LA GUATAQUERÍA

Written by Libre Online

21 de julio de 2026

Por Eladio Secades (1956)

De improviso escuchamos el comentario de un amigo: “fulano es un guataca”. Guataca es el que hace de la admiración un sistema de vida. Que a la larga puede resultar un sistema de muerte. Porque el adulador se gasta enseguida. Como el creyón blando. Y llega a ser molesto. Como el cuello duro. El cuello duro era la brújula de los principios de nuestros abuelos. Que creían que el almidón debía llevarse en la ropa y en el alma. Las camisitas de playa que ahora se usan han relegado al cuello duro a la categoría de cosa ortopédica. Los cubanos que en nuestra época viven de la guataquería, aunque se vistan de gala, llevan la dignidad en mangas de camisa. 

La guataquería física es el abrazo. La oral es el elogio usado a manera de sanguijuela. De todas formas, es una calamidad vernácula que se anuncia en la posibilidad de que haya elecciones. Y de la que resultan los hombres que creen que han hecho mucho por la patria. Y los amigos de los gobernantes. Y algunos escritores que hacen patricios a domicilio. Con cargo al presupuesto nacional, naturalmente. 

La guataquería criolla es una escuela de lenta revolución por asfixia. Que termina fomentando el motín del elogio. Que es, después del motín del silencio, el más horrendo que se conoce. Hay momentos en que a cualquier régimen puede hacerle más daño un halago que un petardo. Entre lo que valen y lo que creen valer los hombres públicos, casi siempre hay el vacío de un desfalco espiritual. Están sobregirados en la cuenta corriente de la vanidad. Y voltean los principios de la democracia admitiendo la funesta oposición de la coba. 

La guataquería tiende a buscar el parangón entre el hombre y el perro. El perro, para no parecerse al hombre, ama al hombre. El hombre, para parecerse al perro, cuando los amigos lo adulan cierra los ojos a las realidades. Y se tiende panza arriba para dejarse rascar. Es cuando cree que si no lo elogian y lo adulan, lo están combatiendo. Pero la realidad es que lo están combatiendo los guatacas que lo adulan y lo elogian. La bondad pregonada degenera en el vicio criollo de pregonar la bondad. El adjetivo en fórmula de abuso es una colosal receta de mermelada.

Hay el guataca que se aprovecha de la oportunidad del banquete homenaje. Y prepara un discurso. Si el acto tiene sabor político, ya se sabe que hay que echar por delante la bandera y el himno. Los cubanos no concebimos la bandera y el himno sin el volador de a peso y la esperanza de conseguir un empleo en el gobierno. El volador sintetiza el concepto aparatoso e inútil del patriotismo. El fuego en la mecha. El chisporroteo ascendente. La explosión. Y total unos muchachos del barrio averiguando dónde cayó el güin. 

El orador guataca hace una anécdota del hombre. Pasa a examinar su obra. Inventa unos enemigos a quienes combate con valor. Cuando termina, corre a donde está el amigo. Se abrazan como un judío y un cristiano. O como dos boxeadores cansados.

 El guataca que pronuncia el segundo discurso tiene que ir más allá. ¿Qué puede decir él, después de la elocuencia del correligionario que lo precedió? Luego de hacer un símil con la belleza del cielo o con las flores desordenadas sobre el mantel, le llama orgullo de la nación y de la familia. Es decir, buen patriota y buen hijo. Le dice visionario, figura de la revolución (de cualquier revolución), y estadista. Sospecha que el país necesita muchos ciudadanos como él. Si no ha surgido el murmullo aprobatorio que esperaba eleva y agita los brazos sobre el arroz con pollo que ya se le enfrió, chillando que sus ideas simbolizan el sentimiento nacional y que ya es hora de que se le proclame gran figura del continente. Un comensal grita bravo. Otro le interrumpe con aplausos. Procurando que lo vean. Termina pidiéndole como cubano y como amigo que prosiga por ese camino de sacrificios y de purificación. Y ya al tercer orador no le queda más remedio que compararlo a José Martí. El Apóstol pertenece a una época en que los patriotas hacían frases. Ahora hacen edificios horizontales.

