Sin “pelos en la lengua”, el aclamado periodista nicaragüense Sergio Ramírez calificó al gobierno del exguerrillero Daniel Ortega y de su esposa, Rosario Murillo, como “una dictadura familiar que oprime y avasalla a su patria”.
El escritor, periodista y abogado nicaragüense, exiliado —como Svetlana Alexiévich, aunque en su caso en Madrid—, recordó su situación de “destierro” forzado “por la nueva dictadura familiar que oprime” a Nicaragua.
Alejado de su país, del que fue vicepresidente entre 1985 y 1990, el Premio Cervantes de Literatura 2017 fue distinguido por un jurado que destacó su capacidad para convertirse en “una brújula moral” para quienes anhelan la libertad en América Latina.
Ramírez ha asumido ese papel al enaltecer el “periodismo clandestino que desafía al poder absoluto y se impone sobre el silencio y el miedo, para cumplir con el deber crítico de informar”, un mensaje que, según indicó, puede extenderse a otros países con democracias secuestradas.
El autor, quien reside en España, afirmó en conversación telefónica con el periodista que ha sido muy duro vivir el destierro impuesto por “un régimen inhumano que acosa y ultraja a un pueblo indefenso”.
Ramírez fue despojado de la nacionalidad nicaragüense por el gobierno de Daniel Ortega. Actualmente reside en España y colabora con el diario El País desde hace más de 30 años.
A lo largo de su trayectoria, ha vinculado su labor periodística y literaria con la defensa de la democracia y los derechos humanos, especialmente en su Nicaragua natal, de la que se vio obligado a exiliarse.
Asimismo, aseguró que “en Nicaragua hay una tiranía enemiga de la palabra y del periodismo”.
Ramírez condenó el destierro del periodismo independiente y dedicó el Premio Ortega y Gasset 2026 a los periodistas nicaragüenses que continúan desafiando al poder.
Indicó que este reconocimiento “ha sido ofrecido a todos los colegas que se han visto obligados a ejercer el oficio desde fuera del país”.
El también Premio Cervantes lamentó que en Nicaragua “ya no exista el periodismo independiente” y destacó que, en ese contexto, emerge “un periodismo clandestino que desafía al poder absoluto y se impone sobre el silencio y el miedo para cumplir con el deber crítico de informar”.
El autor recordó que formó parte de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional, creada tras el triunfo de la Revolución Sandinista el 19 de julio de 1979, integrada por cinco miembros: tres del Frente Sandinista de Liberación Nacional —Daniel Ortega, quien fungía como coordinador; el propio Ramírez y Moisés Hassan— y dos empresarios, Alfonso Robelo y Violeta Barrios de Chamorro.
Asimismo, lamentó que el Tribunal de Apelaciones de la Circunscripción Managua lo haya sentenciado, junto con otras 93 personas —entre ellas Gioconda Belli y Luis Carrión—, calificándolos de “traidores a la patria”, inhabilitándolos para ejercer cargos públicos y ordenando la pérdida de su nacionalidad, debido a su oposición al gobierno y al Frente Sandinista de Liberación Nacional.
Recordó también que en 1990 fundó La Quincena, publicación que circuló en Managua durante una década. Actualmente es columnista de diversos medios internacionales, entre ellos El País (Madrid), La Jornada (México), El Nacional(Caracas), El Tiempo (Bogotá) y La Opinión (Los Ángeles), además de colaborar con La Prensa y la revista Magazine en Nicaragua. Dirige, asimismo, la revista cultural centroamericana digital Carátula.
Fue profesor en la Universidad de Maryland entre 1999 y 2000, y nuevamente en 2001. También recordó que, a finales de 2008, durante el segundo mandato de Daniel Ortega, el Instituto Nicaragüense de Cultura lo vetó como prologuista de una antología de Carlos Martínez Rivas que el diario El País planeaba publicar.
“Este veto —según Ramírez— provocó la solidaridad de escritores e intelectuales latinoamericanos, quienes firmaron un manifiesto de protesta ante un acto de censura oficial”.
“Ningún gobierno puede arrogarse la potestad de vetar o prohibir la palabra de un escritor, y un acto semejante no puede calificarse sino de totalitario”, afirmó.
El escritor también describió con tristeza el deterioro de la libertad de prensa en Nicaragua, al denunciar a una “tiranía enemiga de la palabra” que ha cercenado el derecho a la libre expresión y ha confiscado las instalaciones de decenas de medios de comunicación.
Frente a este silencio forzado, evocó una forma histórica de resistencia para describir el valor de la prensa actual como un “periodismo de las catacumbas”.
“En lugar de las iglesias que sirvieron de refugio en el pasado, los reporteros de hoy se resguardan en la tecnología para burlar la censura”, explicó.
“Es el periodismo de las catacumbas virtuales, apoyado por una red de corresponsales anónimos dentro del territorio nicaragüense que trabajan en secreto. Este periodismo clandestino se impone sobre el miedo para cumplir con el deber crítico de informar”, concluyó.








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