EL CONSUELO: EL ARTE DE ALIVIAR EL DOLOR AJENO

3 de noviembre de 2026

Una reflexión sobre el valor de la amistad, la fe y la compañía humana frente al sufrimiento y la soledad publicada en noviembre de 2013.

Parte de la vida humana es el sufrimiento. Ante esta experiencia, la queja, la rebeldía o la resignación suelen ser las respuestas más comunes. Sin embargo, de nuestros dolores brota una pregunta: ¿por qué Dios permite que suframos? A veces, con un profundo sentimiento de frustración, creemos que nuestro dolor es señal del olvido de Dios, sin advertir que en toda tragedia podemos encontrar el sagrado bálsamo de su consuelo.

“Nos hallamos muy cerca de consolarnos cuando queremos a quienes nos consuelan”, dijo Marivaux, novelista y dramaturgo francés del siglo XVIII. En efecto, la amistad es un ingrediente milagroso que contribuye a aliviar el sufrimiento ajeno. En el libro bíblico del Eclesiástico encontramos este hermoso pensamiento: “Un amigo fiel es un sólido refugio; el que lo encuentra ha encontrado un tesoro”. Un verdadero amigo nunca abandona a quienes lo necesitan.

La palabra consuelo, etimológicamente, se relaciona con la idea de acompañar a quien se siente solo. Víctor Hugo dijo que “todo el infierno está encerrado en esta palabra: soledad”. Probablemente por eso nos disgustan las normas hospitalarias que mantienen aislados a los enfermos terminales en cubículos de las llamadas “unidades de cuidados intensivos”.

Pierre de Ronsard, ilustre poeta francés fallecido en 1585, nos legó una frase lapidaria: “Bello fin consigue quien muere amado”. Morir en soledad, en una habitación hospitalaria, puede convertirse en una experiencia angustiosa. Donde falta el consuelo, abunda el dolor.

No hace mucho, en una residencia para ancianos, de esas que eufemísticamente llamamos “nursing homes”, presencié una situación dramática. Recordé entonces lo que afirmaba mi sabio y entrañable amigo Mario Llerena: “El eufemismo no es una hoja de parra, sino un velo translúcido que deja entrever lo que hay detrás”.

Llamar “home” a un lugar donde el enfermo se siente solo, atendido por extraños, con quejidos que nadie escucha y necesidades que nadie satisface, constituye una perversión de uno de los vocablos más dulces del idioma. Eso no es vivir en un “hogar”, sino en una prisión.

En una estrecha cama, con las manos sujetas a las barandas para evitar que se hiciera daño, una anciana de casi noventa años trataba de comunicarse conmigo con voz apenas audible. Logré comprender que ansiaba reunirse con sus hijos, quienes se habían alejado de ella.

Más tarde, una enfermera me informó que Irene tenía cuatro hijos, quienes ya habían dispuesto los arreglos funerarios de su madre, pero llevaban meses sin visitarla. ¡Le habían preparado el sepulcro, mientras le amargaban los últimos días de su existencia!

Hemos olvidado la necesidad y la importancia del consuelo, privando de nuestra cercanía a personas que, precisamente porque nos aman, sufren intensamente nuestra ausencia. Con frecuencia, nos limitamos a enviar una tarjeta con pensamientos impresos que ni siquiera son nuestros, o a hacer una llamada telefónica para cumplir con un compromiso, cuando lo que esa persona verdaderamente necesita es nuestra compañía.

Consolar no significa necesariamente eliminar el dolor, sino aliviarlo en quien lo padece. Decirle a una persona en estado terminal que estamos a su lado porque la amamos, aunque creamos que no puede escucharnos, es un mensaje que puede llegarle de manera profundamente conmovedora.

Saber consolar es, a veces, una tarea más difícil de lo que parece. No existe un manual de procedimientos para ofrecer consuelo. Se trata, en gran medida, de las convicciones, la sensibilidad y el sentido común de quien está dispuesto a brindarlo.

