Esteban Márquez, el cubano que descubrió los cohetes rusos en Cuba

Written by Alvaro Alvarez

11 de agosto de 2026

Todas las operaciones encubiertas se basan en el secretismo lógico que las acompaña. Por esa razón, esta Operación Cobra no ha tenido el conocimiento normal de otras acciones militares.

Sobre el pinareño Esteban Márquez Novo, a pesar de que han pasado 64 años, se sabe muy poco; conocemos que nació en Los Palacios, en la provincia de Pinar del Río, aproximadamente en 1910, en el seno de una familia acomodada, que fue oficial del Ejército Constitucional Cubano hasta 1959 y que estuvo relacionado con el Instituto Cultural Cubano Norteamericano (ICCN) creado en 1943 como centro de estudios en el que se ofrecían cursos regulares y conferencias sobre la historia, el idioma, la literatura, el pensamiento filosófico, la organización económica y las instituciones políticas de ambas naciones. El primer curso comenzó en septiembre de 1943 con más de 200 alumnos y también se ofrecieron ese año cursos de leyes sociales para hombres de negocios e Historia de América y de Cuba.

Los fondos provenían de empresarios cubanos o norteamericanos como: Julio Lobo (magnate azucarero), Humberto Solís (dueño de El Encanto) o Juan Gelats Botet (dueño del Banco Gelats y parte del Reparto Miramar), entre otros. El mayor impulso por la parte cubana correspondió al profesor universitario e historiador Herminio Portell Vilá, quien fungió como Director del ICCN, sin cobrar un centavo, desde su creación hasta su desaparición.

Márquez Novo desde un principio se incorporó contra el gobierno comunista organizando el Movimiento de Recuperación Constitucional (MRC) en Pinar del Río.

El 19 de febrero de 1961 se alzó en armas en la Sierra del Rosario, utilizando el alias de Comandante Valle, al frente de un grupo de antiguos militares.

Entre marzo y abril de 1961, varios de sus hombres fueron capturados; él logró escapar, llegó a La Habana y pudo entrar en la Embajada de Argentina.

Argentina aceptó su solicitud de asilo y, tras pasar casi siete semanas en la embajada, Márquez obtuvo un salvoconducto para salir de Cuba en un vuelo rumbo a Caracas, con ruta hacia Argentina. Pero cambió de planes cuando visitó la embajada de los EE. UU. en la capital venezolana.

Miami era el centro de la actividad anticastrista en EE. UU., una ciudad que se había llenado de exiliados cubanos y donde se habían formado decenas de grupos contrarrevolucionarios. La CIA había establecido lo que pronto se convertiría en la central de inteligencia más grande de la agencia fuera de su nueva sede en Langley, Virginia. Con nombre en código JMWAVE y ubicada en un terreno perteneciente a la Universidad de Miami, en la central operaban cientos de empleados y contratistas de la agencia que trabajaban ocultos bajo un negocio fantasma llamado Zenith Technical Enterprises.

Fue desde allí donde la CIA llevó a cabo su guerra secreta en Cuba. Las políticas de EE. UU. prohibían que la agencia lanzara paracaidistas en la isla, por lo que usó una flota de botes pequeños, tripulados en su mayoría por exiliados cubanos, para introducirlos en la isla. Sin embargo, las fuerzas de seguridad cubanas patrullaban la costa por tierra y mar, y los soviéticos habían ayudado al régimen de Castro a instalar estaciones de radar interconectadas a lo largo de la costa norte, de manera que era cada vez más complicado pasar personas y material de contrabando al país. Pocos oficiales de la CIA tenían la experiencia necesaria para llevar a cabo operaciones marítimas exitosas, pero Tom Hewitt (1923-1997) era uno de ellos.

La CIA, que estaba al corriente de que Márquez había abandonado Cuba, lo llevó a Miami, donde Tom Hewitt lo recibió y lo trasladó hasta una casa segura donde lo mantuvieron aislado durante aproximadamente dos meses, mientras el oficial de la CIA lo interrogaba y evaluaba su potencial como agente infiltrado en Cuba. La conclusión fue que, aunque ya rondaba la mediana edad, Márquez Novo era un candidato adecuado. Hewitt, conocido como el agente Otto, que llevaba 10 años en la agencia, lo reclutó formalmente y comenzó un entrenamiento intensivo de seis meses que más tarde un funcionario de la CIA denominó procedimientos operativos clandestinos. Durante ese período, Hewitt unió a Márquez con otro exiliado cubano llamado Yeyo Napoleón (quizás era un seudónimo), quien iba a ser su operador de radio y, por consiguiente, tuvo que someterse en gran parte al mismo entrenamiento.

