Hoy simplemente les cuento lo que pasó a mi alrededor después del descalabro de la invasión.
Paralelamente a la batalla de Bahía de Cochinos, los esbirros fidelistas realizaron redadas masivas, detenciones a gran escala en todo el país, excarcelando a toda persona sospechosa de oponerse al régimen ya opresor.
Fueron apresados miles y miles de compatriotas, hacinados como ganado en todas las cárceles, establos, estadios de béisbol, la Ciudad Deportiva, y hasta en el Teatro Blanquita.
Bajo la amenaza de que todo centro de detenciones estaba dinamitado para hacerlos estallar ante el más leve revés castrista. Un verdadero genocidio.
En Güines (y supongo en toda Cuba) de madrugada se sintieron disparos lanzados al aire y gritos de “¡Viva Fidel y Viva la Revolución!” Eso me dio mala espina porque hasta ese instante los miembros de los Comités lucían a la expectativa y amedrentados.
Esa noche sentí una gran pesadumbre y una abrumadora desilusión. Desde luego, ese desengaño no me llevó, como a muchos arrastrapanzas, a traicionar mi sincero anticastrismo.
Si haber perdido esa oportunidad de ser libres era frustrante, peor era observar la actitud asumida por una enorme cantidad de descarados oportunistas.
Y tristemente noté que determinadas personas con las cuales siempre compartía mis críticas contra la recién instalada dictadura en ese instante -al intentar saludarlos- me daban “de lado” y esquivaban responder a mi saludo. Hasta evitaban mirarme a los ojos. Habían claudicado ante esta derrota.
Los ingresos en las milicias rompieron récords, mientras tanto miles y miles de compatriotas comenzaron a iniciar los trámites para abandonar a Cuba.
Fidel Castro nos dio la razón a quienes considerábamos que la revolución era comunista y no “tan verde como las palmas” como sostenían los apapipios.
Rugió la bestia: “¡Somos marxistas-leninistas y lo seremos hasta los últimos días de nuestras vidas!”… Y todas las heces fecales de la nación respondió: “¡Si Fidel es comunista que me pongan en la lista!” Todavía me da vergüenza ajena recordarlo.
Que quede claro, ni por un sólo segundo puse en dudas ni le he imputado a los brigadistas la derrota, toda la culpa recae en John F. Kennedy y sus estúpidos asesores por la gran traición, la falta de apoyo aéreo, y por los subsiguientes 66 años de tiranía castrista y por el eterno sufrimiento del pueblo cubano que los brigadistas intentaron evitar.
Gracias a Dios mi padre recobró su acostumbrado optimismo y me dijo: “Solo se ha perdido una gran batalla, pero no se ha perdido la guerra”… Y todavía hoy yo sigo pensando eso.
Y al unísono eternamente le agradezco a Felipe Rivero Díaz, y a varios patriotas más quienes con sus palabras lograron levantarnos la moral al ser presentados ante las Cámaras de televisión.







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