NACIÓN Y BANDERA

Written by Libre Online

12 de mayo de 2026

Por OCTAVIO R. COSTA (1950)

La Isla estaba sola. Y era feliz en su soledad antillana. Cristóbal Colón, Sebastián de Ocampo y Diego Velázquez la insertan en la órbita del mundo europeo, y esta inserción arrebató a Cuba su independencia y marcó el inicio de una secular servidumbre política. Primero simple lugar de tránsito. Después factoría y más tarde colonia. Y la colonia no es más que una mera sucursal de la metrópoli, que pretende extraer de ella las mayores ventajas y a la que gobierna a través de Capitanes Generales provistos de facultades omnímodas. 

Sobre Cuba gravita un despotismo total que arruina en el orden político y la estrangula en su economía. Pero sobre su geografía, en alarde de historia, no se dibuja ninguna rebeldía hasta que se consuma en 1723 la de los vegueros. Es un gesto de los españoles de ultramar contra una medida metropolitana. El hecho ocurre en el mismo año en que se establece en la isla la primera imprenta. Un lustro después vuelve a ocurrir un fecundo suceso, marcador de un genuino adelantamiento: se funda la Real y Pontificia Universidad de La Habana.

Pero el suceso que provoca un vuelco total en el destino insular ocurre en 1762, y es la ocupación de La Habana por los ingleses. El puerto habanero se abre al comercio internacional. Ochocientos barcos penetran en sus aguas durante un año y Cuba se pone en contacto con otros pueblos. Cuando España recupera el territorio conquistado por Inglaterra, comprende que es menester revisar su actitud con respecto a la colonia y calibrar la extraordinaria importancia de la Isla, inicuamente explotada, con desconocimiento de todo derecho, hasta el instante de la pérdida de la posición más importante de su territorio.

 Con el Conde de Ricla se inicia una nueva etapa colonial, caracterizada por la preocupación de lograr el adelantamiento material del país y la ilustración y ventura de sus habitantes, en consonancia con la política estrenada por Carlos III en España. Estos nuevos procedimientos tienen su culminación en don Luis de las Casas, genuino hombre de Estado, que en Cuba alcanzó jerarquía de auténtico civilizador por las numerosas medidas adoptadas con el propósito de fomentar la riqueza, de adelantar la cultura y de mejorar y ennoblecer las formas de la vida colectiva. 

Y, entre todas, acaso las dos que más influencia tendrían en el futuro del país son la fundación del Papel Periódico y la organización de La Sociedad Económica de Amigos del País, vehículo el primero de ideas nuevas e instrumento la segunda de las iniciativas más progresistas.

Bajo el gobierno de Las Casas Cuba se sentía netamente española, aunque el eminente gobernante, en la alocución que dirige a los habitantes del país al asumir el cargo, se refiere a una patria que parece ser la que se asienta en la Isla y no la que se levanta en la península. Pero es junto a Las Casas cuando, por vez primera se levanta una voz cubana para reclamar hondas y trascendentes reformas en el régimen que pauta la vida cubana. Francisco Arango y Parreño se siente súbdito español, pero exhibe su inconformidad con España y trabaja con ardoroso amor por la ascensión del destino cubano, aunque para ello incurra en errores tan graves como el fomento de la trata negrera.

La distinción entre criollos y españoles se hacía cada vez más evidente. Aquella identidad entre nativos peninsulares que se exhibió en La Habana cuando emergió del horizonte la flota inglesa era mera cosa histórica. Y la distinción se hizo hostilidad bajo el signo de los sucesos que habían producido honda alteración en el destino español. Pero, conjuntamente con los hechos meramente políticos hay que señalar la presencia de otros que venían ya alternando el ámbito espiritual de la Isla, alentando ideas inusitadas e inéditas y contribuyendo, en definitiva, a la formación de una nueva conciencia, que crecía altiva al lado de la conciencia hispana. La obra de Luis de Las Casas empezó a fructificar. 

El Obispo Espada desarrollaba, a pesar de su lealtad a la iglesia y a España, una tarea eminentemente revolucionaria en todos los sentidos pero principalmente, en el campo de la educación. Desde 1795, el Presbítero José Agustín Caballero, profesor de Filosofía en el Seminario de San Carlos, lanza acerbas censuras contra las formas en que se desenvuelve la enseñanza. Se pronuncia en contra del escolasticismo aristotélico y se orienta, a través de San Agustín, hacia Descartes. Evade el imperio de Santo Tomás, que se mantiene incólume y se introduce por los predios de la ciencia experimental. Detrás de él, y para cumplir la obra, viene Félix Varela, que consuma desde su cátedra una verdadera revolución intelectual. 

