Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

3 de noviembre de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

La China

Sebastián seguía con las hormigas y la incertidumbre del momento atropellaba mis ideas.

—¿Qué piensas hacer? —Cesé de mirar a Sebastián y sus hormigas.

—Quedarme en mi casa. Seguir trabajando en la fábrica. Pensar que Aquilino se encuentra bien… son muchas cosas a la vez. ¿Y tú…?

—Es lo mejor que puedes hacer. El Mongo nunca te conoció ni supo de la ubicación del mimeógrafo.

—¿Y tú…? —insistió.

—El Mongo sí me conoce. Me conoce muy bien.

—¿Te esconderás, como hizo Aquilino…?

—Es muy probable.

—¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos? —dijo sin mirarme—. ¡Cuánto diera por saber de Aquilino! No se me quita de la cabeza.

—Aquilino volverá. Volverá cuando todo esto sea historia para contar —dije a manera de consuelo.

 Entonces me miró.

—¿Volverá… volverán todos…? —La pregunta se cargó de angustia.

—Volveremos, aunque sea de una u otra forma —afirmé, carente de convicción.

—¡Me asustas…!

**********                          

En la primavera de 1969, en preparación de la llamada “zafra de los diez millones de toneladas de azúcar”, el país, en función de la consigna gubernamental: “Todos a la agricultura. Que no quede caña sin limpiar ni caña sin tumbar”, quedó semiparalizado. En aras del objetivo, profesionales, estudiantes, obreros industriales y artesanales, junto a elementos de las fuerzas armadas y reclusos penitenciarios, trabajaron forzados, a lo largo y ancho de la isla. Había que asegurar el éxito de la molienda de 1970. Había que cumplir con el comandante en Jefe y su contundente aseveración: “¡Los diez millones van; de que van van!”.

Por entonces, acusado de delitos “contrarrevolucionarios”, yo guardaba prisión en la provincia de Las Villas. A inicios de aquel año un nutrido grupo de reclusos políticos fuimos trasladados a un lugar, no lejos de Santa Clara, llamado Cardoso. Allí, a principios del siglo XX se encontraba en pleno auge productivo el ingenio San Cristóbal, propiedad del terrateniente Juan Cardoso. Sin embargo, entre 1922 y 1925, arrastrado por el derrumbe del precio mundial del azúcar, Cuba sufrió una severa crisis económica bautizada, popularmente, como: “La época de las vacas flacas”. La debacle azucarera  silenció las maquinarias del San Cristóbal, y del esplendor azucarero del batey solo se conservaba —y aún se conserva— erguida, para orgullo de los vecinos, “La torre de Cardoso”, visible desde la carretera que, partiendo de Santa Clara, une a los poblados de Seibabo y  Matagua con  Manicaragua.

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