Por JORGE QUINTANA (1956)
Si en algún cubano el patriotismo lo determinó a sacrificarlo todo en aras de la patria, pocos como el general Ángel del Castillo y Agramonte pueden exhibir tan honroso mérito. Cuando la Guerra de los Diez Años se inició, Ángel del Castillo lo poseía todo. Era inmensamente rico. Su familia poseía varios ingenios y fincas ganaderas. Era joven. Tenía construida una familia de la que podía sentirse orgulloso. Tenía prestigios profesionales. Había viajado. Conocía idiomas. Era respetado.
Todo lo que en un hombre puede constituir incentivos para aferrarse al orden de cosas establecido, en él se convirtió en acicate para ir a la manigua a cumplir con su deber. Porque en él ardía la llama de un ideal sacrosanto: la libertad de su patria. Lo poseía todo, menos esa tranquilidad de espíritu que le da al hombre el saber que su patria vive en la angustia de la ausencia de libertad, que sus compatriotas conocen la opresión, la persecución, de la tortura, de las prisiones, de los destierros. Por eso aquel Ángel del Castillo que poseía tanto no se sentía satisfecho. Sufría con el dolor de su patria esclavizada, mandada por déspotas arbitrarios que ignoraban la existencia de las más elementales normas del derecho. La revolución iniciada en Yara fue para él un desahogo, a través del cual dio rienda suelta a su valentía personal y le permitió demostrar sus innegables dotes de organizador de milicias.
Fue un excelente jefe de la caballería camagüeyana en aquellos tiempos primeros de la campaña, cuando aún Ignacio Agramonte —su pariente cercano— no se había destacado como lo que después fue, un gran jefe, un gran ciudadano, una esperanza de la patria y un ejemplo magnífico del patriotismo cubano, un patriotismo sin ambiciones, con una sola idea y una sola obsesión: la felicidad de Cuba.
Ángel del Castillo y Agramonte nació en Puerto Príncipe el 14 de agosto de 1834. Su padre, Martín Castillo Quesada, era de familia camagüeyana. Su madre, doña Ángela Rufina Agramonte, pertenecía a la familia del Bayardo. De aquel matrimonio nacerían varios hijos, pero sobre todo otros dos más, además de Ángel, llamados Martín y Nazario, que se distinguirían también en aquella lucha por la emancipación de Cuba.
En Camagüey hizo sus primeros estudios. Como la familia pertenecía al grupo de los grandes terratenientes cubanos, no le fue difícil mezclar el cultivo de la mente y del espíritu con el músculo. Así, mientras se educaba, fue haciéndose excelente jinete. Y con la cultura y la vida libre, el joven fue advirtiendo la gran tragedia cubana en toda su hondura. De ahí que en 1853, cuando el gobierno colonial acababa de liquidar, en medio de una orgía de sangre, los últimos intentos del general Narciso López, la familia de Ángel del Castillo envió a éste, en unión de uno de sus hermanos a los Estados Unidos.
El 30 de junio de 1853 abandonaban ambos hermanos el puerto de La Habana. Desde allí se dirigieron a Nueva York, donde Ángel se entregó a los estudios odontológicos. El 8 de septiembre de 1854 el Colegio Dental de Nueva York le expedía su título de cirujano dentista. El 16 de septiembre de 1855 se embarca en Nueva York a La Habana, esta vez acompañado por su hermano Martín. Y apenas se ha instalado provisionalmente en la capital de la isla, cuando se presenta a las autoridades gubernativas el 31 de octubre de aquel mismo año para solicitar se le permita incorporar su título de cirujano dentista del Colegio de Nueva York, a fin de ejercer legalmente su profesión.
Una vez resuelto este anhelo, se traslada a Puerto Príncipe, donde contrajo matrimonio con la joven Carmen Bages Monteagudo. Su vida se desliza en el cuidado de su hogar, el cariño de su esposa y la atención de los negocios de la familia, principalmente su ingenio “La Unión”. Aquella felicidad conyugal debería durarle muy poco. La esposa fallece y el joven viudo se dedica, por entero, a su trabajo.
