Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
Jacques de Sores, conocido como el Ángel Exterminador, fue un corsario francés que pasó a la historia por saquear e incendiar La Habana el 10 de julio de 1555. Era natural de Normandía, Francia, y profesaba el protestantismo hugonote.
Alrededor de 52 familias fundadoras españolas estaban allí asentadas, acompañadas por una buena cantidad de indios y de negros esclavos, sin despreciar cierto número de forasteros atraídos por el comercio y los negocios.
En octubre de 1550, el cabildo habanero había repartido entre los vecinos las tierras entre La Punta y el fortín que custodiaba la ciudad, para que estos limpiaran el monte existente, lo cual permitiría visibilidad a los artilleros en caso de un ataque filibustero. A pesar de contarse con un sistema de aviso, previsiones, cálculos y mayor número de hombres para defender la villa, todo fue en vano.
El corsario y su tripulación desembarcaron por la caleta de San Lázaro (actual Parque Maceo) con aproximadamente 200 hombres contra una población que tenía defensas muy débiles.
Una vez fuera del acoso del fortín, los invasores accedieron sin mucha oposición al núcleo de la villa y lo dominaron.
Solo les restaba vencer el obstáculo que significaba la fortaleza, defendida por el alcaide Juan de Lobera y su guarnición, a los cuales se habían agregado algunos pobladores armados y otros desarmados.
Durante muchas horas resistieron los defensores sitiados los embates de la tropa rival.
En ese tiempo se registraron diversos eventos: emisarios de Jacques de Sores a Lobera para que se rindieran, incendios del fortín e intentos de penetración en el puerto de las naves piratas, neutralizados por el fuego artillero.
Finalmente, después de numerosas bajas en sus filas, desalojado de la fortaleza de la Fuerza Vieja en la calle Tacón por el fuego enemigo y herido él mismo, Lobera aceptó la rendición y fue encerrado, con el resto de los soldados sobrevivientes, en la mejor casa de la villa, escogida por los asaltantes como cuartel.
Los atacantes estuvieron varios días registrando las casas; buscaban riquezas y destruyeron buena parte del poblado y sus instalaciones defensivas. El ataque puso de manifiesto la vulnerabilidad de La Habana y reforzó la necesidad de construir fortificaciones para proteger el puerto.
El ataque se produjo en el contexto de la rivalidad entre Francia y España por el control de las rutas comerciales y las riquezas de América. De Sores esperaba encontrar un botín importante, pero la villa no poseía las enormes cantidades de oro que buscaba.
Gonzalo Pérez de Angulo (vasco nacido en 1519) ejerció como gobernador y capitán general de Cuba desde 1549 hasta 1555 (Angulo es considerado como el último gobernador no militar de Cuba). Había organizado en Guanabacoa una tropa de 280 hombres, entre españoles, negros e indios, quienes, portando palos, cuchillos, machetes y unas pocas armas de fuego, avanzaron hacia la ciudad y sorprendieron a muchos piratas durmiendo sus borracheras.
Enardecidos, llegaron hasta la casa-cuartel y le prendieron fuego. De su interior salieron Jacques de Sores y 20 de sus mejores hombres, quienes, después de degollar a los prisioneros —a excepción de Lobera—, arremetieron a disparos de arcabuz contra el inexperto y mal armado ejército del gobernador.
La desbandada no se hizo esperar, incluyendo al propio Pérez de Angulo, que esta vez no paró hasta Bainoa (pequeño pueblo situado entre Jaruco y Aguacate, a unos 25 km al sur de Santa Cruz del Norte).
Todavía los piratas permanecieron varios días más en la desastrada villa, tratando de hallar al gobernador y negociando el rescate de Lobera, a quien mantenían prisionero.
Finalmente, el 5 de agosto de 1555, Jacques de Sores abandonó La Habana, después de haberla arrasado, prendido fuego a sus construcciones y destruido incluso las embarcaciones ancladas en el puerto.
Jacques de Sores comenzó siendo el lugarteniente de François Le Clerc, conocido como Pata de Palo (por tener una pierna de madera), otro corsario francés que atacó Santiago de Cuba en 1554, por encargo de Enrique II de Francia.
Algunos historiadores mencionan un ataque a Santiago de Cuba por parte de De Sores, aunque no está claro si formaba parte del ataque de Le Clerc.