A través de todo este movimiento de ideas, se produce en Cuba una cultura, un espíritu, una conciencia, que constituyen, en definitiva, un sentimiento de nación, una conciencia de nacionalidad, un ideal y una ilusión de autonomía nacional, de libertad colectiva. Dentro del paisaje antillano emerge una aspiración política que no cabe dentro del ámbito anacrónico y hostil de una colonia cercada por todas las limitaciones y hostigada por prohibiciones sin límite. El cubano empezó a sentir que no cabía dentro del régimen colonial.

No importa que el fenómeno se produjera en una élite mínima. Esa minoría representaba toda la colectividad. Por lo demás, el tiempo ampliaría las dimensiones de ese sentimiento de inconformidad hasta hacerlo cuajar en una rebeldía que evidenciaba la existencia en el país de la nación cubana, distinta a la nación española.

La Constitución de 1812, que reconoció a las provincias ultramarinas el derecho a enviar diputados a las Cortes abrió a Cuba una nueva posibilidad de ascenso político y sirvió para señalar una vez más la animadversión que crecía entre los cubanos, que recibieron con júbilo la vigencia de la magna ley en Cuba, y los españoles, que acogieron con hostilidad manifiesta a la medida. 

El fugaz bienio constitucional resultó infecundo en el orden de las realizaciones prácticas, pero como positivo saldo de aquel proceso quedó el Proyecto de creación de un Consejo Provincial de la Isla de Cuba, que redactó el Padre José Agustín Caballero y que en 1811, envió al diputado Andrés de Jáuregui para que lo presentase en las Cortes elaboradoras de la fundamental pragmática. La iniciativa del Presbítero cubano contenía profundas reformas descentralizadoras del régimen político de la Isla, el cual quedaba organizado sobre una base netamente autonómica.

En 1820 quedó restablecido en Cuba el régimen constitucional, por obra del movimiento de Riego y como consecuencia de esa restauración se organizó en Cuba, bajo los auspicios del Obispo Espada, la Cátedra de Constitución. Cátedra de la libertad y los derechos políticos la denominó el profesor que la explicó, y que fue Félix Varela, quien revolucionó la enseñanza de la Filosofía en el Seminario. 

La palabra inspirada y sabia del catedrático se escuchó por un amplio auditorio, que acudió a oír las lecciones, ávido de orientaciones ciudadanas. En la conciencia de los oyentes quedaron sembradas inestrenadas ideas, subversivos conceptos, atrevidos ideales. Varela, a través de sus prédicas cívicas, robustecía el sentimiento de nacionalidad de los cubanos. Aquella sensibilidad cívica que alumbró en Román de la Luz empezaba a madurar, a adquirir perfiles, a tener dimensiones, a cuajar en actitudes ciertas y rotundas. De las honduras de la Colonia surgía la nación.

Pero Varela fue electo diputado, y se fue a España a servir a Cuba con sus proyectos relativos a la abolición de la esclavitud y al establecimiento de la autonomía en su patria. Una vez más el destino se le vuelve torvo a la Colonia. El retorno de Fernando VII a la Península clausura la breve etapa constitucional y Varela, que votó por la incapacidad del Rey, parte hacia los Estados Unidos en la seguridad de que nada es posible esperar de la Metrópoli. El preclaro varón que con tanta austeridad sirve a la patria con sus convicciones reformistas y se afilia definitivamente al separatismo.

Cuba adelantaba en la realización de su destino nacional bajo influencias y circunstancias internacionales. México y Colombia estaban profundamente interesadas en el desarrollo de movimientos insurgentes en la Antilla Mayor. España seguía siendo para ellas un peligro y era menester hostigar a la antigua Metrópoli en una de sus principales posesiones. Consecuencia de esos designios fue la Conspiración de los Rayos y Soles de Bolívar, descubierta por el gobernador Dionisio Vives, que tenía una amplia ramificación en la Isla y en la que estuvo complicado el poeta José María Heredia.

 La empresa revolucionaria enderezaría a independentista a la colonia y a fundar la República de Cubanacán, se frustró, pero constituyó una prueba irrefutable de que detrás de la aparente paz insular vibraba una conciencia colectiva definitivamente enconada contra el régimen español y decidida a trabajar por el logro de la emancipación.