Hewitt se involucró de manera práctica en la capacitación, un detalle que consideraba esencial para evaluar y establecer una buena relación con Márquez, a quien llamó Charlie. Él se encontraba presente mientras los especialistas enseñaban a Márquez las técnicas básicas de la radio, el uso de las armas y la criptografía. Sin embargo, Hewitt en persona se encargó del resto de la formación en las técnicas del espionaje. Márquez y Napoleón no pudieron haber tenido un instructor mejor, según Jack Downing, quien se desempeñó como Director Adjunto de Operaciones de la CIA, a cargo de los mejores espías de la agencia, desde 1997 hasta 1999. Hewitt no solo era omnicompetente cuando se trataba de habilidades de supervivencia básica, sino que también era muy calmado, dijo el veterano agente de la CIA. “Si alguien me dijera: Vas a entrar en esa jungla o van a derribar tu avión sobre este territorio, ¿quién quieres que esté a tu lado? Mi primera opción sería Tom; era la última persona en amedrentarse”.

En aquellos meses, su oficial Otto estuvo dándole un entrenamiento que, cuando estuvo listo, era un especialista en sabotaje, inteligencia clandestina, organización de redes de resistencia, comunicaciones secretas, uso de radios clandestinos, criptografía y sistemas de claves, técnicas de vigilancia y contravigilancia, fotografía encubierta, elaboración de informes de inteligencia y procedimientos de infiltración y exfiltración.

El primer paso para planear la infiltración fue elegir un lugar de la costa cubana donde ellos dos pudieran escabullirse rápidamente hasta la tierra.

Junto a Márquez, Hewitt desestimó la costa norte, a pesar de que era más fácil llegar a ella desde Florida, y eligió un punto en la costa sur de la provincia de Pinar del Río, 2 millas arriba del río San Diego, que desembocaba en el Caribe en el golfo de Batabanó. Era un lugar que Márquez conocía bien y donde se sentía seguro, escribió más tarde Hewitt.

Pero para llegar hasta allí se necesitaba un bote con un calado máximo de 5 pies que pudiera adentrarse en las aguas poco profundas que se encontraban entre los Cayos de San Felipe y la Isla de Pinos. Cuando estuvieran cerca de la costa, Hewitt quería que Márquez y Napoleón remasen en una canoa de fibra de vidrio cargada con más de 100 kilos de suministros por el río hasta llegar al punto de infiltración.

Cuando Hewitt presentó su idea a otros agentes que trabajaban en el caso en Miami, pensaron que estaba loco, según cuenta Rudy Enders, un agente paramilitar de la agencia que trabajó mano a mano con Hewitt en Miami y que luego dirigió el Grupo de Operaciones Especiales de la CIA. La agencia no tenía ningún barco con un calado tan pequeño con la potencia necesaria para realizar el viaje de ida y vuelta. En Miami, solo un oficial apoyó a Hewitt: Enders, quien, al igual que Hewitt, se había graduado en la Academia de la Marina Mercante. “Pensé que se podría hacer fácilmente”, y ambos propusieron utilizar una lancha de desembarco de la Segunda Guerra Mundial para remolcar a un Forest Johnson Prowler por el extremo occidental de Cuba hasta 10 millas de los Cayos de San Felipe. A pesar de que solo podía viajar a 10 millas náuticas por hora, la lancha de desembarco era fiable y tenía la potencia necesaria. El Prowler tenía un calado de 4,5 pies, lo que significaba que podía surcar con seguridad las aguas poco profundas entre los Cayos de San Felipe y la Isla de los Pinos. Cerca de la costa, la tripulación del Prowler podría bajar la canoa hasta el agua, cargarla con los suministros y enviar a los agentes.

Los oficiales superiores de la agencia de Miami se mostraron escépticos ante la propuesta de Enders.

Antes de poner en práctica su plan, Hewitt y Enders necesitaban la aprobación de un oficial en particular, Rocky Farnsworth, el jefe de la Central. Como no pudo concertar una reunión, Enders lo arrinconó en el baño de los hombres. “Mientras orinaba, le dije que la idea funcionaría y que, si no era así, renunciaría”, escribió Enders. Farnsworth le dio el visto bueno al plan.

La prueba fue impecable, según Enders, quien había diseñado un arnés especial para remolcar al Prowler. La operación tuvo luz verde. Los oficiales del caso y los agentes realizaron los preparativos finales. Entre los suministros con los que Hewitt enviaba a su equipo se encontraban dos radios RS-1, armas personales, mapas y dinero.

La infiltración se conocería como Operación Cobra y el lugar en la orilla del río San Diego donde los agentes debían tocar tierra se bautizó como Site Helen. La CIA también dio a los agentes nombres en clave para que los usaran en todas las comunicaciones: Esteban Márquez Novo era AMBANTY-1 y Yeyo Napoleón era AMBANTY-2. En la CIA, todos los nombres en clave precedidos por el dígrafo AM estaban relacionados con Cuba.

La lancha de desembarco salió de Key West y se reunió con el Prowler en el faro de Sand Key unas 8 millas mar adentro.

