Los Maestros Camagüeyanos que fueron a Harvard en 1900

Written by Alvaro Alvarez

14 de julio de 2026

Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE

El anhelo de independencia del pueblo cubano respecto a España y la aspiración de establecer la república ideada por José Martí Pérez (1853-1895), materializado a través de la gesta libertadora de 1895 a 1898, se vio truncado por el Tratado de París, firmado el 10 de diciembre de 1898. En este acuerdo se estipulaba lo siguiente:

Artículo I. España renuncia a todo derecho de soberanía y propiedad sobre Cuba. Dado que dicha isla, una vez evacuada por España, será ocupada por los EE. UU., estos, durante el período de su ocupación, asumirán y cumplirán las obligaciones que el Derecho Internacional les impone para la protección de vidas y propiedades.

Artículo II. España cede a los EE. UU. la isla de Puerto Rico y las demás islas bajo su soberanía en las Indias Occidentales, así como la isla de Guam en el archipiélago de las Marianas.

Artículo III. España cede a los EE. UU. el archipiélago conocido como las Islas Filipinas.

En consecuencia, si los mambises no lograron ganar la guerra en 3 años, 2 meses y 1 día (1.156 días), y los estadounidenses vencieron a España en tan solo 72 días, estos últimos consideraron que tenían derecho a la ocupación de la isla, lo cual hicieron durante 3 años, 5 meses y 9 días (un total de 1.255 días). Sin embargo, durante ese tiempo, no ejercieron una tiranía sobre los cubanos, y la mayor prueba de ello es la siguiente:

El general Robert Brooke, veterano de la Guerra Civil estadounidense, fue el primer gobernador militar de Cuba. Su mandato, aunque breve, priorizó la educación. En aquel entonces, la isla contaba con apenas unas 300 escuelas públicas. Además, Brooke propuso restringir el juego, lo que incluía el cierre de clubes y salones de baile. Esta propuesta le valió críticas por limitar actividades que atraían turismo e ingresos extranjeros.

En diciembre de 1899, fue reemplazado por el general Leonard Wood, uno de los principales críticos de Brooke. Wood ya gozaba de una sólida reputación por su liderazgo de los Rough Riders durante la guerra hispanoamericana, destacándose por su victoria en la Loma de San Juan. Mantenía una estrecha relación con Theodore Roosevelt, quien admiraba su liderazgo militar y lo recomendó como sucesor de Brooke ante el secretario de Guerra, Elihu Root.

Wood asumió el cargo con un estilo de gestión activo y un fuerte interés en implementar reformas. Su objetivo era reconstruir un país devastado por la guerra, mejorar la salud pública y atender las necesidades urgentes de la población. Estas acciones tuvieron una profunda influencia en las futuras relaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Impulsó reformas que transformaron la educación, la salud pública y la administración local. Durante su mandato, el número de escuelas públicas aumentó en casi 3.000, y casi una cuarta parte del presupuesto se destinó a esta expansión. La asistencia escolar se volvió obligatoria para niños de 6 a 14 años. Aunque las escuelas podían elaborar sus propios programas, la nueva Junta Escolar exigía informes mensuales y anuales a los maestros, quienes podían sufrir retrasos en el pago de sus salarios si no cumplían. Este control buscaba establecer una estructura educativa más profesional y estable.

Wood también intentó reformar el sistema legal. Autorizó la construcción de nuevos juzgados y reemplazó a funcionarios considerados corruptos o ineficientes. No obstante, el avance fue limitado, ya que el sistema de jurados no tenía tradición en Cuba y carecía de apoyo institucional. Además, la policía estaba poco dotada de personal y con una formación insuficiente, lo que dificultaba la correcta aplicación de las sentencias.

La infraestructura representaba un desafío aún mayor. Cuba había sufrido varias guerras contra España, lo que había resultado en la escasez de carreteras y ferrocarriles. Este deterioro se agravó durante la reconcentración de Weyler.

Muchas ciudades tenían sistemas de alcantarillado obsoletos o dañados, y las viviendas estaban hacinadas. Además, había escasez de agua potable. Las tasas de mortalidad en La Habana duplicaban las de ciudades similares debido a enfermedades relacionadas con condiciones de vida insalubres.