Los cubanos comprendían la importancia que tenía el interés de Colombia en el destino de la Antilla. Pero no bastaba con la acción de agentes colombianos fundadores de precarias conspiraciones. Era menester obtener el apoyo directo de Bolívar y decidirlo a intervenir en la isla infeliz en favor de su liberación. Gaspar Betancourt Cisneros tiene solo veinte años, pero ha nacido con vocación de patria, con fuego de Cuba en el corazón.

 El civismo era su oficio. Ha vivido muchos años en los Estados Unidos y el contraste que se exhibe entre su país y la nación del Norte es tan violento que sueña con redimir a su pueblo de cuantas servidumbres gravitan sobre él. Hacia La Guaira va con Francisco del Castillo, José R. Betancourt, José Agustín Arango, José Aniceto Iznaga y el argentino José Antonio Muralla a gestionar del Libertador su intervención en el problema cubano. Pero Bolívar está en Perú y los cubanos tienen que conformarse con hablar con Santander. De la entrevista saldrá con una desilusión amargándoles el espíritu.

En los avatares de Cuba ocurre que de cada desilusión surja un nuevo ensueño. Cuando una posibilidad se clausura surge de ella un nuevo horizonte alumbrado por una nueva esperanza. Quedó constituida en México una Junta Patriótica organizada por los revolucionarios que participaron en la Conspiración de Rayos y Soles de Bolívar. 

El Presbítero Guadalupe Victoria y el general Antonio López de Santa Anna acogieron los empeños cubanos y los fomentaron. Mas para la historia no quedó más realidad que las proclamas del militar azteca alentadas de fervor y transidas de los más generosos propósitos. Y de la presencia de Colombia en los afanes revolucionarios quedó la muerte de Francisco Agüero y de Manuel Andrés Sánchez, los mártires primeros de la independencia patria, la promesa de Bolívar de reunir en Panamá un congreso americano para considerar la situación de las Antillas. 

La Conspiración del Águila Negra alentada por cubanos y aztecas fue el último empeño insurrecto del primer tercio de siglo. Los criollos empezaron a comprender que la emancipación de la Isla estaba preñada de dificultades.

Pero la paz aparente escondía intensa ebullición de ideas. La conciencia cubana estaba en marcha. La aventura del pueblo cubano hacia la libertad estaba trazada ya. El siglo había dado a los hombres necesarios. En la centuria anterior habían nacido Félix Varela, José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero. En la decimonona nacieron José María Heredia, Gaspar Betancourt Cisneros. Ellos eran forjadores y alentadores del espíritu cubano, ellos eran los genuinos personeros de una nación en busca de su propio destino. Cuba iba en su propia conquista, hacia la reconquista de la libertad perdida cuando el hombre blanco penetró en su silencio virgen.

No había llegado el instante de la ruptura definitiva, pero estaban presentes los ciudadanos que crearían la voluntad, el coraje, la decisión. Varela anunció el separatismo puro. Saco demandó hondas y audaces reformas. Luz Caballero alumbró verdades, sembró ideas, afinó sentimientos, despertó conciencias.

 Heredia adivinó el porvenir de la patria como nación independiente, y porque, no en vano entre Cuba y España tiende inmenso sus olas el mar. El Lugareño, después del fracaso de sus gestiones con Bolívar buscó en la anexión con los Estados Unidos la solución del problema cubano. No importaron las discrepancias, porque el amasijo de ideales tan diversos se fue haciendo del destino de Cuba. No se conspiraba en el secreto sentados los conspiradores sobre cajas de proyectiles, pero se produjo entonces una permanente y fecunda conspiración de ideas.

José Antonio Saco llenó una época. Apenas ha tramontado los treinta años y es famoso por su sabiduría, por su poderoso talento, por su viva inteligencia, por sus inauditas aptitudes polémicas. No es un tribuno. Es un esgrimista de la palabra. Su cerebro está hecho con sustancia de lógica. Su corazón es de fuego. Tiene la dignidad levantada en vertical por el interior del ser. Tiene a Cuba sembrada en lo mejor de su espíritu. Ramón de la Sagra pretendió lastimar el prestigio lírico de Heredia y Saco salió en defensa del poeta cubano. La disputa fue enconada y violenta.