Como base de operaciones utilizaban el archipiélago Jardines del Rey (archipiélago Sabana-Camagüey, que con sus 2517 cayos e islas se extiende desde la península de Hicacos hasta Nuevitas, cubriendo las provincias de Matanzas, Las Villas y Camagüey).
Sus cayos más grandes son Cayo Romano, de 777 km², frente al Central Cunagua; Cayo Coco, de 370 km², frente a Morón; y Cayo Sabinal, de 335 km², frente a Nuevitas.
Durante los siglos XVI, XVII y XVIII, La Habana fue uno de los puertos estratégicos más importantes del Imperio español en América. Por allí pasaban barcos cargados de azúcar, tabaco, metales preciosos y mercancías procedentes de las colonias americanas que viajaban hacia España.
Los ataques de corsarios franceses, piratas y, posteriormente, fuerzas navales inglesas obligaron a la Corona española a construir un sistema de fortificaciones que fue creciendo durante varios siglos.
La toma de La Habana por los ingleses fue uno de los acontecimientos militares más importantes de la historia colonial de Cuba. Ocurrió durante la Guerra de los Siete Años, cuando Gran Bretaña se enfrentó a España y Francia por el dominio de territorios y rutas comerciales.
El 6 de junio de 1762, la flota británica, dirigida por el almirante sir George Pocock, apareció frente a La Habana. El ejército estaba al mando de George Keppel, el conde de Albemarle.
Según los Royal Museums Greenwich, la expedición británica estaba compuesta por 22 navíos de línea (los grandes buques de guerra); 7 barcos adicionales armados (4 de 50 cañones y 3 de 40 cañones); aproximadamente 12 fragatas y 12 balandras y bombardas; además de transportes de tropas, barcos de suministros y hospitales.
En total, la flota rondaba los 180 barcos de todo tipo.
El 7 de junio desembarcaron por Bacuranao y por la zona costera cerca del río Cojímar. Las tropas británicas tuvieron que enfrentarse a las defensas españolas de la zona.
Un detalle importante: el Torreón de Cojímar, construido en 1649, formaba parte de las defensas españolas que intentaban impedir precisamente este tipo de desembarco.
Las tropas del conde de Albemarle avanzaron desde el este por tierra para atacar el Castillo del Morro por su lado terrestre, mientras la flota británica bloqueaba el puerto.
Los ingleses no lo conquistaron simplemente bombardeándolo desde el mar, sino que lo consiguieron mediante un asedio por tierra, excavaciones y una explosión que abrió el camino al asalto final.
La clave fue la ocupación de las alturas de La Cabaña, y desde allí instalaron baterías de artillería que dominaban el Morro. La posición española era muy fuerte frente al mar, pero resultaba vulnerable desde esas elevaciones.
A partir del 22 de junio, los cañones y morteros británicos dispararon contra las murallas. El 1.º de julio, cuatro navíos ingleses participaron en un ataque combinado desde el mar y tierra, pero los barcos sufrieron graves daños por los cañones españoles del Morro y tuvieron que retirarse. Sin embargo, la artillería emplazada en tierra continuó castigando la fortaleza.
Los ingenieros británicos construyeron obras de aproximación hasta llegar al foso del castillo y excavaron una mina bajo uno de sus baluartes. El 30 de julio, los ingleses hicieron explotar la mina. La explosión destruyó parte de las defensas y los escombros facilitaron el paso de los asaltantes.
El general británico ordenó entonces el asalto. Unos 700 soldados avanzaron hacia la brecha y consiguieron penetrar en el recinto.
El capitán de navío Luis Vicente de Velasco, comandante español del Morro, acudió personalmente a defender la brecha. Se produjo un combate cuerpo a cuerpo en el que fue herido mortalmente.
Los defensores, superados por los atacantes y con las fortificaciones abiertas por la explosión, terminaron perdiendo el castillo.
Velasco murió el 31 de julio a consecuencia de sus heridas. La resistencia de Velasco fue tan reconocida que el rey Carlos III ordenó honrar su memoria. La caída del Morro no se debió a una simple derrota naval, sino a la combinación de artillería terrestre, asedio de ingenieros y asalto final, porque los ingleses se apoderaron de una posición estratégica desde la que podían dominar la entrada de la bahía y dirigir sus cañones contra La Habana.
