Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
CAPÍTULO I
Bartolo piensa igual, pero por respeto al padre guarda silencio. Sin embargo, cambia de parecer cuando María Eulalia palmotea, salta en su sitio y exclama mirando el balanceo de los papalotes.
—¡Libres, libres como pájaros!
—¿Quién es el primero? —Cándido inquiere y muestra una pequeña navaja de bolsillo.
Bartolo se adelanta, la toma y busca la mirada de María Eulalia. De un golpe de filo corta la pita. El papalote se estremece, la cola bailotea en el aire y se aleja, precedido por voces de aprobación, en busca del horizonte que declina.
—Dimas, es tu turno —Cándido le ofrece la navaja.
El joven titubea. Las miradas convergen en él y María Eulalia, repentinamente seria, lo enfrenta.
—¡Córtala ya…!
Dimas, resentido, la contempla.
—¡Cállate… chiquilla tonta!
—¿Qué has dicho…? —el padre, iracundo, se adelanta. —¡No ves que es una hembrita…! —Dimas no responde, pero tampoco da muestras de ceder.
—¡Termina…!—el tono es perentorio.
—Si lo prefiere que se quede con el papalote. La libertad no se impone— media Cándido.
—¡Atiéndeme…! —El joven no responde y empecinado, mira al suelo. Exasperado, el padre se hace de la navaja.
—¡Carajo, esto se acaba así…! —y pica la cabuya.
Los labios de Dimas se contraen y aprieta el carrete inútil hasta que la presión blanquea los nudillos de la mano derecha. Esta vez no hay voces entusiastas. Un silencio incómodo recorre el Plan de Cardoso.
—No pensé que las cosas sucedieran de esta forma. Concebí la idea para…
El airado padre de Dimas interrumpe a Cándido y desfoga la ira.
—¡Tú y tus ideas extrañas! Las cosas las empiezas bien, pero en el barrio sabemos que la mayoría de las veces terminas cagándolas. ¡Muy lindo lo de los papalotes!, pero al final tuviste que joderlo todo con esa puñetera ocurrencia, de última hora, de echarlos a bolina. Porque te has leído cuatro libros de basura, piensas que lo sabes todo y quieres imponer tu voluntad. No te das cuenta que Dimas y quizás hasta tu hijo querían los papalotes. Estuve de acuerdo con la propuesta que los empinaran juntos, eso fue bueno. Pero desperdiciar dos papalotes tan bonitos, mandándolos a bolina, fue un capricho tuyo. Y que conste, regañé a Dimas, y yo mismo corté la pita, porque no permito que mi hijo le falte el respeto a una persona mayor.
¡Dimas, sígueme!
—¡Caramba! Esa no fue mi intención —Cándido profiere contrito.
Los asistentes, comentando el final controversial, se dispersan. Bartolo, Leonardo y María Eulalia permanecen cerca de Cándido. La niña, segura de sí, reflexiona.
—Lo más bonito fue ver cómo los papalotes volaban hasta perderse. Si después de cada pelea mi papá dejara ir a los gallos que quedaran vivos, las cosas no serían tan feas. Pero mientras más peleas gana un gallo, más tiene que pelear, hasta quedar tuerto o muerto.
—Deja esa letanía y no seas mal agradecida. Gracias a los gallos finos comemos y vestimos —Leonardo reprende a la hermana. —¡Miren que a esta chiquilla se le meten ideas raras en la cabeza!
Cándido sonríe. Paternal, acaricia el cabello de María Eulalia. La mira de pies a cabeza y en tono bajo inquiere.
—¿En qué grado estás?
—En quinto.
—Tengo libros interesantes. Si te agrada leer pídele permiso a tus padres y ve por casa. Yo te los prestaría. — Luego, alzando la voz, invita. —Vamos a casa para que Amelia nos haga una limonada fría.






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