En torno a los dos contendientes se reunieron los partidarios, una vez más quedó evidenciado que la población insular estaba escindida en dos porciones diferenciadas e irreconciliables. Los españoles junto al español. Los cubanos junto al cubano. Cuba era una patria. La patria se sentía nación. Era nación porque tenía los elementos físicos necesarios y porque en su territorio se levantaba un alma hecha con tradiciones, con creencias, con ideales, con dolores y con historia íntegramente suyos. 

Cuba tenía ya su cultura cubana. De esa realidad surgió la iniciativa de constituir la Academia Cubana de Literatura como una entidad aparte de la Sociedad Patriótica. El empeño prosperó, pero contra él se irguió Juan Bernardo O’Gaban, en representación del espíritu español, de los intereses de la Metrópoli, de todo lo que España representaba en Cuba. 

Se agredió a la Academia y, herido en su noble y gallarda cubanía, se lanzó en defensa de una identidad que surgía como un símbolo de la nación. Era Cuba sublevada contra España. Era España oprimiendo a Cuba. El nuevo destino americano aspirando a librarse de la férrea coyunda europea. Del choque de las dos conciencias salía airoso un ideal de nación, una ilusión de libertad, una decisión revolucionaria…

Entonces fue cuando entró Tacón en la órbita de Cuba. Y del que venía de América del Sur, resentido por la derrota de las huestes realistas y la emancipación del mundo de Bolívar, procedió el destierro de Saco. Con la expulsión del gallardo bayamés, la Isla comprendió que el nuevo gobernante venía a recrudecer el despotismo, a pretender aniquilar las conciencias, a eliminar todo intento renovador y ahogar todo aliento de libertad. España a través de Tacón vertía sobre la Isla infeliz toda la hiel de su desastre continental.

Siempre, en medio de la tormenta surge el claro de una ilusión. Tres veces consecutivas es electo Saco diputado a Cortes a pesar de las gestiones que realizan las autoridades de la Isla para evitar esa exaltación política del desterrado. Pero todo fue inútil. Siempre el destino puso frente a las aspiraciones criollas la fatalidad de un hecho inevitable. La tarea concluyó en definitiva con la expulsión de los diputados de Ultramar. Se va Saco de España, pero antes escribe y dejó en Madrid su famoso Paralelo entre la Isla de Cuba y algunas colonias inglesas. El Paralelo es la exhibición de un violento contraste. Con el contraste deja formulada su denuncia.

Crece la conciencia cubana, pero los cubanos están desorientados. La sociedad está hondamente dividida. El despotismo se robustece. Siguen las facultades omnímodas. Las esperanzas de reforma quedan ahogadas. El separatismo es un sentimiento que no cuaja en acción. En su contra está la tara de la esclavitud. No es posible promover un movimiento insurreccional de hondo calado con una población negra superior a la blanca. 

El recuerdo de Haití pesa demasiado sobre las precauciones de la aristocracia cubana. La burguesía criolla persiste en los ideales emancipadores, pero no tiene fuerzas suficientes. En medio de este conflicto suena la voz admonitoria de Varela que prosigue en su destierro del Norte. En medio de La Habana sembrada de menguas se levanta la palabra apostólica de Luz Caballero. Parece ser un hombre inofensivo. Es un maestro que enseña. Pero es un forjador de conciencias, un sembrador de ideales. Es un fundador: el fundador silencioso como lo llamó Martí. Saco sigue en tierras de Europa, con Cuba en el corazón, pero con la tristeza inmensa de la inutilidad de sus empeños.

El destino parece cerrado a toda posibilidad de ascenso cubano. Gaspar Betancourt Cisneros y otros cubanos no ven más posibilidades que la anexión. Es la única manera de salir de España. Para muchos, el anexionismo es el logro de libertades y venturas que no pueden venir de Europa, pero para otros es la manera de garantizar la permanencia de la trata y de la esclavitud. Intenciones diversas cuajan en un solo propósito. Y Cuba torna a verse envuelta en una complicadísima red de intereses internacionales.

Gaspar Betancourt Cisneros se dirige a Saco que está en París en demanda de su cooperación para el movimiento anexionista. Le ofrece diez mil pesos para la dirección de un periódico. Quedan El Lugareño, José Luis Alfonso y sus amigos con la esperanza de que el desterrado les dé una respuesta positiva. Tienen el antecedente del Paralelo y de muchas cartas de Saco, documentos en los que el bayamés parece no oponerse a la inserción de Cuba en la federación norteamericana. La desilusión es total. Saco se niega. Sus argumentos son contundentes. Su lógica es incontrovertible.

