FRITZ y JOE Frente a Frente

Written by Libre Online

21 de julio de 2026

EL SOLDADO DE HITLER

Por C. L. Sulzberger (1944)

Cuando el Remarque de esta guerra intente describir, en el futuro, los sentimientos psicológicos del soldado alemán durante la terrible primavera de 1944, quizá escriba algo como esto:

“Cuando los Aliados abrieron el frente occidental, aunque nuestra Wehrmacht (las Fuerzas Armadas Alemanas de 1935 a 1945) se retiraba lentamente en el este y en el sur, el Landser (soldado raso) todavía pensaba que tenía posibilidades de ganar, porque creía en los milagros”.

Los alemanes del pueblo han demostrado repetidamente una notable capacidad para formar creencias sobre bases profundamente irracionales. La disciplina heredada y una fe perdurable han tendido a aislar la mente nazi de muchas conclusiones que parecerían lógicas ante el derrumbe de un sueño tras otro. A esas cualidades mentales hay que añadir un instinto nacional para las armas, es decir, lo que Heinrich Heine llamó “el brutal ardor guerrero de los alemanes”.

Conocer la mentalidad del enemigo es siempre una tarea difícil.

El laboratorio analítico por excelencia es, naturalmente, el campo de prisioneros. Pero las conclusiones obtenidas allí son contradictorias. Algunos prisioneros muestran un sorprendente servilismo y con frecuencia dicen a sus interrogadores aquello que creen que estos desean oír. Miles de otros permanecen insolentes y altaneros, y tan pronto confían en que serán bien tratados, se vuelven taciturnos.

Es, por consiguiente, un ejercicio de conjetura intentar calibrar el estado psicológico del soldado alemán que vuelve ahora —tal vez después de haber sufrido innumerables penalidades en Rusia— a la orilla del Canal de la Mancha, que vio por primera vez cuatro primaveras atrás, cuando sufría el vértigo de la hipnosis provocado por sus propias victorias y confiaba en sus más descabellados sueños. Ahora debe comprender, con amargura, que el destino no es tan constante como el doctor Goebbels le hizo creer.

Entre ejercicios, alarmas, trabajos de fortificación, patrullajes, ataques aéreos y presentimientos acerca de la tormenta venidera, este veterano ha tenido tiempo suficiente para reflexionar.

Por ejemplo, cuantos soldados alemanes hayan sobrevivido a la abortada Blitzkrieg (“guerra relámpago”) y contemplen ahora las filas de sus camaradas tendrán que echar necesariamente de menos los rostros de quienes marcharon con ellos al comienzo de la guerra. Unidad tras unidad, batalla tras batalla, la Wehrmacht ha perdido millones de aquellos soldados de primera que creían en la victoria fulminante. Los hombres de mayor edad, que cuando empezó el conflicto confiaban en que jamás serían movilizados, están ahora en la primera línea; y casi cada escuadra, incluso en las divisiones más selectas, cuenta con escolares lampiños y hombres que han sido devueltos al combate desde los hospitales.

Que el soldado alemán está fatigado de la guerra es indudable, pero esta afirmación resulta igualmente aplicable al veterano de cualquier ejército. Que el alemán esté dispuesto a rendirse como consecuencia de esa fatiga y de la desilusión es otra cuestión. La propaganda interna dirigida desde Berlín se ha visto obligada a tener en cuenta la evidente diferencia entre los resultados obtenidos hasta la fecha y las promesas con que comenzó la guerra. El Landser, aunque ahora comprende perfectamente que ya no es el héroe conquistador de sus antiguos sueños, está siendo hábilmente acondicionado para aceptar su nueva realidad.

En esencia, la mayoría de los soldados alemanes sigue convencida de que ganará esta guerra, o, al menos, de que debe ganarla para sobrevivir; lo cual, a la larga, viene a ser lo mismo. Los reclutas más jóvenes y los fanáticos nazis —entre ellos una gran proporción de cabos y sargentos— todavía tienden a mantener una sorprendente fe en la victoria.

Se les ha dicho que el frente occidental será aplastado y que, antes de que los anglosajones puedan reunir nuevas fuerzas de invasión, la fatigada Unión Soviética será eliminada de la guerra, liberando así la retaguardia alemana. La experiencia del soldado alemán no le permite confiar tanto en la victoria después de los duros golpes sufridos durante los dos últimos años. Sin embargo, se le ha repetido con tanta insistencia que Alemania aún puede arrancar la victoria del desastre que ha terminado por creer que, si no lo consigue, ese será el fin de la nación y, por tanto, también el de sus soldados.