El guataca viste a gusto la librea de la personalidad que no tiene, ignorando la distancia que existe entre la amistad y el servilismo. La admiración exagerada es lo que más se parece a la envidia. Siempre hay que desconfiar un poco de los que elogian demasiado porque son demasiado amigos. Como hay que desconfiar un poco de la sinceridad de esos hombres que dicen que lo que les interesa de la mujer es el alma y no el cuerpo. 

La verdad es que en todo gran amor hay algo de materia y algo de espíritu. De lo que resulta que la ginecología y el negocio de jardines pertenecen al mismo giro. La guataquería parecía increíble en una nación donde presumimos de que todo nos da igual. Cuando un ministro acude a un acto público, los guatacas se matan por salir en la fotografía. Lo más cerca posible. O cuando menos alargando el cuello. Nada hay más tristemente ridículo que un hombre serio buscando sitio para salir en la fotografía. Cuando no lo encuentra, se empina, atiesa la cabeza y sonríe sin ganas. Para que cuando salga publicada, el hombre vea que él estaba allí. Después de todo eso, hay guatacas fatales que en vez de darles un puesto, les dan la Cruz de Carlos Manuel de Céspedes. Como a cualquier músico popular. O como a cualquier pelotero con average.

Hay también el guataca de recibimiento y de despedida. El abrazo en el andén, en el muelle o en el aeropuerto. El guataca que lleva el maletín y consuela a los familiares que se quedan. En las despedidas siempre hay una vieja aguantando las lágrimas. Comprende que hoy viajar no tiene importancia. Pero el demonio son las cosas. 

El más curioso de los guatacas es el sentimental y tímido. Que en vez de adular directamente y mano a mano, se dedica a defender al hombre en las discusiones. Pregona sus virtudes. Y después cuenta que las pregonó para ver si se entera. Guataca por control remoto. Que se parece bastante al guataca que con atenciones conquista la simpatía de la esposa del personaje. O del hijo del personaje. Lo importante es que el padre sepa que el muchacho se vuelve loco con las cosas de fulano. Y que cuando fulano no viene, el niño llora. Es el guataca con criterio de criandera.

El verdadero guataca es el que sabe que las penas y las alegrías predisponen el ánimo a la droga de la adulación. Así agradecemos el golpe en la espalda en el cumpleaños. El abrazo epiléptico en el cementerio. Los que despiden el duelo son los amateurs de la guataquería. Porque ensalzan a quien ya nada puede dar. Y aprovechan la oportunidad del muerto para demostrarnos que tienen facilidad de palabra. Aunque salgan con los zapatos llenos de tierra y los ojos de llanto. 

En el cementerio todos tenemos que ponernos un poco hipócritas. Los que de verdad quieren al muerto, son los que después del entierro siguen yendo a cambiarle el agua al jarrón. El cementerio al caer la tarde es la más completa sensación de aplastamiento vital. Hora en que se marchan las viudas recientes. Los pinos son los fantasmas del paisaje. Han crecido en silencio. El viento produce entre sus ramas un sonido que tiene que ver con el jugo gástrico. Los poetas podrán negarlo, pero hay un tipo de amargura que no se siente en el corazón, sino en el estómago. El ruido de los pinos del cementerio cuando pasa la brisa nos recuerda la primera novia y el sexto acto del Tenorio. Nada encierra más aflicción que noches juntos. Si acaso, un solo violín.

Ahora andan en apogeo los guatacas que salen en los noticiarios del cine. Siguiendo al señor ministro. Ante la cámara simulan naturalidad. Y hablan tonterías con el guataca cercano. Guataca heroico e incondicional es el que sigue al hombre más allá de la caída. Es decir, hasta el exilio. Fuera de su amistad, ya nada le importa. Lo que sea. Pero hay que seguirlo alimentando en el sacrificio. 

La guataquería en nuestro país, en suma, es una canción primero alegre y después fúnebre. Que empieza en el jamón y puede terminar en Miami. En la nostalgia infinita de no poder volver. El guataca es el comején en el asta de la bandera. Sin embargo, el más peligroso de los guatacas es el panfletario. Porque sabe historia. Cuando los que saben historia se ven perdidos, le echan mano a la Edad Media. O a la Edad Antigua. El verdín que deja el tiempo en las cúpulas convertido en incienso es lo que más satisface al político nuevo. Que se diferencia del político viejo en que cuando le guataquean, le gusta que la cosa sea de Alejandro, César y Napoleón para arriba.

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