Por Gustavo Sánchez Perdomo.
Los disturbios, los pillajes y las violencias en las calles de decenas de ciudades vividos en Francia durante las jornadas del 17 y 18 de este mes continuaron, ya con menor intensidad, el sábado pasado. Estos acontecimientos, apreciados como un todo asociado a hechos semejantes que tienen lugar en otras ciudades europeas, constituyen una progresión inédita en un proceso que ha germinado y sigue expandiéndose desde hace décadas. Ante la evidencia de esa evolución nefasta, las élites y los políticos en este país han respondido con una pusilanimidad casi suicida. Lo de ahora no debe ser calificado como más de lo mismo, sino peor de lo mismo. El precedente más reciente del actual descalabro social ocurrió en junio de 2023, como consecuencia de la muerte en Nanterre, al oeste de la capital, de un menor atajado por policías que trataban de detenerlo al volante de un vehículo. También entonces hubo saqueos que nadie pagó. Evolucionando casi día a día desde finales del mes pasado, estas manifestaciones de ahora fueron, en sus inicios, convocadas por los estudiantes de secundaria para reclamar mejoras materiales, por los sindicatos y por los campesinos que piden subsidios para paliar el aumento significativo en el costo de la vida. Como era previsible, las muchedumbres fueron infiltradas por cientos de encapuchados procedentes de los suburbios con el único propósito de robar y destrozar.
El derecho a manifestarse figura en la Constitución francesa. Pero lo que sucedió en las calles, lo que el planeta vio en las pantallas de televisores y teléfonos, fue el resultado de una operación previa de desestabilización dirigida contra el orden democrático por extremistas antisistema de izquierda, tributarios directa o indirectamente de La France insoumise, creado por Jean-Luc Mélenchon, un antiguo senador y ministro socialista cuyo verdadero linaje es trotskista. Esta formación se ha nutrido del desmembramiento de otras, explotando de paso la incompetencia garrafal de un gobierno, el presidido por Emmanuel Macron, que los observadores definen ya como el peor desde la fundación de la Quinta República en 1958 hasta nuestros días. No existe precedente que pueda ser equiparado con el desplome institucional, económico y gubernativo que ha tenido lugar en Francia a partir de la disolución por Macron de la Asamblea Nacional en junio de 2024. Derrotados los partidos tradicionales, en las elecciones europeas primero y en las legislativas que hubo a continuación de la disolución después, el ejecutivo, que une en conjunción fatal arrogancia e incompetencia, penetró a tientas en una etapa durante la cual no ha podido gobernar, dedicándose solo a dar largas a una situación inédita que ha agravado el endeudamiento público y la bancarrota económica.
Cuando los ciudadanos del país nos despertamos el lunes 19 observando aterrados lo que había sucedido la víspera en el país, solo pudimos alzar los ojos al cielo y preguntarnos: ¿Y ahora qué? Desde entonces las mismas caras, omnipresentes cartas marcadas, han estado encaramándose a cuanto podio público, policiaco o mediático han podido escalar. Con un solo objetivo: hacer lo de siempre, perorar. Paralelamente, no se avizora asomo alguno de respuestas serias a las reclamaciones que en su comienzo volcaron a las calles a los estudiantes de secundaria pidiendo mejores condiciones materiales para sus establecimientos públicos. No hay plata. Origen de esta etapa de revueltas callejeras, los jóvenes han sido infiltrados por otros intereses políticos que tienen perspectivas subversivas demasiado claras para llamarse a engaño con ellos. Es un cóctel letal para la paz social: movimientos legítimos corrompidos desde el exterior por los mismos de siempre, la izquierda y, a su sombra, la extrema izquierda.
Desde hace semanas Francia vive ya al ritmo de una campaña presidencial con vistas a las elecciones de abril de 2027. El actual mandatario, que está cumpliendo el final de su segundo período, no puede presentarse a su reelección. Ya se han manifestado alrededor de treinta candidatos, de los cuales los dos finalistas, en una hipotética segunda vuelta en mayo, saldrán de entre los tres o cuatro mejor votados. Nada que ver con el sistema bipartidista de otros países. Los cuchillos largos ya están desenvainados y muchos temen que, a la hora de los hornos, queden frente a frente los representantes de los dos partidos de los extremos, Marine Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Este último es un admirador confeso de Fidel Castro y de Hugo Chávez, a quienes designó como sus inspiradores. Los visitó repetidamente en vida. Con esa cita en la mirilla, el “insumiso” hace todo lo posible por desarmar y aislar a las fuerzas del orden, al mismo tiempo que trata de inculcar de manera demagógica dos de sus lemas favoritos: “la policía mata”, “la violencia es legítima”. Ante un clima de desconfianza en el poder político y de tolerancia cómplice del poder judicial, los gamberros están convencidos de ser casi intocables. Están sueltos.
Mélenchon puede ser emparentado por sus características personales y operacionales con el estadounidense Bernie Sanders o con el británico Jeremy Corbyn. Con el antisemitismo de ambos incluido. Para esta categoría de zapadores del enfermo Occidente liberal, el pensamiento de León Trotski es norma, persuadidos de que una minoría determinada puede, si se lo propone, cambiar el giro de la Historia: sostienen que los medios deben estar orgánicamente subordinados a los fines y actúan en consecuencia. Y en esos medios está incluido el terror revolucionario.
Cuando una civilización como la nuestra asume que debe permanecer neutral ante los peligros que desde otros horizontes la acechan, su gravedad es extrema. En estos días tan graves recordé una conversación que tuve, recién llegado a Francia, con un conocido novelista peruano que me había precedido en dos décadas. Cuando le dije que me había sorprendido no haber hallado entre los franceses el tipo de ciudadano, si no ya culto, al menos informado y curioso en cuanto a lo intelectual e histórico, me replicó haber experimentado lo mismo sin haber logrado reponerse de su desilusión. No transcurrió mucho tiempo sin que, muy a mi pesar, tuviera que aceptar que había y hay entre los que son mis conciudadanos otro gran vacío, el político. Una hipoteca sobre el futuro de nuestros hijos y nietos. Una conclusión decepcionante que, como indica mi título de hoy, considero irreversible y que está asfaltando el camino sobre el cual nos empujan las izquierdas. Solo un giro que lleve al gobierno a un hombre o a una mujer providencial en las elecciones de la próxima primavera podrá salvar a la nación francesa.







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