Una fuerza de 14 000 ingleses consiguió doblegar la resistencia de los habaneros. Después de 67 días de asedio, bombardeos y pérdidas, el gobernador y capitán general Juan de Prado y Portocarrero aceptó la capitulación. El 13 de agosto se considera la fecha de la toma de la ciudad.
Los ingleses se apoderaron de los barcos españoles capturados en el puerto y de importantes instalaciones militares.
Se amplió considerablemente el comercio con mercaderes extranjeros, especialmente británicos y norteamericanos. Entraron mercancías que antes estaban restringidas por el monopolio comercial español.
La ocupación también estuvo marcada por las enfermedades tropicales y las numerosas muertes entre los soldados británicos.
El 10 de febrero de 1763 se firmó el Tratado de París, que puso fin a la Guerra de los Siete Años entre las tres principales potencias europeas.
Para España y Cuba tuvo una consecuencia extraordinaria: La Habana regresó a manos españolas, pero España tuvo que entregar Florida a Gran Bretaña.
Cuba volvió a manos de España el 6 de julio de 1763, después de haber sido ocupada por los ingleses durante casi 11 meses.
La ceremonia de devolución se realizó ante el gobernador español Ambrosio de Funes Villalpando, conde de Ricla, quien llegó para restablecer la autoridad española.
¿Qué recibió cada potencia?
España: Recuperó La Habana y Cuba, ocupadas por los británicos en 1762. Recuperó Manila, en Filipinas, y cedió Florida a Gran Bretaña.
Gran Bretaña: Obtuvo Florida de España. Obtuvo Canadá y amplios territorios franceses al este del río Misisipi y devolvió La Habana a España.
Francia: Cedió a Gran Bretaña Canadá y la mayor parte de sus territorios al este del Misisipi. Cedió Luisiana occidental a España mediante un acuerdo separado firmado en 1762. Recuperó algunas islas caribeñas de gran valor económico.
La pérdida de La Habana había sido un golpe militar y económico enorme. La ciudad era un puerto estratégico para la defensa y el comercio del Imperio español en América. La devolución de Cuba era prioritaria para la Corona, que aceptó sacrificar Florida para recuperarla.
El traspaso formal de Florida a los británicos se realizó en 1763. Muchos de sus habitantes españoles abandonaron el territorio y se trasladaron a Cuba.
Gran Bretaña gobernó Florida hasta 1783, cuando, tras la Guerra de Independencia de Estados Unidos, la devolvió a España mediante los acuerdos de paz de ese año.
En resumen, la conquista británica de La Habana en 1762 terminó produciendo un intercambio territorial decisivo: España conservó Cuba, pero perdió Florida durante veinte años.
La derrota tuvo una consecuencia fundamental: la Corona española comprendió que las defensas de La Habana eran vulnerables, sobre todo por las alturas situadas al este de la bahía.
Por eso, después de recuperar la ciudad, se impulsó la construcción de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, una enorme fortificación destinada a proteger la entrada del puerto y evitar que un enemigo volviera a dominar las alturas desde las que se había conquistado el Morro. Las obras se desarrollaron entre 1763 y 1774.
La defensa de La Habana no consistió en un solo castillo, sino en una red de fortalezas, murallas, baterías de artillería y defensas costeras.
Las principales fortalezas de La Habana
1.- Castillo de la Real Fuerza (1558–1577): fue construido después del devastador ataque del corsario francés Jacques de Sores en 1555. Se levantó cerca de la Plaza de Armas y debía proteger a las autoridades, los bienes y el núcleo de la ciudad. Su ubicación, demasiado adentrada en la bahía, limitaba su eficacia contra los barcos enemigos.
2.- Castillo de los Tres Reyes del Morro: desde mediados del siglo XVI se situaban vigías sobre el peñón que dominaba la amplia bahía de La Habana para custodiar su entrada. En 1563 el gobernador Diego de Mazariegos hizo construir en el lugar una alta torre que servía como punto de referencia para los galeones que querían llegar a la zona.
La torre era de madera; de ahí viene aquella frase cubana que se usa para indicar que algo es muy antiguo: “eso es de cuando el Morro era de palo”, aunque la más frecuente dice: “Es más viejo que el Morro”.