El Forest Johnson Prowler de casi 30 pies de largo era uno de los barcos de madera disponibles más fuertes y rápidos y su motor era lo suficientemente silencioso como para permitir que los tres miembros de su tripulación se acercaran a una milla de la costa. Aquellos marineros eran algunos de los más experimentados de la pequeña fuerza naval de cubanos expatriados de la CIA, pero ni siquiera ellos pudieron ver los rostros de los dos agentes encapuchados que subieron a bordo por el costado del barco. El recorrido era de unas 450 millas (725 km).

A partir de ahí, el viaje de tres días por el extremo occidental de Cuba transcurrió sin incidentes, aunque el capitán se aseguró de mantenerse en aguas internacionales.

La noche del domingo 11 de marzo de 1962, una canoa de fibra de vidrio de casi 16 pies llena de suministros se aproximaba a la costa cubana mientras un fuerte viento del sureste azotaba las aguas del Caribe.

El fuerte oleaje estuvo a punto de dar por concluida la misión de los agentes antes de que empezase.

Pusieron rumbo hacia la costa y remaron hacia la boca abierta del Río San Diego (este río divide a la Cordillera de Guaniguanico en Sierra del Rosario y Sierra de los Órganos y también es límite entre los municipios de Los Palacios y Consolación del Sur en Pinar del Río y desemboca en la Ensenada de Dayaniguas).

Márquez y Napoleón llegaron a la desembocadura del río San Diego y avanzaron un par de millas antes de encontrar el lugar adecuado para desembarcar. Después de descargar los suministros y ponerlos a buen recaudo cerca de la orilla del río, hundieron la canoa de manera tal que se pudiera volver a utilizar. Entonces los dos se esfumaron en la oscuridad de la noche.

La idea de la canoa fue de Tom Hewitt, el oficial a cargo de los agentes en la enorme central de la CIA en Miami, donde esperaba noticias de la misión. Las reglas de la agencia le prohibieron participar en la infiltración del equipo, pero sentía una gran responsabilidad por la pareja, que había entrenado para dirigir a una red de subagentes.

Dado que regresaban a su país de origen, a partir de ese momento el trabajo de Hewitt consistía en dirigir sus acciones desde la distancia. Hewitt, un veterano que llevaba 10 años en la CIA, había pasado los últimos seis meses enseñándole al agente principal todo lo que sabía sobre cómo dirigir una red de espionaje eficaz, haciendo todo lo posible por mitigar los riesgos sustanciales que el agente tendría que asumir con los comunistas en Cuba.

La misión del equipo era establecer una red que se pudiera usar para recopilar información y, si fuese necesario, fomentar la contrarrevolución contra la dictadura castrista.

Deshacerse de Castro era una gran prioridad para la administración del presidente John F. Kennedy y la CIA. Hewitt sabía que esta era una misión importante, pero no podía imaginar que su equipo pronto desempeñaría un papel vital en la prevención del Armagedón nuclear.

Márquez y Napoleón se pusieron a trabajar de inmediato.

“El equipo de dos hombres recibió la misión de contactar con cualquier organización clandestina, establecer contacto por radio con la base de Miami, desarrollar un canal marítimo para las operaciones de infiltración y exfiltración y proporcionar información sobre la situación local”, escribió más tarde Hewitt.

Con sus contactos anteriores en la resistencia anticastrista, su familiaridad con la región y una familia numerosa que utilizó como fuente de reclutamiento, Márquez no tardó mucho en ganar terreno en Pinar del Río. Pasó los meses posteriores a su infiltración construyendo su red, que denominó Frente Unido Occidental (FUO).

Confiando en las técnicas de espionaje que Tom Hewitt le había enseñado, Márquez se aseguró de que sus mensajeros siempre se movieran a través del país, pero nunca por carreteras o senderos, y que utilizaran dispositivos de ocultamiento en mujeres o animales para llevar los mensajes. El FUO persuadió a los lugareños contrarrevolucionarios a usar un sistema de señales visuales para indicar a sus miembros que estaban seguros o que corrían peligro simplemente colgando ropa de diferentes colores en sus tendederos. También enterraron y ocultaron cuidadosamente los suministros.

A medida que la red se expandía más allá de los amigos y familiares para incluir a fuentes policiales y de la milicia, Márquez se comunicó con sus subagentes a través de un mensajero que solo respondía ante él. Antes de reclutar a los agentes, comprobó sus identidades con la central de Miami e incluso mantuvo a Napoleón bajo una estrecha vigilancia. El FUO utilizó las líneas telefónicas de las milicias de Castro y los puestos de guardacostas. Márquez, quien adoptó el alias de Plácido, mantuvo una unidad separada de exploradores en las zonas rurales cuyo trabajo era guiar de manera segura a sus equipos a través de esas áreas. La red también contaba con una fuerza de contrainteligencia que examinaba a los reclutas e investigaba las violaciones de seguridad.

Todas estas técnicas hicieron que al inicio los esfuerzos de Márquez fueran extraordinariamente exitosos. “Desde el equipo original compuesto por dos hombres, la operación se convirtió en un extenso complejo de resistencia e inteligencia que se extendió a lo largo de Pinar del Río, con centros que cubrían La Habana y la Isla de Pinos”, escribió Hewitt.

