Gustavo Sánchez Perdomo
El libro de memorias que acaba de publicar el baterista cubano Ignacio Berroa (La Habana, 1953) pasará a la posteridad como un elemento de recuento indispensable para tratar de comprender cómo en Cuba el individuo fue transformado tras el advenimiento del castrismo, de ciudadano de un país democrático en instrumento dúctil a merced del tirano y de sus prosélitos. Me refiero a “El camino que elegí, mi historia”, cuya portada ilustra esta página y que ya está disponible en los sitios de venta en línea habituales.
Con una escritura tan ágil como diáfana, Berroa propicia al lector franquear, a lo largo de 255 páginas que incluyen reproducciones de decenas de fotos y documentos inéditos, la tortuosa senda que debió desandar partiendo de una niñez humilde en La Habana hasta acceder a la consagración internacional como intérprete de uno de los instrumentos clave en el jazz. Lo que, a la manera de un cuento de hadas, nos relata amenamente, fue la consecuencia de haberse cristalizado su talento innato con una milagrosa expatriación por Mariel en 1980.
Cuando hace alrededor de tres años el autor me habló del proyecto, pensé que se trataba de una de sus bromas habituales. No era tal: llevaba tiempo cogitando una indignación existencial que lo asfixiaba intelectualmente ante las tergiversaciones que escuchaba en referencia a hechos de los que había sido o testigo o víctima, como estudiante; como recluta en el servicio militar obligatorio; más tarde como profesional en el campo de la música. Para tratar de poner las cosas en su sitio -sus palabras- se dio a la tarea de compulsar recuerdos y el resultado lo tenemos ahora en nuestras manos con la puesta en venta de este libro editado en inglés y en español. Su espina dorsal autobiográfica sigue una temática poco estudiada y menos difundida. Para decirlo con mis palabras, el autor ha logrado presentar un segmento de la historia contemporánea cubana hurgando en aspectos de ella hasta ahora menospreciados, tal vez por haber sido considerados frívolos o cual variable de ajuste en la trágica ecuación vivida por nuestro sufrido pueblo.
A pesar de tener diez años más que él, y de que nuestras familias proceden de medios sociales y profesionales diferentes, siempre nos ha emparentado una refutación común a la dictadura cubana. Ambos tuvimos que sufrir y enfrentar segregación por razones políticas. Fuimos víctimas de injusticias flagrantes que nos vedaron el acceso a lo que deseábamos hacer con nuestro futuro. Comprendimos al conocernos hace un cuarto de siglo, que habíamos dicho no a vivir en Cuba como carneros, a camuflar aspiraciones de libertad llegando incluso, osadía mayor, a buscar cómo huir hacia algo diferente. Ha sido por eso que leyendo a Berroa he recorrido por procuración una parte del caleidoscopio que fue mi vida en la isla hasta 1982. Era aquella la epopeya de los numerosos “marginados” que fuimos, para usar la palabrita muletilla acuñada por la tristemente célebre revista Verde Olivo.
Obligado por razones familiares a treparse solo en uno de aquellos camaroneros que viabilizaron la estampida de 1980 que encaminó 125 000 cubanos a Estados Unidos, el cinismo con el que las autoridades trataron de manipularlo no permitiendo emigrar después a su esposa e hijo, constituyó otro desafío que Berroa debió asumir. Sus gestiones para al fin materializar la reunificación familiar cuatro años más tarde figuran entre las páginas más desgarradoras del libro.
El género memorialista a veces se convierte en costumbrista. Se me antoja que es el caso en este relato de Ignacio Berroa capaz de hacernos comprender la complejidad del mundo de los estudios, de las opciones que ha tenido todo adolescente en la isla, de la génesis de distintos géneros de la música popular cubana y, ya en Estados Unidos, de los meandros que un recién llegado tiene que sortear para abrirse paso en un medio hostil. Todo lo anterior por culpa de un régimen que contaminó para siempre el tejido social cubano a partir de 1959, pretextando la construcción de un mundo mejor. El resultado lo tenemos a la vista.
Y es que, como bien lo argumenta glosando sus vivencias el autor, en todas las esferas de la sociedad cubana incluyendo las del conocimiento y de las artes, las consecuencias de la emergencia del castrismo en el escenario fueron desde un principio funestas. Tal vez por ello resulta significativo que la denuncia de la tiranía, presente de principio a fin en El camino que elegí de Berroa, vea la luz en el momento en que desde el Ministerio de la Verdad habanero se ha puesto en marcha una extemporánea campaña para exaltar el discurso sectario y estalinista, eructado por Fidel en sus “palabras a los intelectuales”, el conocido monólogo de junio de 1961. Lo que Berroa arguye de manera contundente es el mejor mentís a ese empeño vil.
El último tercio del libro embarca al lector en las interioridades del sector jazzístico estadounidense. A Ignacio Berroa le ha sido dado alternar con todas sus grandes figuras y un gozo colateral de la lectura son las observaciones y los chascarrillos que destila, abarcando sus cincuenta años en ese ámbito. Los episodios que cuentan su vinculación con Mario Bauzá y con Dizzy Gillespie están entre los capítulos más logrados de la obra. Cito aquí solo esos dos nombres, entre decenas de solistas geniales que ha acompañado sobre las planchas de los más selectos teatros.
Que sea bienvenido este testimonio honesto y viril de uno de los músicos cubanos mejor considerados en su género y en el instrumento que toca. Las exaltaciones que siempre bulleron en él lo hacían incompatible con todo tipo de tiranía. Llegado a la edad adulta a mediados de los años 1970, cuando en Cuba los uniformes morales y políticos del comunismo ya se habían afincado armando su tinglado inapelable para el país, sus opciones eran mínimas. Logró huir, trazando a partir de entonces otro camino – esta vez hacia la gloria – para sobre él marcar allende los mares los éxitos que merecía. Lo que Ignacio Berroa enfrentó, lo que cosechó, lo que vivió, acaba de consignarlo para la posteridad en este recuento singular y explícito que recomendamos a nuestros lectores. Este testimonio conlleva, paralela y subliminalmente, una oda a la amistad y a la rectitud, algo que en manera alguna sorprenderá a quienes conocen al autor.






0 comentarios