La temporada de huracanes de 2026 en Florida inicia el 1 de junio y termina el 30 de noviembre. Está enmarcada dentro de la fase oficial de huracanes del Atlántico, que es la que rige para este estado y para gran parte de la costa este de Estados Unidos.
El Centro Nacional de Huracanes (NHC) ha dado a conocer los nombres de las tormentas que tratarán de “atormentarnos”: Arthur, Bertha, Cristóbal, Dolly, Edouard, Fay, Gonzalo, Hanna, Isaías, Josephine, Kyle, Leah, Marco, Nana, Omar, Paulette, René, Sally, Teddy, Vicky, Wilfred.
Antiguamente los huracanes se identificaban por la fecha en que se producían; pero a finales del siglo XIX el meteorólogo australiano Clement Wragge utilizó por primera vez un nombre para identificar a determinado huracán, precisamente de mujer, algo que fue de pronto imitado. Desde el año 1979, se usan en orden alfabético nombres, tanto de hombres como de mujeres, con excepción de los que empiezan con las letras Q, U, X y Z, ya que con esas iniciales son pocos los nombres que existen. Un hecho curioso es que los nombres de los huracanes que se han desarrollado con fuerza destructiva causadores de inmensos daños materiales y económicos y con pérdidas de vidas, se retiran por un período de diez años antes de volver a ser usados. En los últimos años se han retirado, por orden alfabético, los nombres de Agnes, Andrew, Camille, Connie, Flora, Hugo, Ike, Katrina, Mitch y Wilma.
Uno de mis nietos me preguntó cómo se forma un huracán, curiosidad propia de avispados muchachos. Mi respuesta puede ser de interés para todos: “para que se forme un huracán debe existir una gran masa de aire cálido y húmedo. Normalmente el aire tropical tiene estas características. Este aire cálido y húmedo lo utiliza el huracán como combustible. El aire va ascendiendo desde la superficie de los océanos dejando la zona más baja con menos cantidad de aire. Eso genera una zona de baja presión atmosférica. Cuando el aire sigue girando de manera continua, se va formando en el centro un espacio llamado el ojo del huracán, alrededor del cual los vientos van ganando fuerza y movimiento hasta que se convierten en tormentas que alcanzan determinada categoría”.
Probablemente hayamos oído mencionar a huracanes de categoría 5 en los que la velocidad de los vientos alcanza los 250 kilómetros por hora, con marejadas que elevan los niveles del mar entre 4 y 5 metros, creando fatales inundaciones. Debido a que se pueden seguir las huellas de un huracán desde que se inicia hasta que nos invade, las emisoras de radio y televisión pueden advertirnos de los riesgos que corremos de tal manera que dispongamos de un plazo para protegernos. Las autoridades de gobierno ejercerán su potestad para decidir los pasos que debamos tomar para enfrentarnos a las tormentas que seriamente nos amenacen.
Los huracanes han sido considerados como las tormentas más fuertes y violentas de todo el planeta. Para identificar al más serio fenómeno atmosférico que existe, hay distintos nombres, como tifones o ciclones, dependiendo del lugar donde se produzcan. Sólo los ciclones tropicales que se forman sobre el océano Atlántico y el Pacífico central se llaman huracanes, utilizando el nombre original del dios de los mayas en el Caribe. En el medio oeste norteamericano se le llama Tromba Marina, en Filipinas Baguíos, en el Océano Índico, Tifón Tropical y en Australia tienen el simpático nombre de Willy-Willies.
En cualquier enciclopedia podemos hallar la lista de los diez huracanes más devastadores que han desolado diferentes zonas del mundo. El ciclón Bhola, en el año 1970 afectó el actual territorio de Bangladesh, causando la muerte de más de 500,000 personas, y citamos este solo ejemplo. Los huracanes más destructivos que en los últimos años hemos sufrido en Estados Unidos son Katrina, Mitch, Hugo, Andrews, Gustav, Ike, Wilma, Rita y Earl. Naturalmente, no todos los que lean esta lista pueden estar ciento por ciento de acuerdo con la misma, dada la reciente variedad de la misma.
Una actitud propia de nuestra raza es la de dejar las cosas para la última hora, algo que es muy riesgoso en estos seis meses del año. Es aconsejable que nos preparemos para enfrentar un huracán. Si nos toma desprevenidos vamos a tener que pagar serias consecuencias. El Condado Miami-Dade prepara anualmente un folleto informativo que nos ilustra acerca de cómo debemos prepararnos ante un huracán. Se mencionan los centros de refugio, las rutas de escape, los recursos de emergencia y se ofrecen consejos para que traslademos a nuestros ancianos enfermos a los hospitales y se indican sitios a los que podemos acudir con niños pequeños.
Hemos sido testigos de la acumulación de personas, que ante la inmediatez de un huracán invaden los centros comerciales tratando de comprar los necesarios recursos para enfrentarse al rudo paso de una tormenta. Recordamos que en medio de las tormentas suele afectarse, a veces por semanas, el acceso al servicio de electricidad. Debemos equiparnos con linternas y lámparas que funcionan con pilas y con alimentos enlatados que no necesitan fuego para cocinarse. Es bueno cerciorarse de que tenemos la apropiada cantidad de medicamentos que nos son indispensables. Lo que nunca debe hacerse es depender de velas para iluminarnos, ya que las mismas son medios muy comunes para producir peligrosos incendios que destruyen vidas y propiedades.
No queremos dar la impresión de que somos propensos a declarar insuperable una crisis. Nuestro propósito es advertir sobre las desastrosas consecuencias de una tormenta para enfrentarnos a la cual no nos hemos preparado. Hace muchos años, cuando era un pastor parroquial, repartía durante los servicios religiosos en mi iglesia los folletos que conseguía previa solicitud en los que los lectores hallaban respuesta a todas las preguntas, y se preparaban para vencer los inconvenientes propios de una tormenta tropical.
En el libro bíblico de Proverbios hallamos estas sabias palabras de Dios: “cuando el miedo les sobrevenga como una tormenta y la desgracia los arrastre como un torbellino entonces me llamarán, pero no les responderé”. No es que Dios nos niegue su ayuda, sino que con anterioridad a la tormenta nos ofreció amparo y protección, y no le hicimos caso, siendo así que se hizo demasiado tarde para que Él detenga un mal que amenaza a todos.
Naturalmente, prepararse espiritualmente para lidiar con una tormenta, diluye nuestros temores y fortalece nuestra sensación de seguridad. Me gusta, por apropiado y oportuno, el cántico del salmista: “el Señor está conmigo y no tengo miedo. Es mejor refugiarse en el Señor que confiar en el hombre. Es mejor refugiarse en el Señor que fiarse de los poderosos”.
Insistimos: preparémonos para enfrentarnos a un huracán. Recordemos el viejo refrán: ”es mejor prevenir que lamentar”.






0 comentarios