Por JORGE QUINTANA (1956)
Estampa viva del patriotismo cubano fue Gerardo Castellanos Lleonart. Para él no hubo sacrificio que no realizara, no hubo comodidades, no hubo familia, no hubo tranquilidad, no hubo otra cosa que la lucha sin tregua ni cuartel por su patria libre. Pudo haber disfrutado de posiciones ventajosas en el régimen colonial con solo no inmiscuirse en las luchas de su pueblo, porque su familia era rica e influyente. Podía aún más, cuando a merced de su esfuerzo se hizo de un negocio próspero en Cayo Hueso.
Pudo haber apostrofado a los pancistas de todos los tiempos, porque le negaron el derecho a vivir honestamente de su trabajo en la misma República que él había contribuido a salvar. Pero nada hizo en contra de su criterio patriótico. La patria estuvo por encima de todo sentimiento mezquino o ambición personal. Él sí fue de los que siguió al pie de la letra la definición que de la patria nos diera Martí cuando dijo que era ara y no pedestal. Ara para inmolarse por ella y nunca pedestal para trepar sobre ella.
El 20 de marzo de 1843 nació en La Esperanza, Las Villas, Gerardo Arístides Castellanos y Lleonart. El padre, Gabriel Castellanos, era vástago de una rica familia trinitaria. Su madre, Esperanza Lleonart y Castellón, había nacido en Villa Clara. El 7 de julio de aquel mismo año el presbítero Calixto María Alfonso de Armas le bautizaba en la iglesia de su pueblo natal.
Asiste a la escuela del bachiller Fernández, donde aprende las primeras letras. Después pasa al colegio de Santiago Busca, maestro que ejerció una notable influencia en la formación de su carácter y, sobre todo, en el logro de su acendrado patriotismo.
Ya en la edad de estudiar una carrera, se orientó por el sendero de la artesanía, haciéndose platero como algunos otros de sus familiares más allegados. Para perfeccionarse en esta labor se trasladó a La Habana. Regresó poco después a su pueblo natal, donde le sorprendió el levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes en La Demajagua el 10 de octubre de 1868.
Los villareños se dispusieron de inmediato a secundar el movimiento iniciado con tanta fortuna en Oriente. En contacto con los conspiradores habaneros, pronto funcionó a plenitud la Junta Revolucionaria de Las Villas, que dispuso el levantamiento de esta región para los primeros días de febrero de 1869. Ya Camagüey se había adelantado sumándose a la causa de la independencia de Cuba. El 7 de febrero de 1869 se concentran los insurrectos villareños en el Cafetal González, en las inmediaciones de Manicaragua.
Desde La Esperanza viene el joven Gerardo Castellanos y Lleonart con cincuenta amigos. Le nombran sargento de la tropa que manda el capitán Miguel González, quien pocos días después se presenta a los españoles. Toma entonces parte en una operación de guerra llevada a cabo, con feliz éxito, contra su pueblo natal. Al ocupar los insurrectos villareños La Esperanza, el joven Castellanos es designado comandante militar de la plaza, destacándose por su hombría de bien al impedir que se realicen atropellos contra los vencidos.
Con los villareños que se fueron a Guáimaro acompañando a la Junta Revolucionaria de Las Villas marcha Gerardo Castellanos y Lleonart. Fue así como tuvo el privilegio de encontrarse presente en aquel acto de singular grandeza histórica en que se constituyó la primera Cámara de Representantes del pueblo cubano, se redactó la Constitución de la República y se eligió un Gobierno. Fue el 10 de abril de 1869.
Después pasó a operar a las órdenes del general Carlos Roloff, de quien llegó a ser ayudante de campo. Actuó como jefe de operaciones de la costa norte de Camagüey, siendo incorporado, posteriormente, por el general Ignacio Agramonte a las huestes camagüeyanas. Pasa a Oriente tomando parte en el asalto a Yara. Por esta época se inicia en la masonería en la logia “Independencia” que funcionaba en plena manigua y de la que era Venerable Maestro el presidente de la República Carlos Manuel de Céspedes.
