Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
El título es necesario para poder recordar cómo un forastero pudo hacer tanto bien en comparación con un nativo malparido en Birán, que destruyó todo lo que el foráneo construyó, para bien de extraños.
Milton Snavely Hershey nació el 13 de septiembre de 1857, en la ciudad de Derry Church en Pensilvania (renombrada Hershey en 1906). En 1826, había llegado allí su abuelo Isaac Hershey, un campesino de la Suiza alemana, con su mujer Ana. Isaac levantó una casa de piedra en Derry Church y engendró allí una dinastía estadounidense con su apellido, pero no estaba destinado a ser el hombre más importante de ella. Lo sería su nieto.
Su padre, Henry Hershey, y su madre, Verónica Fannie Snavely, pertenecían a la comunidad menonita (Los menonitas son una rama pacifista del movimiento anabaptista, originado en el siglo XVI en Suiza. Empezaron a estudiar la Biblia y no encontraron en ella justificación para una Iglesia del Estado, sino que los cristianos eran una comunidad de creyentes que libremente decidían seguir a Cristo y que daban público testimonio de su fe por medio del bautismo de adultos. Esto significaba declarar inválido el bautismo de niños).
Su única hermana, Serena, nació en 1862 y murió en 1867 con cinco años.
Su padre, Henry, era un hombre curioso al que le encantaba leer. Sin embargo, nunca tuvo éxito en la vida y, durante la infancia de Milton, su familia se mudó varias veces mientras intentaba administrar una granja de frutas, un vivero y otros negocios. Fannie, la madre de Milton, de carácter fuerte y sumamente ahorradora, se sentía frustrada y decepcionada por los fracasos de su marido. Como resultado, la pareja se distanció y Henry Hershey pasó largas temporadas fuera de casa, probando suerte en Nueva York e incluso en Colorado.
Debido a los frecuentes desplazamientos de su padre por trabajo, no tuvo demasiada formación escolar, pero su madre no parece haberle dado mucha importancia al aprendizaje. De hecho, como creía que los libros eran la perdición de su esposo, tal vez temía que también arruinaran a su hijo.
Milton y su hermana se criaron en la vieja granja familiar del abuelo Snavely, pero el clan debía trasladarse por las localidades agrícolas de la Pensilvania rural, para buscarse el sustento trabajando en el campo. Algunos sábados los padres lo acompañaban, cuando iban en el carruaje hasta Harrisburg para vender sus productos que eran: mantequilla, huevos y vegetales.
En 1870 con 13 años había cambiado de escuelas 7 veces y había aprendido muy poco.
Entonces su madre le consiguió un trabajo de aprendiz en la imprenta de Sam Ernest, en Pequa Creek. Pero a Milton no le hacía ninguna ilusión terminar sus días imprimiendo papeles, y un día dejó caer al suelo una valiosa caja de caracteres de cerámica, rompiendo la mayoría de ellos, fue regañado y zarandeado por Mr. Ernest. Milton vengó la afrenta tirando su sombrero en la prensa, y por supuesto, perdió el empleo.
A continuación, su madre le consiguió otro empleo como aprendiz, esta vez en una cremería de la localidad, propiedad de un confitero llamado Joe Royers. Al principio el dueño solo le asignaba faenas sucias y pesadas; cargar cajas de dulces y limpiar la cremería. Pero su madre volvió a intervenir logrando que Royers lo pusiera a trabajar con él en la cocina y le enseñara el oficio. Y allí Milton descubrió que el mundo de la dulcería era su mundo y aprendió con rapidez de su experto maestro lo más importante de la hechura de las golosinas. Entre otras cosas, Royers le confió una sofisticada receta para hacer caramelos, que luego le sirvió de gran ayuda. Viendo que a su hijo se le daba bien la pastelería, Fanny lo convenció de que abriera un negocio de confituras propio y en 1876, cuando cumplió 19 años, lo envió a Filadelfia con su tía Martha “Mattie” Snavely, ella le dio $150 a su sobrino, que representaban los ahorros de toda su vida y con ellos Milton emprendió una nueva aventura como pastelero. Después de 6 años perfeccionando su oficio en Filadelfia, abrió por fin su primera tienda, pero el negocio se fue al traste, porque aún no había aprendido los secretos de la gestión empresarial.
Pero Milton no se rindió. Con la ayuda de Mattie, alquiló una pequeña casa de ladrillos en el 935 de Spring Garden e instaló una pequeña fábrica de caramelos, echando mano a aquella vieja receta de esa golosina que había ofrecido su maestro Royers. Casi enseguida participó en la Exposición del Centenario de Filadelfia, donde presentó con gran dignidad y profesionalismo su negocio; vendió caramelos a los visitantes y distribuyó tarjetas para comercializar sus productos.
Milton Hershey recorría los arrabales de Filadelfia vendiendo sus golosinas en un coche tirado por un viejo mulo, pero eran días difíciles. Tenía que encargarse de todo; elaborar, publicitar y vender sus productos. Entonces se le acabó el dinero para pagar el alquiler de la fábrica, y volvió a quebrar.