Años más tarde, el cabildo habanero (autoridad máxima en la villa) dispuso la fortificación del Morro con seis cañones. Ordenaron que al menos uno de los vigías fuera artillero experto. Por ese entonces crearon además una casilla de tejas para proteger a los centinelas.
El peligro que se cernía sobre la rica villa en la medida en que esta se convertía en el principal puerto comercial español en el Nuevo Mundo, así como las constantes amenazas de corsarios, piratas y escuadras de naciones enemigas de España, llevaron a que el rey Felipe II aprobara la construcción de una gran fortaleza que hiciera inexpugnable al puerto habanero.
Fue el 12 de julio de 1587 cuando llegaron a La Habana Juan de Tejeda, maestro de campo, y el ingeniero militar italiano Bautista Antonelli con la misión de inspeccionar la villa para establecer un sistema defensivo en la ciudad, que formaría parte de un sistema mayor diseñado en las colonias españolas del Caribe con el fin de garantizar la estabilidad y protección del circuito comercial.
En 1588, durante una junta celebrada en Puerto Rico, Antonelli propuso que, en el caso de La Habana, se construyera un fuerte en el Morro y en el lado opuesto un fuertecillo con una trinchera, entre otras cosas.
Finalmente, Tejeda y Antonelli hicieron su entrada en el puerto habanero para acometer la empresa el 31 de mayo de 1589. Por tratarse de una obra de primer orden, llegaron también expertos como aparejador de cantería, oficiales canteros, albañiles, carpinteros, cuberos y fundidores de metales.
La construcción se inició el 20 de septiembre de 1589 y se dio por concluida oficialmente hacia 1630 (con trabajos adicionales en décadas posteriores).
Fue diseñado por Bautista Antonelli bajo las órdenes del rey Felipe II de España.
Bautista Antonelli fue un ingeniero militar italiano, nacido en Gatteo de Romagna en 1547 y muerto en Madrid en 1616. Hermano menor de otro eminente ingeniero militar italiano al servicio de la Corona española llamado Juan Bautista Antonelli, nacido en 1527 en Gatteo de Romagna y fallecido en Toledo en 1588 (con quien es importante no confundirlo, por lo que a él suele llamársele el Joven).
Bajo el mando del gobernador de Cuba Juan de Tejeda construyó las fortalezas de Los Tres Reyes del Morro y San Salvador de la Punta en La Habana.
En 1590 solicitó al rey el apoyo de su sobrino Cristóbal de Roda Antonelli, quien viajó a La Habana en 1591. Su trabajo fue decisivo en la terminación en 1592 del primer acueducto de La Habana, la Zanja Real.
Cuentan que la relación entre el ingeniero italiano y las autoridades cubanas nunca fue del todo buena. De hecho, el Castillo del Morro se construyó donde lo encontramos hoy en contra de la voluntad de Antonelli, quien había sugerido con buen tino que La Habana necesitaba, para estar bien protegida, que la fortaleza militar fuera construida unos 500 metros más hacia dentro en la ribera más alejada de tierra firme, es decir, en el lugar conocido como la Loma de la Cabaña.
Pero, ya sabemos, el que paga, manda; así, el Castillo del Morro se construyó justamente en el extremo de la ribera exterior de la bahía de La Habana. Los trabajos avanzaron lentamente, porque no siempre se tuvo a mano el dinero necesario y porque las rencillas entre el hombre de confianza del rey y los responsables insulares se vieron reflejadas en el ritmo de trabajo.
En los tres primeros años, la construcción del Castillo fue lenta, hasta que Maldonado Barrionuevo ocupó el gobierno y entre 1593 y 1594 las obras lograron un considerable impulso.
Tanto demoraron las obras, que al rey Felipe II (1527-1598) no le alcanzó la vida para disfrutarlas, pues no fue hasta 1610 cuando las obras se acercaron a su término, y ya había fallecido.
Se fueron añadiendo diversas mejoras, como el cierre de las bóvedas y la conclusión de la plataforma, en la cual se emplazaron 12 cañones, y que se acometieron durante el gobierno de Pedro Valdés (1600-1607). Pero las obras complementarias para alojamiento de tropas, almacenes de municiones y aljibes no se concluyeron hasta 1610.