Hacia 1862 conoce a una mujer de belleza esplendorosa. Se llama Ignacia de Quesada. Como él, pertenece a distinguida familia camagüeyana. Con ella se casa en segundas nupcias. De esta nueva unión nacerán cinco hijos, algunos de los cuales lograrán distinguirse en la Guerra de Independencia.
El 10 de octubre de 1868 Carlos Manuel de Céspedes se subleva en La Demajagua. Es la clarinada que con tanto fervor y entusiasmo aguarda el patriota Ángel del Castillo. Desde 1867 los patriotas camagüeyanos venían preparándose para actuar llegada la hora. Para esos fines habían organizado la Logia Tínima, de la cual era Venerable Maestro el Dr. Manuel Ramón Silva Barbieri. A ella pertenece, desde su fundación, Ángel del Castillo y Agramonte.
Las actividades revolucionarias de la Logia Tínima despertaron la desconfianza de las autoridades españolas, que dispusieron del arresto de Salvador Cisneros Betancourt, Adolfo de Varona y de la Pera, hermano de Enrique José Varona y de la Pera y Miguel Betancourt Guerra. Pese a ese contratiempo, la Logia Tínima continuó funcionando. En vez de abatir sus columnas, prosiguió su labor, desafiando a las autoridades. En julio de 1868, las organizaciones de conspiradores de Oriente se habían dirigido a la Logia Tínima, como el núcleo conspirador de los camagüeyanos, invitándola a tomar parte en los trabajos que en aquella región se desarrollaban.
El 3 de agosto de aquel mismo año se reúnen en la finca San Miguel del Rompe los representantes de los distintos núcleos conspiradores de Camagüey y Oriente. Por los camagüeyanos asisten Salvador Cisneros Betancourt y Carlos Loret de Mola; por los de Bayamo, Francisco Vicente Aguilera, Perucho Figueredo y Francisco Maceo Osorio; por los holguineros, Belisario Álvarez; por los de Tunas, Vicente García; y por los manzanilleros, Carlos Manuel de Céspedes y Jaime Santiesteban. Desde el primer momento, Carlos Manuel de Céspedes se mostró partidario de precipitar los acontecimientos, demandando un acuerdo de sublevación inmediata. Los representantes de los camagüeyanos, por el contrario, se mostraron parcos y, alegando que no estaban preparados, que carecían de armas y que se debería esperar, obtuvieron un acuerdo de no tomar decisión en esa reunión, acordándose convocar para otra el próximo 1.º de septiembre.
En la fecha fijada se reunieron nuevamente los patriotas camagüeyanos y orientales en la finca “Muñoz”. A los camagüeyanos los representan, en esta ocasión, Salvador Cisneros Betancourt y Augusto Arango. Nuevamente, estos insistieron en su tesis de posponer toda decisión de levantamiento inmediato. Pidieron que se aguardase a la conclusión de la zafra a fin de tener más éxito. Se acordó posponer nuevamente cualquier decisión al respecto hasta nueva reunión y que Cisneros Betancourt se trasladase a La Habana y se entrevistase con los conspiradores de la capital de la Isla, pidiéndoles ayuda inmediata, entre ellas, la que resultaba más importante: armas y pertrechos.
Los orientales celebraron varias reuniones, mientras Cisneros realizaba, en la capital de la isla, las gestiones que le habían encomendado. Por otra parte, los camagüeyanos habían enviado a Martín del Castillo y Agramonte, hermano de Ángel del Castillo, a Nassau, a fin de que se entrevistase con Manuel de Quesada, que allí aguardaba, y le facilitase, como lo hizo de su peculio particular, el dinero necesario para traer a las playas camagüeyanas una expedición. Pero Carlos Manuel de Céspedes precipitó los acontecimientos. Inútiles fueron los esfuerzos de Francisco Vicente Aguilera y otros para disuadirle y hacerle esperar. Alegando que se había dictado orden de arresto contra su persona, el patriota manzanillero se sublevó en el ingenio La Demajagua.
El 11 de octubre de 1868 las autoridades españolas de Camagüey declararon a la provincia en estado de sitio. Los patriotas esperaban por el regreso de Salvador Cisneros Betancourt, que se hallaba en La Habana. Desde Tunas algunos patriotas, como Francisco Rubalcaba, pedían a los camagüeyanos que no los dejaran solos y que se sumasen al movimiento. A fines de octubre regresó a Camagüey Cisneros Betancourt. Inmediatamente se comenzaron a reunir los conspiradores.