Durante su mandato, la administración destinó recursos importantes a la limpieza urbana, la construcción de carreteras, la ampliación del ferrocarril y la mejora del saneamiento. También renovó parques y espacios públicos. En solo cuatro años, el gobierno militar logró avances visibles que mejoraron la salud pública y los servicios básicos.

Dado que EE. UU. no tenía planes de permanecer de manera indefinida en la isla, Wood estableció reglas electorales para preparar la futura transición política. Temía que grupos radicales tomaran el poder después de la salida estadounidense, por lo que apoyó un sistema de sufragio limitado que excluía a los analfabetos. También afirmó que el sufragio universal podría reducir la inversión extranjera.

Durante la primera ocupación militar (1899-1902), el gobierno estadounidense se propuso mejorar la educación, en particular la escuela pública heredada de España, que se encontraba en condiciones desfavorables y requería una modificación para establecer nuevos modelos.

En esas circunstancias, se reformó el aparato público de la educación. Como parte de la superación de los maestros cubanos (denominación genérica que incluye a maestras, docentes ayudantes y de escuelas incompletas, titulados o no), se organizó y materializó el viaje de una representación de estos a la Universidad de Harvard, en Cambridge, Massachusetts.

La educación pública se implementó a nivel nacional con el acompañamiento y dirección de competentes pedagogos cubanos, como los principeños (hoy camagüeyanos) Esteban Borrero Echevarría (1849-1906) y Enrique José Varona Pera (1849-1933). A pesar de la constante resistencia cívico-independentista de la mayoría de los cubanos, los gobernantes estadounidenses impusieron mecanismos para controlar el mutilado Estado-nación que se estableció oficialmente como República el 20 de mayo de 1902.

Durante la primera ocupación, por primera vez en Cuba, la superación de maestros se desarrolló y se organizó en dos líneas de trabajo: “la organización de la superación masiva a través de los cursos de verano en Cuba y Estados Unidos, y la obligación de aprobar los exámenes que otorgaban certificados de primero, segundo y tercer grados para habilitarse en el ejercicio de la profesión como maestros de certificados”.

La aplicación de la Orden Militar No. 226 impulsó la apertura de locales para la enseñanza primaria y el considerable incremento de las matrículas creó inmediatamente en Cuba, como en Puerto Príncipe (después de 1903, Camagüey), la necesidad de preparar un amplio número de docentes al estilo del modelo estadounidense.

Alexis Everett Frye nació el 2 de noviembre de 1859 en la isla North Haven, en la bahía de Penobscot, Maine. Hijo de Erastus S. Frye, capitán de barco, y de Jane King, ambos padres provenían de antiguas familias de Nueva Inglaterra que afirmaban descender directamente de los pasajeros del Mayflower.

Cuando Alexis tenía 8 años, se mudaron a Quincy, Massachusetts, donde asistió a la escuela primaria y a la Academia Adams. En 1878 se graduó de la Escuela Secundaria Inglesa en Boston.

Se matriculó en un curso de formación docente dirigido por el coronel Francis W. Parker, quien ejercería una influencia crucial en su carrera. Tras obtener su diploma de maestro en la Escuela Normal de Bridgewater en Plymouth, Massachusetts, y enseñar en Quincy durante tres años, en 1882, Frye fue nombrado asistente de Parker en la supervisión de las Escuelas Públicas de Boston. Posteriormente, acompañó a Parker a Chicago para impartir clases de geografía en la Escuela Normal del Condado de Cook, donde Parker era director, hasta 1886.

En 1887, se matriculó en la Facultad de Derecho de Harvard, obteniendo su licenciatura en 1890. Prestó juramento como abogado en Massachusetts ante Oliver Wendell Holmes Jr., futuro juez de la Corte Suprema de Estados Unidos. Sin embargo, su gran interés por la pedagogía lo llevó a una carrera en la educación, no en el derecho. Entre 1891 y 1893, se desempeñó como superintendente de las escuelas públicas de San Bernardino, California.

También escribió libros de texto de geografía extraordinariamente populares, publicados en 127 ediciones por Ginn & Company, que vendieron más de dos millones de copias en todo el mundo.

