HACER VISITAS

Written by Libre Online

23 de junio de 2026

Por Eladio Secades (1956)

Delante de aquellos abanicos los fabricantes ponían unos paisajes muy bonitos. Y detrás los enamorados escribían unas cuartetas muy cursis. Ya las visitas raramente se hacen. Y nunca se pagan. En mi niñez había la vergüenza de haber quedado mal con los Rodríguez. Y se devolvían las visitas a los amigos. Y el platico de dulce a la vecina.

El arraigo del arroz con leche se debió al afán de no hacerle un desaire a la gente de al lado. Para no devolver el platico vacío, no había más remedio que hacer boniatillo. Antes la visita era una cosa que se pensaba y que se avisaba. Es decir, era una cortesía con premeditación. Ahora la visita es un accidente. La señora va a la peluquería. Donde las mujeres se embellecen por turno. Después merendará en el Ten-Cent. Por turno también. “Y si tengo tiempo deja ver si caigo en casa de Mercedes”. Un día la vieja refunfuñona se decidía a vestirse. Vestirse entonces era un problema de revolver el escaparate y acabar con mal genio. La cosa empezaba en el camisón. El corsé de ballenas. La sayuela que se ataba con una cinta. Y el cubre-corsé de encajes que le daba a la esposa más seria el aire picaresco de postal prohibida.

Se salía a pagar una visita como hoy se sale a pagar el recibo de la luz. Quedaban medias blancas. Fonógrafos de bocina. Y señoritas que trabajaban para fuera. Los tiempos de la colonia dejaron el recuerdo de aquellas salas grandes de recibir visitas. Primero saludaba la hermana mayor. Después iban saliendo las muchachitas. La madre aparecía empolvada y diciendo que no se molesten. El hermano, ya casi doctor, debía irse enseguida. Porque tenía novia pedida. Ya las novias no se piden. Se toman y a otra cosa. Hay que romper ese coco.

Cuando el viejo se presentaba, ya estaban jugando a las prendas. Disimulaba con el cuello duro y la corbata de lazo la rabia de tanta reverencia. ¡Qué bien está don Ramón! Los años no pasan por usted. A ver si nos da el secreto. Una amiga bromeando le recomendaba a la señora que tuviera mucho cuidado porque don Ramón todavía. El papá de las niñas sonreía. Pero sin olvidar que la visita le había estropeado la hora suya de ponerse las chinelas, leer los periódicos y rascarse los pies. Y darle un grito al perro por subirse a la cama.

La visita cubana entraba en crisis de apoteosis cuando luego de mucha insistencia, Nena se sentaba al piano. Y la criada, con un trajecito muy limpio iba pasando la bandeja.

Yo siempre he sentido compasión por el caballero de visita que se había tomado el vino dulce y no sabía dónde poner la copita. Después se estará quemando los dedos y no sabrá dónde tirar la colilla. Al despedirse les dará la mano a todos. Pero tendrá que volver porque se le olvidó el sombrero. El tipo a quien a última hora lo salva el chiste de me iba sin cabeza. La carcajada de las muchachitas era la recompensa a su timidez.

Vivimos un mundo que busca horizontes cómodos. Ni almidón. Ni serenatas. Ni visitas de cumplido. El cine tiene la culpa de que no haya vuelto a hablarse del pesimismo inocente de Santo Tomás. Ver para creer. En el cine no se ve, pero se cree en lo que se toca.

El amor es salpullido que sale de pronto. Sin flores ni bombones mediante. La figura de la futura suegra casi no existe. Porque los galanes saben mucho. Y las relaciones duran poco. Primero el divorcio era accidente del matrimonio, ahora el divorcio es consecuencia del matrimonio. El sexo débil ya no lo es tanto, por obra y desgracia de los deportes y de los bienes gananciales. La visita frecuente del enamorado era una fórmula sutil de insinuación.

Ya el matrimonio es una meta sin días de entrada. Sabíamos que Roberto se interesaba por Cusita, porque venía a menudo. Le sacaba ruidos crónicos al sillón. Contaba las vigas del techo. Soportaba las gracias pesadas del hermanito. Pero no acababa de declararse. Para que al padre le pareciese un buen partido, bastaba que no trabajase en el gobierno. De esta desesperanza han salido las bodeguitas cubanas. Con luz fría. Y sobrinos hechos en el país.