El 1 de noviembre se celebró una reunión en el Liceo de Camagüey, que hubo necesidad de suspender, por cuanto algunos de los socios, que no estaban dentro de la conspiración, podían sospechar de la misma y denunciarla a las autoridades. No se había llegado a acuerdo al respecto. El 2 se continuó celebrando la reunión en la residencia del Dr. Manuel Ramón Silva y Barbieri; después de algunas horas de deliberación, tuvieron que suspenderla también sin lograr llegar a un acuerdo sobre si esperaban por el desembarco de la expedición que habría de traer el general Manuel de Quesada desde Nassau, o si se anticipaban, sublevándose. Es bueno advertir que algunos patriotas camagüeyanos, como Bernabé Varona, estaban sublevados, en la zona de Nuevitas, desde los días siguientes al 10 de octubre.
La reunión iniciada el día 2 se continuó esa misma noche en la residencia de la señora Dolores Boza, viuda de Miranda. Allí se acordó concentrar a los conjurados, citándolos para la orilla del río Clavellinas, en el camino de Nuevitas, a tres leguas de la ciudad de Camagüey.
El 3 de noviembre comenzaron a llegar los patriotas camagüeyanos al lugar de la cita. En total se reunieron setenta y seis patriotas. Todo ese día se la pasaron organizando el campamento y los grupos en que se habrían de subdividir para poder operar. Al día siguiente, se declararon formalmente en rebeldía contra el gobierno colonial español.
Ángel del Castillo fue designado séptimo ayudante del Segundo Pelotón que tenía por jefe a Ignacio Mora y de la Pera. Inmediatamente salió Ángel del Castillo a operar con su pequeña fuerza. El 6 cruzó por los ingenios “Cercado” y “La Unión”, pertenecientes a su familia, sublevando las dotaciones de esclavos, con lo que logró engrosar las filas del Ejército Libertador.
El 9 salió de su finca “San Francisco” dirigiéndose a atacar el ferrocarril que corre de Nuevitas a Camagüey. Llevaba veinte hombres. Con aquel pequeño núcleo de patriotas detuvo el tren, arrestando a sus pasajeros y ocupando varias toneladas de mercancías. No había armas, que eran lo que los mambises buscaban con más desesperación. Una vez liquidada la operación, procedió Ángel del Castillo a poner en libertad a los prisioneros, entre los cuales se encontraba un capitán del ejército español, y a devolver las mercancías ocupadas, disponiendo la entrega a sus legítimos propietarios.
El 12 de noviembre, estando acampado en “San Antonio”, recibe la visita de Napoleón Arango, que había sido designado jefe militar de los camagüeyanos. Ángel del Castillo reúne a sus fuerzas, presenta al jefe y declara, desde ese momento, su acatamiento leal y sincero. Bien sabía él que no se podrían movilizar las huestes cubanas si no se disciplinaban y organizaban. Pocos días después, en Punta Piedra, se apodera del jefe de guerrillas españolas apellidado Rubí, al que logra detener personalmente. Rubí, que acababa de realizar siete asesinatos, se hallaba en aquella zona tratando de organizar fuerzas para realizar nuevas fechorías. Sin perder tiempo, Castillo sometió a Rubí a un proceso sumarísimo, ejecutándolo inmediatamente.
El 15 de noviembre, cuando se preparaba a salir con sus tropas al encuentro del conde de Valmaseda, que trataba de llegar a Camagüey, el general Napoleón Arango le ordenó suspender la operación. Contra su voluntad, Ángel del Castillo obedeció, razón por la cual el jefe español pudo llegar a Puerto Príncipe el 17, sin ningún contratiempo. En realidad, Napoleón Arango se había hecho designar jefe militar de los camagüeyanos para entorpecer sus actividades y lograr su propósito de llevarlos a una avenencia con las autoridades españolas, abandonando la idea de secundar el movimiento revolucionario iniciado con tanto éxito en Oriente.