Convencido de que en Filadelfia no saldría a flote, en 1883 se marchó a New York. En La Gran Manzana consiguió empleo en una pastelería de la prestigiosa Casa Huyler, entonces fabricantes de confituras de gran prestigio. Al mismo tiempo montó un pequeño negocio de melcochas en la cocina de la casa de huéspedes donde vivía, utilizando de forma clandestina el vapor de una tintorería de chinos que había al lado.
Pero Milton no estaba satisfecho con su empleo en Huyler, ni con su modesta melcochera casera, y decidió regresar a Pensilvania. Pero no volvió a Derry Church, sino a Lancaster, donde residía la mayor comunidad Amish de los EE.UU. y a los Amish les encantan los dulces.
Además, llegó a la granja de su tío y la mayoría de sus parientes lo rechazaron, tildándolo de vagabundo e irresponsable.
Pero Lancaster, resultó ser un lugar providencial para que se cumplieran sus sueños porque enseguida, conoció a un comerciante inglés que le sugirió fabricar caramelos en cantidades industriales y él se ofrecía exportarlos a Inglaterra. Entusiasmado con la idea, una mañana Milton se vistió con su mejor ropa y se presentó en el despacho del director del Banco Metropolitano de Lancaster, para pedirle un préstamo de $250 dólares, lo que necesitaba para el negocio de marras. Increíblemente, el director de la entidad bancaria le prestó el dinero.
Hershey entonces fundó Lancaster Caramel Company, especializada en confituras y caramelos, productos que registró con el nombre de Cristal. El negocio tuvo gran aceptación en Lancaster y después en toda Pensilvania y su fama creció rápidamente gracias a la ayuda del exportador inglés, que le hizo grandes pedidos para vender fuera de los Estados Unidos.
La tía Mattie y su madre comenzaron a ayudarle de nuevo.
La Compañía se convirtió en un éxito comercial y la popularidad de la firma hizo que su producto fuera muy demandado. Este primer intento le introdujo en el mundo de la confitería americana y sería el paso inicial para la siguiente empresa.
A partir de entonces, Hershey tuvo un éxito rotundo y en 1894 ya era considerado uno de los ciudadanos más importantes de Lancaster.
El edificio de la compañía ya ocupaba una manzana completa y en ella laboraban más de 2,000 personas.
El éxito de su negocio de caramelos le permitió, por primera vez en su vida, gastar dinero en sus propios placeres. Si bien nunca fue ostentoso, era evidente que sentía una gran predilección por la belleza y la elegancia. Siempre disfrutó de poder gastar dinero cuando y como le placía. “Es mi dinero”, solía decir en sus últimos años si alguien le hacía alguna pregunta al respecto. Una de las primeras cosas que hizo fue comprar una espaciosa propiedad en Lancaster, adonde se mudó con su madre. Remodeló la casa, prestando gran atención a su mobiliario y llenándola de aves exóticas, plantas y recuerdos de sus viajes. El amor de Hershey por los jardines, que se haría tan evidente en el pueblo de Hershey, quedó patente desde el principio, ya que supervisó de cerca el diseño paisajístico de los terrenos.
En 1896, Hershey contrató a William F. R. Murrie (1873-1950), un vendedor al que se llevó de una fábrica de dulces de Pittsburgh. Murrie, era un hombre con una personalidad arrolladora que se lanzó a la carretera prometiendo vender más caramelos de los que las fábricas podían abastecer y cuando lo logró, Milton se lo llevó de vuelta a Lancaster y lo puso al frente de un equipo de ventas de 100 personas. Murrie fue incorporado para ayudar a profesionalizar y expandir las operaciones de la Compañía. Con el tiempo se convirtió en una figura clave dentro de la empresa y más adelante, en la década de 1920, llegó a ser presidente de Hershey.
Además, Murrie es recordado porque su hijo William F. R. Murrie se unió a Forrest Mars para crear en 1942 a los famosos M&M’s. Esta iniciativa aseguró que M&M’s pudiera abastecerse del escaso chocolate de Hershey durante los años de la guerra. Mars se convirtió posteriormente en el mayor competidor de Hershey, superándola en ventas de dulces en 1973 y los primeros dulces en viajar al espacio con los astronautas.
Durante los siguientes cincuenta años, Murrie y Hershey hablaron semanalmente y a menudo cenaban juntos.
Con un equipo sólido para gestionar el negocio, Milton pudo dedicarse a sus experimentos, a atender a sus padres y al chocolate.
En uno de sus viajes de negocios, Milton y William Murrie se detuvieron en una confitería y fuente de sodas en Jamestown, Nueva York. Allí, Milton conoció a Catherine “Kitty” Sweeney, una joven de 25 años, hija de inmigrantes católicos irlandeses. Durante meses, siguió viajando para ver a Kitty. Su noviazgo continuó cuando ella se mudó a la ciudad de Nueva York. Milton viajaba regularmente las cuatro o cinco horas, presumiblemente en el ferrocarril de Pensilvania, desde Lancaster para ver a Kitty.