Cuando el cubano se da a ser espléndido, le parece que la cabeza del Apóstol es un confeti puesto en los billetes de a peso. Cuando el criollo se las da de bodeguero, piensa que el despilfarro es una locura llegada de Pontevedra. Y al cartel español de hoy no se fía, añade la gracia cubana de mañana tampoco.

Las visitas fueron una necesidad enojosa. Hoy son una calamidad que no soportamos. Los días de recibo y la nota en la crónica social avisando que la familia está de luto, son remedios contra la visita que se puede aparecer cuando nadie la espera.
Los Pérez llevan una existencia de paz. Cuando más, juegan un rato al dominó antes de acostarse. Hay una señorita con miedo de quedarse a vestir santos. Pero ella está muy contenta, porque sabe contar las fichas al vuelo. Setenta y cuatro, y ni quien se lo discuta. Y otra que tiene que oír los berrinches del padre. Porque se agacha. Vecinos buenos que no molestarían mucho si no fuera por el escándalo de cuando dan una pollona.

Las casas de apartamentos son la técnica de vivir juntos, pero no revueltos. Nos unen las voces, aunque nos separen las paredes. Podremos tener ideas distintas, pero siempre tendremos la misma escalera. Nos llega de arriba el lamento del inodoro que volvió a tupirse. Y de abajo nos llega la voz de la fregatriz que seca el suelo. Y que se sabe de memoria los jingles de la televisión.

Del apartamento de al lado nos llega la novela de la radio. Aquellos dramas terribles que antes se leían por entregas, ahora se radían. Casi siempre con el problema del hombre que tiene una esposa y una amante. La amante no se da por vencida. La esposa llora con ese llanto de kilociclos que tiene intervalos de hipo y que provoca temblores en el vientre de la actriz. Todos los llantos de mujer salen del alma. El llanto de las novelas del aire parece que sale del ombligo.

No hay peor visita que la que llega de día. Cuando tocan a la puerta de día, pensamos que es un cobrador. De repente es Luisa. Que viene a darnos el pésame por el familiar que murió hace tres meses. No saben la pena que le da. Pero dejándolo de un día para otro. Las visitas así alteran la vida de mis vecinos. En la sala hay saludos llenos de emoción y de sorpresa.
Para estos casos los cubanos hemos inventado una serie de frases hipócritas. Dichosos los ojos que los ven. Ya ustedes no se acuerdan de los pobres. Y por ahí.

Dentro de la casa hay quejas. Puertas que se cierran. Porque las hermanas andan en refajo. Y porque no sé cómo hay gente tan bruta que se le ocurre venir de visita a esta hora. ¡Le ronca el clarinete! Una le dice a otra:

–¡Atiéndela tú!

–¿Por qué tengo que ser yo siempre? ¡No jeringues, vieja!

Y aparece el remedio muy propio de la vieja cubana. Quitarse los zapatos de andar por casa. Echarse un vestidito. Pasarse la mota. Y salir con unas ganas que no se siente y con una alegría que no tiene:

–¡Ave María, cuánto bueno por aquí!… si hoy se me cayó una cuchara y yo les dije a las muchachitas que íbamos a tener visita…

Hay la visita del pepillo que habla mucho. Y del “pesao” que no habla nada. Mientras escucha la conversación de los otros, se mira en el espejo de la sala y se cuida la raya del pantalón. Y la visita que trae al hijo en la edad en que empieza la punzada. El niño es adorable mientras estamos desesperados porque hable. Pero es terrible el niño cuando estamos desesperados porque se calle. Quiere irse cuando acabamos de llegar. Y quiere quedarse cuando ya nos vamos. Le reímos la gracia que nos hace. Y encima nos ensucia el pantalón de una patada.

El niño que no ha dejado de ser el chico y que todavía no es grande, en la visita tiene la sinceridad de decir que se aburre. Y ya no hay remedio. O se duerme o se orina.

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