Libros en LIBRE. CUBA: LA REPÚBLICA QUE PERDIMOS

Written by José A. Albertini

12 de mayo de 2026

La libertad sin virtudes es el mayor castigo de la soberbia, que pronto se avergüenza y se arrepiente de sus errores.

Félix Varela.

Pedro Corzo, autor  de la reciente obra histórica Cuba: La república que perdimos, posee una amplia hoja de vida en la que se combinan la lucha frontal contra el castro comunismo, años de presidio y exilio, durante los cuales no ha cesado de perseverar por contribuir a la libertad de Cuba. En el presente desarrolla una amplia labor periodística y ensayística, que incluye medios de prensa como son periódicos, revistas, radio, televisión e internet. En  su ya  prolongado y batallador destierro ha escrito varios libros y realizado trece documentales sobre la temática cubana. Sin temor a errar, se puede afirmar que Pedro Corzo vive con el peso de la Isla querida y doliente sobre sus espaldas. Actualmente preside el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo.

Cuba: La república que perdimos parte de la época colonial. Enfoca los primeros movimientos separatistas y constituciones —en proyectos o en funciones— que se redactaron, así como las fricciones tempranas que surgieron entre nuestros libertadores y que hicieron malograr la Guerra Grande o de los Diez Años (1868-1878). Ejemplos funestos de aquella etapa los tenemos en la destitución inoportuna de Carlos Manuel de Céspedes, presidente de la República en Armas (1873) y en la sedición de Lagunas de Varona (Las Tunas, Oriente (1875).

Tampoco, la contienda final,  la que José Martí calificó de “justa y necesaria”  se vio libre de conflictos. Estos se iniciaron con la llamada “Reunión de la Mejorana” realizada, en el antiguo departamento de Oriente dentro de los predios de un central azucarero del mismo nombre, entre José Martí, Máximo, Gómez y Antonio Maceo, el 5 de mayo de 1895. 

Con la intervención norteamericana en la guerra independentista (1898), el colonialismo español finalizó en Cuba y se produjo la primera intervención norteamericana que concluyó el 20 de mayo de 1902, cuando el gobernador militar norteamericano Leonard Wood le entregó la presidencia de Cuba a don Tomás Estrada Palma, primer gobernante electo democráticamente que tuvo la República. Entonces entraron en vigor la Constitución de 1901 y la Enmienda Platt,   que le permitía a los Estados Unidos,  el poderoso vecino del norte, intervenir en la Isla, política o militarmente,  si  lo consideraba necesario. 

No obstante, en 1906, al enfrentar fuerte oposición en sus deseos, contrariando la Constitución, de reelegirse para un segundo mandato, Estrada Palma le solicitó al presidente norteamericano Theodore Roosevelt, invocando la Enmienda Platt, una segunda intervención. Roosevelt, en carta memorable trata de convencer al mandatario cubano para que desistiera de la idea: 

“Le suplico pues, que proceda de manera que aparezca que usted, al menos se ha sacrificado por su país y que cuando deje su cargo, deje a su país todavía libre. Entonces no sería usted responsable de los desastres que más tarde pudieran desgraciadamente acaecer en Cuba; y había usted llenado su misión como caballero y un patriota…”.

Estrada Palma, empecinado, insistió y se produjo la segunda intervención, cuya responsabilidad y culpa recaen enteramente sobre un mandatario cubano y cuyas consecuencias lastraron a la República incipiente.

De 1906 a 1909 sucedió la segunda intervención encabezada por Charles Edward Magoon. Sobre la gestión de Magoon se ha dicho que fue cuando realmente comenzó la corrupción y el despilfarro de los fondos públicos en la vida nacional. Sin embargo, el origen es atribuible, en buena medida, al error de soberbia en que incurrió don Tomás Estrada Palma. 