Las operaciones marítimas que permitieron el reabastecimiento de la Red y la exfiltración ocasional de algunos agentes para entrenarlos fueron clave.

La primera misión de este tipo se desarrolló el 24 de mayo de 1962, cuando, a pesar de un encuentro cercano con una patrulla cubana, la CIA realizó la primera operación exitosa de reabastecimiento marítimo para la red AMBANTY, entregando cerca de 680 kilos de armas y diferentes suministros en Site Helen, el punto de infiltración en la orilla del río San Diego.

Muy pronto la red comenzó a llamar la atención de los altos niveles del gobierno de EE. UU. El brigadier general del ejército Edward Lansdale, quien estaba a cargo de la Operación Mangosta, la campaña de la administración Kennedy para desestabilizar a Cuba y derrocar a Castro, apuntó en un memorándum del 25 de julio de 1962 que, de los 11 equipos de la CIA que se han infiltrado en Cuba, “el más exitoso se encuentra en Pinar del Río”. Sin embargo, las decisiones que se estaban tomando en el otro extremo del mundo estaban a punto de hacer que Márquez y sus agentes desempeñaran un rol protagónico.

El 1 de agosto de 1962, un agente reportó algunos eventos inusuales en el puerto de Mariel. Un gran barco soviético había llegado ese día con extremo sigilo. “No le permitieron a nadie que se acercase al barco, ni siquiera a los funcionarios de aduanas”, informó el agente. “La descarga de la mercancía comenzó después de que todos los empleados regulares del área del puerto se fueron”.

Entonces, del barco bajó un gran número de personal soviético de los territorios del lejano oriente de la URSS. Luego subieron a bordo unos camiones y llegaron hasta las bodegas, donde los cargaron y cubrieron con una lona antes de “regresar a tierra con mucho cuidado, como si estuvieran hechos de cristal”. Una vez en tierra, el personal soviético se encargó de conducir los camiones hasta su destino. El agente añadió un comentario convincente: “Es probable que los camiones estuvieran cargados con cohetes, ojivas nucleares para cohetes o, probablemente, bombas atómicas”.

El agente se acercó tanto a la verdad que casi nadie en la oficina central de la CIA le creyó.

En el verano de 1962, el primer ministro soviético Nikita Khrushchev realizó un movimiento que casi nadie en Occidente pudo prever: ordenó el despliegue de misiles nucleares balísticos de alcance medio e intermedio en Cuba. El arsenal soviético de misiles balísticos intercontinentales no se comparaba con el de EE. UU. Sin embargo, llevar a Cuba misiles balísticos de alcance medio e intermedio podía compensar ese déficit y poner en riesgo a las ciudades de EE. UU. Si los soviéticos podían llevar los misiles y activarlos antes de que EE. UU. se diera cuenta de lo que estaban haciendo, podrían presentarle a EE. UU. un hecho consumado, lo que le daría a la superpotencia comunista un enorme poder en las negociaciones futuras al tener como rehenes a las ciudades estadounidenses.

Sin embargo, activar los misiles balísticos de alcance medio e intermedio en un país separado por un océano y un continente de la Unión Soviética no se lograría de la noche a la mañana. Requería el despliegue de miles de soldados, la construcción de bases de misiles y la expansión e instalación de misiles antiaéreos SA-2 para defender dichas bases. Los últimos pasos eran el envío de los misiles balísticos y sus ojivas nucleares.

La red AMBANTY de Hewitt, que operaba en el Occidente de Cuba, estuvo informada de las etapas iniciales de este proceso, así como los agentes en las provincias de Las Villas y Matanzas que informaron al amigo cercano de Hewitt, Gene Norwinski, y los refugiados cubanos recién llegados que pasaron por un centro de inspección en el barrio de Opa-locka en Miami, dirigido conjuntamente por la CIA y el ejército.

En un memorándum del 20 de agosto dirigido al director de la CIA, John McCone, se menciona haber recibido “aproximadamente 60 informes sobre el refuerzo del apoyo militar del bloque soviético a Cuba”.

Esteban Márquez y su grupo estaban demostrando su valía. Un cronograma histórico sin fecha de la red AMBANTY que escribió Hewitt contiene esta frase: “Verano 1962, creación de la crisis de los misiles, reporte de los preparativos de la base de misiles”.

Sin embargo, cuando los informes de los agentes en Cuba llegaron a Langley, hallaron un muro de escepticismo. Los analistas de la CIA creían que los soviéticos no se atreverían a desplegar misiles balísticos en Cuba, una creencia que, según sugirieron más tarde los críticos, les volvió irracionalmente escépticos sobre los informes que decían lo contrario.

Mientras tanto, el nerviosismo entre los altos funcionarios de EE. UU. pronto privaría al país de sus otros ojos en Cuba, los del avión de reconocimiento U-2 de la CIA. La CIA había volado dos veces al mes sobre Cuba con aviones 

U-2 desde febrero de 1962 sin incidencias, pero las fotos tomadas durante el vuelo del 29 de agosto revelaron la presencia de al menos ocho bases de misiles superficie-aire SA-2 en la parte occidental de la isla.

