Años Críticos: del camino de la acción al camino del entendimiento

Written by Enrique Ros

28 de julio de 2026

Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba que fluctuó de “una solución no comunista en Cuba, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”. 

Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar -precisando hechos y nombres- los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.

Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.

Pulsando el temple de Johnson (III)

Recién llegado de Moscú, Castro se encontró con una difícil situación en Honduras. Las autoridades de aquel país habían desarticulado una conspiración de elementos de extrema izquierda y ocupado “un poderoso transmisor de radiofonía en comunicación directa con Cuba, Moscú y Pekín”. De inmediato, vociferó su alarma por lo que calificó de “otro complot contra Cuba en la OEA”, haciéndose eco —y distorsionándolo— de un cable de la AP en el que se informaba que “el gobierno hondureño denunció ante la Organización de Estados Americanos una conspiración comunista vinculada con Cuba”.

Cuatro días después se producía “el abordaje, apresamiento, secuestro y conducción a la Base Naval de Key West, por naves de la Marina de Guerra yanqui, de los buques pesqueros cubanos Lambda VIII, Lambda XXXIII, Cárdenas XIV y Cárdenas XIX”. La tripulación, integrada por 39 hombres, fue detenida. Dos de los pescadores, Reinaldo Sáenz Romero y Armando Girola, solicitaron asilo político.

Las autoridades federales norteamericanas remitieron el caso a la jurisdicción de las autoridades de la Florida para que formularan cargos contra los cubanos por pescar en aguas del estado sin poseer la licencia correspondiente.

A Castro le irritó que el gobierno norteamericano trasladara a las autoridades estatales de la Florida el caso de la llamada “piratería de Dry Tortugas”, reduciendo así el incidente a una simple violación de las leyes de pesca y despojándolo de toda implicación política. Le irritaba aún más que el secretario de Estado, Dean Rusk, afirmara públicamente que “aún se requiere información adicional para poder determinar si la presencia de los buques cubanos en aguas jurisdiccionales norteamericanas constituyó una provocación deliberada por parte del gobierno cubano”.

“Era un secuestro en alta mar, en aguas internacionales”, argumentaba Castro ante el Departamento de Estado por conducto de la embajada checoslovaca, que en aquel momento representaba en Washington los intereses cubanos. Lo hacía en respuesta a la protesta enviada por los Estados Unidos al gobierno cubano por “la presencia en el interior de las aguas territoriales norteamericanas de cuatro barcos”. La nota norteamericana fue tramitada por intermedio de Suiza, país que representaba los intereses estadounidenses en Cuba.

Por ser menores de edad, siete de los 39 tripulantes detenidos fueron devueltos el 18 de febrero. Los demás permanecieron temporalmente arrestados.

Castro estaba genuinamente preocupado. Se enfrentaba a una posible crisis en Centroamérica y, ahora, los Estados Unidos “crean otra crisis en el Caribe”.

El dictador quiso poner a prueba el temple del nuevo presidente. Para comprobar si Lyndon B. Johnson sería tan pusilánime como su predecesor ante una provocación, ordenó cortar el suministro de agua a la Base Naval de Guantánamo como represalia por “el acto de piratería”. Lanzó entonces una de sus acostumbradas bravatas: ordenó “suprimir el suministro de agua a la Base hasta tanto no sean puestos en libertad los marineros cubanos apresados por unidades navales”.

La declaración decía:

“El Gobierno Revolucionario de Cuba no está obligado por tratado internacional alguno a mantener el suministro de agua a la Base Naval de Caimanera. En uso, pues, de su libérrima voluntad soberana, el Gobierno Cubano suprimirá dicho suministro a la hora indicada, como respuesta condigna a la nueva insolencia imperialista que constituye un acto más de delincuencia y piratería internacionales”.

La respuesta del presidente Johnson no se hizo esperar. A través del secretario de Defensa instruyó al comandante de la Base para que esta se autoabasteciera de agua. “La Base no usará agua cubana, aunque Castro decidiera reanudar el servicio”. A tal efecto, Johnson ordenó enviar agua desde Jamaica e instalar plantas desalinizadoras. En una ceremonia cuya fotografía circuló profusamente, el almirante John D. Bulkeley cortó simbólicamente el suministro de agua procedente de Cuba a la entrada de la Base.

Pero aún más esclarecedora fue la firme posición asumida por la nueva administración frente a las abiertas provocaciones de Castro:

“Los esfuerzos del gobierno cubano por relacionar la ocupación de los buques de pesca con la interrupción del suministro de agua corriente a la Base de Guantánamo son inadmisibles. No discutiremos cambio alguno en la situación actual de la Base Naval con un régimen que no representa al pueblo cubano y que ha demostrado, con palabras y acciones, su hostilidad hacia los países vecinos”.

Algo quedó claro en la mente de Castro: la espina dorsal del nuevo presidente era más firme que la de su antecesor. Habría que buscar otros caminos.

Castro había encontrado firme el pulso del presidente Johnson.

Debió percatarse de ello mucho antes. El 14 de diciembre, apenas tres semanas después de haber sucedido a John F. Kennedy, Johnson reconoció al régimen militar que, el 25 de septiembre, había derrocado al presidente Juan Bosch, elegido apenas diez meses antes en los primeros comicios celebrados tras la caída de Rafael Trujillo. Aquella decisión produjo el primer distanciamiento entre Johnson y varios miembros de su gabinete, así como con funcionarios que habían colaborado estrechamente con el desaparecido Kennedy.

Eran esos mismos funcionarios quienes, dos meses después, en febrero, volvieron a manifestar su inconformidad con la decisión del presidente Johnson de autoabastecer de agua la Base Naval de Guantánamo frente a la pueril provocación de Castro de cortar el suministro como represalia por el conflicto originado tras la detención de los cuatro buques pesqueros.

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