Sus muros de 3 metros de grosor consiguieron resistir los frecuentes ataques de los piratas, pero no así su conquista por los ingleses en 1762. Tras recuperar su capital, se acometió la reconstrucción de la fortaleza, gravemente dañada durante la toma por los ingleses, bajo la dirección de los ingenieros Silvestre Abarca y Agustín Crame. Se aprovechó la reforma para añadir los baluartes de Tejeda y Austria, un foso, un camino cubierto, diferentes aljibes, cuarteles, calabozos y almacenes. Todo ello perfectamente adaptado a las distintas irregularidades del terreno.
Además, en su parte inferior y por el lado que mira a la bahía, se emplazaron las baterías La Pastora y Los Doce Apóstoles.
Asimismo, todas las estancias interiores estaban perfectamente interconectadas y con distintas vías de acceso.
El faro original era más pequeño que el actual. Fue dañado por el bombardeo de los ingleses y ahora mide 25 metros, pero su altura real es de 45 metros sobre el nivel del mar.
El acceso a la cima del faro se realiza a través de una escalera de caracol de 170 peldaños. A medida que se sube, la escalera se va haciendo más estrecha, lo que añade un nivel de dificultad al ascenso, pero las vistas panorámicas desde arriba hacen que el esfuerzo valga la pena.
La creciente importancia del puerto habanero hacía necesario crear un sistema de avisos eficiente para los barcos que se acercaban a la bahía. Los proyectos se sucedieron desde 1816, cuando el químico norteamericano Gabriel Pendergrast sugirió montar 12 reflectores capaces de ofrecer iluminación equivalente a 150 velas de sebo.
Pero el proyecto definitivo para el Faro del Morro lo aportó el ingeniero francés Augustin Fresnel, hombre que revolucionó el alumbrado marítimo en el siglo XIX. Usaba para ello lentes escalonados, una máquina rotatoria y linterna central de forma prismática octogonal.
Se le incorporaron los avances técnicos más importantes de su época al montarse con un aparato giratorio de 16 lámparas exhibida en la Exposición Internacional de París de 1844 y lograba un alcance de 33 kilómetros.
El 24 de julio de 1845, exactamente el día en que se celebraba en España el cumpleaños de Su Majestad la reina madre, se realizó el encendido del nuevo Faro del Morro.
La luz producida se divisaba a 20 millas de distancia con resplandores que duraban de 5 a 6 segundos. Se utilizaba aceite de colza como combustible.
Un siglo más tarde, en 1945, fue electrificado todo el sistema de alumbrado del Morro.
Una curiosidad interesante es que el Faro del Morro tiene un código lumínico propio: emite dos destellos cada 15 segundos. Este patrón ayuda a los marineros a identificar que están cerca de La Habana, ya que cada faro en el mundo tiene una señal distintiva.
A pesar de su modernización, el Faro del Morro sigue siendo operado de manera manual. El mecanismo que hace girar la luz necesita ser activado por un guardián del faro, quien le da cuerda para que funcione durante unas tres horas y media. Si no se le da cuerda, el faro dejaría de girar.
3.- Castillo de San Salvador de la Punta: obras iniciadas en 1590. Ubicado frente al Morro, en el lado occidental de la entrada de la bahía. Su misión era cruzar el fuego de los cañones con el Morro para impedir o dificultar la entrada de barcos hostiles. En determinadas circunstancias, una cadena tendida entre ambas posiciones podía cerrar el canal.
4.- Torreón de San Lázaro: se construyó alrededor de 1665, según la fecha más difundida. Se atribuye al ingeniero militar Marcos Lucio, procedente de Nueva España (México). Su función principal era servir de atalaya o puesto de vigilancia al oeste de la ciudad antigua. Ayudaba a observar la costa para detectar barcos enemigos y dar la alarma a La Habana. Estaba situado en la antigua caleta de San Lázaro, en la zona del actual Parque Antonio Maceo, junto al Malecón.
5.- Fuerte de Santa Dorotea de Luna de la Chorrera: se terminó de construir en mayo de 1646, durante el gobierno de Álvaro de Luna y Sarmiento. Ubicado en la desembocadura del río Almendares, al oeste de La Habana. Protegía ese sector del litoral y contribuía a impedir desembarcos enemigos fuera de las defensas principales.