Quien intenta mostrarse simpático a toda costa, se atreve a emitir diagnósticos médicos o subestima la dignidad del enfermo puede causar más daño que beneficio. Expresiones como “No llores” o “Parece mentira que una persona con tu fe no sepa superar sus dificultades” son frases hechas, desafortunadas y carentes de sensibilidad.

Tampoco resulta recomendable hacer pronósticos infundados. Decir “¡Vamos, si no tienes nada!” o “¡Pronto estarás bien, disfrutando de la vida!” puede parecer alentador, pero el enfermo sabe cuándo lo estamos engañando o ignoramos la gravedad de su situación. Lo último que necesita son falsas esperanzas disfrazadas de optimismo.

Muy a menudo, el mejor consuelo que podemos ofrecer a un amigo es una oración reconfortante, un apretón de manos o un beso fraternal, procurando que nuestros gestos no tengan el aire de una despedida.

Debemos recordar que el consuelo no se relaciona exclusivamente con las enfermedades terminales o la muerte. También es necesario ante accidentes que provocan incapacidades, fallecimientos que sumen a las familias en el luto, pérdidas de empleo, separaciones dolorosas y acontecimientos de consecuencias devastadoras.

En estos tiempos hemos conocido casos de estudiantes que recurren al suicidio para escapar del acoso escolar; hemos sabido de amigos víctimas de asaltos o atropellados por vehículos conducidos irresponsablemente, y hemos presenciado el naufragio de familias en las que un hijo, un hermano o un esposo se destruye lentamente por el consumo de alcohol y drogas.

Es preciso comprender que, en situaciones como estas, el consuelo debe estar respaldado por un generoso espíritu de ayuda. Ciertamente, nuestra presencia constituye un apoyo extraordinario, pero lo que decimos y la manera en que actuamos determinan el verdadero valor de ese acompañamiento.

Un buen amigo es aquel que ofrece antes de que le pidan. “El amor, para que sea auténtico, tiene que costarnos”, dijo la Madre Teresa de Calcuta. Y tenía razón, porque hizo de ese principio una forma de vida.

A lo largo de mis más de sesenta años de ministerio pastoral he tenido que afrontar situaciones que me impulsaron a buscar maneras genuinas de consolar.

Recuerdo a un señor que, al jubilarse, cayó en un profundo estado de depresión. No recurrí a palabras convencionales de aliento ni a un recetario de consejos. Sencillamente, como se trataba de un pintor profesional, lo invité a realizar un mural en la iglesia.

“Ahora que tienes más tiempo libre, vas a disfrutar dejando tu talento plasmado en los colores de una pared”, le dije. Y la sonrisa volvió a su rostro.

El consuelo tiene también una profunda dimensión religiosa. Si evitamos las actitudes de superioridad y renunciamos a cualquier pretensión de aparentar santidad, nuestras palabras pueden convertirse en un apoyo de incalculable valor.

No es necesario ser un profundo conocedor de las Sagradas Escrituras. Basta con familiarizarse con algunos pasajes bíblicos apropiados para distintas circunstancias y saber compartirlos con sensibilidad y oportunidad.

En los Salmos encontramos un verdadero manantial de inspiración. Recordemos, por ejemplo, este pasaje:

“Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra. Aumentarás mi grandeza, y volverás a consolarme” (Salmos 71:20-21).

También encontramos estas palabras en una de las cartas de San Pablo:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”.  (2 Corintios 1:3-4).

Recordemos, asimismo, la vibrante expresión de Martín Lutero: “Nuestro Dios es la muralla, es la sólida armadura que en cualquier lugar ampara”.

Quiero concluir estas reflexiones con unos sentidos versos de Amado Nervo, que citamos parcialmente y con los cuales podemos identificarnos:

“Ya no hay un dolor humano que no 

sea mi dolor,

ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma 

se angustia

sin que yo me angustie y llore;

ya mi corazón es lámpara de todas las vigilias,

¡oh, Cristo!”.

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