El SA-2 era el mismo tipo de misil que había derribado el U-2 que volaba el piloto Gary Powers sobre la URSS en mayo de 1960. Los soviéticos lo estaban desplegando en Cuba para evitar que EE. UU. descubriera los misiles balísticos nucleares que estaban por llegar.

Para evitar que se repitiese un incidente como el de Powers, los altos funcionarios de EE. UU. cambiaron la ruta del siguiente vuelo, programado para el 5 de septiembre, sorteando el occidente cubano.

El 11 de septiembre de 1962, Kennedy firmó un plan que reduciría el siguiente vuelo a cuatro zonas y evitaría que los U-2 sobrevolaran la zona occidental de la isla. Ahora, los únicos ojos en el proyecto soviético en Pinar del Río eran los de los agentes de Hewitt.

Sin embargo, incluso después de que los soviéticos comenzaron a instalar los SA-2, los analistas de la CIA se negaban a creer que estaban a punto de desplegar misiles balísticos de alcance medio o intermedio. El único funcionario de alto rango de la CIA que dio crédito a esa idea fue el propio director. No obstante, a finales de agosto, McCone se fue varias semanas a Francia de luna de miel con su nueva novia. El único funcionario estadounidense de alto rango que creía que los soviéticos probablemente desplegarían misiles balísticos en Cuba se encontraba en el extranjero mientras se desarrollaba el debate en Langley.

Cuando la Oficina de Estimaciones Nacionales de la CIA le daba los retoques finales al documento que predecía la baja probabilidad de que la URSS desplegara misiles balísticos de alcance medio en Cuba, la red AMBANTY enviaba a Miami el mensaje que lo refutaría definitivamente. El informe de los agentes, que la CIA puso en circulación el 18 de septiembre de 1962, reveló que una gran zona del centro de la provincia de Pinar del Río “estaba fuertemente custodiada por los soviéticos con la ayuda de ciudadanos peruanos y colombianos”.

En particular, el informe destacó la gran seguridad que impedía el acceso a la Hacienda Cortina (le había sido robada a José Manuel Cortina (1880-1970), abogado, político famoso, constitucionalista y abuelo materno de Néstor T. Carbonell Cortina. Ubicada en ambas márgenes del río San Diego, la hacienda incluye territorios de las Sierra del Rosario y los Órganos; sin embargo, la propiedad principal se encontraba en La Güira, sitio enclavado en la tierra que lleva su nombre (Sierra de La Güira), “donde se está realizando un trabajo de gran importancia y alto secreto, que se cree está relacionado con los misiles”. Explicó Samuel Halpern, un oficial de la CIA que trabajaba en temas relacionados con Cuba en Langley, en una parte sin publicar de una entrevista que concedió para la serie de la CNN de 1998, “La Guerra Fría”. “Y así se convirtió en un área trapezoidal y en la zona en la que finalmente conseguimos sobrevolar con el U-2”.

El 14 de octubre, un avión de reconocimiento U-2 pilotado por el comandante de la Fuerza Aérea Richard Heyser atravesó el occidente de Cuba, tomando cientos de fotos del área que señaló la red AMBANTY. El 16 de octubre ya se habían analizado dichas fotos. Las imágenes revelaron exactamente lo que los agentes de Hewitt habían informado: la presencia de misiles balísticos de alcance medio. El presidente Kennedy ya tenía pruebas visuales que podía mostrar al resto del mundo sobre el hecho de que los soviéticos estaban desplegando misiles ofensivos en Cuba. También sabía que los misiles aún no estaban operativos, lo cual privaba a Khrushchev de una ventaja crítica en cualquier negociación futura. Durante seis días, Kennedy se reunió con sus asesores para valorar opciones que iban desde una invasión a gran escala en Cuba hasta simplemente aceptar el despliegue soviético.

El 22 de octubre, el presidente se dirigió a la nación, informando al pueblo estadounidense y al mundo sobre las bases de misiles y explicando que la Marina bloquearía a Cuba para evitar un nuevo abastecimiento. Durante casi una semana, el mundo contuvo el aliento cuando Kennedy y Khrushchev entablaron una lucha de voluntades con el destino de sus países en la balanza.

Para Esteban Márquez y el resto de la Red AMBANTY, la operación había entrado en una nueva fase de peligro. A medida que la crisis crecía (según Granma, el periódico del P.C.C.), Márquez estuvo encerrado con Napoleón en un refugio seguro a unas 3 millas de la aldea del Entronque de Herradura en la provincia de Pinar del Río. En uno de los registros de Hewitt, hay un escrito de apenas una línea: “Crisis de misiles: el agente cobra una gran importancia”.

La red también informó ese mes sobre las instalaciones soviéticas en la Isla de Pinos y los barcos soviéticos que atracaban en los puertos de Mariel y La Habana, escribió Hewitt. Los agentes corrían grandes riesgos y, según Hewitt, el 10 de octubre arrestaron a un líder que fue condenado a 5 años de prisión.