6.- Fuerte de Cojímar y Torreón de Bacuranao: algunas fuentes sitúan su construcción en 1646, y su inauguración el 15 de julio de 1649. El arquitecto fue Juan Bautista Antonelli (1586-1649), hijo del ingeniero militar Bautista Antonelli (constructor del Morro). Estas defensas protegían la costa oriental, donde los enemigos podían desembarcar para atacar la ciudad por tierra. Complementaban la defensa de la bahía, que por sí sola no bastaba para proteger todo el litoral.
Costó 20 000 ducados aportados por los habitantes de Cojímar, para proteger la desembocadura del río Cojímar, impedir desembarcos de fuerzas enemigas que pudieran amenazar La Habana y además evitar que barcos enemigos de la Corona española se abastecieran de agua dulce en esa localidad.
En 1762, durante la toma de La Habana por los ingleses y en el contexto de la Guerra de los Siete Años (1756-1763), el torreón fue atacado por los invasores ingleses.
Desde esta fortificación resistió el militar criollo Pepe Antonio, a la cabeza de su grupo de milicianos criollos y negros. Sin embargo, la dura resistencia no pudo evitar la caída de la ciudad en manos inglesas.
Sufrió daños mayores, pues la artillería de los barcos enemigos lo destruyó en su mayor parte. Fue reconstruido en 1763, tras la retirada británica. El torreón que vemos hoy en día se construyó después de que la ciudad regresara a manos españolas.
7.- Las Murallas de La Habana: su construcción comenzó el 3 de febrero de 1674 como parte del fortalecimiento del sistema defensivo de La Habana.
El proyecto original de cercado de la ciudad fue planteado por el ingeniero militar Cristóbal de Roda en 1603, aunque no se ejecutó de inmediato. La construcción efectiva fue dirigida por el ingeniero militar Juan de Císcara, quien fue responsable de levantar gran parte del cuerpo primitivo de la muralla, que llegó a medir aproximadamente 4,8 kilómetros de longitud y alcanzaba hasta 10 metros de altura en algunos tramos.
Rodeaba buena parte de la ciudad y la protegía contra incursiones terrestres. Contaban con baluartes, puertas vigiladas y posiciones artilleras.
El sistema defensivo incluía también un foso exterior ancho, aunque poco profundo, que rodeaba parte del recinto amurallado.
En sus primeros años el recinto amurallado tenía únicamente dos accesos principales: Puerta de la Punta y la Puerta de la Muralla.
Posteriormente se abrieron 7 puertas para facilitar la comunicación entre la ciudad intramuros y los barrios exteriores: Puerta de Colón, Puerta de Monserrate, Puerta de Luz, Puerta de San José, Puerta de Jesús María, Puerta del Arsenal y la Puerta de la Tenaza.
La muralla dividía la ciudad en dos áreas: la ciudad intramuros y los barrios extramuros. Cada día se abrían las puertas al amanecer y se cerraban por la noche mediante rastrillos y puentes levadizos, regulando el acceso a la ciudad. El cierre nocturno se anunciaba mediante un disparo de cañón que con el tiempo dio origen a la tradición del cañonazo de las nueve, ceremonia que todavía se realiza desde la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña.
A partir de 1863 se inició su demolición debido a la expansión urbana de la capital cubana.
8.- Fortaleza de San Carlos de la Cabaña: su construcción comenzó en julio de 1763 bajo la dirección del ingeniero militar Silvestre Abarca y se prolongó hasta 1774. Las obras avanzaron con rapidez durante años: a comienzos de 1766 se había levantado casi por completo el perímetro exterior de la fortaleza. A partir de 1767, sin embargo, el ritmo de construcción disminuyó debido a la insuficiencia de los fondos destinados al proyecto. Los 500 000 pesos asignados desde Nueva España para las obras resultaban insuficientes para mantener la fuerza laboral requerida.
La construcción requirió una gran fuerza laboral compuesta por trabajadores libres, personas esclavizadas y condenados a trabajos forzados. Las autoridades recurrieron inicialmente a trabajadores contratados y a personas esclavizadas cuyos servicios eran alquilados por el Estado a propietarios particulares.
Las dificultades para mantener suficientes trabajadores libres, entre ellas los costes salariales y las deserciones, favorecieron el empleo creciente de presidiarios procedentes de España y de Nueva España.
