El mes de julio es especial para los estadounidenses. Alberga el Día de la Independencia de la nación, cuyo 250 aniversario se celebró este año. Para los niños y los jóvenes es tiempo de vacaciones y, por último, es el mes de “Los Muchachos de Verano”. Así se conoce a los jugadores de béisbol, ya que estos son los protagonistas del pasatiempo nacional y los mejores son escogidos al Juego de las Estrellas del deporte, el cual se efectúa dentro de este período.
Anoche se llevó el encuentro número 96 de este clásico; no menciono el resultado final debido a que el semanario va a prensa el lunes, que, para desdicha de los amantes del deporte, en los últimos años ha sufrido muchísimos cambios, y decidí hacer un paréntesis de comparación con el partido de la temporada de 1967, donde por primera vez hizo historia nuestro querido Atanasio Pérez, más conocido como Tony o Tani Pérez.
Para comenzar, los peloteros de ahora son seleccionados a través de una votación que los fanáticos hacen por medio de los teléfonos celulares y aplicaciones de internet. Cada franquicia tiene que ser representada por lo menos por un jugador y en esta ocasión la Liga Nacional estuvo formada por 39 jugadores y la Liga Americana respondió con 35 integrantes.
Desafortunadamente, los dos mejores lanzadores jóvenes, Jacob Misiorowski de los Cerveceros de Milwaukee y Cam Schlittler de los Yankees de Nueva York, probables abridores, no asistieron debido a “fatigas del brazo”. Todavía no logro comprender este tipo de lesión. Shohei Ohtani tampoco lanzó debido a molestias físicas.
Las escuadras de 1967 fueron escogidas por los peloteros, managers y coaches. El número de los seleccionados se basó en los que los anteriores creían que eran meritorios, y el máximo número de jugadores era de 30 por cada bando. La Liga Nacional cargó 28 jugadores, mientras el nuevo circuito tuvo 27 representantes.
En contraste con los jugadores actuales, ninguno de los atletas de antaño se rehusó a la petición de presentarse; por ende, la calidad que se dio cita en el terreno en esa ocasión jamás se ha repetido y dudo bastante que vuelva a suceder. Aquella constelación de estrellas arrojó 25 nombres que hoy día son miembros del Salón de la Fama, HOF, y varios son considerados los mejores de todos los tiempos.
Por la Liga Americana, los futuros inmortales fueron los siguientes: Mickey Mantle, en su penúltima aparición; Brooks Robinson, Rod Carew, Tony Oliva, Harmon Killebrew, Carl Yastrzemski, Al Kaline, Frank Robinson y Catfish Hunter.
La Liga Nacional vistió a Lou Brock, Roberto Clemente, Hank Aaron, Willie Mays, Orlando Cepeda, Bill Mazeroski, Richie Allen, Tony Pérez, Ernie Banks, Juan Marichal, Ferguson Jenkins, Tom Seaver, Bob Gibson, Don Drysdale y el manager Walter Alston.
También participó como cátcher abridor Joe Torre, quien no llegó al HOF como jugador, pero está exaltado como manager. El otro participante que debería encontrarse allí, pero que no está por sus actividades de apuestas ilegales, es el líder de hits de la pelota de Grandes Ligas, Pete Rose.
Las Grandes Ligas, MLB, le otorgó el partido a la ciudad de Anaheim en el estado de California sede de los Angelinos, propiedad de “The Singing Cowboy” (El vaquero cantor) Gene Autry. El recién inaugurado estadio, con una capacidad de 46,000 asientos, tuvo un lleno completo y ese 11 de julio todo fue en grande; desde las celebridades amigas del dueño que fueron invitadas a presenciar el choque, hasta las actuaciones de los gigantes en el terreno.
En una era donde el pitcheo vivía su momento de gloria y los lanzadores eran los protagonistas de grandes duelos, este encuentro no defraudó. Tomó 15 innings y 30 ponches combinados para llegar a un resultado final. Tres jonrones solitarios fueron la anotación total de esta obra de arte llevada a cabo en un diamante.
Tan dominante era el pitcheo de aquel momento que la próxima temporada fue nombrada “El Año del Pitcher” y, a partir de ese momento, todos los cambios que se han implementado en el juego han sido contraproducentes para los serpentineros.
Todos los lanzadores de ambos conjuntos fueron los protagonistas del partido a pesar de las grandes luminarias ofensivas a las que tuvieron que enfrentar. Marichal y Dean Chance comenzaron un duelo digno de presenciar.
La primera anotación ocurrió cuando Richie Allen pegó un jonrón sin hombre en base en la segunda entrada. Luego, más tarde, cuando dos futuros inmortales, Brooks Robinson y Ferguson Jenkins, se enfrentaron, el primero igualó la pizarra con un cuadrangular sobre un lanzamiento del segundo.
Desde ese momento comenzó, por los próximos ocho capítulos, una guerra de lanzadores que no permitieron carreras y donde los pitchers de la Liga Nacional permitieron solamente cuatro imparables, mientras que sus homólogos de la Liga Americana fueron víctimas de cinco.
Casi cuatro horas de su comienzo, en la entrada número 15, en otra confrontación de jóvenes que años más tarde entrarían en el “Panteón de Cooperstown”, el gigante del central Violeta, Tony Pérez, le pegó un jonrón por el jardín izquierdo al gran Catfish Hunter. El bambinazo sin nadie en base le dio una ventaja de 2-1 al viejo circuito. Para cerrar la parte baja de ese inning y preservar la victoria, el maestro Walter Alston envió al montículo al magnífico Tom Seaver, quien apenas era un novato, pero ya demostraba su calidad.
Con ese batazo, Tony se ganó el premio del “Jugador Más Valioso” del encuentro y entró en los libros de los récords como el primer cubano en obtener esa hazaña que hasta el momento ningún otro compatriota ha logrado.
Este clásico siempre será recordado como una joya en la época donde el jugador respetaba el juego y el pitcheo reinaba. Varios resultados son todavía tópicos de conversación.
Los 30 ponches combinados son la mayor cantidad en la historia de los Juegos de Estrellas. La Liga Nacional permitió solo una carrera en 15 entradas, mientras que la Liga Americana permitió dos. Los tres cuadrangulares representaron todas las carreras anotadas; es algo único en la historia del evento.
El Clásico de Verano de 1967 ha quedado en los anales del béisbol como una de las máximas batallas entre dos ligas repletas de leyendas. Un verdadero clásico representante de una pelota que capturó la esencia del deporte y el respeto a sus seguidores. Una total demostración de talento que, para gloria de nosotros los cubanos, el resultado final fue decidido por el camagüeyano.
Como nota final, debo mencionar que, en adición al pinareño Tony Oliva, quien conectó dos hits en seis intentos, y al héroe Tani Pérez, también participaron los cubanos Paulino Casanova y Miguel Cuéllar. El matancero Casanova representó a los Senadores de Washington como receptor y no tuvo actuación en el juego. Por su parte, el villaclareño Cuéllar hizo presencia por los Astros de Houston. El zurdo lanzó dos innings, permitiendo un sencillo y ponchando a dos bateadores.
Con esta comparación pienso que el refrán que dice “Todo tiempo pasado fue mejor” tiene validez.








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