El 28 de octubre, Khrushchev anunció en Radio Moscú que los soviéticos retirarían sus misiles de Cuba. Kennedy aceptó rápidamente su oferta y acordó en privado retirar los misiles Júpiter en Turquía. Kennedy también se comprometió públicamente a no interferir en los asuntos internos de Cuba, a respetar la soberanía del país y la inviolabilidad de sus fronteras.

Desde su refugio, Márquez y Napoleón vieron a las fuerzas soviéticas retirarse con sus misiles. La crisis terminó, pero para la red AMBANTY, aún se avecinan días más oscuros.

En otoño de 1963, Márquez se estaba impacientando. Había construido una gran organización de resistencia, pero la CIA rechazaba sus solicitudes para emprender una guerra de guerrillas contra el régimen de Castro. El 15 de noviembre envió un mensaje codificado por radio a Hewitt: “Tendré que decidir entre la insurrección y salir de Cuba. He elegido la insurrección. Espero que me ayudes con las armas que necesito”.

Hewitt respondió al día siguiente. “Como acordamos cuando estuviste aquí, no puede haber una insurrección en Cuba hasta que no se produzca de forma simultánea en todo el país. Un levantamiento así no es posible en este momento”.

Reforzó su punto de vista con otro mensaje que envió ese mismo día: “Si insistes en emprender una acción precipitada antes de que todo el plan esté listo, atraerás todas las fuerzas enemigas contra ti y la gente de Pinar, lo cual conllevará la destrucción de todo por lo que tú y tus hombres han trabajado tan duro. No podemos afrontar una insurrección ahora. Seguiremos apoyándote a ti y al grupo según lo acordado”.

El tamaño y la estructura del Frente Occidental Unido (FUO) se estaban convirtiendo en una vulnerabilidad para Márquez. Su organización fue creada para la guerra de guerrillas, pero lo que hacía era recopilar información. “Ambas misiones eran básicamente incompatibles”, escribió Rudy Enders en un correo electrónico. “Cumplir el primer objetivo requería atraer a muchas personas que seguramente serían detectadas por los agentes de la inteligencia cubana, mientras que las unidades de recopilación de información estaban compuestas por pequeñas células de 3 o 4 hombres muy compartimentados”.

En tanto, la KGB estaba contribuyendo a profesionalizar las fuerzas de seguridad castristas.

Ahora, en 1964 era un sistema mucho más autoritario, según Hewitt. Todo aquel que no se uniera al Partido Comunista u otra organización de masas se convertía inmediatamente en sospechoso ante los ojos del régimen. Las organizaciones de contrainteligencia castristas habían desarrollado un enfoque sistemático y paciente al investigar la actividad antigubernamental sospechosa y ofrecían dejar en libertad a las personas arrestadas por cargos antigubernamentales si aceptaban convertirse en informantes.

Cada vez se hacía más difícil para la CIA infiltrar agentes y, para aquellos que lo lograban, era más peligroso.

Fue inevitable que una red como el FUO, la cual se estimaba que tenía hasta 1,000 hombres, finalmente fuese interceptada. Sin embargo, la red AMBANTY lo tuvo más fácil, ya que el régimen quebraba de forma habitual e innecesaria varias reglas básicas del espionaje. En esencia, según Hewitt, los agentes cubanos de la red no podían guardar secretos. Algunos sufrieron de lo que Hewitt denominó la “obligación de confiar en cualquier amigo cercano o familiar detalles de sus actividades secretas”. Algunas veces usaban o llevaban abiertamente el equipo que se suponía que se utilizaba “solo para trabajos secretos”, dijo. Los agentes se ponían en contacto con posibles reclutas en su propia casa, aunque las personas que no habían sido reclutadas formalmente eran alistadas para ayudar en las operaciones. En ocasiones, el propio Márquez no pudo evaluar las motivaciones de las personas que reclutó, lo cual infectó la red con lo que Hewitt describió como “algunos agentes bastante reacios”.

Sin embargo, Hewitt también fue crítico con la política del gobierno de 

EE. UU. respecto a las operaciones clandestinas en Cuba: “una de cal y otra de arena”, escribió. Agregó que “no existía un plan coherente para desarrollar la resistencia en todo el país”. Sin mencionar nombres, Hewitt sugirió que EE. UU. estaba presionando demasiado al FUO. “La presión de arriba por conseguir resultados en la red interna es muy fuerte”, escribió. A veces la CIA tenía la culpa, al poner en marcha dos redes en la misma zona geográfica, comprometiendo a ambas, agregó.

Márquez y la CIA tentaron a la suerte durante dos años con la red AMBANTY. En la primavera de 1964, esa suerte empezó a agotarse. “La primera señal de que la red estaba en peligro llegó con el arresto de uno de los activos entrenados por la agencia, el 4 de febrero de 1964, en Paso Real, en el centro de Pinar del Río”, escribió Hewitt. “Aparentemente, arrestaron al individuo en una redada de sospechosos contrarrevolucionarios, pero fue trasladado a La Habana y finalmente ejecutado el 15 de abril”.

