Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
La China
Permanecí callado y contemplé la hilera de hormigas de Sebastián. Quizá empujado por la incertidumbre de los días que vivíamos y por la certeza de que el mañana estaba fuera de nuestro alcance, me atreví a formular la pregunta que me rondaba desde el día en que la conocí.
—¿Cómo fuiste a parar al Bar Televisión…?
Clavó los ojos rasgados en mi rostro. La peculiar sonrisa ambigua, clara alusión a su herencia asiática, se insinuó en sus labios.
—Como otros, desde que nos conocemos, has querido saberlo.
—No tienes que responder. Es tu vida privada.
—No sientas pena. Somos amigos y estamos comprometidos hasta el cuello —me animó—. El dinero que mi marido dejó se fue acabando y tuve que mudarme a la dirección que conoces. Nadie me daba trabajo y tenía a Sebastián. En el nuevo barrio conocí a una vecina que trabajaba en el Bar Televisión. No tenía hijos y vivía con la madre. Ella me presentó a la dueña del bar. La madre de mi amiga, cuando yo estaba en el bar, por poco dinero, cuidaba a Sebastián.
Después, me ligué con un grupo que desde el llano ayudaba a las guerrillas del Escambray. No me gustaba el trabajo, pero resultaba bueno para servir a la causa. Así me conociste y así ayudé con los muchachos que se alzaron. No me agrada esa vida —comentó por lo bajo—. Enriqueta —retomó—, la dueña del bar, tal vez alertada por Félix Torres o Rolando Cubela, antes de que el gobierno lanzara la Operación 3 P, liquidó el negocio; le vendió el edificio al gobierno y desapareció. Hubo quienes dijeron que se fue para La Habana, otros que para Venezuela. Enriqueta no es el tema —rectificó—. Dejé la prostitución y gracias a Aquilino conseguí trabajo, aunque mal pagado, como fregadora de botellas en la licorería Cuadrado. Pero, cuando aplicaron la ley de las 3 P, me detuvieron. En los registros policiales estaba registrada como prostituta. Me amenazaron con quitarme a Sebastián y enviarme a trabajar, como reclusa, en plan de reeducación social y política, para la agricultura. Gracias a Dios, pude avisarle a Aquilino. Acompañado por el administrador de la licorería se presentó en la estación de policía. Ellos demostraron que voluntariamente yo había dejado la actividad y era empleada de la fábrica de licores. Es más, Aquilino dijo que teníamos planes para casarnos. Aquilino me salvó —el tono de voz iba más allá del agradecimiento—. Por cierto —acotó—, eliminar de un golpe la prostitución controlada, sanitariamente, trajo por consecuencia el desparramo total. Muchas de las que fueron encarceladas y las que no lo fueron, cuando la efervescencia de las 3 P, comenzaron a prostituirse por su cuenta, o bajo la tutela oculta de un chulo sobreviviente. ¡No quieras tú saber la epidemia de sífilis y gonorrea que se destapó!








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