Hay figuras del exilio cubano cuyos nombres suenan sin importar dónde residan. Son voces que se hacen esenciales en la vida cotidiana de la diáspora cubana. Están ahí, dejan una huella. Una de esas personas es la poeta, educadora y traductora Iraida Iturralde, residente en Nueva York, que por su labor personal ocupa un destacado lugar.
Salió de Cuba en 1962 como parte de la Operación Pedro Pan, que llevó a los Estados Unidos a 14.000 niños y jóvenes entre 1960 y 1962.
Fue editora de las revistas literarias Románica y Lyra (de esta guardo en mis archivos un número) y es la presidenta del importante Centro Cultural Cubano de Nueva York.
Iraida Iturralde es graduada en Ciencias Políticas. Ha sido profesora universitaria, así como editora y traductora. Recibió la beca Cintas y otra de la Ford Foundation.
Su poesía ha sido ampliamente antologada en Estados Unidos, Latinoamérica y Europa. Recientemente la Editorial Betania, que dirige en Madrid el poeta Felipe Lázaro, realizó una tercera edición de la antología Cinco poetas cubanas de Nueva York (2026), que originalmente se publicó como Poetas cubanas en Nueva York (1988), que reúne poemas de Magali Alabau, Alina Galliano, Lourdes Gil, Maya Islas y de nuestra entrevistada de hoy, Iraida Iturralde, quien además, es autora de Hubo la viola (1979), El libro de Josafat / The Book of Josaphat (1983), Tropel de espejos (1989), Discurso de las infantas (1997), La isla rota (2002), Like Love’s Lament (2021), y Preso el antílope (2022), libro que presentó ante el público de Miami en el 2023 en la librería y centro cultural Books & Books.
—La trayectoria del Centro Cultural Cubano de Nueva York (CCCNY) que presides es notable. ¿Cómo surge la idea de crear el Centro y cómo fue su puesta en marcha?
Bueno, el Centro se remonta al año 1972, cuando Iván Acosta y Omar Torres tuvieron la brillante iniciativa de fundarlo. En aquel tiempo yo sólo asistía con mi madre a muchas de las presentaciones, y también una vez participé en una lectura de jóvenes poetas que auspiciaron. La programación era muy rica, pero lamentablemente tuvieron que clausurarlo en 1979 por falta de fondos públicos. Casi veinte años más tarde, en 1997, Iván Acosta, Julio Hernández Miyares y José (Pepe) Prince lo reincorporan oficialmente, esta vez como un non-profit. Es entonces cuando me integro de lleno en su misión.
—El CCCNY tiene como lema “para aprender sobre la cultura cubana en Nueva York”. ¿Cómo es el desempeño de la institución en un año de trabajo?
Es un desempeño que exige el compromiso y la entrega total y desinteresada de su directiva, ya que se trata de una labor pro-bono por personas impulsadas exclusivamente por el amor a Cuba y su cultura. Auspiciamos un promedio de 35 actividades al año, incluyendo un festival de cine en el verano y un congreso anual, que se sigue presentando de forma consecutiva desde 2002, destacando etapas o figuras de nuestra historia intrínsecamente ligadas al devenir de nuestra identidad nacional y al desarrollo cultural de nuestra patria. Aprovecho para invitar a todos los que lean esta entrevista a que asistan a nuestro congreso de este año, que lidiará con la Guerra Civil Española y el inconmensurable aporte de su exilio a la sociedad y las artes en Cuba. El evento, de todo un día de duración, se celebrará en la sede del Instituto Cervantes de Nueva York el domingo 15 de noviembre.
—En Nueva York como capital del mundo, lo cubano que allí brilla es fundamentalmente gracias al Centro, pero también ustedes se abren a otros cubanos por el mundo. ¿Cómo entienden y asumen lo cubano allí?
Somos conscientes de que nuestra diáspora no se limita a una ciudad, y nos abrimos a las manifestaciones intelectuales y artísticas de cubanos dondequiera que se encuentren, ya sea invitándolos a Nueva York o promoviendo su obra online por nuestros canales de YouTube y Vimeo.
—Fuiste parte de la Operación Pedro Pan. ¿Cómo es tu mirada desde la madurez hacia aquel evento de la niñez del que fuiste protagonista y del que una notable mayoría resultaron ser exitosos en su vida norteamericana?
Indiscutiblemente, fue un evento muy traumático, pero que a su vez nos permitió crecer en libertad. Creo que, como grupo, teníamos valores muy acendrados, donde la importancia de la educación, la fe y la familia primaban. Esto, entre otros factores, nos ayudó a lidiar con el violento impacto de la separación y el desarraigo y contribuyó al éxito de un buen número de pedropanes. De esa experiencia hablo en mi próximo poemario, inspirado en mi niñez, dividida entre Cuba y Estados Unidos.
—De tu libro de poesía Preso el antílope, señala Gustavo Pérez Firmat que son “poemas reflexivos”. Háblanos de ese libro y del que ahora me anuncias.
Preso el antílope es un libro catártico, permeado por la presencia de la muerte, escrito a raíz de dos pérdidas monumentales que sufrí, aunque también celebra el milagro de la creación y de la amistad. Mi próximo libro, Pasaje de la niña muda, es una obra muy sui generis, ya que es un poemario totalmente autobiográfico. Mediante el recuerdo de la niñez y la evolución de la conciencia en los versos, intento rescatar mi infancia y plasmar en poesía mi visión ontológica de la vida.
No hace mucho me comentaste que preparabas un viaje soñado a Machu Picchu, y que aguardabas la llegada de un segundo nieto. ¿Cómo serán esas experiencias de vida?
Con ese viaje en el otoño cumpliré uno de los sueños que he ansiado desde mi adolescencia, cuando quedé impactada por aquellos versos de Neruda en su Canto General: “Piedra en la piedra, el hombre, ¿dónde estuvo?” Y tener la dicha de ser abuela por segunda vez será algo indescriptible. Sólo puedo asegurarte que sentiré intensamente la alegría de estar viva, pero al cuadrado.
—Eres editora y traductora. Me gustaría que ahondaras en las complejidades del trabajo de traductor. ¿Podrías, además, referirte a algunas de tus traducciones?
Tras enseñar ciencias políticas en la universidad por casi una década, el trabajo de editora y traductora se convirtió en una segunda vocación, que aún desempeño de modo independiente. Aunque a través de los años he traducido textos de admirados y entrañables amigos, como Lourdes Gil, María Elena Cruz Varela y José Triana, desde hace bastante tiempo me concentro principalmente en editar y traducir literatura infantil, motivada, en gran medida, por los libros del formidable Dr. Seuss, cuya rima particular e ingeniosos neologismos representan un enorme reto y una gran satisfacción a la vez.
—Traducir es siempre un desafío, y si es de literatura infantil, pienso que es un reto mayor. ¿Cómo son las exigencias que afronta el traductor cuando trabaja en libros para niños, con las rimas y las asonancias que, generalmente, exigen esos textos?
Ahí estriba la complejidad de la tarea, en captar el encanto y la sencillez del original. Cuando son textos en rima, el proceso se complica, pues en esos casos una traducción exacta arroja palabras que en el nuevo idioma suelen violar la métrica y el ritmo del original, por lo que hay que tener la libertad de usar vocablos análogos para crear una rima que conserve la cadencia, la sonoridad y el significado del cuento. Incluso cuando no hay rima en el original, hay un compás que hay que respetar y captar. El mundo del niño es un universo de música, misterio y exploración. Cuando uno se adentra en ese universo en un idioma y logra crear un espejo en otro, el desafío se convierte en magia.







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