Por ELADIO SECADES (1957)
Las almas exquisitas miran un poco hacia atrás y añoran el teatro viejo. Cuando las divas gordas. Y los críticos de bastón, cultura y cosméticos. Es verdad que la farándula está amenazada de muerte. Ya no hay declamación posible si no aparece un comerciante que paga el anuncio.
El arte tiene que crecer remolcado por una industria. Es decir, no hay arte si no hay patrocinador. Una buena comedia puede servir para estimular una liquidación de escarpines. Se puede ser primer actor gracias a una marca de aceite. Claro que quedan residuos de arte en el teatro sin telones de la radio. Donde los horizontes, en lugar de pintarse, se narran. Los mutis se imaginan. Los caballeros de la trama andan en mangas de camisa. Y las damas jóvenes mueren de vejez sin tener que llegar a características. Que en el teatro de antes eran señoras de gran fama, que se afeitaban los pelos del bigote y se ponían encima mucho polvo. Lo que, además de ser una porquería, era el presentimiento del maquillaje.
Con esto de la radio y la televisión, el público no tiene que ir al teatro, no vamos a ver. Sino a que nos vean. El teatro de antaño era lágrimas. O eran cosquillas. Hasta que llegaron las revistas musicales. Que eran cualquier cosa para enseñar las piernas y el ombligo. Salía un inglés con una gorra y una pipa. Y el cicerone le mostraba la Giralda. Unos versos hablaban del sol español. Del salero de las mujeres y de la sangre de los toros.
La tiple, al terminar el pasodoble, se ajustaba el mantón para decirle al Míster que en Londres no sabían qué era eso. Y meneaba unas caderas que eran augurio de las vitaminas que vinieron después. Cuando el inglés, vencido en su flema, iba a atraparla, la chulapa escapaba. Seguidas por las chicas del conjunto. Y entre la alegría de la gente de la cazuela. Que todavía no había olvidado lo de Gibraltar. El pasodoble es el baile hecho con prisa española para llegar a la romería. Ahora, con el arraigo de la televisión, las representaciones teatrales se ven interrumpidas por el anuncio. El parlamento más trágico puede ser cortado por un consejo a las amas de casa.
El bataclán falleció de pronto cuando las mujeres decentes empezaron a desnudarse en las playas. Y las vedettes se sintieron vencidas en su último reducto de la hoja de parra. Los teatros se fueron convirtiendo en cines. Y los cómicos desde las peñas de los cafés pidieron protección al gobierno. Debía añadirse la farsa al presupuesto nacional. Como siempre. Los que no tenían otra oportunidad de ponerse el frac. Porque no eran diplomáticos. Ni maître d’hôtel. Ni padrino de boda. Protestaron contra la agonía de la cultura. De la degeneración de las clases. Recordaron cuando le pagaron a Caruso diez mil pesos europeos. Y una noche se encendieron las luces. De electricidad y de brillantes. Kilates y kilociclos. Se revivió el amor a las pastas y a los boteros napolitanos. Y se juntaron los llamados operáticos de antes. Que cerraban los ojos en el concertante. Y los ricos nuevos.
Señoras que se acomodaron en la barandilla del palco. Y en el do de pecho pensaron que no habían oído chillar tanto desde que perdieron de vista la bronca criolla en el patio del solar. Caballeros que con la pechera almidonada sentían la nostalgia de las pantuflas y la bata de casa. Y que con los zapatos de charol que brillan y calientan, llevaban en los pies un clima desconocido. El que se viste de frac por primera vez, quisiera encontrar a mano un amigo fotógrafo. Es lo mismo que el que va a Egipto y regresa sin retratarse junto a una pirámide.
La pirámide es la chaperona de la eternidad. La señora legítima del rico, por improvisación, no tiene el valor de decir que le fastidia Aída, que le aburre el Barbero y que, después del prólogo de Payaso, quisiera que al descorrerse las cortinas de terciopelo apareciese un señor de malla y bigote tragándose una espada.
La ópera en Cuba es recuerdo de unos pocos. Y de grandes temporadas. Cuando los cantantes tenían partidarios que iban a la tertulia a gritar “¡Bravo!”. Hipólito Lázaro tenía la arrogancia de desafiar al público. Las señoras elegantes citaban a la peinadora a las dos. Y terminaban a las seis. Y a esa hora empezaban a ponerse el corsé. Un poco de calistenia y bastante de heroísmo. Aguantando la respiración.