En 1897, Frye obtuvo una Maestría en Artes en Harvard y forjó una amistad duradera en Cambridge con el legendario presidente de la universidad, Charles W. Eliot. Al igual que Theodore Roosevelt, Leonard Wood y otros graduados de Harvard, Frye se ofreció como voluntario para servir en el ejército al estallar la Guerra Hispanoamericana en 1898, inicialmente para entrenar a estudiantes voluntarios de Harvard en Boston.

Sin embargo, en octubre de 1899, durante la ocupación militar estadounidense de Cuba, Charles Eliot recomendó al secretario de Guerra, Elihu Root, que nombrara a Frye superintendente de las escuelas públicas de la isla. Durante su gestión en Cuba, se abrieron más de 3,000 escuelas, con una matrícula de 130,000 estudiantes.

En febrero de 1900, alentado por Ernest Lee Conant (un graduado de la Facultad de Derecho de Harvard que residía en La Habana en ese momento), Frye concibió el ambicioso proyecto de enviar maestros de escuelas públicas cubanas a Harvard para un curso de verano. El plan contó con la aprobación del gobernador militar de Cuba, Leonard Wood, así como del presidente Charles W. Eliot de la Universidad de Harvard y del secretario de Guerra de los EE. UU., Elihu Root.

El 16 de mayo de 1900, la Orden Militar No. 199, Circular No. 9, anunciaba e invitaba oficialmente a los maestros cubanos a participar en el programa de Harvard y señalaba que el proyecto “no tenía paralelo en la historia”.

El 30 de mayo de 1900, la Orden Militar No. 223 estableció oficialmente la Escuela de Verano y reguló el programa educativo que incluía el viaje a Harvard.

Marial Iglesias Utset, investigadora cubana residente en Boston, descubrió que, a principios de febrero de 1900, Frye escribió al presidente de la Universidad de Harvard, Charles W. Eliot, solicitando ayuda para la realización del curso. Esto demuestra que no existía ninguna intención del gobierno americano de captar ideológicamente a los maestros.

Esta aclaración es necesaria porque, a pesar de las pruebas irrefutables de que muchos políticos norteamericanos de la época deseaban la anexión de Cuba a EE. UU., no pocos historiadores cubanos han satanizado todo lo proveniente de dicho país durante ese período. Sin embargo, la trayectoria del señor Frye descarta cualquier intención oculta, como lo establece la investigadora mencionada. No debe olvidarse que la guerra de independencia de los cubanos contra el colonialismo español generó una fuerte corriente de simpatía entre el pueblo norteamericano, educado como ningún otro en el respeto a la libertad y el odio a las tiranías.

Los habitantes de Cambridge recogieron los fondos para sufragar los gastos del viaje, abrieron las puertas de sus casas para recibir a los maestros, engalanaron sus fachadas con banderas cubanas o los aplaudieron a su paso por las calles y plazas públicas.

Los estadounidenses que colaboraron con la suscripción cedieron sus habitaciones o dedicaron sus vacaciones de verano a trabajar como guías e intérpretes. Actuaron por mera solidaridad con un pueblo pequeño al que admiraban por su valiente lucha contra una poderosa metrópoli colonial.

La Universidad de Harvard lanzó una convocatoria para recaudar 70,000 dólares entre los habitantes de Cambridge y Boston que desearan contribuir con la Expedición. El objetivo era cubrir los gastos de seguridad, alimentación, alojamiento, instrucción, excursiones y parte del entretenimiento, que incluía bailes, tertulias y recepciones.

Las donaciones públicas comenzaron a fines de abril y concluyeron a mediados de agosto de 1900, recaudando 71,145 dólares de diversos estratos sociales. Parte de ese dinero no se utilizó en Harvard, sino que cubrió los gastos de la visita de los maestros a Nueva York, Washington y Filadelfia.

Harvard contrató a más de 150 personas, entre profesores, guías, intérpretes y auxiliares de oficina. En esta lista también se incluyen las chaperonas empleadas por Harvard para acompañar a las mujeres cubanas durante su estancia en Estados Unidos.

Cerca del 20 % de los maestros que asistieron a Harvard eran negros, lo cual representó un reto logístico dadas las normas raciales de la época. Por esta razón, la admisión de los cubanos también forma parte de la historia de la desegregación de la Universidad.

