Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
El hogar de Testar, opositor manifiesto al general Batista, durante los siete años que duró el régimen, en numerosas oportunidades, resultó allanado y él detenido. Era sabido que en una ocasión, si no llega a ser por la intervención de un oficial amigo, hombres del SIM lo hubiesen colgado de uno de los árboles que existían en la carretera al acueducto. Exactamente donde en la actualidad se levantan las instalaciones militares del Ejército del Centro.
Sin embargo, a pesar de los atropellos sufridos, como siempre había sido un demócrata respetuoso de las leyes republicanas, la población acogió con entusiasmo su designación para dirigir los Tribunales Revolucionarios. Se esperaba que administrara justicia con la honestidad e imparcialidad que, de opositor, no se cansó de reclamar para todos.
Yo, desde muy pequeño, le conocía. A pocas cuadras de mi casa vivía una hermosa señora, costurera de profesión, que desde jovencita había sido su novia. No obstante, él se casó y formó familia con otra persona. Contaban mis abuelos que la buena de Esperanza, mucho menor que él, sufrió en silencio el abandono. Y aunque no le faltaron pretendientes no volvió a comprometerse. Ella, huérfana de padre y madre, volcó todo su afecto en cuidar a Sergio, hermano único y retardado mental, de trato fácil e infantil.
Con el paso de los años Esperanza y Alfredo Testar reanudaron su relación. Esta vez como amantes. Ella, de por vida, le guardó fidelidad.
Todas las tardes, Alfredo Testar, desde los tiempos del gobierno de Carlos Prío, al salir del juzgado pasaba por la acera de mi casa rumbo a la cercana vivienda de Esperanza. Bien a la ida o al regreso, se detenía en el amplio portal de casa para conversar con abuelo. A esas horas, previas a la comida, mi hermano y yo jugábamos en el portal o en la acera, donde nos entreteníamos con cualquier cosa.
Recuerdo que era un hombre grande de vientre algo prominente y voz atronadora que vestía pantalones oscuros y guayaberas gastadas.
Ya instalado, con la bendición del Che Guevara, como autoridad suprema de los tribunales revolucionarios de la provincia, su postura cambió por completo. El hombre afable y servicial se convirtió en un jacobino implacable. Los juicios en contra de militares y funcionarios del gobierno depuesto, comenzaban, diariamente, sobre la una de la tarde y, a veces, se extendían hasta el anochecer. La emisora radial local CMHW, transmitía, en vivo, a la población el desarrollo de los procesos y en el parque Leoncio Vidal se instalaron bocinas para que hasta los ociosos que pasaban tiempo en los asientos, quisieran o no, tuvieran que escuchar imputaciones, descargos, y lamentos.
Alfredo Testar se hizo famoso por preguntar, con voz tronante, a muchos procesados tan pronto bajo férrea custodia, comparecían en corte.
— ¿Cómo te llamabas…?
—Me llamo fulano o mengano.
Y prescindiendo de la declaración del encartado, testigos y abogado, si es que el reo los tenía afirmaba.
—No, te llamabas porque tú no verás el sol de mañana.







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