El 15 de mayo de 1964, un repartidor de carbón que visitaba una granja cerca de San Juan y Martínez en Pinar del Río se encontró con un escondite de municiones y equipos de comunicaciones. Según dijeron los castristas, alertó a las fuerzas de seguridad, quienes registraron una choza cercana y encontraron un maletín que contenía “el diario de un espía”, con instrucciones y mensajes de Otto a Plácido.

En 48 horas habían arrestado a uno de los principales agentes de la red, según Hewitt. “El mismo día, AMBANTY-1 canceló sus comunicaciones con la base de Miami informando que las retomaría cuando se aclarara la situación local”, dijo Hewitt. “Nunca volvió a comunicarse”.

En aquel momento, las fuerzas de seguridad cubanas habían llegado hasta los hogares y refugios en el occidente de Cuba y la Isla de Pinos, arrestando a cientos de miembros de la Red. Uno de los detenidos, según el Granma, confesó a sus captores que Plácido (Márquez Novo) se encontraba en una casa secadero de hojas de tabaco en Entronque de Herradura.

Las versiones difieren respecto a lo que sucedió después. Según el Granma, el 20 de mayo, el personal de seguridad rodeó la casa secadero. Márquez Novo quemó los documentos que tenía para que no cayesen en manos del enemigo y decidió morir luchando, disparando contra las fuerzas de la seguridad. Cuando finalmente lograron entrar, según el periódico comunista, encontraron a Márquez muerto de una herida de bala en la sien, aparentemente autoinfligida, junto a un maletín con $10,000 dólares, 215 pesos en monedas de oro y casi 44,000 pesos en efectivo.

Araceli Rodríguez San Román (contadora de la FUO), la sobrina de Esteban Márquez, contó otra versión cuando la entrevistó el Miami Herald en 2009. En su versión, su hermano Gilberto (sobrino de Márquez) acababa de ser reinfiltrado una semana antes, había sido asesinado en un tiroteo con las fuerzas cubanas y cuando Márquez lo supo, se suicidó.

El relato de Hewitt sobre la desaparición de Márquez es más oscuro: AMBANTY-1 fue golpeado hasta morir por la inteligencia cubana.

Uno de los últimos mensajes de radio de Márquez a Hewitt, según Granma, decía lo siguiente: “Hoy es el segundo aniversario de la fundación del FUO y estoy seguro de que mi trabajo durante este tiempo ha sido de utilidad para nuestra causa. Un brindis, un brindis con whisky o champán, mientras mis hombres y yo secamos nuestras lágrimas con pañuelos empapados en sangre”.

Se han escrito muchos libros y miles de artículos sobre la crisis de los misiles en Cuba, pero el nombre de Tom Hewitt no aparece en ninguno de ellos. Las fotos de las bases donde se encontraban los misiles que tomó el avión espía U-2 en octubre de ese año casi siempre se presentan como el avance clave de la inteligencia que dio a los EE. UU. una ventaja inestimable durante el enfrentamiento nuclear.

Mucha más información sobre el FUO puede leerse en el libro Cuba: Las Garras de los Cuervos Verdes de la expresa política Emelina Núñez Gil, quien una noche estando presa fue violada a los 16 años por 5 oficiales de la seguridad del Estado (entre ellos el entonces capitán Orlando) cuando este departamento estaba en una casa robada a su dueño en la calle Máximo Gómez de Pinar del Río y luego pusieron allí la Delegación Provincial del Ministerio de la Construcción.

La investigación sobre el papel que desempeñaron Tom Hewitt y sus agentes durante la crisis de los misiles se ha basado en las entrevistas a su familia, veteranos de la CIA que trabajaron con él o le conocieron, los documentos personales facilitados por su familia y los desclasificados de la CIA; además, otros informes del gobierno de EE. UU., libros y artículos periodísticos. Todos narran una historia de coraje, compromiso y profesionalidad que cambió el curso de la historia.

Thomas Moses Hewitt III nació de manera prematura en Washington D. C., en 1923, de padres pobres y divorciados. Era un bebé enfermizo, por lo que pasó más de un año en el hospital como paciente de caridad. Tras una infancia difícil, ingresó en la Academia de la Marina Mercante de Kings Point, en Nueva York, en la primavera de 1943, en pleno apogeo de la Segunda Guerra Mundial. El 22 de febrero de 1944, Hewitt se desempeñaba como guardiamarina en el SS George Cleeve,  un barco de la clase Liberty que trasladaba chatarra de Túnez a Hampton Roads, Virginia, cuando fue torpedeado por un submarino alemán a 15 millas de la costa de Argelia. Todos los miembros de la tripulación, excepto uno, sobrevivieron, pero se vieron obligados a abandonar el barco.