En Cuba había 3,500 maestros, de los cuales 1,273 (un 36.4 %) se embarcaron: 661 maestras y 612 maestros. La selección se realizó mediante un sistema ingenioso: en cada municipalidad se escogieron dos grupos de maestros, y cada grupo seleccionaba a los correspondientes del otro. El curso abarcó inglés, Historia de Cuba, Historia de América Latina, Geografía e Historia de la Revolución Americana, para que los maestros comprendieran la organización de Estados Unidos.

En la tarde del 3 de julio de 1900, el buque de guerra McClellan llegó a la Bahía de Massachusetts para desembarcar su carga humana en Boston. Había zarpado el 28 de junio del puerto de Nuevitas con 226 personas (156 hombres y 70 mujeres). El buque McPherson partió el 25 de junio desde Gibara con 206 personas (110 hombres y 96 mujeres). El Crook zarpó el 26 de junio desde Matanzas con 295 hombres. El Sedgwick fue de Matanzas a Cárdenas y luego a Sagua, desde donde partió el 28 de junio llevando a 428 mujeres, y el Burnside transportó a 118 personas (51 hombres y 67 mujeres) desde Cienfuegos. Según esta relación, un total de 1,273 personas llegaron a bordo de estos cinco buques de guerra.

Cambridge está muy cerca de la ciudad de Boston. El clima era agradable, y la limpieza y el orden eran sus atributos más sobresalientes. Los hogares, muchos de ellos de madera, parecían sacados de un estuche de regalos. Acompañadas por jóvenes estudiantes de Harvard y algunas señoras estadounidenses que cuidaron de las maestras con mucho celo, fueron llevadas a las casas particulares cercanas a la universidad, que habían sido previamente seleccionadas para hospedarlas.

Los maestros fueron alojados en los dormitorios de los estudiantes de la Universidad de Harvard, quienes gustosos los ofrecieron para los invitados cubanos. Sobre el momento en que hicieron su entrada al insigne centro de estudios, uno de aquellos educadores dejó para la posteridad la siguiente impresión al ver desplegada la bandera cubana: “Al llegar a Cambridge y dirigirnos a los alojamientos que nos habían designado, nuestra vista tropezó con algo que nos conmovió y electrizó de tal modo, que no fuimos dueños de contener nuestros sentimientos de regocijo y gratitud: el ver ondear enhiesta y elevada sobre el edificio central de la Universidad nuestra bella y querida bandera tricolor.”

Los días 3 y 4 de julio, con motivo de las fiestas nacionales, fue izada la bandera de EE. UU.

En compensación, se distribuyeron más de 3,000 banderitas cubanas entre los niños de las escuelas públicas de la zona, para que las portaran en todos los actos cívicos de esos días.

El profesor e historiador batabanense Ramiro Guerra Sánchez (1880-1970) recordaba el cerrado aplauso de los presentes en el Sanders Theatre de Harvard cuando el profesor Gaspar de Coligny, al concluir su primera conferencia de Historia de las Colonias Españolas, expresó en perfecto castellano:

“De la Universidad de Harvard regresarán los maestros y las maestras a Cuba, encargados de formar a las primeras generaciones de posguerra. Entre todos construirán y reconstruirán los imaginarios nacionalistas con base en la ideología del independentismo. Cubanos, podéis admirar la grandeza de este país, pero no os dejéis deslumbrar por ella y no olvidéis nunca, frente a tales grandezas, las cuales deben ser fuente de inspiración para vosotros, un viejo refrán español que expresa pintorescamente lo que acabo de expresar: ‘Más vale ser cabeza de ratón que cola de león’”.

Un excedente de los fondos recaudados para el programa de verano de 1900 ($71,145) permitió que otros 80 maestros regresaran a Cambridge al año siguiente para recibir clases en inglés. Estos fondos fueron suficientes para financiar el programa de verano durante varios años para pequeños grupos de maestros cubanos.

En la provincia de Camagüey (Puerto Príncipe hasta 1903), se percibía un vacío en el desarrollo y alcance de la educación pública durante la primera ocupación militar, especialmente en lo referente al viaje de los principeños a Harvard. Esta situación es evidente en obras de carácter municipal y provincial, como las de Rafael Pera (1913).