 Analiza los fundamentos de la tesis anexionista para destruirla. Examina todas las posibilidades. Ninguna queda enhiesta. Pero la razón más poderosa que esgrime Saco para oponerse a los propósitos de El Lugareño y sus seguidores consiste en que la anexión es un hecho negativo que destruiría la nacionalidad cubana. Para el eminente estadista Cuba es ya una nación con perfiles definidos. Meterla dentro de la órbita estadounidense es aniquilar sus valores espirituales. Él quería una Cuba cubana. Él aspiraba que Cuba fuera para los cubanos y no para una raza extranjera. Y sabía que Cuba, su adorada Cuba, sería Cuba algún día.

Los anexionistas defienden su tesis. Creen que Saco defiende una creación de fantasía, porque en Cuba no hay nación, y para demostrarlo le aplican a la isla el cartabón de una definición libresca forzada maliciosamente. Pero es inútil polemizar con Saco, porque sus armas son poderosas y porque además, en este caso, le asiste la razón. No importa que la Nación hablara sólo por una minoría de hombres. En aquel entonces, los pueblos no hablaban a través de sus multitudes. En Saco estaba presente Cuba. Si Cuba no era entonces nación no hubiera producido hombres de la jerarquía de Varela, de Saco, de Luz. Hombres así solo nacen dentro de un ambiente de nación.

El ataque de Saco era suficiente para demoler el empeño anexionista, que no encontró tampoco las acogidas y alientos que soñó. Y de su fracaso resurgió el ideal separatista. Siempre la ilusión cubana enarbolada sobre el desastre. Ahora se hizo carne y espíritu en Narciso López, y se organizó la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana. Nada importó el desastre y la dispersión de los conspiradores.

El caudillo era terco y desde tierras de los Estados Unidos comienza a soñar con Cuba y acuna en lo mejor de su espíritu la ilusión de venir a la Isla en expedición guerrera para liberarla. Aquello era un ensueño, y del ensueño surgió una bandera de una belleza conmovedora. La concibió el paladín. La dibujó sobre el papel un poeta. Y una mujer la transmutó en tela. Con ella se confeccionaba un símbolo. En el símbolo estaba el espíritu, el ideal y la angustia de un país sumido en una servidumbre secular.

Cuando Narciso López desembarca en Cárdenas el 19 de mayo de 1850 consumó un hecho insólito. Llegó a tierras cubanas en son de guerra. Venían con él soldados, provistos de armas para hacer frente a las fuerzas españolas. Pero con él traía también un documento precioso. Era la Constitución provisional que había redactado para Cuba. En su preámbulo anunciaba que venía a Cuba a dirigir una revolución para morir en ella o para liberar a la Isla de la dominación española. Y en su artículo primero declaró que cesaba y quedaba anulada la autoridad de España sobre la Isla, que quedaba constituida en república libre e independiente.

Con el desembarco de Narciso López, representativos del ideal separatista se apoderaron por vez primera de una población cubana. Los promotores de la independencia y los defensores de la dominación hispánica pelearon. Hubo heridos y muertos. Sangre cubana manchó tierra cubana, ofrecida en holocausto a la libertad. Estaban presentes los seguidores de Agüero y Sánchez, demasiado solitarios en sus tumbas de mártires. Y sobre las cabezas de los libertadores y sobre los pliegos de la Constitución tremoló la bandera concebida en las tierras del Norte. Lució en los aires como un símbolo. Era Cuba hecha colores. 

Cuando las balas españolas atravesaron su tela intacta, era como si la propia tierra cubana fuese agujereada, como si la carne cubana fuese herida. Cuando la bandera abandonó las playas de Cárdenas y se perdió en el azul del mar, el destino de Cuba quedó plegado en espera de una nueva ilusión. 

La bandera era Cuba, era la patria, era la nación. Surgió como un símbolo porque ya existía una realidad histórica incontrovertible, un hecho innegable: la nación. 

La nación que hablaba a través de las voces de Varela, de Saco, de Luz Caballero, de Gaspar Betancourt, de Miguel Teurbe Tolón, de Juan Miguel Macías, de Cirilo Villaverde, de Narciso López, de Emilia Casanova.

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