Muchos afirman que la responsabilidad recae en el Partido Republicano y su insistencia en ideas y costumbres de vida y conducta que ya están fuera de época y que ignoran la realidad de nuestros tiempos. Los otros, en cambio, sostienen que la culpa es del Partido Demócrata, la infiltración de comunistas y ultraliberales en las universidades y su nociva enseñanza, la que ha sembrado dogmas extremos en las nuevas generaciones, ignorando los principios tradicionales en los que fue fundada nuestra gran nación norteamericana. Igualmente, achacan la gravedad del problema a la entrada ilegal de miles de personas indocumentadas entre las que hay —como en toda emigración desordenada—, ingenuas y buenas personas, y maliciosos y perversos sujetos.
“¡Por la frontera ha entrado de todo!” —me dijo en una ocasión el sobrino de un amigo que reside cerca de Nuevo Laredo.
Unos afirman que los conservadores del Partido Republicano solamente gobiernan para los ricos, y que su conducta política desatiende por completo las necesidades de las clases más desposeídas del país. Los otros, en cambio, afirman que los liberales y progresistas del Partido Demócrata sólo practican la demagogia cuando intentan disfrazarse como los protectores de los pobres (siendo muchos de ellos, multimillonarios de dudoso enriquecimiento), creando programas sociales costosos e inútiles, muchas veces generadores de fugas de capital cuestionables, y que en gran medida inducen a la vagancia y la mediocridad en lugar de estimular al trabajo y el esfuerzo honesto; a más de numerosos programas de asistencia a países que no se lo merecen, que nos ignoran o nos reprueban, y que malversan la ayuda recibida. (¡Recuerden que es nuestro dinero!)
También señalan como elementos nocivos a los “agitadores profesionales” que siempre están listos para infiltrar las protestas pacíficas y son muy bien pagados por personajes poderosos y oscuros.
Unos insisten en que el gobierno debe regular más a la industria privada y mucho menos a la conducta de personas o familias cualesquiera que sean sus hábitos de vida, por ofensivos o extravagantes que le parezcan a los demás en la sociedad.
Los otros, en cambio, sostienen que menos gobierno y limitadas regulaciones promueven la iniciativa privada y generan empleos; y que, por otra parte, hay principios de respeto y dignidad social que no pueden ser pisoteados públicamente exhibiendo conductas que deben limitarse al interior de sus hogares o sus vidas privadas, ya se trate de civiles comunes, artistas, celebridades, ricos excéntricos o simples amorales. Esto nada tiene que ver con discriminación, afirman, pero sí mucho con el respeto a los demás.
La lista de discrepancias es interminable… Los ultraliberales y progresistas pretenden vivir una existencia completamente distinta, con principios y conceptos opuestos diametralmente a los otros.
Y los otros, en cambio, se aferran más a sus principios tradicionales y consideran un pésimo ejemplo el proceder social y político de los liberales extremistas, acusándoles de olvidar los sagrados preceptos sobre los que se cimentó nuestro país, el más próspero y poderoso del mundo.
Felipe Lorenzo
Hialeah, Fl.







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