Los vínculos entre EE. UU. y Cuba, particularmente los principeños, se habían expandido durante el siglo XIX, por lo que estudiar en la nación norteamericana no era una novedad para la época. Era más frecuente viajar al norte de América que a España, ya fuese por motivos comerciales, de placer o de estudio. La deplorable situación de la educación en Cuba impulsó a miles de estudiantes, la mayoría de familias acomodadas, a emprender estudios allí.

La invitación a los docentes cubanos para asistir en el verano de 1900 a la Universidad de Harvard se divulgó a través de la Orden Militar No. 199, la cual señalaba que el proyecto “no tenía paralelo en la historia”.

El extenso documento demostró un alto nivel organizativo del viaje al detallar la descripción general, los gastos, los cursos a impartirse, el mecanismo para la selección de los docentes, las características del verano en Boston, la vestimenta recomendada, la estancia en Cambridge, las particularidades del equipaje, la asistencia médica, la exigencia de vacunación y el certificado que lo acreditara.

El viaje a Harvard tuvo una amplia difusión en la prensa cubana y estadounidense; esta última, para informar sobre la trascendencia del acontecimiento bilateral. En Cuba, la revista El Fígaro reflejó, a través de imágenes y comentarios, el impacto y las expectativas del proyecto.

En relación con los participantes de Puerto Príncipe, el Comité Gestor Central de las Juntas de Educación de Cuba, con oficina en la calle Paco Recio #4, en Puerto Príncipe, dio a conocer un listado (sin fecha) con la representación de la provincia. El profesor Ángel Laca fue el encargado de presidir la delegación de la provincia Puerto Príncipe.

Al contrastar con la relación oficial, se comprobó que este fue un listado inicial, considerando que no todos los nominados asistieron al viaje. Los siguientes números consecutivos quedaron vacantes por el municipio Puerto Príncipe: 1009, 1012, 1017, 1043, 1045, 1057, 1059 y 1067. Posteriormente, se incorporaron cuatro docentes del municipio Morón: Calixto Subiráts, Emilio Fernández y Fernández, Pedro Guillermo Subiráts y Rafael Acosta.

Anticipándose a posibles ausencias, se autorizó a los alcaldes a que, si a algún maestro le resultaba imposible viajar, este debía designar a otro del mismo sexo en su lugar y asumir el coste de su billete de viaje.

Del personal listado por el Comité Gestor de Puerto Príncipe, siete personas se ausentaron: Antolina Juárez Cano, Elina Jiménez Bejarano, Esther Parrado Pujol, María Agero y Pradas, María Eusebia Rodríguez y Pedro Camacho Méndez. De Santa Cruz del Sur, se ausentó Carlota Álvarez.

Estas ausencias no fueron previstas, sino que se constataron en el puerto de salida, por lo que no se pudieron sustituir por otros docentes. Estas plazas quedaron vacantes, ya que sus números no fueron reasignados.

Llama la atención que seis de las ausentes eran mujeres. Aunque se desconocen las causas, se cree que una de ellas fue la objeción a que “las muchachas jóvenes participaran sin acompañamiento familiar en el viaje (a pesar de la función de las chaperonas) a miles de kilómetros, en un país extranjero y en una convivencia estrecha con otros hombres desconocidos, lo que podría representar una amenaza para su integridad moral”.

En el listado de participantes se observa la coincidencia de apellidos, lo que sugiere que una de las estrategias para mitigar las preocupaciones familiares y sociales fue la de viajar junto a un colega que fuese hermano o pariente. Ejemplos de esto son Ana y Mercedes Reyna Cannet, Aurora y Elvira Montoulveu de la Torre, Lidia y Rogerio Zayas Bazán y Ramírez, Loreto y Mercedes Cebrián, Rosa y Josefa Xiques Ramírez, Ana Margarita y María Teresa Guerra Masaguer, así como Porfiria y Teresa Nogueras Hernández.

En total, asistieron por la provincia 90 personas: 3 intérpretes, 1 médico (Dr. Juan Ruiz Ariza de Nuevitas) y 86 docentes (40 hombres y 46 mujeres).