Se registró que en 1772 trabajaban en la fortaleza 424 presidiarios, 321 personas esclavizadas pertenecientes a la Corona, 7 esclavizados de propietarios privados y 23 africanos libres. En febrero de 1774 se contabilizaban 450 presidiarios, 271 personas esclavizadas y 26 africanos libres. Estas cifras corresponden a registros de fechas concretas y no al total de personas que participaron en la construcción.
El costo de la fortaleza se ha estimado en 2 700 000 pesos; la construcción se financió en el marco de las inversiones militares de la Corona en La Habana, apoyadas en parte por los recursos procedentes de Nueva España.
Fue una de las grandes respuestas españolas a la toma británica de La Habana en 1762. Se construyó en la altura que domina el lado oriental de la bahía, desde donde podía bombardear barcos y posiciones enemigas y reforzar la defensa del puerto.
El nombre San Carlos hace referencia al rey Carlos III de España, mientras que La Cabaña procede del nombre de la colina donde se levantó la fortaleza, denominada así por la presencia de bohíos o cabañas.
Formó parte del sistema defensivo establecido por la Corona española tras la ocupación británica de 1762. Su posición estratégica permitía proteger el puerto y reforzar las defensas de la ciudad frente a posibles ataques.
Con más de 700 metros de longitud, La Cabaña es una de las mayores fortalezas coloniales de América. Su trazado incorpora elementos de la arquitectura militar abaluartada, como fosos, revellines y caminos cubiertos, además de espacios destinados al alojamiento de las tropas y al almacenamiento de suministros. La fortaleza constituye uno de los principales componentes del sistema histórico de fortificaciones de La Habana.
Tras perder su función defensiva, el recinto tuvo distintos usos militares y penitenciarios.
9.- Castillo del Príncipe: tras la ocupación británica de La Habana en 1762, España reorganizó las defensas de la ciudad. El Castillo del Príncipe protegía especialmente los accesos terrestres desde el oeste, complementando las defensas del puerto y otras fortificaciones, como La Cabaña y Atarés.
El castillo ubicado en una elevación conocida como la Loma de Aróstegui, en la zona del actual Vedado, su construcción comenzó en 1767 y concluyó en 1779 para reforzar la defensa terrestre y dominar los accesos occidentales a la ciudad.
Se le dedicó al príncipe Carlos de Borbón, hijo de Carlos III, que posteriormente reinó como Carlos IV de España.
Sus constructores fueron los arquitectos e ingenieros Silvestre Abarca, Agustín Crame y Luis Huet, con distintas responsabilidades en el diseño y la ejecución.
10.- Castillo de Santo Domingo de Atarés: su construcción comenzó en 1763 después de la ocupación inglesa de 1762 para reforzar la defensa meridional, especialmente por el lado de la bahía y las zonas terrestres próximas al puerto.
Su ubicación está en la elevación conocida como la Loma de Soto, cerca de la bahía.
El castillo tiene aproximadamente la forma de un hexágono irregular, sin baluartes y coronado en sus vértices por garitas también de forma hexagonal. Posee además una pequeña plaza de armas central, la cual se encuentra rodeada por varias construcciones, seis bóvedas a prueba de bombas para el alojamiento de los soldados, los almacenes de víveres y pertrechos, armería y otros servicios propios de la instalación.
En sus azoteas fueron construidas las plataformas para el emplazamiento de la artillería pesada, compuesta por 21 cañones montados.
Para llegar al castillo en aquella época había que ascender por una falda áspera y preparada por los constructores para que fuese realmente imposible de escalar por un enemigo que intentase asediarlo por tierra o por mar. Las naves podían acercarse al sitio, pero difícilmente al castillo.
El Castillo de Santo Domingo de Atarés debe su nombre a la advocación de Santo Domingo y al título del Señorío de Atarés. Fue mandado construir bajo el mandato del entonces gobernador de la Isla, Ambrosio de Funes Villalpando, conde de Ricla. Su construcción estuvo bajo la dirección del Ingeniero Director Silvestre Abarca y la intervención del ingeniero en jefe, coronel Agustín Crame, ambos pertenecientes al Real Cuerpo de Ingenieros del ejército español.
Mientras Cuba fue provincia española, fue usado como fortaleza militar, pero nunca llegó a entrar en combate.
Al inaugurarse la República, continuó teniendo funciones militares y en sus instalaciones radicaron los cuarteles de la guardia presidencial.








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