Santiago de Cuba. En respuesta, periodistas y trabajadores crearon el diario Ahora, dirigido por Guillermo Martínez Márquez, redactado hasta su suspensión a finales de ese mes. En agosto de 1931, con la suspensión definitiva de las garantías constitucionales, la censura machadista se mantuvo hasta la caída del régimen en 1933.
Como señalaba el jurista mexicano Ignacio Lomelí Jáuregui: “El pueblo es el único censor”. En la misma línea, William Blackstone consignó en sus Comentarios:
“Sujetar la prensa al poder restrictivo de un censor es sujetar toda libertad de sentimiento al prejuicio de un solo hombre, y convertirlo en el juez arbitrario e infalible de todas las controversias sobre puntos de religión, cultura o gobierno”.
La censura constituye una arbitrariedad y un ataque, en palabras de Rudolf von Jhering, “contra la idea misma del derecho”. Solo los gobiernos incapaces de justificar sus actos ante la ciudadanía temen a la prensa independiente.
Coincidiendo con José Martí en que “la libertad ha de ser práctica constante para que no degenere en una fórmula banal”, los periodistas aspiran a un ejercicio pleno sin restricciones. El 24 de octubre de 1953 fue derogado el régimen de censura, aunque permaneció la Ley de Orden Público. Un presidente de la República es un esfuerzo transitorio; la prensa, en cambio, representa la acción constante en favor de una patria donde se practique el principio de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.
NOTA DE LA REDACCIÓN
Desde el 1.º de enero de 1959 no existe libertad de prensa en Cuba. El régimen controla los medios oficiales y sanciona, persigue o encarcela a quienes ejercen el periodismo independiente.
Según la ONG Prisoners Defenders (con sede en Madrid), existen más de 1370 prisioneros políticos documentados en la isla. La organización señala que la cifra ha ido en aumento progresivo desde las protestas masivas del 11 de julio de 2021 (11J), sumándose manifestantes de protestas posteriores por los cortes eléctricos y la escasez de alimentos, así como ciudadanos procesados por sus publicaciones en redes sociales. El periodismo independiente continúa ejerciéndose desde el exilio o bajo extremas condiciones de clandestinidad.







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