La distribución de los maestros por municipios fue la siguiente: Nuevitas (7), Morón (7), Santa Cruz del Sur (5), Ciego de Ávila (2) y Puerto Príncipe (65, de los cuales 27 eran hombres y 38 mujeres).

Los maestros participantes recibieron sus salarios durante los meses de verano. Para ello, se exigió a los alcaldes que tomaran las medidas necesarias para que el salario correspondiente a junio se pagara el día 15 o antes. Los salarios de julio se pagarían directamente por el Departamento del Tesoro en Cuba a la oficina del Tesorero de la Universidad de Cambridge, por lo que las alcaldías debían omitir este pago del presupuesto para los docentes ausentes del territorio. Los gastos personales para los participantes incluían: ropa, baúl, maleta y el pago del transporte desde su residencia hasta el municipio Nuevitas, al norte de la provincia. Para trasladar al personal docente desde la ciudad cabecera a Nuevitas, la Comisión de Maestros solicitó a la dirección de la Empresa del Ferrocarril de Puerto Príncipe la concesión gratuita de pasajes y equipajes. Los directivos de esta respondieron que no podían acceder debido a los cuantiosos gastos.

La delegación de la provincia fue la última en zarpar por el puerto de Nuevitas el 29 de junio en el McClellan, uniéndose a los colegas de Cárdenas, Sagua La Grande y Caibarién, conformando un total de 226 personas (156 hombres y 70 mujeres).

El gobierno estadounidense garantizó la gratuidad del viaje de ida y regreso, la comida y el servicio a bordo de los buques. Los camarotes y otros departamentos fueron habilitados con catres para las mujeres, mientras que para los hombres se arreglarían cubiertas especiales con catres. Estos contarían con libre acceso a la cubierta del buque, salas para comer y cuartos para fumar. A bordo solo debían llevar lo imprescindible para la travesía, ya que los baúles irían en los departamentos de depósitos. El McClellan fue el último buque que arribó al puerto de Boston alrededor de las 7:30 p.m. del 4 de julio, día de los actos de celebración por el Día de la Independencia, por lo que no pudieron participar en las festividades.

Las maestras desayunaron en las casas donde se alojaron, pero almorzaron y cenaron en el Memorial Hall, mientras que el Randall Hall estaba reservado para los hombres.

La fotografía de todos los participantes de Santa Clara y Puerto Príncipe se tomó a la 1 p.m. del viernes 27 de julio.

El 15 de agosto concluyó el plan de actividades de la Escuela de Verano. Esa tarde, los transportes partieron hacia Boston, iniciando un viaje por Washington, Filadelfia y Nueva York.

Aquellos que viajaron en el Burnside y McClellan tuvieron que regresar en el Crook.

El 19 de agosto, los maestros cubanos fueron recibidos por el presidente William McKinley en la Casa Blanca. De allí partieron hacia Nueva York y el 25 de agosto zarparon hacia La Habana, a donde llegaron el 29, siendo recibidos con manifestaciones de júbilo. Después de una reunión en la capital, fueron enviados a sus puertos de origen.

Los de la provincia de Puerto Príncipe viajaron de La Habana a Nuevitas, donde fueron recibidos masiva y calurosamente en la capital provincial.

En el libro de la Sala Católica de Harvard Hall, Emilio Fernández y Fernández, director del Colegio El Ángel Custodio de Morón, escribió: “El pueblo de Cuba está agradecido del noble y grandioso pueblo americano, y el Magisterio Cubano guardará eternamente los recuerdos de gratitud y beneficios recibidos en él y en la singular Universidad de Harvard, teniendo entera confianza y satisfacción en el cumplimiento de la Joint Resolution”.

Rafael Acosta, maestro de la escuela #1 de Morón, sentenció concisamente: “Yo admiro la grandeza del pueblo americano, la nobleza del Sr. Frye y la solicitud de la Sala Católica”.

Es comprensible la postura de estos maestros, la mayoría de los cuales no habían salido de sus lugares de residencia, al admirar la grandeza de Estados Unidos y reconocer a Alexis Frye, el artífice de aquella experiencia que dejó una huella importante en cada uno de ellos. Al respecto, la historiadora cubana en Harvard, Marial Iglesias, reconoce que Frye trabajó sinceramente por el progreso de la educación en Cuba y se solidarizó con la causa de los maestros, a tal punto que esta actitud lo llevó a varios enfrentamientos con el general Leonard Wood, los cuales terminaron con la renuncia de aquel.

