Por F. Balmer y R. Wylie (1934)
Tony regresó solo a la terraza. Sus sentidos estaban absortos en los más íntimos pensamientos acerca de Eva: llevaba un perfume llamado Nuit Douce. Las luces producían resplandores de oro en sus cabellos castaños rojizos. Tenía ojos negros. El bello contorno de un rostro detrás del cual, en rara compañía, estaba el instinto y profunda sutileza de una mujer, con una mente ordinariamente tan viva y honrada como la de un hombre. Todas las tremendas insignificancias que tienen significado para un hombre poseído del amor de una mujer.
Estaba meditabundo tratando de mirar a través de la noche… Antonio Drake era un atleta—esa sería la segunda observación que cualquier otro hombre hubiera hecho acerca de él. La primera había sido que él poseía ese encantador trato de que sólo poseen las personas de buen nacimiento y origen, heredado y asimilado de generaciones que le precedieron.
Con todo esto, Tony tenía la seguridad física y los gestos de quien se siente seguro de un poderío adquirido como resultado del entrenamiento deportivo. Tenía los puños delgados de un boxeador con los desarrollados hombros de un discóbolo. Sus ropas siempre parecían delicadas en comparación con su fortaleza física.
También tenía inteligencia. Sus compañeros de Universidad consideraron un detalle trivial el que fuera graduado de Harvard con magna cum laude; pero la conservadora casa estudiantil de la que más adelante formó parte, apreció el desarrollo intelectual de una persona tan sugestiva en los demás terrenos y aspectos.
Su cabeza era grande y cuadrada, y ello requería su desarrollado cuerpo, para darle adecuado y proporcional asiento. Tenía ojos azules, pelo castaño arena. Y tenía una voz bastante fuerte.
Era Tony una persona enteramente normal. Sus triunfos casi siempre sobrepasaban el average de lo normal. Pertenecía más o menos a ese tipo de joven de negocios americano en que la anterior generación descansa su fe y sus esperanzas. Eva era una naturaleza humana mucho más notable—no precisamente a causa de su belleza, sino por su brillantez intelectual, y por el entrenamiento único que en cierto sentido había recibido de su padre.
Sin embargo, no era Eva del tipo de mujeres que preferían a los “hombres intelectuales”; el intelectualismo, como tal, le cargaba un poco. Le gustaban los hombres simpáticos, vigorosos y “anormales”. Le gustaba Tony Drake, y Tony, que lo sabía, estaba de lo más intrigado por su actitud de esta noche. Él le creyó cuando ella le explicó que su extraña actitud no era por causa de otro hombre. Entonces, ¿cuál era la causa?
Tony fue sacado de sus meditaciones y elucubraciones, por la presencia de Douglas Balcom, principal socio de su firma comercial. Su presencia allí sorprendió grandemente a Tony. No había ninguna razón para que el viejo Balcom no pudiera ir allí, si así lo deseaba; pero los demás invitados eran mucho más jóvenes que él.
Balcom, inclinándose junto a Tony, reflejaba el descontento general del día, cuando señalando hacia la ciudad, murmuró:
—En la cena. Todo el mundo está en la cena y ahora nadie se preocupa. ¿Por qué es que nadie se preocupa?
A Tony le disgustó; pero rehuyó el comentario diciendo: —Me parece que mucha gente se preocupa.
—Quiero decir que nadie que está en conocimiento se preocupa. Quiero referirme a los cuatro o cinco hombres que saben lo que está pasando… subterráneamente. Quiero referirme—particularizó el viejo Balcom—a que Juan Borgan no se preocupa. ¿Le ha visto usted hoy?
—¿Borgan? No.
—¿Ha oído usted decir si él ha comprado algo? ¿Si ha vendido algo? —No.
—Eso es—dijo Balcom pensando en alta voz por algún tiempo, mientras Tony le escuchaba. Borgan es el cuarto hombre entre los más grandes capitalistas de los Estados Unidos; y normalmente, la personalidad más activa. Él seguirá siendo el más rico si así lo quiere. Y parece que lo quiere ser. Petróleo, minas, raíles, acero, barcos, está metido en todas las formas de los negocios. Él solo es el 51 por ciento de nuestras inversiones. Según mi modo de pensar, él está en mejores y más envidiables condiciones que cualquier otro; y esto luce como un mercado—superficialmente— que hubiera sido hecho para Borgan. Pero durante dos semanas ha parecido como si estuviera muerto. No ha hecho ninguna cosa, en ningún sentido; no ha tomado ninguna posición. Está completamente paralizado. ¿Por qué?