Poco más de un año después de conocer a Kitty, Milton, con 41años, sorprendió a su madre al anunciarle que se casaría en su próximo viaje a Nueva York. Y así, el 25 de mayo de 1898, Milton y Catherine Sweeney se casaron en la Catedral de San Patricio, sin la presencia de familiares.
Dos días después, cuando la noticia apareció en la portada del periódico local de Lancaster, casi todos en la ciudad y sus alrededores, incluidos los empleados de Hershey, se mostraron sorprendidos. Era la primera vez que oían hablar de Catherine, ahora señora Hershey.
Ella aportó alegría, ingenio y calidez a su vida. Según todos los testimonios, ambos fueron muy felices. Los Hershey vivieron primero en Lancaster, pero cuando la ciudad y la fábrica de chocolate comenzaron a crecer después de 1903, planearon construir una casa allí. High Point, ahora sede de Hershey Foods Corporation, se edificó en una colina con vistas a la fábrica. Terminada en 1908, su mobiliario reflejaba los estilos de la época, así como el disfrute de los Hershey de las numerosas comodidades que ahora podían permitirse.
Como no tuvieron hijos, se volcaron en numerosas obras de caridad especialmente para niños y huérfanos y el bienestar de la comunidad con museos, jardines y legando parte de su fortuna para la fundación de organizaciones filantrópicas, escuelas y hospitales.
En sus primeros años en High Point, los Hershey parecían recibir a menudo a amigos y viajar mucho. Lamentablemente, la señora Hershey enfermó gravemente de una neumonía y falleció prematuramente el 25 de marzo de 1915.
Hershey tenía la convicción de que la producción mundial de cacao sufría un cuello de botella debido a la creciente demanda de chocolate, y que debían buscarse mejoras técnicas en su producción. Con esta idea se fijó en la maquinaria alemana para elaboración de chocolate exhibida en la Exposición Mundial Colombiana de Chicago por J. M. Lehman Co. de Dresde y consideró que era la solución para su crecimiento y la adquirió. Antes de la exposición Hershey elaboraba ocasionalmente chocolate. A partir de este momento se centró en ese producto y en su producción en grandes cantidades.
Con el éxito de ventas de caramelos gracias a la Lancaster Caramel Company, en 1900 vendió la compañía por un millón de dólares. Con ello Hershey compró una tierra local de 1,200 acres (4,86 km²) de una granja ubicada a 30 millas al NE de Lancaster, cerca de su lugar de nacimiento en Derry Church. La intención era la de obtener una gran cantidad de leche fresca procedente de los granjeros y poder producir chocolate con leche en cantidades apreciables. Hershey entusiasmado por el potencial del chocolate con leche en el mercado, sabía que el chocolate suizo era un lujo en el mercado europeo y su objetivo era el de elaborar un producto barato asequible a la mayoría de la población americana. A base de ensayos y errores fue elaborando una fórmula propia para el chocolate con leche. De esta forma el 2 de marzo de 1903, comenzó a producir su propio chocolate, empleando en ello la que era la mayor factoría de chocolate del mundo.
Su padre, Henry Hershey, murió de un ataque cardiaco el 18 de febrero de 1904 después de haberlo ayudado en todo lo que pudo a levantar su imperio. No pudo ver terminada la gran obra de su hijo, pero su madre tomó el relevo como cabeza de familia, y desde entonces fue su mejor consejera.
La fábrica se completó en 1905 y estaba equipada con los últimos avances en la separación de la masa de cacao y su manteca. El chocolate con leche Hershey’s pronto se convirtió en el principal producto nacional de su tipo.
La producción dependía del suministro de leche procedente de las granjas de los alrededores, y el uso de leche fresca hizo que su producto tuviera una gran calidad. Continuó experimentando y perfeccionando su producto, y pronto empezó a añadir caramelo a sus chocolates.
Hershey tuvo la visión de construir una gran comunidad de trabajadores en torno a la factoría. Los planes para construir el pueblo iban de la mano con la construcción de la fábrica. Dado que Hershey fundó su empresa en medio de tierras de cultivo, no en un pueblo, desde el principio quedó claro que tendría que proporcionar un lugar donde vivir al menos algunos de sus trabajadores, así como su personal directivo. Con la ayuda de Harry Herr, un ingeniero a quien Hershey convenció para que viniera de Lancaster, se elaboraron los planos para una agradable comunidad arbolada que satisficiera todas las necesidades de sus habitantes. Un banco, un hotel, escuelas, iglesias, parques, campos de golf y un zoológico se construyeron rápidamente. Desarrolló un sistema de tranvías para que la gente no se sintiera obligada a vivir en Hershey y tuviera una forma de ir a trabajar desde los pueblos cercanos.