El 18 de noviembre, Napoleón Arango celebra una reunión de patriotas en Las Clavellinas. Allí les propone que acaten al gobierno español a cambio de la promesa de este de extender, a Cuba, los beneficios de la revolución española que había derrocado a la reina Isabel II y anunciaba, bajo la regencia del general Serrano, un régimen liberal para España. Fueron Ignacio Agramonte y Ángel del Castillo los voceros más destacados, en esta reunión, de la oposición a las proposiciones de Napoleón Arango. Y fue la oposición de ambos jefes la que provocó que se convocase a una segunda reunión en Minas. Allí se desenmascaró la traición de Napoleón Arango. Ángel del Castillo hizo leer, en esta reunión de Minas, una alocución en la que invitaba a los patriotas camagüeyanos a comprometerse a no luchar por otra idea que la de la independencia.
Napoleón Arango, derrotado en sus propósitos, se acercó a Valmaseda y comenzó, de acuerdo con este, una serie de maniobras tendientes a desmoralizar a los cubanos insurrectos. Para ello tuvo la osadía de mantenerse en el campo mambí. Su hermano Augusto, que todavía no había caído bajo su perniciosa influencia, se dispuso a continuar las operaciones contra los españoles. El 27 de ese mismo mes de noviembre, al conocer que el conde de Valmaseda avanzaba sobre el ferrocarril de Nuevitas, decidió atacarlo, ordenando que salieran para Bonilla algunas de las fuerzas, emboscándose en dicho lugar. Entre los jefes que le secundan figura Ángel del Castillo.
A las once y media de la mañana del 28 se inicia la lucha entre españoles y cubanos, al atacar estos últimos al tren que avanzaba lentamente, protegido por fuerzas de caballería española. Ángel del Castillo se bate gloriosamente, como todo un veterano. Su pariente Enrique Loynaz del Castillo le ha llamado el “Ney cubano”. Los españoles le llamaban el “Aquiles cubano”. Derrotado Valmaseda en Bonilla, se retira, dejando abandonados sus muertos y casi todo el convoy que conducía, inclusive alguna pieza de artillería. Ángel del Castillo es de los jefes que inician inmediatamente la persecución.
El 1 de diciembre se adelanta, emboscándose en una de las márgenes del río Saramagullón, desde donde hostiliza nuevamente el paso del feroz conde. El 10 de diciembre le vuelve a tender una nueva emboscada en su ingenio “La Unión”. Al fracasar en su propósito y ser desalojado por los españoles de las posiciones que ocupaba, le prendieron sus enemigos fuego a su propiedad, destruyéndola por completo.
En enero de 1869 le encontramos pernoctando en las inmediaciones de San Miguel de Nuevitas. Se le reconoce el grado de general de brigada. Ataca al Bagá. Toma parte después en la acción del Salado, donde los camagüeyanos le salieron al paso al brigadier Lesca que había desembarcado en La Guanaja y trataba de llegar a Camagüey. Después toma parte en la acción de Belén, donde murió Rafael Argilagos. Fue este el segundo combate donde los camagüeyanos trataron de impedir el avance del brigadier Lesca hacia Camagüey.
La traición de Napoleón Arango se ha hecho evidente. Después del asesinato por los españoles de su hermano Augusto, que fue, en buena parte, una víctima de las intrigas de su hermano Napoleón, este continuó sus maniobras traidoras. El general Manuel de Quesada ordenó al general Ángel del Castillo que le arrestara. El general Del Castillo obedeció sin vacilación la orden dada. Napoleón Arango, custodiado por varios soldados de Del Castillo, fue remitido a la Corte Marcial que debería juzgarlo.
Se escapó de una ejemplar sanción al considerársele beneficiado por un indulto dictado por el Gobierno, con motivo de constituirse la República. El 5 de abril de 1869 ataca, por primera vez, de un modo formal a San Miguel de Nuevitas. Desde allí se dirige a Guáimaro, donde estaba presente el 10 de abril, cuando los Representantes del Pueblo de Cuba acordaron una Constitución, la creación de la República de Cuba y designaron un gobierno presidido por Carlos Manuel de Céspedes. Los testigos presenciales de aquel acto aseguran que el bravo general Ángel del Castillo, ante aquellos sucesos históricos, lloró emocionado.