Las buenas cualidades militares han sido un rasgo casi instintivo del carácter alemán desde los días de la batalla del bosque de Teutoburgo. Y, especialmente desde las reformas disciplinarias implantadas en Prusia por Federico el Grande, el alemán ha sido considerado uno de los mejores guerreros del mundo. En esta guerra, como en la anterior, ha demostrado que se puede confiar en él tanto para combatir con tenacidad en la defensiva como para lanzarse a la ofensiva con sombrío entusiasmo. Eso sigue siendo tan cierto hoy como ayer.

El Landser medio responde con rapidez a las órdenes transmitidas por su sargento porque, después de todo, en lo que respecta a la autoridad, ese personaje, el Herr Feldwebel (Señor sargento), está muy cerca de Dios. Y el Feldwebel (sargento) suele seguir siendo un combatiente duro y completamente adoctrinado.

Las armas y el equipo del soldado alemán son de primer orden. Tiene detrás de sí excelentes piezas de artillería, grandes cantidades de temibles Nebelwerfer (lanzacohetes), pesados tanques Tigre y más ligeros Pantera, enormes cañones autopropulsados de asedio como el Ferdinand y toda clase de bazucas, granadas de mano y de fusil, minas y otros ingenios mortíferos.

Justamente ahora deposita una fe casi reverente en el arma secreta que, según le aseguran, hará retroceder a los Aliados en el momento decisivo.

El alemán, como bien sabe Hitler, es un individuo muy crédulo. Cuando oye decir que Japón ha preparado drásticas condiciones de paz para los Estados Unidos, lo cree; y, puesto que siempre ha pensado que el italiano no era un buen soldado, razona que quizá Alemania esté mejor sin él. Tiende, naturalmente, a creer los partes oficiales de guerra, que anuncian grandes victorias y elaboran sesudas explicaciones sobre la alta estrategia nazi.

Pero hace unas semanas un regordete soldado alemán, vestido con un uniforme en el que habrían cabido varios como él y llevando en una maleta de cartón todas sus pertenencias, incluido un reloj despertador, desertó tranquilamente hacia las líneas aliadas.

Su Feldwebel se cansó de él y lo envió a otra unidad. Esta, a su vez, decidió que era irremediablemente torpe y lo devolvió al punto de partida. De modo que, con la mayor sencillez y naturalidad, decidió visitar al enemigo.

Cuando un soldado como ese hace su aparición como miembro del propio Herrenvolk (raza superior), puede ser una buena señal.

EL SOLDADO YANQUI

Por el Sargento 

Milton Lehman (1944)

La batalla de Francia pertenece a “GI Joe” (soldado raso estadounidense, o de infantería), como ha ocurrido desde que comenzó la guerra, porque el terreno que él conquista es el que decide su desenlace.

Joe no es el soldado que aparece en los carteles a todo color, de nariz griega y quijada prominente. Si lo buscamos en las películas de Hollywood, no lo encontraremos. Comparado con el héroe de las revistas, no es precisamente un galán. Es más fácil hallar a “GI Joe” en el mecánico llamado Dombrowski, que una vez ajustó los frenos de nuestro automóvil en el garaje de la esquina; en el dependiente de la fuente de soda de la farmacia del barrio; o en el muchacho que creció en nuestra propia casa.

Su hermano mayor, que luchó durante los peores días de las campañas de Túnez, Sicilia e Italia, puede decirnos algo de “GI Joe”, el hombre que pondrá fin a la guerra. Ha vivido esa experiencia. Puede hablar de Túnez, cuando la Luftwaffe (Fuerza Aérea Alemana) amenazaba los caminos entre Feriana y Gaísa e interrumpía el suministro de alimentos y municiones con sus bombarderos en picado Stuka.

Puede hablar del paso de Kasserine, donde los alemanes estuvieron a punto de destrozar a los ejércitos aliados en Túnez. Puede contar cómo, durante el desembarco, la confusión acompañó a los soldados bisoños; cómo se confundieron las señales y aviones de transporte aliados fueron derribados por la propia artillería antiaérea aliada. Puede hablar de las largas y encarnizadas batallas en las colinas de Italia, de Monte Pantano, donde las tropas estadounidenses, ya curtidas en combate, pagaban una cruz blanca por cada metro conquistado.

Las lecciones aprendidas en esas campañas se han convertido en el núcleo mismo de su riguroso entrenamiento. Dondequiera que Joe combate, lleva consigo esas enseñanzas.

El doughboy (el soldado yanqui) que luchó en las operaciones preliminares que condujeron a la invasión de Italia no es muy diferente del “GI Joe” que integra hoy las fuerzas de invasión. Es un poco mayor, porque la guerra envejece a los hombres. Ha visto mundo. Ha librado una dura y agotadora lucha contra un enemigo bien adiestrado. Aunque respeta su capacidad, lo ha derrotado y sabe que puede volver a hacerlo.

