Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
mente los de abuelo Luis Felipe estaban más que justificados. Días antes en mensaje verbal enviado, con un campesino, tío Luisín decía que era probable que antes de finalizar el año, Santa Clara fuese atacada por tropas rebeldes.
—Con la cantidad de policías, soldados, camiones blindados y tanquetas que hay en este pueblo eso es un suicidio, ¡Los matarán a todos! —desde que supo la noticia, abuela, excitada, dijo.
—No lo creas del todo. El golpe de estado del 10 de marzo de 1952 desmoralizó mucho a las fuerzas armadas. Recuerda en 1956 “la conspiración de los puros” liderada por el coronel Ramón Barquín y el comandante Enrique Borbonet. Si este ejército quisiera pelear de verdad, Fidel Castro y sus acompañantes hubiesen sido eliminados a pocas horas de haber desembarcado en Oriente y no habrían crecido las guerrillas en las sierras Maestra, del Escambray y de los Órganos. Santa Clara lleva días siendo rodeada. Placetas, Falcón, Camajuaní y Manicaragua ya están en manos de los “barbudos” —abuelo consideró.
— ¡Así y todo la matazón será grande…! —abuela exclamó.
—Eso no lo podemos saber… —abuelo comentó.
En la Audiencia elementos del Servicio de Inteligencia Militar (SIM) se atrincheraron y desde los pisos superiores le disparaban a todo lo que en la avenida y calles cercanas se moviera. Recuerdo que ese primer día del ataque, sobre las 12 del mediodía un automóvil, con luces encendidas y claxon sonando, que transportaba a una parturienta fue tiroteado, en la esquina de mi casa, desde los pisos superiores del edificio. Los gritos desgarradores del marido, heridos ambos, clamando ayuda, en el presente, cuando menos lo espero, vuelven a mis oídos con frescura instantánea.
Nuestra casa, por ser de placa (concreto) el techo de la amplia sala, se convirtió en refugio de algunos vecinos. Así desperdigados por el piso o pegados a las paredes rememoro los dos primeros días de combates con estampidos de armas automáticas y aviones que rugiendo pasaban en vuelos rasantes para, sin castigar a la población civil, descargar la metralla en las sabanas circundantes. Allí, con un rosario entre las manos, estaba el corpulento y atemorizado carnicero Ñico, que ni agua se atrevía a tomar y Gloria, una de las hijas de Tito y Clementina, que a escasas horas de haber parido, a la vista de todos, amamantaba a la pequeña en tanto, el marido con un pañal le cubría los senos.
También recuerdo la madrugada del 30 de diciembre cuando una tanqueta y un camión blindado, seguidos por un grupo de soldados, se estacionaron en mitad de nuestra cuadra. Para entonces, los vecinos ya habían regresado a sus hogares. Mi abuelo al escuchar el rugir de motores en descanso y voces que discutían nos ordenó ir hasta el último cuarto, el de ellos, y deslizarnos bajo la cama matrimonial. Apenas cumplimos el requerimiento se desató un tiroteo de espanto, donde el tableteo de una ametralladora de alto calibre, se imponía por sobre los demás estampidos.
Abuelo y abuela no conformes con la protección que ya teníamos nos abrigaron con sus cuerpos. Éramos cinco seres y un solo e inolvidable temblor de amor filial.







0 comentarios