En 1909, es elegido el segundo presidente de Cuba el liberal José Miguel Gómez, reputado general de las guerras de independencia. José Miguel, realizó obras importantes, en todos los ámbitos. También durante su mandato la joven república expandió el servicio exterior y lanzó a la diplomacia isleña, a un importante plano continental, cuando en 1913 el embajador cubano en México, don Manuel Márquez Sterling, trató —aunque infructuosamente— de salvar la vida del presidente mexicano Francisco I. Maderero y su vicepresidente José María Pino. Por otro lado, la corrupción administrativa fue grande y ocurrió el lamentable y sangriento episodio de la llamada “Guerrita de los Negros”. A José Miguel Gómez se le atribuye la frase: “El tiburón se moja pero salpica”.

Luego,  ocupó la primera magistratura el también general de la gesta independentista  Mario García Menocal y Deop (1913-1921) al que por su dura personalidad apodaban “El Mayoral de Chaparra”. A pesar de tomar el gobierno en plena Primera Guerra Mundial, pudo desarrollar la agricultura y la ganadería; se creó el peso, nuestra moneda nacional, y se expandió la educación  y otros importantes renglones. De conflictos políticos —como la “Revolución de la Chambelona”—  y de acusaciones de nepotismo y corrupción  no estuvo exenta la administración menocalista.

En la presidencia le sucedió el liberal Dr. Alfredo Zayas (1921-1925) firme opositor a la Enmienda Platt, la cual por presiones norteamericanas tuvo que aceptar  para poder asumir la primera magistratura. El mandato de Zayas está considerado como el más corrupto de la época. Sin embargo, al subir los precios del azúcar el nivel de vida ciudadana  mejoró y se acometieron obras importantes en todos los renglones que sustentan  una nación, incluyendo la educación media y universitaria. Logro del mandato de Zayas fue que los Estados Unidos en 1925 le entregaron a Cuba la soberanía de Isla de Pinos. Durante su gestión no hubo limitaciones para la libertad de prensa.

Por cuestión de espacio, sucintamente me referiré al Gobierno progresista y constructor del general Gerardo Machado (1925-1933) en su primer periodo y a su  posterior reelección forzada y dictadura que concluyó con la preponderancia de los “Generales y Doctores” al frente de los destinos del país.

Pedro Corzo, en Cuba: La república que perdimos con estilo de redacción conciso, periodístico y ameno retrata la convulsa caída de Machado en agosto 1933. El surgimiento de nuevas figuras políticas en el ámbito nacional, el 4 de septiembre y la revolución de los sargentos que trajo como consecuencia la irrupción del sargento Batista en la política nacional. Su rápido ascenso a coronel y pronto a general. Sucesión fugaz de mandatarios, incluyendo la pentarquía y la derogación de la Enmienda Platt en 1934, durante el corto desempeño presidencial de Carlos Mendieta Montefur. Posteriormente,  Fulgencio Batista en 1940, con el apoyo total y activo de los comunistas del patio, logró convertirse en presidente constitucional de Cuba (1940-1944).

A Batista le sucedieron los gobiernos del Partido Auténtico del Dr. Ramón Grau San Martín (1944-1948) y el del  Dr. Carlos Prío Socarrás (1949-1952).  Ambas administraciones fomentaron obras de gran  beneficio nacional y popular. Elevaron  la educación, libertad de prensa y ciudadana, al tiempo que el poder  adquisitivo del pueblo se elevó. Empero, la corrupción política y administrativa creció, así como los frecuentes enfrentamientos armados entre grupos que, escudados en una fachada “revolucionaria”, se dedicaban a la extorsión económica y política.

El 10 de marzo de 1952, a  contados días de celebrarse elecciones presidenciales, el general Fulgencio Batista, secundado por un grupo de políticos y militares, traicionando la Constitución de 1940,  propinó un funesto e inoportuno golpe de estado, cuyas consecuencias derivaron en el castro-comunismo que en el presente atenaza a Cuba.

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