Ahora el corsé ha sido sustituido por unos aparatos que hacen perfiles erectos por magia de ortopedia. En francés se llaman brassières. En inglés se llaman Maidenform. Y en español quiere decir gato por liebre. El vestido largo. El escote con la cruz al medio. El abanico de plumas. Para taparse discretamente la cara al minuto de la murmuración. Que Dios me perdone, pero los González no pierden una. Y los Pérez están en todas. Cuando el mantecado hecho con manigueta. Los ricos que iban a Francia. Y los románticos de papel pautado. Que le arrojaban palomas con cintas al barítono gordo. Que cultivaba el pecho para hacer temblar las paredes con un calderón.
Los grandes señores en la ópera olían a naftalina. Porque el frac es una cosa que se usa y se guarda. Las damas olían a Mimi Pinsón. Y la platea del teatro era un mundo superior. En el que se sentían cultos hasta los comerciantes enriquecidos en el giro del tasajo.
Quedan almas grandiosas que extrañan la ópera. Con aquellos coros de cantantes famosamente desconocidos. Que vivían con la pena de no haber ido a Italia, que se vestían de títeres y tomaban un casco y una lanza. Para repetir en el coro la nota alta que ya habían dado en el baño. Sastrería de carnaval. Emoción de invierno.
Tiesura en el cuello de pajarita. Temor de largar los puños postizos en medio de una discusión de arte. La voz se medía por arrobas, como correspondía en un país que tenía la inquietud de la próxima zafra. Había días de recibo. Y jacotes de lujo. Que antes de dejarse amar, temblaban un poco. Como la luz fría.
Todavía quedan wagnerianos… pero viven en el refugio de sus recuerdos y de sus discos. Como venganza a la plebe que nunca los entendió a ellos, tiene el secreto de que ellos nunca entendieron a Wagner. Como los neurasténicos no han podido entender a Freud. Porque los genios, cuando lo son de verdad, dejan de pertenecer a la ciudad. Para pertenecer al abismo. Los wagnerianos, a fuerza de amar a Wagner, odiaban todo lo demás. Y miraban el resto de la música clásica con desdén de género chico.
El teatro tuvo su época en que lo picaresco era inmoral. La insinuación tenía importancia de desvergüenza. Se pegaban fotografías de artistas en los cuartos de solteros. Y las segundas tiples eran gordas. Como son hoy las dueñas de casas de huéspedes. Era un divertido teatro de flores en el escenario. Y viejos verdes entre bastidores. El cheque y la baba. Un hombre con querida era un acontecimiento. Porque un hombre con dos llavines era una atrocidad. El amor de farándula resultaba para el caballero de monóculo y cinta un augurio de desfalco. O de suicidio.
La Chelito se inmortalizó buscando la pulga. Revolvía las puntillas de una ropa interior que excitaba los sentidos. A pesar de la pulga. Algunas bellezas fueron presas por enseñar los muslos con medias de malla rosada y pegajosa. Y se inició un desnudo de coliseos solo para hombres. Que interesaba a los niños. Porque no habían vivido nada. Y a los viejos, porque habían vivido mucho. Humano parangón entre lo que todavía no se había hecho y lo que ya no se podía hacer. Hubo el teatro de las cupletistas. Que cantaban un argumento de modistilla perseguida por una calle de Madrid. Al principio no cedía. Pero después, ¡cataplún! Llegando a la última estrofa desamparada. Y con un niño en brazos. Maldecía de su negra suerte. Y acababa metiéndose con un calvo de la platea.
El teatro en familia era la solterona que estudiaba piano. Y que tenía una madre que soñaba con el pretendiente que viniera con buen fin. Un novio de chaleco cruzado, patillas y botines abotonados a un lado. Que pasaba la hoja cuando la muchacha tocaba. En esas reuniones caseras no podía faltar el pedante que se cerraba el saco. Estiraba el cuello. Y salía a cantar. Casi siempre, “La tempestad”. Las fiestecitas con pianola llegaron después. Con aquellos foxtrots que venían en papel de inodoro lleno de agujeros. Se añora de vez en cuando el teatro del buen tiempo viejo. Con aquella “Marina” que hacía trabajar al tenor como un estibador de Regla. Y que descubría que entonces la niña iba a la mar nada más que a lavarse los pies.







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