Continuó su campaña por la región camagüeyana. El 5 de mayo volvió a atacar a San Miguel de Nuevitas, que defendía en esta ocasión el teniente coronel Gaspar Lambea. Antes de retirarse de la población asaltada, la redujo a cenizas. El 14 protege el desembarco de la expedición del “Salvador”, que había arribado a Nuevas Grandes bajo la dirección del general Rafael de Quesada. Después se bate con los españoles en Laguna de Piedra, a los que causó treinta bajas, mientras él tan solo tuvo tres heridos.
El 12 de junio, operando en las inmediaciones de Puerto Príncipe, lucha con los españoles en Monte del Horno y Quinta Canosa, entrando a la ciudad donde había nacido, combatiendo en las calles de la Plaza de la Caridad. Después combate en Las Mercedes. Entre sus oficiales figura el joven Julio Sanguily, a quien elogia el general Manuel de Quesada en el parte rendido. El 18 de junio asalta al campamento español de Sabana Nueva, en las inmediaciones de Camagüey. El jefe supremo lo fue, en esta oportunidad, el general Manuel de Quesada. Los cubanos tuvieron dos muertos y siete heridos, mientras que los españoles tuvieron veinte muertos, siete heridos y dejaron en manos de los soldados mambises ochenta prisioneros. Se le designa jefe de la Segunda Brigada de Camagüey.
El 20 de julio de 1869, el general Honorato del Castillo es sorprendido por fuerzas españolas que mandaba el coronel Ramón del Portal, quien, después de asesinarlo vilmente, le deja a la intemperie. Los cubanos recogieron su cadáver y lo enterraron. Para sustituirle en aquel mando de las fuerzas espirituanas, se designó al general Ángel del Castillo, que abandonó su región camagüeyana para trasladarse a aquel nuevo campo de operaciones. Pocas semanas después, el coronel Del Portal avanzaba buscando al general Ángel del Castillo, que se había emboscado en Pitajones. Portal conducía un convoy. El general Castillo le acometió furiosamente, destrozándolo rápidamente. Entre los prisioneros españoles quedó el coronel Del Portal. Inmediatamente, el general Castillo dispuso que un consejo de guerra sumarísimo juzgase al prisionero. Condenado a muerte, lo hizo ejecutar. Así quedó vengado el bravo general Honorato del Castillo, a las pocas semanas de haber sido asesinado.
Pocos días después de este episodio, el general Ángel del Castillo tuvo que hacerle frente a una epidemia de cólera que le diezmó las fuerzas. Se retiró un tanto hacia la zona de Ciego de Ávila, lo que después fue la región de la Trocha. El 9 de septiembre de aquel mismo año de 1869 se dispuso a atacar al poblado de Lázaro López. Con su proverbial ausencia del miedo a las balas, avanzó el general Castillo hasta subirse en lo alto de una trinchera enemiga. Sinceramente emocionado, retó a sus adversarios gritándoles:
—Vengan a ver cómo muere un general cubano…
Una descarga española le privó de la vida. Su ayudante Agüero le recogió y, ayudado por un soldado y otro patriota, trasladó el cadáver a Cerro Pelado, donde le dio sepultura secretamente. Ya establecida la República, se llevó a cabo una investigación en el lugar, encontrándose sus restos, que fueron identificados, entre otras cosas, porque con los mismos se encontró la espada que el general Del Castillo había quitado al coronel Del Portal en el encuentro de Pitajones y que desde aquel día usaba como su trofeo de guerra. No le sobrevivió mucho su buena mujer. Diez días después, en Manzanillo, moría, entre otras razones de la pena que le producía la muerte de su valiente marido, Ignacia de Quesada, dejando cinco hijos en la orfandad y la miseria, pues todas las propiedades le habían sido embargadas, como represalia, por el gobierno español.
Un retrato de uno que le conoció en la manigua nos describe al insigne patriota de la siguiente manera: “Era de gentil presencia, mediano de estatura, en las formas delicado, en las maneras afable, y por su trato cortés y festivo solicitado de todos: uniendo a tales recomendaciones el crédito de patriota que en aquellos días más que en los subsiguientes, realzaban a la vista del pueblo los nombres de los individuos que, como él, presentían los destinos de Cuba y abrazaban el apostolado de la Revolución”.







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