ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

22 de septiembre de 2026

CAPÍTULO III

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Con un movimiento de cabeza desecha el juicio pesimista. Alza el papalote, a medio construir, y a la luz de la ventana mide el tamaño de los frenillos.

«Tienen bastantes mensajes, de los que escribí para María Eulalia. Me los han mostrado y son legítimos. Empinaba bien alto el papalote y luego lo dejaba ir a bolina. Con mis propios ojos vi muchas veces cómo remontaba la frontera fluvial y se perdía del otro lado del río. Algunos fallaron, pero logré rescatar la mayoría de las hojas. No sé cómo las consiguieron. Pero me queda… Eres…, el… Eres… original que guarda su sangre y mi saliva. Nunca lo han obtenido. Nunca lo obtendrán. Una copia se la llevó ella, otra se la envié por aire…». Por un instante duda, pero a la postre considera. «Si no la recibió físicamente, de alguna manera tiene que haberle llegado la idea del momento. De todas formas, …Eres… está en mi mente. En cartas y notas cortas, con texto engañoso, lo he lanzado, una y otra vez, al espacio. Los he burlado. No han penetrado mis sentimientos. No han podido descifrar el… Eres… oculto». Un pensamiento, que considera descabellado, se impone y una sonrisa traviesa retoza en sus labios. «Si fabricara un papalote inmenso, un coronel, como el que se dice hizo mi padre, yo mismo podría llevarle… Eres el… Eres… de la sangre. Tal vez decírselo, a gritos, desde las alturas».

—Un coronel —murmura y reconoce internamente que jamás vio a su padre construir el papalote gigante. Sí recuerda que, luego de la fuga de Juan José Castillo y el resto de la familia, incluyendo a María Eulalia, Cándido ensombreció la mirada y le advirtió a Amelia y a él que una noche larga llegaba al pueblo.

Dolido por la separación de María Eulalia y ensimismado en la cada vez más riesgosa tarea de construir papalotes, para después empinarlos cerca de la frontera fluvial con mensajes para la amada lejana, Bartolo no se percata, del todo, de que la madre se consume rápidamente en la extraña dolencia que la anciana curandera, Delia Hernández Roque, calificó de «pasión de ánimo». Cándido, frente al dictamen escueto, la interroga con la mirada. Entonces, la vieja aclara y recomienda.

«Mis oraciones, baños de despojos y remedios, a base de yerbas, nada pueden hacer contra un alma que ha cumplido su tiempo. Amelia, tu mujer, es reclamada por espíritus superiores. Su cuerpo está sano, pero su misión entre los vivos ya está cumplida. Yo fui la partera que la trajo al mundo, al igual que a ti y a Bartolo, el hijo de los dos. Ella vino a la tierra para dar energía a los suyos y así lo hizo, desde un aparente segundo plano. Tú y Bartolo ya están listos para enfrentar y sufrir los tiempos que vivimos y que se pondrán peores. Su luz irá hacia otro lado. Estén tranquilos y agradecidos cuando parta. Nada de dolor y lágrimas».

Bartolo fija los frenillos y prosigue discurriendo.

Amelia Arias Pérez fallece, en medio de un suspiro sosegado, al amanecer de un martes 8 de abril del año 52. Cándido, a pesar de las recomendaciones de la curandera, sin lágrimas, la lloró hasta el desespero. Bartolo, por su parte, sí permitió que las lágrimas corrieran por su rostro y, por días, mojasen su almohada. No se perdonaba lo parcialmente apático que fue en las semanas finales. Los papalotes y la obsesión por el amor de María Eulalia, así como el sustrato idealista de que quien te da la vida es una especie de ser inmortal, no le permitieron ver la muerte cercana de la madre.

No obstante, padre e hijo terminan por aceptar la realidad y, en medio de las dificultades, producto de las imposiciones de Celso Trafid Zur, vuelven a sus labores cotidianas.

Cándido prosigue, día tras día, desde el amanecer al anochecer, empujando la carretilla higiénica por las calles que recorren los carromatos de transporte público. En movimientos una y otra vez repetidos, recoge cientos de cagajones y derrama múltiples paletadas de aserrín sobre las meadas de caballos.

Bartolo, por su parte, deshace puentes y, bajo supervisión, entrega la madera para alimentar el horno de la panadería comunal. Durante las jornadas de trabajo y en el reposo nocturno, piensa. Piensa en el tiempo; no en el lógico y sosegado tiempo ido que con nostalgia inevitable se añade al recuerdo humano. Piensa en el tiempo que se quebró en presente y cuyos fragmentos de vida trunca no se acomodan al tiempo de los tiempos. Es un tiempo que brama; se enquista en las ideas, bebe sangre, devora músculos, huesos y se emponzoña de amor solitario e inconcluso.

Por entonces, Bartolo, cada vez que empina un papalote, en su afán de llegar a María Eulalia, se arrima un poco más a la frontera fluvial. Sin embargo, con el padre no incurre en el mismo error involuntario que cometió con la madre. Se aproxima a Cándido y le patentiza cuánto lo quiere. Empero, Cándido, sin dejar de responder al afecto del hijo, se muestra pensativo y comienza, en los atardeceres, cuando concluye su trabajo, a no regresar de inmediato al hogar. Se hace habitual que con excusas disímiles retorne ya entrada la noche. Balbucea un saludo; dice que ya ha comido y se retira a dormir.

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