El maestro Pedro G. Subiráts, por su parte, expresó claramente su agradecimiento, al tiempo que demostraba su verdadero sentimiento patriótico-nacionalista: “Mi gratitud hacia el pueblo americano es tan grande que solo puedo compararlo con mi amor a Cuba”.

Alexis Frye conoció a María Teresa Arruebarrena (1878-1973), una bella maestra de Cárdenas, cuando ella embarcó; su amor fue a primera vista.

Los efectos de este curso fueron inmediatos. Si en 1899 había 312 aulas de enseñanza primaria, en 1900 aumentaron a 3,313. Si en 1899 había 34,579 niños estudiando, en 1900 eran 172,273, y fue notorio el aumento de niños negros asistiendo a las escuelas. Estas acciones del gobierno interventor provocaron la disminución del analfabetismo, una mejor capacitación del personal docente y el incremento de las matrículas en los niveles secundario, técnico y superior.

Y para aquellos cubanos que han sido adoctrinados por los castrocomunistas, cabe destacar que Frye nunca publicó un libro adoctrinando a los niños cubanos, como uno que yo conocí en 1970 donde el ruso Popov fue presentado como el inventor de la radio, del teléfono, etc.

El guantanamero Regino E. Boti (1878-1958) fue uno de los maestros participantes en ese curso de verano y dejó su testimonio en la revista guantanamera “El Managüí”, donde publicó sus impresiones. Los maestros guantanameros partieron hacia EE. UU. desde Caimanera el 24 de junio de 1900. Al abordar el vapor McPherson, los maestros santiagueros ya se encontraban a bordo y acompañándolos el sacerdote Desiderio Mesnier, quien tiene el mérito histórico de haber celebrado, el 8 de septiembre de 1898, en el Santuario de El Cobre, una Misa Solemne para festejar la victoria de Cuba sobre España. Este evento pasaría a la historia como la Declaración Mambisa de Independencia del pueblo cubano y el primer acto oficial de celebración de la independencia, ya que a la misa asistieron, por orden del general Calixto García Iñíguez, jefe del Ejército Oriental, el general Agustín Cebreco y el Estado Mayor de dicho ejército.

Al concluir sus crónicas, Boti aseguró, refiriéndose al resultado de su visita a los EE. UU:

“Ahora soy más amante de la libertad de mi tierra, porque allí, por primera vez, supe lo que es la libertad, un pueblo libre. Vi lo feliz y próspero que es ese mismo pueblo libre y sentí angustia en el corazón al pensar que no todos los cubanos tenemos la resignación suficiente para soportar las cargas que la libertad echa sobre cada ciudadano y, en mi manía de eterno Quijote, por todos los medios posibles, he querido infiltrar en el espíritu de mis compatriotas el amor a la libertad, lo difícil que es conseguirla y lo penoso que es perderla”.

Alexis E. Frye fue superintendente escolar de Cuba desde el 5 de diciembre de 1899 hasta el 9 de enero de 1901, un período de 400 días (1 año, 1 mes y 4 días). Durante este tiempo, se editaron manuales escritos por autoridades (como el de Alexis Frye) en varias materias del programa. Los ejercicios de los examinados se calificaban en primero, segundo y tercer grado. Naturalmente, esto impulsó la creación de numerosas academias privadas en ciudades y poblaciones de todas las provincias, que preparaban a los aspirantes durante meses antes de los exámenes oficiales. Este episodio ocupó la atención de la Secretaría de Instrucción Pública, como entonces se denominaba, durante años.

Una de las primeras medidas adoptadas fue la adaptación de los cuarteles españoles para convertirlos en escuelas. Según el maestro habanero Ramiro Guerra: “Cuba carecía de escuelas, pero casi todos los pueblos poseían amplios cuarteles, construidos para alojar las tropas utilizadas por España”.