En mayo de 1873 combate con los españoles en Camagüey. La falta de parque no les permite más que cargar al machete y desbandarse. En la retirada Daniel Gutiérrez Quirós, hijo de Miguel Jerónimo Gutiérrez, le acompaña. Juntos sorprenden a dos soldados españoles a quienes desarman y desnudan, soltándolos después. Prosiguen su marcha teniendo la desgracia de tropezar con una guerrilla española que les hace prisioneros.
Ya iban a ser asesinados cuando tuvieron la suerte de que se presentara una fuerza regular española. Gerardo Castellanos, que había alcanzado el grado de comandante en el Ejército Libertador, comenzó a hacer la señal de socorro masónico. El teniente Regoulet, que mandaba a la fuerza española, respondió al llamamiento desesperado de Castellanos interesándose por él. Como primera providencia impidió que les asesinaran conduciéndolos presos a Puerto Príncipe. La familia se movió intensamente y logró que se le condenara a destierro a La Esperanza para donde salió inmediatamente. Su compañero Gutiérrez Quirós fue también desterrado.
En La Esperanza comienza a planear su reincorporación a las fuerzas mambisas. Advertido de que las autoridades españolas le vigilan y proyectan asesinarle antes de que salga al campo, se escapa a Cienfuegos donde consigue embarcarse, enrolado como marinero, en la goleta “Cristina” que partió para Nueva York.
No anduvo ocioso por la gran ciudad norteamericana. Se presenta a Miguel de Aldama interesando del mismo que le devuelva a Cuba. Se reúne con el coronel Pío Rosado que organizaba una expedición en unión del también coronel Juan Luis Pacheco a quien se le unió más tarde el coronel Leoncio Prado, que acababa de realizar la hazaña del “Moctezuma”. La expedición fue dilatándose en su organización y a los patriotas les sorprende el pacto del Zanjón. El comandante Gerardo Castellanos se queda en Cayo Hueso dedicándose a trabajar en la fábrica de tabacos que poseía en aquella ciudad floridana Samuel Woolf.
El 10 de octubre de 1878 se casa en Cayo Hueso con la señorita Carmela García. De este matrimonio nacieron sus hijos Gerardo, Angela, Adolfo, Abelardo y Virginia. Recién casado, con su hijo Gerardo de meses, se traslada a Filadelfia. Retorna a Cayo Hueso donde se establece en el mismo giro tabacalero que ya dominaba.
Una de sus primeras tareas en Cayo Hueso fue fundar el “Club Brigadier González Guerra”. En 1889 lanza la idea de organizar la Convención Cubana, que fuera base de la organización de la emigración y que tanta importancia tuvo en el sostenimiento de la idea independentista, en la unidad de la emigración cubana y, sobre todo, en el desarrollo de los planes conspirativos. Con razón José Martí exclamó cuando conoció aquella obra que en el Cayo todo estaba hecho.
El 28 de diciembre de 1891 fue electo presidente del Club San Carlos. Su negocio tabacalero estaba próspero. Solamente le preocupaba una idea: la libertad de su patria esclavizada por una tiranía. Martí se acerca a la emigración que residía en la Florida. Conoce a Castellanos y le admira. En julio de 1892 el Apóstol, ya empeñado en impulsar los trabajos organizativos del Partido Revolucionario Cubano, invita a los generales Carlos Roloff y Serafín Sánchez, a José Dolores Poyo y Gerardo Castellanos a una entrevista en el restaurante de Domingo Abelar.
Martí les expone la necesidad de enviar un hombre a Cuba para que se entreviste con distintas personalidades de las cuales era preciso conocer su actitud y opinión, después que conocieran los planes que estaban desarrollando. Todos estuvieron de acuerdo en que el hombre para esa misión era Gerardo Castellanos. El 4 de agosto Martí ponía su firma a sus famosas Instrucciones, que finalizaban con estos párrafos:
“De la comisión, ¿qué necesitaré decirle que ya no hayamos hablado?