Después de la guerra se casó con Mildred Stewart, más conocida por Millie, y en 1950 se unió a la CIA, pero la abandonó al cabo de 6 meses debido a lo que más tarde describió como las “condiciones de confinamiento” de su trabajo en las comunicaciones. “Le gustaba estar con las personas, no estar sentado en una pequeña habitación decodificando mensajes”. Se reincorporó a la CIA en 1952, esta vez como oficial paramilitar. Teniendo en cuenta su educación en Kings Point y su experiencia de guerra en el mar, la agencia lo convirtió en instructor de operaciones marítimas en su nuevo centro de entrenamiento en Camp Peary, Virginia, conocido como La Granja.

Los Hewitts, ahora con su hijo Tim de 1 año, se trasladaron a Miami a principios de 1961.

A inicios de la década de 1960, aquella era la ubicación perfecta para un oficial de la CIA ansioso por dejar huella.

Después de desmantelada la red AMBANTY, el asesinato de John F. Kennedy y la inminente guerra en el sudeste asiático habían minado el proyecto de la CIA en Cuba, restándole gran parte de su energía burocrática. A medida que el enfoque anticomunista estadounidense se trasladó a Indochina, también lo hizo el personal de la central de Miami. Hewitt participó en la guerra secreta en Laos a mediados de la década de 1960, luego realizó una gira por Vietnam antes de pasar sus últimos años de servicio trabajando como enlace de la CIA con el Centro y Escuela Especial de Guerra en Fort Bragg, Carolina del Norte. Allí ayudó al coronel del ejército Charles Beckwith a establecer Delta Force, la principal unidad antiterrorista del ejército.

Después de una carrera de 30 años en las sombras, Tom Hewitt se jubiló anticipadamente de la CIA en 1981 para pasar más tiempo con su hijo, Tim, quien había sido gravemente herido en un accidente automovilístico. Tom Hewitt nunca fue ascendido al alto mando de la CIA, murió de cáncer en 1997 en una oscuridad relativa, convencido hasta el final de que la organización a la que había dedicado tres décadas de su vida no había reconocido plenamente su contribución más importante durante esa etapa.

El 1 de octubre de 2004 sonó el teléfono en el apartamento de Millie Hewitt en McLean, Virginia. En el otro extremo de la línea se encontraba una mujer de la oficina de protocolo de la CIA. Le dijo que estaba llamando para decirle que la agencia había decidido honrar a su difunto esposo con la Medalla Distinguida de Inteligencia, el premio más importante que concede la agencia, por su trabajo durante la crisis de los misiles en Cuba. Millie estaba tan sorprendida que pensó que podría tratarse de una broma, según contó Pam, la esposa de Tim, pero la llamada era real.

Aproximadamente 6 años después de la muerte de Hewitt, por razones que aún no se han esclarecido, Bob Wall, quien había sido el supervisor inmediato de Hewitt en Miami y también había trabajado con él en La Granja y en Vietnam, inició una campaña para lograr que la CIA reconociera el papel de Hewitt en la crisis de los misiles. Incluso le escribió al director de la CIA, George Tenet, para que premiara a Hewitt. La agencia comenzó a investigar y fueron nueve los meses necesarios para examinar los documentos de archivos antiguos y reunir evidencia que respaldara las afirmaciones de Bob Wall.

En enero de 2005, unos 30 visitantes se reunieron en una sala de conferencias en el campus de la CIA en Langley para honrar a Hewitt. Los invitados eran en su mayoría miembros de la familia y sus amigos. Solo acudieron un par de veteranos de la central de Miami: Bob Wall, sin cuya intervención el premio no se habría entregado, y Gene Norwinski, el oficial de caso que había dirigido equipos de agentes en el centro de Cuba que también habían informado sobre la presencia de misiles soviéticos. Lo usual era que un alto funcionario de la CIA realizara la presentación, pero no fue así.

Millie, quien falleció en 2017, solicitó que Jack Downing, el oficial retirado que había sido amigo de los Hewitt desde 1969, entregara el premio. Downing le entregó a Millie una carpeta con la gran medalla de bronce, junto con una cita que parece reescribir la historia de la Crisis de Octubre de 1962.

Tom Hewitt se tomó en serio el principio de no revelar información confidencial, lo cual incluía a Jack Downing, quien, como Director Adjunto de Operaciones de la CIA, tenía casi todas las autorizaciones de seguridad posibles cuando su amigo murió. “Durante una amistad de casi 30 años, Tom nunca me reveló esta operación”, dijo Downing a la pequeña multitud que acudió a la ceremonia de premiación de Hewitt en Langley.

La portavoz de la CIA, Sara Lichterman, reiteró este mensaje: “Para cambiar el curso de la historia se necesita el ingenio y el coraje de personas como Tom Hewitt, que no trabajan por la gloria o el reconocimiento, sino que les guía el deber y el amor a su país”.

Tim Hewitt, el hijo de Tom, cursaba la escuela secundaria cuando su padre le habló de sus logros durante la crisis de los misiles: “Me dijo que su equipo descubrió los misiles, pero nunca recibió el reconocimiento por ello”.

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