Como su hermano menor, entró en la guerra con poco odio. Mientras los expertos lo reprendían desde la comodidad de sus teorías y afirmaban que carecía del fanatismo y del deseo de matar que atribuían a los alemanes, él se ocupaba de ejercer el oficio que el Ejército le había enseñado. Si no aprendió todas las lecciones en el campo de instrucción, las aprendió en el combate. Aprendió a cavar trincheras individuales para protegerse de las granadas; a defender su posición; a localizar al enemigo; a inmovilizarlo con disparos rápidos y certeros de su fusil, y a destruirlo después. Si no desarrolló el odio que encontró en los franceses, la conciencia histórica que halló en los ingleses o la causa apasionada de los rusos, siguió luchando como un americano. ¿Y de qué otra manera podía hacerlo?

Luchó con eficacia cuando la fortuna le sonreía: persiguiendo a los alemanes por Sicilia y cerrando la tenaza sobre ellos en Cabo Bon, en Túnez. Luchó con la confianza del vencedor. Cuando la suerte le fue adversa, combatió con ferocidad; y cuando todo parecía perdido, luchó con más valentía que nunca.

Aunque no es un lingüista, puede chapurrear algo de español o de alemán aprendido en la escuela, pero casi siempre vuelve a la comodidad de su idioma natal. Su francés y su italiano no son mejores que los de su padre; sin embargo, en el uso de un lenguaje vigoroso y pintoresco no tiene rival. Will Hays quedaría escandalizado, y los lectores de los periódicos estadounidenses, por lo menos, sorprendidos si su vocabulario cotidiano pudiera reproducirse fielmente.

Tan característica como su lenguaje es su habilidad para aprovechar al máximo cuanto posee. Los civiles que se quejan de la escasez de radios, carne o azúcar podrían aprender mucho del soldado; aunque, tal como la guerra lo ha moldeado, difícilmente sería un maestro complaciente. El derecho a conservar y proteger lo que le pertenece es, para todo GI, una regla sagrada, y ha aprendido a ejercerla con todas sus técnicas y matices.

Después de marchar por lodazales y vivir en zanjas medio inundadas, alimentándose de frías raciones “C”, es un héroe cubierto de barro que piensa por sí mismo. No espera que las campañas futuras sean más fáciles ni más cómodas. Pero confía en que no tendrá que vivir para siempre dentro de una trinchera.

Pintoresco y hosco como puede parecer a veces, las críticas dirigidas contra Joe suelen desvanecerse ante la imagen de un harapiento “bambino” que extiende su pequeña mano pidiendo “caramelle” (caramelo). En Nápoles, uno de aquellos yanquis “cínicos” que meses antes criticaba a los italianos por sus extravagancias adoptó a un muchacho que había perdido una pierna y a sus padres durante el bombardeo aliado previo a la caída de la ciudad.

El soldado emprendió una campaña para conseguirle una pierna de madera. Después convenció a un médico del Cuerpo Médico del Ejército de que se la adaptara. Persuadió al cocinero de la compañía para que alimentara al niño mientras aprendía a caminar nuevamente y entregó toda su ración de chocolate y barquillos para acelerar su recuperación.

—¡Qué diablos! —explicó a sus compañeros—. Si el muchacho no puede caminar, será un mendigo más en la Vía Roma.

Sus camaradas asintieron con comprensión.

Embajador con uniforme dondequiera que va, “GI Joe” no siempre es un diplomático. En Inglaterra discutía e incluso llegaba a los puños con sus aliados británicos; pero en el campo de batalla, marchando junto a ellos, encontró un compañero seguro que luchaba a su lado. Después de dos intensos combates en Túnez, una compañía estadounidense que antes había intercambiado golpes con los ingleses cambió de opinión. Una mañana, el comandante norteamericano visitó al sargento mayor británico y lo invitó a almorzar con su unidad. Al día siguiente, los yanquis aparecieron en el vivac inglés (campamento provisional al aire libre) para compartir el tradicional té de las cuatro.

Sin embargo, el té de los ingleses, el vino tinto de los franceses y los efusivos saludos de los italianos solo sirvieron para confirmar una convicción que nunca abandonó: que los Estados Unidos eran su patria; que esa patria era mejor que cualquier lugar de Europa, y que la guerra debía terminar cuanto antes para poder regresar al sitio que había dejado.

Ha visto demasiado para no desear, cuando la guerra termine, un mundo lo suficientemente grande para preservar la paz y una América capaz de superar el entusiasmo de las multitudes que lo recibieron en las ciudades liberadas.

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