Algunos desconfiaban de sus motivos para fundar el pueblo y temían que se aprovechara de sus habitantes, como había sucedido en otros pueblos creados por empresas. Los trabajadores, por ejemplo, vetaron la idea de Hershey de formar una cooperativa de tiendas porque creían que serían engañados. Pero si bien él podía ser autoritario y fue criticado por decidir lo que era importante, a menudo sin consultar a los habitantes del pueblo, su preocupación por el bienestar de sus trabajadores era genuina. Durante la Depresión, mantuvo a los hombres trabajando en la construcción del Hotel, el edificio comunitario con dos elegantes Teatros, el Senior Hall para la Escuela de Niños, un Edificio de Oficinas sin ventanas y con Aire Acondicionado para la Fábrica y la Arena.
Él se jactaba de que nadie fue despedido en Hershey durante los años de la Gran Depresión.
Aunque se enorgullecía, con razón, del cuidado que brindaba a sus trabajadores, no pudo evitar que el movimiento sindical, extendido por todo el país, influyera en su ciudad. En 1937, se convocó la primera huelga contra la Compañía Chocolatera, lo que generó divisiones y resentimiento que perduraron durante años. Quizás el resentimiento fue aún mayor porque, inevitablemente, algunas personas sentían resentimiento (o envidia) hacia la benevolencia del señor Hershey.
Construyó un modelo de ciudad que permitiera alojar en ella a los trabajadores de la factoría permitiéndoles consumir poco dinero en el transporte, teniendo casas confortables, escuelas públicas, y lugares de expresión cultural.
Hizo una piscina, un gimnasio y una biblioteca pública, fundó en 1907 el Hershey Press, el primer periódico semanal de gran tirada que se distribuía en una fábrica norteamericana. También construyó un gran parque temático de diversiones, el Hershey Park, que abrió sus puertas el 24 de abril de 1907 y enseguida se convirtió en un lugar de atracción nacional. Ya en 1910, Hershey contaba con una banda de conciertos, juegos infantiles, otra piscina, bolera y una línea férrea en miniatura.
Evitó construir una ciudad corporativa sin identidad, elaborada de simples casas. Él ofreció a sus trabajadores calles decoradas con jardines y árboles, con chalés adosados de dos familias.
Milton añadiría en el futuro a su floreciente Ciudad de Chocolate, un Museo, un Jardín de Rosas y una Academia para cursos de Golf, popularizando este deporte antes casi desconocido en el estado. También creó un Centro Médico que le costó $50 millones (el Gobierno Federal aportó otros 21.3 millones) para el que contrató a importantes especialistas de distintas disciplinas, y que pronto se convertiría en un referente de la Medicina en los Estados Unidos.
La labor de Hershey no fue solo material, también hizo un importante trabajo social alentando a los miembros de su nueva ciudad a agruparse en comunidades y voluntariados. Al cuerpo de Bomberos Voluntarios que fundó en 1905, se añadió la Banda de Música de Hershey, varios Clubes Literarios y Sociales, y Equipos Deportivos de Béisbol y Básquet, cuyas dotaciones y uniformes eran subvencionados por él.
Hershey continuó mejorando las condiciones de la ciudad que había creado. Levantó un Hotel, un Colegio Mayor Industrial, un Teatro Comunitario, y el Hershey’s Sport Arena. Construyó un estadio preparado para practicar deportes sobre tierra y sobre hielo, que rápidamente incentivó el surgimiento de un equipo de hockey local, el Eastern Amateur Hockey League. El hockey fascinó a tal punto a toda la ciudad, que el filántropo construyó otra instalación solo para ese fin, el Hershey Ice Palace, que empezó a funcionar en 1931, inaugurado por el equipo de la casa.
En 1937, el Ejército le pidió a Hershey que desarrollara una barra especial de ración llamada D Ration (Ración D) que debía tener: alrededor de 600 calorías por barra, resistir altas temperaturas sin derretirse, ser compacta, fácil de transportar, no debía ser muy sabrosa, para evitar que los soldados la comieran como golosina en lugar de reservarla para emergencias.
El resultado fue una barra dura, densa y de sabor algo amargo. Más tarde, durante la guerra, Hershey produjo otra versión mejorada la Tropical Bar, que tenía mejor sabor. La producción fue enorme: más de 24 millones de barras por semana para el esfuerzo bélico. Por este trabajo, la empresa recibió el Army-Navy E Award, un reconocimiento a la excelencia en la producción para la guerra. En resumen, el chocolate de Hershey no solo fue un alimento, sino una parte importante del suministro logístico para los soldados estadounidenses durante la guerra.
Hershey amasó una de las mayores fortunas estadounidenses gracias a su tenacidad y a su valentía para perseguir un sueño. Aunque era modesto y discreto, porque no era el tipo de persona que buscara llamar la atención, según se decía era un hombre de negocios astuto y decidido. Tenía un don para la oportunidad y una habilidad innata para elegir personas capaces y leales que lo ayudaran.
Como gran empresario y filántropo, medía el éxito no en dólares, sino en términos de un buen producto para ofrecer al público, y aún más en la utilidad de esos dólares para el beneficio de sus semejantes.