Pocos hombres, amigo Gerardo, podrían llevar a cabo con éxito la misión que le he echado encima, porque pocos han aprendido la necesidad de dirigir el valor, y de unir el entusiasmo por las ideas nobles el reconocimiento menudo e implacable de la naturaleza humana: Usted lo junta todo y yo anhelo para mí el tacto y juicio con que sé que reunirá usted a todos los elementos útiles de la Isla, decididos y bravos.
Le ofendo. Gerardo, con más discursos. —Véame consumido de ansia y tráigame noticias que me pongan contento. Yo en su ausencia procuraré ser digno de mi comisionado. New York, agosto 4, 1892. Su José Martí”.
Cinco días después de haber firmado Martí esta carta ya estaba en La Habana su Comisionado. En el muelle evade la vigilancia policíaca española que se hallaba alerta porque ya tenía noticias de que de los EE.UU. venía un hombre peligroso. Se hospeda en el Hotel Roma e inicia sus trabajos.
Allí se entrevista con algunos. A otros les visita. Entre éstos a Juan Gualberto Gómez, a Manuel y Julio Sanguily, a Enrique José Varona. Pasa a Matanzas donde conoce a Cosme de la Torriente, a la sazón un joven estudiante de veinte años, enérgico y decidido y, sobre todo, un patriota de cuerpo entero, a quien la República tendrá que agradecerle después muchos y muy patrióticos servicios.
En Las Villas serán el general Carrillo, Luis Lagomasino, Leopoldo Figueroa y Federico Zayas. En noviembre anda por Camagüey y Oriente. Visita a Moncada. En octubre ya está de nuevo en los Estados Unidos. Informa a Martí. Este le pide que regrese a Cuba. En marzo de 1893 regresa nuevamente a los Estados Unidos. Ante la Convención Cubana, reunida en casa de Fernando Figueredo, el Comisionado de Martí informa ampliamente de sus actividades en la Isla.
Un año prácticamente llevaba el comandante Gerardo Castellanos en aquella misión. Su negocio tabacalero, donde libraban el sustento cerca de cien cubanos, fue virtualmente abandonado. Su socio no supo sustituirle al frente de la fábrica. Al terminar su trabajo, el único fruto que podía recoger era la ruina económica de su familia. Anónimamente un fabricante español de Cayo Hueso, Domingo Villamil, le envía, todas las semanas, un sobre con dinero para que no perezca. Él se siente satisfecho por el deber cumplido. Se orienta. El Cayo ha sufrido los embates de un movimiento huelguístico que le ha arruinado por completo. El proceso conspirativo progresa.
La emigración se entusiasma. En Cuba se despierta la fe. Todo indica que la tiranía, como es su ley histórica, podrá ser abatida por el empuje victorioso de un pueblo que no se resigna a vivir sin libertad. Se traslada a Gainesville. Antes de comenzar a trabajar para sostener a la familia, se da a la tarea de organizar un nuevo club que llama “El Primero de Gainesville”.
El 12 de diciembre de 1893 el mayor general Carlos Roloff le comunica la circular firmada por el mayor general Máximo Gómez, en su carácter de jefe del Ejército Libertador, invita a los jefes, oficiales y soldados de la Guerra de los Diez Años, a estar listos para comenzar la lucha por la libertad definitiva de la patria esclava.
El 4 de enero de 1894 el comandante Gerardo Castellanos responde al general Roloff: “Yo siempre he estado y estoy dispuesto a hacer por mi patria cuanto me ordene, pues mientras ella no sea libre, seré un soldado a las órdenes de mis superiores: y así ordenen a su subordinado.”
Por esta época realiza un viaje más a Cuba. Va a Pinar del Río con instrucciones de Martí. Se entrevista con el español Leandro González Alcorta, cuyas ideas republicanas en su patria nativa le hacían comprender más claramente la lucha del pueblo cubano por salir del estado colonial. De regreso a Gainesville se incorpora al trabajo material para obtener el sustento de su familia y al trabajo de la organización revolucionaria. En ese estado le sorprende el fracaso del Plan Fernandina. Habrá que comenzar de nuevo. Se traslada a Ocala.