El formidable impulso dado a la educación nacional por estos fundadores de nuestro régimen docente hizo posible que, en un lapso de tres años, la asistencia escolar se elevara a 172,273 alumnos, es decir, cinco veces más que durante las postrimerías de la Colonia. Los maestros aumentaron de 800 a 9,613, y las escuelas de 312 a 3,628. Los gastos educacionales alcanzaron los 3 millones de pesos anuales, lo que significaba una inversión casi 20 veces mayor que la dedicada a estos menesteres por el gobierno colonial.

Asimismo, se compraron más de 100,000 pupitres, se distribuyeron libros de texto y abundante material escolar en todas las escuelas, se creó el cuerpo de inspectores y se pusieron en vigor nuevos métodos de enseñanza. Se fundaron instituciones para preparar al magisterio, se prestó atención a las construcciones escolares, readaptando los antiguos cuarteles coloniales, se realizó un censo escolar y se tomaron otras medidas que sentaron las bases para la firme consolidación de la enseñanza popular en nuestro país.

Muy atento a las necesidades de los educadores cubanos, Frye se ganó su respeto al donar su salario a orfanatos cubanos. Sin embargo, su apoyo a la autonomía educativa cubana también generó fricciones con las autoridades militares estadounidenses.

El 9 de enero de 1901, Frye renunció como superintendente de las escuelas cubanas. El 1 de enero de 1901 se casó con María Teresa, de quien se había enamorado desde que subió al barco en Cárdenas.

Fue el único funcionario estadounidense del gobierno de ocupación que se casó con una cubana. La pareja se mudó de Boston a Highland, California, en 1905 y luego, en 1911, a una casa en Redlands, Villa Cuba.

María Teresa y Alexis viajaron varias veces a Cuba para visitar a la familia. Tuvieron cinco hijos: Eliot, Charles (quien falleció en la infancia), Frank, Carmen y Pearl. Alexis se dedicó a escribir libros de texto y a cultivar naranjas.

Fue reconocido con un doctorado honoris causa en Derecho por la Universidad de Redlands, nombrado miembro vitalicio de la Sociedad Geográfica Americana y recibió la medalla de la Legión de Honor Cubanoamericana. En 1907, fue elegido Presidente Honorario de la Asociación de Maestros Cubanos, siendo el único no cubano en alcanzar tal distinción.

Alexis falleció en Loma Linda, California, el 1 de julio de 1936, a los 76 años. Sus contribuciones a la educación estadounidense y cubana fueron reconocidas y celebradas en La Habana en el 50.º aniversario de la Escuela de Verano de Harvard en 1950, y en Cambridge en su centenario en el año 2000.

María Teresa falleció el 26 de abril de 1973, a los 95 años. Le sobrevivieron sus dos hijas, Carmen y Pearl, 8 nietos y 11 bisnietos.

La Escuela de Verano de Harvard para maestros cubanos en 1900 fue un éxito rotundo y uno de los intercambios culturales más productivos en la historia de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Sorprendentemente, más de un tercio de los maestros de las escuelas públicas de la isla participaron en ese programa de seis semanas.

Otro de los logros que surgieron en Cuba gracias al viaje de las maestras a Harvard fue el siguiente:

Julia Martínez, Adriana Billini, Eladia Zainz, Ángela Landa, Ana María Borrero, Adelaida Piñera, Angela Anido, Carolina Poncet, Carmen Rivas, María Rodríguez y María Pérez, estas once maestras, junto con otras 42 que asistieron al programa de verano de Harvard en 1900, participaron en reuniones en Cambridge con representantes de la Massachusetts State Federation of Women’s Clubs. Esos encuentros fueron decisivos para introducir en Cuba el modelo de los clubes femeninos norteamericanos. Inspiradas por el ejemplo de las feministas estadounidenses, ellas integraron más tarde el núcleo de fundadoras de las organizaciones feministas en la isla. Primero el Club Femenino de Cuba y luego las asociaciones femeninas, integradas en la Federación Nacional de Asociaciones Femeninas de Cuba, denunciaron la condición desigual de la mujer, obteniendo importantes logros jurídicos como el reconocimiento de la patria potestad y la ley del divorcio. También denunciaron la discriminación de la mujer en el acceso a la educación y a las fuentes de empleo, allanando el camino para la obtención del sufragio femenino, finalmente legalizado en Cuba en 1934.

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