Decía: yo también fui un niño pobre. Los recuerdos de haber sido un niño pobre acompañaron a Milton Hershey durante toda su vida e influyeron profundamente en él cuando, más tarde, junto con su esposa fundaron una escuela para huérfanos en 1909.
El acta constitutiva de la escuela estipulaba que: “Todos los huérfanos admitidos en la escuela recibirán una alimentación sencilla y saludable; vestirán ropa sencilla, pulcra y cómoda, sin vestimenta distintiva; y se les proporcionará un alojamiento adecuado. Se velará por su salud; se atenderá su formación física y dispondrán de ejercicio y recreación apropiados. Serán instruidos en las diversas ramas de una educación sólida. El objetivo principal es capacitar a los jóvenes en oficios y ocupaciones útiles, para que puedan ganarse la vida por sí mismos”.
El señor Hershey era un hombre de acción, no un filósofo. Nunca escribió y rara vez habló sobre sus creencias. Sin embargo, es evidente que reflexionaba mucho sobre temas como el éxito y el valor y la finalidad del dinero. Creía que la riqueza debía utilizarse en beneficio de los demás y ponía en práctica lo que predicaba. El hecho de que también comprendiera que las buenas obras también son buenos negocios no disminuyó la profundidad ni el alcance de su interés por el bienestar ajeno.
En 1963, Hershey adquirió la H. B. Reese Candy Company, fabricante de los populares bombones de mantequilla de maní Reese’s y, más tarde, los Reese’s Pieces, lanzados en 1978 y que alcanzaron la fama gracias a la exitosa película E.T. de 1982, un espacio publicitario que inicialmente se le había ofrecido a Mars. Reese’s sigue siendo la marca de dulces más vendida en Estados Unidos hasta el día de hoy.
La compañía adquirió Twizzlers en 1977 y, bajo licencia del gigante británico de la confitería Rowntree, produce dulces como Kit Kat.
Los chocolates Hershey’s Kisses se llaman así por el sonido de “beso” (en inglés, kiss) que hacían las máquinas al depositar el chocolate caliente sobre las bandas de enfriamiento en la fábrica, al momento de su creación en 1907.
Milton Hershey en La Habana
Cuando a Hershey se le fue complicando la compra de azúcar de remolacha europea su madre Fanny le sugirió ir a Cuba para comprar o construir un central azucarero, para fabricar él mismo el azúcar en un país amigo que no estaba involucrado en el conflicto bélico, que reduciría los costes de compra y transporte que estaba pagando por el azúcar europeo. También le garantizaría un flujo constante de esa importante materia prima para su industria.
En enero de 1916, Milton Hershey, cuando tenía 58 años, visitó Cuba por primera vez y se hospedó en el Hotel Plaza (Zulueta y Neptuno), el más distinguido de la capital entonces y trabó amistad con Tomás Cabrera, un cubano que servía de intérprete a los turistas, quien lo condujo hasta la Lonja del Comercio. De allí, acompañado por los ingenieros Justo Manzanilla y Gonzalo Saló, llegó por vía marítima a Santa Cruz del Norte, que por esta época no pasaba de ser un misérrimo poblado de pescadores y leñadores carente de calles, escuelas y del más elemental servicio de salud. Allí conoció a Ángel Ortiz López, un emprendedor comerciante matancero radicado en ese poblado. Hershey inició un recorrido por la estrecha faja del noreste de la capital, que discurre geográficamente entre lomeríos y valles, extendiendo su silueta hasta el profundo calado de la bahía de Matanzas. Había sido una zona de primitivos asientos de la industria azucarera durante el período colonial y a causa de la guerra de 1895, muchos de las antiguas fábricas de azúcar habían sido destruidas.
Las tierras se dejaron de cultivar y pasaron a manos de modestos hacendados, prácticamente arruinados desde los comienzos del siglo XX.
Hershey quedó prendado del país y de su gente, describiéndolo como una eterna primavera donde nunca hacía ni demasiado calor ni demasiado frío, había llegado a una isla de la que se enamoró al instante y en cuestión de semanas, tomó una decisión que transformaría el campo cubano. Los expertos locales pensaron que había perdido la cabeza.
La zona elegida era Santa Cruz de la Sierra, a 35 kilómetros al este de La Habana y estaba en venta.
El 30 de mayo de 1916 firmó el contrato de compra de la propiedad de lo que sería Hershey.
El mundo se encontraba en plena Primera Guerra Mundial y el azúcar, esencial para la producción de chocolate con leche, escaseaba. Durante esta visita, decidió comprar una plantación de caña de azúcar para abastecer su creciente imperio chocolatero en EE.UU.
Estuvo en negociaciones desde 1915 para la compra de un pequeño ingenio azucarero llamado Central San Juan Bautista en Arcos de Canasí a 68 km al este de La Habana y al norte de Aguacate (el terruño de mi amigo Ángel Bilbao) que existía desde 1844 y fue demolido en 1918.