—Puede que esté descansando en sus posesiones.
—¡Pues tú lo sabes bien que no es así! Pero es que, además, no es Borgan solamente. Sólo hay una manera de que yo pueda explicarme todo esto; que él sepa algo de definitiva importancia que todo el resto de nosotros los mortales ignoramos. Existe algo bajo tierra… ¿no lo comprendes?… ¿no lo presientes?… que existe algo distinto a lo corriente. Me encontré con Borgan hoy, cara a cara; nos estrechamos la mano. No me gustó la apariencia de él. Te aseguro que él sabe algo que le aterra, algo que le tiene paralizado. Después me dijo algo que me pareció una tontería, Tony. Me preguntó:
—¿Qué sabe usted de Cole Hendron? ¿Le conoce usted?
—Yo le dije: Perfectamente bien. Tony Drake, mi socio, le conoce mucho mejor todavía—le añadí—. Entonces—me dijo— dígale a Hendron o haga que Tony Drake se lo diga, que puede confiar en mí. Eso es exactamente lo que él me dijo, Tony— dígale a Hendron que él puede confiar en N. J. Borgan. Ahora, digo yo, ¿qué diablos quiere decir todo esto?
—No lo sé—dijo Tony, y por poco añade, siguiendo el curso de sus sentimientos de ese momento. Pero en esos momentos regresaba Eva.
Se le había escapado a su compañero de baile y le hizo señas a Tony. Juntos fueron a buscar la soledad del extremo de la terraza.
—Tony, ¿no podrías hacer que esa gente se fuera a su casa?
—Con gusto—replicó Tony—. Pero ¿no puedo yo quedarme?
—Me temo que no, querido. Tengo que trabajar.
—Ahora, ¿esta noche?
—Tan pronto como me sea posible. Tony, yo te lo explicaré. El “Europa” no ha entrado, pero Randell fue recogido en el Departamento de Cuarentenas y ha llegado primero. Está en el estudio de papá en estos momentos.
—¿Quién es Randell?
—Nadie que yo sepa. No le he puesto los ojos encima todavía Tony. Él es el mensajero de África del Sur. Escucha Tony, algo fue enviado, precipitadamente, por aeroplano y después por el “Europa” a mi padre, desde el África del Sur. El envío acaba de llegar, y yo soy la que le hago sus mensuras a papá, ¿tú me entiendes?
—¿Cuáles mensuras?
—Las mensuras delicadas, tales como… como la posición y suma de los movimientos demostrados por las estrellas y otros cuerpos en planchas astronómicas. Por semanas, por meses, —en realidad Tony—los astrónomos del hemisferio austral han estado observando algo.
—¿Qué clase de algo es ese, Eva?
—Algo de una naturaleza nunca visto antes, Tony. Una especie de cuerpo, que ellos sabían que existía por millones, probablemente a través de todo el universo—algo de que ellos estuvieran seguros tiene que ser; pero la general existencia de lo cual no había sido hasta ahora probada. Puede que sea… puede que sea el descubrimiento más sensacional para nosotros, desde el principio hasta el fin del tiempo. No puedo decirte más que eso esta noche, Tony; sin embargo, para mañana puede que podamos decírselo al mundo entero. Ya los rumores están llegando al exterior, y puede que algunos científicos, en quienes se cree, puedan hacer muy pronto un autorizado anuncio al mundo. Y los científicos del mundo entero han seleccionado a mi padre para que sea quien haga este anuncio.
—Ahora ayúdame, Tony. Haz que toda esa gente se vaya; y después vete tú. Porque yo tengo medidas que hacer y reporte que rendirle a papá; y él, por su parte, tiene que chequear cálculos hechos por los mejores astrónomos de la mitad austral del mundo. Después, para mañana, podremos saber, lo que le ha de ocurrir a cada uno de nosotros.







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