Como en Gainesville lo primero que hace es fundar un club revolucionario. Este se denominará “General Jordán”. La guerra enciende de nuevo los campos de la patria. La emigración realiza su tarea tan importante como la de los combatientes en el frente de batalla. Los sostiene, les prepara las expediciones, les cubre la retirada. No podrán fallar en esta oportunidad porque en primer término la invasión de la isla ha asegurado el movimiento en las seis provincias y en segundo lugar porque la emigración, en esta ocasión no se ha escindido entre aldamistas y quesadistas como en el periodo del 68 al 78, sino que está unida en torno a una sola idea: la independencia de Cuba.
Se le designa subdelegado del Partido Revolucionario en Ocala. Pero él no se siente satisfecho. Sus viejos arrestos del 88 se han despertado con mayor ímpetu. Su madre ha muerto el 28 de julio de 1896. Se dirige entonces a Tomás Estrada Palma por medio de una carta fechada el 23 de octubre de ese mismo año. Una vez más, está dispuesto a abandonar a la familia, las relativas seguridades del hogar en la Florida, para enrolarse en una expedición y combatir por Cuba. Estrada Palma no accede. Le considera más útil en la emigración y no le contesta autorizándolo. La guerra se concluye.
El Gobierno de los Estados Unidos ha tomado posesión de la isla. Con aquella independencia mediatizada Gerardo Castellanos no está satisfecho. Sin embargo, su situación económica no le permite regresar a la patria. Espera en los Estados Unidos hasta que al fin logra realizar su anhelo: vivir en Cuba sin persecuciones, vivir en la patria, libre de todos los temores, con derechos y deberes, respetuoso y respetado, sin atropellos, sin miedo al asesinato vil y cobarde.
¿Qué le espera en su patria? La segura ingratitud de los cubanos. Lo poco que trae lo invierte en un negocio tabacalero en la calle Egido. Fracasa. Tiene que apelar al puesto público. El general Alejandro Rodríguez, que le había conocido en Cayo Hueso, ha sido electo alcalde de La Habana. Todo lo que le puede ofrecer es la jefatura del negociado del Registro de la Alcaldía de La Habana. Participa en la organización del Partido Nacional Cubano que considera el más adecuado a sus ideas patrióticas Después se entrega a la tarea de organizar la Asociación de Emigrados Revolucionarios Cubanos de la que llegó a ser presidente y Miembro de Honor, siendo uno de sus retratos de los que con más justicia adorna el salón de esta patriótica institución cubana.
En su modesto y sencillo cargo del Ayuntamiento de La Habana tuve la suerte de conocerle. Era yo muy niño. Mi padre trabajaba a sus órdenes. Le recuerdo sentado en su oficina siempre hablando de la patria cubana. Así fueron de cursando los años. Don Julio de Cárdenas, desconociendo su obra patriótica, tuvo la osadía de cesantearlo. Parece que a sus oídos llegaron algunas de aquellas prédicas patrióticas del viejo mambí y a su conservadurismo intransigente aquel tema le molestaba. Así premió, con una ingratitud más, la patria cubana a quien había vivido siempre sacrificándolo todo por ella.
Con la vejez y los desengaños aumentaron los achaques. La arterioesclerosis comenzó a minarle la poca salud que le quedaba. El 31 de julio de 1915 fallece su buena esposa. Le quedan los hijos.
En marzo de 1919 se acoge a la jubilación como comandante del Ejército libertador. Su hija Angela agoniza. Se refugia finalmente en Guanabacoa. Le atiende el médico José Luis Darder. Allí vivirá sus últimos días. A las once de la mañana del 16 de abril de 1923 falleció en la casa Delicias 68. Está enterrado en el Cementerio de Colón.
Pocas semanas más tarde el Ayuntamiento de La Esperanza, su pueblo natal, a propuesta del concejal José García tomó el acuerdo de cambiarle el nombre al tramo de la calle Máximo Gómez que va desde la calle Antonio Maceo hasta la vía férrea, por el de Gerardo Castellanos, “como respeto y consideración a patricio hijo de este pueblo”.







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