Se reunieron en el Hotel París de Matanzas para tratar sobre la construcción de las líneas de la Compañía del Ferrocarril de Hershey.
Milton compró la colina y parte de las parcelas de sus inmediaciones. El lugar era pura manigua con modestos bohíos y rústicas fincas agrícolas. Pero mientras sus acompañantes veían Santa Cruz de la Sierra como un matorral virgen, Hershey vio una próspera comunidad industrial.
Inmediatamente después de comprar las tierras, trajo de Pensilvania todo lo que necesitaba para construir un central azucarero y una comunidad obrera a su alrededor. La cercanía del puerto de Santa Cruz del Norte le facilitó las cosas, y muy pronto entraron a la zona las primeras brigadas de obreros de la construcción, taladores, pedreros, arquitectos e ingenieros que empezaron a levantar los primeros proyectos de la urbanización.
En 1917 ya era visible la estructura del central, los cimientos de las viviendas y la línea férrea de un tren.
Los primeros trenes de Hershey eran de tracción a vapor, pero Milton los consideró caducos al inventarse la tracción eléctrica. En 1919, Hershey Ferrocarril Cubano comenzó a importar trenes eléctricos de las marcas JG Brill y General Electric, y se convirtió en la línea férrea más moderna de América Latina. El ferrocarril sirvió primero para llevar los materiales de construcción de la nueva comunidad, después para transportar las materias primas, a los obreros y habitantes del Central.
El servicio de pasajeros eléctrico entre Matanzas y el pueblo de Hershey se inauguró en enero de 1922, y en octubre de ese mismo año se extendió a Casablanca, al este de la Bahía de La Habana. En 1924 la flota ferroviaria de Hershey contaba con modernos pantógrafos para vehículos troles, necesarios para cruzar las líneas de tranvía en Regla y Matanzas, 17 coches eléctricos de pasajeros y 7 locomotoras eléctricas. El pasaje costaba 47 centavos y solo era necesario un inspector por tren.
En 1918 se inauguró el Central Hershey en su primera fase y en 1919 hizo su primera molienda. En 1920 molió 149,000 toneladas de caña, y en 1926 se inauguró la refinería de azúcar. Fue tan rentable, que a Hershey le sobró azúcar para proveer a las fábricas cubanas de Coca Cola.
El asentamiento de viviendas se diseñó al estilo y gusto de Hershey, a imagen y semejanza de su pueblo en Pensilvania. Eran casas muy cómodas de pronunciado estilo rural americano, que Hershey dotó de chimeneas, no para calefacción, sino para expulsar los humos de las cocinas, porque las familias humildes cocinaban con combustibles tradicionales como el carbón, la leña y el kerosene, que producían humo durante la combustión.
El conjunto habitacional de Hershey tenía dos zonas de viviendas diferenciadas: el Batey Norte, donde estaban los servicios públicos principales y las casas de las clases sociales más altas, y el Batey Sur, que agrupaba las viviendas de los obreros rasos y los peones y aprendices. Incluía 200 viviendas de madera con techos de dos y cuatro aguas y otras 50 de mampostería recubiertas con piedras y techos de teja catalana y criolla. Fueron construidas con distintos niveles de confort en función de la categoría de los empleados que las habitaban. Además, Milton construyó barracones de mampostería y piedra para los hombres solteros y para los peones extranjeros con empleos transitorios.
Era una ciudad rica americana en miniatura. Su arboleda, sus parques, sus aceras adornadas con canteros de flores, su alumbrado, su pavimentación.
Junto a las viviendas se levantó un centro médico moderno, equipado con la última tecnología, una farmacia que siempre estaba perfectamente abastecida con medicamentos de EE.UU., un teatro, un club social deportivo, un campo de golf y otro de béisbol y una escuela pública gratuita para los hijos de los trabajadores. Un hotel de dos pisos, tiendas de todo tipo, hizo también un supermercado y una carnicería con grandes neveras y una planta de energía solo para las casas e instaló servicios de agua potable corriente y alcantarillado, y un parque de diversiones con norias, toboganes y columpios.
La vida cotidiana en Hershey se parecía a vivir en un pueblo industrial de Pensilvania, pero con palmas reales.
Los residentes disfrutaron de: salarios estables, plomería interior, educación gratuita, cuidado de la salud, instalaciones de juegos, helado servido sobre manteles de encaje, productos baratos en la tienda de la empresa, había tantos bombones Hershey’s Kisses que se cansaban de comerlos, fábricas de hielo, electricidad y agua corriente, unos lujos inauditos en la Cuba rural.
No hay que olvidar que, mucho antes de que el ecologismo y las sensibilidades medioambientales se pusieran de moda, ya Milton Hershey ordenó sembrar árboles en el batey de su Central para luchar contra la contaminación. También prohibió el vertido de desechos contaminantes en las aguas fluviales circundantes, consciente de que debía mantener su pureza y potabilidad.
