Aún no puedo olvidar los rostros de Alfredo José Cervantes Lago y José Ignacio Macía del Monte metidos junto conmigo y con otros compañeros dentro de la infernal rastra de la muerte donde por horas estuvimos soportando temperaturas superiores a los 90 grados.
Quisiera no tener que volver a recordar esta anécdota de terror y muerte, pero me acecha a cada momento y más aún, cuando se vive otro aniversario de esta fatal odisea en la que perdí a varios de mis amigos. Toda esta es mi historia. La del coronel Johnny López de la Cruz narrada a LIBRE.
“Aún no puedo creer que yo esté vivo. Porque esta experiencia nos marcó para toda la vida. Los recuerdos son pésimos y dolorosos. Adentro había más de diez hombres rezando y clamando por salir de allí ya que la vida en aquel momento era un infierno repleto de calor y desesperación”.
“La Rastra de la Muerte” se refiere a un trágico suceso ocurrido el 22 de abril de 1961, tras la invasión de Bahía de Cochinos (Playa Girón) en Cuba. Más de 100 prisioneros de la Brigada de Asalto 2506 fueron confinados en una rastra (contenedor de carga) sellada y sin ventilación durante aproximadamente 10 horas, desde Girón hasta La Habana, bajo la dirección de Osmany Cienfuegos.
Alrededor de 179 jóvenes prisioneros de la Brigada 2506 fueron encerrados en un contenedor de carga de una rastra, la cual fue sellada, dejándolos sin ventilación durante aproximadamente 10 horas en el traslado desde Girón a La Habana.
Aquel horno increíble en que estábamos encerrados nos tenía al borde de la locura. A cada parada de la rastra, en las postas del camino, nos agotábamos dándonos golpes contra las paredes del camión y sus puertas. Clamábamos por aire y por agua.
Pero todo comenzó cuando en aquel 1959 Fidel Castro tomó el control del gobierno cubano e instauró, desde el primer momento, un régimen criminal bajo el pretexto de una “justicia revolucionaria” dirigida contra aquellos que se oponían al nuevo sistema.
La organización Archivo Cuba ha documentado 8,267 muertes y desapariciones desde entonces, incluyendo 3,084 ejecuciones por fusilamiento. El régimen otorgaba a estas ejecuciones, que conocemos como crímenes de lesa humanidad, una amplia cobertura mediática para infundir terror en la población y consolidar su poder.
Uno de los crímenes de guerra y de violación del derecho internacional humanitario que Castro mantuvo en absoluto silencio, fue la muerte de nueve prisioneros durante la fallida invasión de Bahía de Cochinos, llevada a cabo por la Brigada de Asalto 2506, el 17 de abril de 1961. A continuación, presento el relato de aquel cobarde y horrendo crimen.
El traslado hacia la infamia
Al mediodía del 22 de abril de 1961, un grupo de brigadistas que habíamos sido capturados tras agotar nuestras municiones —luego de tres días de intensos combates— estábamos siendo transportados desde Playa Girón hacia La Habana.
El responsable de la operación era el entonces Capitán Osmany Cienfuegos, quien supervisaba personalmente el embarque de los prisioneros, vociferando órdenes a sus subordinados para agilizar el traslado.
El grupo en el que yo me encontraba fue conducido hacia un camión equipado con un contenedor (rastra). Cuando ya no cabía un hombre más, Cienfuegos ordenó cerrar las puertas. Uno de los últimos en entrar fue nuestro hermano Máximo L. Cruz, quien, a pesar de estar gravemente herido de bala, increpó a Cienfuegos advirtiéndole que si cerraban las puertas todos moriríamos por falta de oxígeno durante el trayecto. Con absoluto desdén, Cienfuegos respondió:
“No importa, de todas maneras los vamos a fusilar y así nos ahorramos las balas”.
Las puertas se cerraron y el vehículo inició una travesía lenta y horrenda que duró unas ocho horas bajo un calor infernal.
Agonía en la oscuridad
En el interior de la rastra nos hacinábamos cerca de 100 prisioneros en una oscuridad casi total, interrumpida solo por la penumbra causada por unos minúsculos orificios en el techo. En ese ambiente tóxico comenzaron las escenas de horror, angustia y desesperación, creando un caos dantesco. Los minutos se sentían como horas en un tiempo que parecía no tener fin.
Buscando desesperadamente una salida, algunos brigadistas detectaron puntos débiles en las paredes del contenedor. En dos puntos estratégicos —uno al centro y otro en la parte trasera— lograron romper el revestimiento interno de madera para alcanzar la pared metálica exterior.
Utilizando las hebillas de sus cinturones, consiguieron abrir dos pequeños agujeros de apenas una pulgada de diámetro. Ese aire fresco y resucitante que comenzó a fluir, permitió que los sobrevivientes siguiéramos con vida; sin embargo, para varios de nuestros hermanos, el auxilio llegó demasiado tarde.
El arribo al Palacio de Deportes
La rastra llegó finalmente al Palacio de Deportes en La Habana. Cuando abrieron las puertas de aquella cámara de horror, convertida ya en féretro para nueve víctimas, comenzó a derramarse a través de ellas una gran cantidad de líquido compuesto de sudor y desechos humanos acumulados durante el viaje, y que al estar el contenedor herméticamente cerrado, no había podido filtrarse al exterior.
Los prisioneros apenas podíamos sostenernos en pie; muchos, deshidratados y enfermos, se desplomaban al contacto con el suelo. Una vez afuera, al mirar hacia el interior de la rastra, contemplamos con horror los cuerpos sin vida de quienes sucumbieron a este crimen abominable, del cual fueron directamente responsables Osmany Cienfuegos y Fidel Castro.
Nuestros Mártires
Los nombres de los valientes que perdieron la vida en aquella fatídica rastra son: Alfredo José Cervantes Lago, José Ignacio Maciá del Monte, José Santos Millán Velazco, Herminio Benjamín Quintana Pereda, Santos G. Ramos Álvarez, Pedro Rojas Mir y Moisés Santana.
Hay que recordar que la evaporación de nuestros cuerpos se había concentrado en el techo de la rastra, cayendo hacia nosotros en forma de continua llovizna. Un hedor terrible producido por nuestros cuerpos ausentes de baños desde hacía una semana, aunado a la orina y al excremento expulsado por los que se desmayaban o morían asfixiados, creaba una situación imposible de soportar, sin perder el control.
Así chapoteando en esa miasma, iba aumentando nuestro suplicio, mientras las horas transcurrían lentamente…
La rastra transitaba por las calles de La Habana, de pronto notamos que su marcha se aminoraba o reiniciaba, con mucha lentitud, como si hubiera tráfico, por donde transitaba. El ruido casi constante de los frenos de aire comprimido era una tortura más en el silencio donde cuerpo sobre cuerpo medio asfixiados o muertos, sólo se oía el susurro de las oraciones…
Entonces un silencio angustioso se prendió y todos estábamos conscientes de nuestra tragedia, aquel sarcófago hediondo llevaba los cuerpos de los mejores hombres que habían participado en un asalto frontal a un bastión comunista de América, nuestros muertos y nuestras torturas daban fe. «No estábamos equivocados, nuestro sacrificio no sería en vano en el futuro …»








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