Los trabajadores se quedaron, las familias prosperaron y el pueblo se convirtió en la envidia de la región porque su fama voló más allá de las colinas de Santa Cruz del Norte, y empezó a ser visitado por turistas, hombres de negocios, artistas y famosos que venían a La Habana. El Hotel Hershey estaba siempre lleno, y el turismo generaba una nueva fuente de ingresos; los turistas ricos utilizaban los restaurantes y fondas de la zona, y frecuentaban el campo de golf, cuyos jóvenes caddies, siempre exquisitamente uniformados, eran los hijos de los trabajadores del Central.
La vida social y cultural en el batey era tan atractiva, que todos los habitantes de los pueblos aledaños lo convirtieron en su destino preferido de fines de semana. Iban allí para ver películas en el cine del pueblo, llevar a sus hijos al parque infantil, ir de picnic a los Jardines Tropicales, o disfrutar del campo de golf, el estadio de béisbol y la playa cercana. También eran notorias las funciones que ofrecía el teatro de la localidad, las retretas de la Banda de música de Hershey, las verbenas, las fiestas carnavalescas y las ferias. Aunque Milton Hershey no era un católico practicante, permitió que se hicieran celebraciones religiosas los domingos y durante las fiestas religiosas. Se celebraban en La Glorieta, en un altar desmontable que construyó para los devotos del Batey.
El administrador del Central Hershey, Mr. C. L. Kelly, construyó en 1932 un mini aeropuerto con un hangar y dos pistas de 67 metros de ancho y 385 de largo al oeste de Santa Cruz del Norte. Desde allí viajaba con su esposa a los EE.UU. en su avión biplaza Stearman.
La mayoría de los residentes adoraban a Milton Hershey. Financiaba orfanatos, daba bonificaciones, pasaba los inviernos en el pueblo y visitaba a los trabajadores con regularidad.
Junto con el pueblo, Milton Hershey también construyó el único ferrocarril eléctrico del país entre La Habana y Matanzas, lo que facilitó enormemente el transporte de mercancías.
Jacinto G. Sigarroa, graduado en la Universidad de Luisiana fue el ingeniero director de esa maravillosa obra de 135 kilómetros (98 entre Matanzas y Casablanca) y 47 paradas.
En los alrededores de la estación matancera los vecinos recuerdan que, en los mejores tiempos, el tren llegó a tener hasta 8 salidas diarias.
De los 17 coches que tenía el tren, a principios de la década de 1920, actualmente quedan tres de los auténticos construidos en 1917 en Pensilvania.
El Central Hershey se convirtió en una de las refinerías de azúcar más productivas del país y los habitantes del pueblo eran la envidia de quienes vivían en las poblaciones vecinas. Aunque la empresa era propietaria de todos los terrenos, pagaba salarios relativamente altos, subvencionaba la vivienda, mantenía los servicios públicos y realizaba reparaciones con rapidez.
A finales de la década de 1920, el Central Hershey producía cerca de 18,000 sacos de azúcar refinada al día y empleaba a más de 5,000 trabajadores.
Una vez que el Central Hershey estuvo bien establecido, Milton compró otros ingenios azucareros y plantaciones de caña, llegó a tener 1,803 caballerías (60,000 acres).
En 1920, compró Central Rosario, donde fundó una escuela para huérfanos, la Escuela Agrícola Hershey. Allí también construyó una casa para sí mismo, donde recibía a los visitantes de la isla.
La Escuela Agrícola Hershey (más tarde conocida como Colonia Infantil Hershey). Hershey la dirigió durante 10 años antes de transferir su gestión a un orfanato local. Los primeros alumnos fueron niños cuyos padres habían fallecido en un accidente ferroviario en 1923 en el Ferrocarril Cubano Hershey. El objetivo principal de esta escuela era capacitar a los niños para trabajar en el campo o en la industria. Milton tenía grandes planes para ella, incluyendo la construcción de un ingenio azucarero modelo y la enseñanza de métodos agrícolas modernos para preparar a los niños para carreras en las principales industrias de Cuba.
Según se publicó en 1923 Hershey creó en 1918 un fondo de depósito para los huérfanos de la escuela de $60 millones en acciones.
El 20 de mayo de 1924, Milton Hershey fue declarado Hijo Eminente de la provincia de Matanzas.
En 1925, compró el Central Carmen y el Central San Antonio. El Central Jesús María en 1927.
En febrero de 1933 recibió de manos del presidente Gerardo Machado la Orden Carlos Manuel de Céspedes.
Del ferrocarril de Hershey en su momento varios ramales comenzaron a llegar hasta Cojímar, Bainoa, Aguacate, Guanabo y finalmente Jaruco, en 1931.
Hershey Corporation la llamaban— logró con el tiempo un ferrocarril de vía ancha, que enlazaba otros dos de sus ingenios, para refinar azúcares.
Y finalmente entroncaba con rieles centrales, a través de los Ferrocarriles Unidos, propiedad de una sociedad británica que regenteaba este tipo de servicio público en el occidente cubano.
El tren funcionaba a 1,200 volts, con una estación de gobierno manual en Hershey y dos subestaciones automáticas: en Elisa, cerca de La Habana y Margot, en las inmediaciones de Matanzas. Se dice que para 1935 ya contaba con 190 Km de servicio público y 130 km para sus operaciones azucareras.
Muchos creen que fue el primero de tracción eléctrica en el mundo para llevar caña a la fábrica y transportar el azúcar hasta los puertos de embarque.
El Central, con capacidad para procesar 650,000 @ diarias, contaba con una planta eléctrica, con capacidad de entregar la energía necesaria para las máquinas del Central, su Ferrocarril, el Batey y poblados vecinos en un radio de 40 Km. Y aseguran que brindaba “corriente” a los tranvías de Matanzas.
Cuando se construyó la línea Hershey alrededor de 1916, principalmente para dar servicio al Central Hershey, el principal operador ferroviario de la provincia de La Habana, United Railways, se negó a permitir que el tren Hershey accediera a sus vías, por lo que se construyó una nueva terminal en Casablanca, que está al otro lado del puerto de La Habana Vieja, conectada por un servicio de ferry.
Milton Hershey el filántropo y fundador de The Hershey Chocolate Company así como del Company Town de Hershey en Pensilvania, que nació un día 13, murió el 13 de octubre de 1945, a los 88 años, en el Hospital Hershey, cerca de su casa. En 1912 quizás se había salvado de morir porque a última hora canceló su pasaje en El Titanic, debido a que su mujer estaba enferma.
En el Museo Hershey de Harrisburg, Filadelfia, se conserva el cheque de compra de los pasajes a la White Star Line, la compañía naviera dueña del crucero.
En agosto de 1995 fue honrado por el Servicio Postal, con una serie de sellos postales de 32¢.
Sin dejar herederos y legando la mayor parte de su fortuna a la caridad pública. Al año siguiente, la compañía vendió muchas de sus propiedades en Cuba a la Cuban Atlantic Sugar Company, incluyendo Central Hershey, Central Rosario, Central San Antonio y el ferrocarril de Hershey.
El 31 de diciembre de 1957, Julio Lobo Olavarría (1898-1983) adquirió la compañía y todos sus activos de Hershey. Pero en 1959 todo lo que se construyó con amor se destruyó por el odio.
En 2002 el Central Hershey (que había sido nombrado en 1959 Camilo Cienfuegos) terminó su producción, fue cerrado para siempre cuando pasó al Ministerio de Ruinas de FC.
El famoso y utilísimo tren eléctrico de La Habana a Matanzas se acabó también en 2017.
Durante 110 años, este lugar ha sido Hershey. El experimento ilusorio de Milton Hershey puede haber fracasado, aunque el central ya no exista, la historia y el nombre perdurarán.
¡Y todavía hay en este mundo estúpidos que adoran el comunismo!
No es de dudar que Milton Hershey fuera un aficionado al béisbol. Originario de Pensilvania, en esa época donde jugaban tres equipos en las Mayores: Atléticos de Filadelfia en la Liga Americana, hoy Atléticos de Oakland, los ya legendarios Filis de Filadelfia y Piratas de Pittsburgh en la Liga Nacional.
Desde 1925, aún en plena construcción del poblado, apareció el Hershey Sport Club en la Liga Social, el que logró triunfos convincentes que lo llevaron a integrar la Unión Atlética Amateur en 1931 y cuando se acabó, como casi todo, en 1960 el equipo de Hershey junto con el Vedado Tennis fueron los máximos ganadores con 7 campeonatos cada uno. El Hershey ganó en: 1932, 1934, 1935, 1938, 1939, 1940 y 1948.
Uno de los mejores peloteros amateurs de todos los tiempos en Cuba fue el natural de Quivicán pero torpedero y tercer bate del Hershey, Antonio “Quilla” Valdés (1911-1996), el cual como vivía muy bien en el Central Hershey, donde trabajaba, nunca quiso firmar con equipos de Grandes Ligas.
Estos fueron sus peloteros más destacados tanto en Cuba como en el extranjero: Antonio “Quilla” Valdés, Andrés Fleitas, Jorge Santa Cruz, Roberto Ortiz, Pedro Echevarría, José “Cheo” Nápoles, Pedro “Natilla” Jiménez, Antonio “Loco” Ruíz, Mario Cossio, Elio Toboso, Armando Rodríguez, José Carballo, Ramón Roger, Tomás de la Cruz, Enrique Izquierdo, Vicente López, Oliverio Ortiz, Roberto “Tarzán” Estalella y el mánager Joaquín Viego.
Nota:
La película Hershey comenzó a filmarse en Pittsburgh en mayo de 2025. Con el actor Finn Wittrock en el papel de Milton y Alexandra Daddario como Kitty. Su estreno será el jueves 26 de noviembre de 2026, Día de Acción de Gracias (Thanksgiving Day).







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