Los hombres y mujeres de Bayamo eran libres como el aire, como el agua de sus ríos, como la espontánea confianza de un entretejido de conductas apoyadas en el respeto y la mutua consideración.
Por A. M. Fernández (1956)
La pelea ha sido dura, tenaz y angustiosa, un acoso por agua y por tierra, de noche y de día, en las lluvias, en el pantano, en las costas Bani, Baraxagua, Guamuhaya y Maysí. Y, por fin, es Bayamo quien le da Hatuey. Todo el derecho romano con la ley del fuerte levanta en Yara la hoguera para enseñarle a Hatuey y a los indios rebeldes que allí y en todos los valles no hay más rey y señor que el Fernando de las Españas. Pero el indio Hatuey es irreductible hasta en la muerte, porque se niega a compartir el cielo de los impíos.
Precedido por el resplandor de aquella hoguera, Velázquez anuncia la buena nueva. Y le da a Fernando otro pueblo de Cuba. Junto al río Yara funda la segunda villa y busca para ella el nombre más apropiado: San Salvador, porque, allí fueron libres los cristianos del cacique Hatuey. En el sitio de gala, levanta la iglesia y dio vecindades a los primeros pobladores, los de almohada y labranza. Manuel de Rojas, Rodrigo de Tamayo, Juan de Vergara, García de Lugo, Francisco de Azúa, Lorenzo Díaz, Juan Rodríguez, Francisco Gutiérrez Guexajo, Pedro Pinarejo. Político habilísimo, Velázquez no olvida la dádiva y señala para la granjería de la lejana majestad, ricos pedazos de tierra, pero se cuida de escribirle que, pese a la muerte de Hatuey, la región todavía no está totalmente pacificada.
Un poco al oeste de la recién estrenada villa de San Salvador, se encuentra el gran cacicazgo de Bayamo. Extrañado Velázquez recibe la noticia de que es un pueblo muerto sin habitantes con infinidad de bohíos que parece sitio de importancia. Velázquez desconfía y no se decide, entre sus capitanes, a dar la orden de avance y posesión.
Entonces, y como caído del cielo, se presenta en Cuba su más grande y fiel colaborador. Procedente de Xaymaca, la sureña isla de los bosques y las aguas llega su paisano Pánfilo de Narváez con treinta arqueros y el refuerzo auxiliar de un gran número de indios jamaicanos hechos ya a la dura costra de sus jefes y señores. Entre las cosas que trae Narváez, viene su yegua, la que será famosa por su espanto y la que consolidará, a medida que galope hacia el Occidente, la monarquía española.
Velázquez se siente fuerte. Su poder se afinca en buenas bases. Tiene, en lado de la persuasión a Bartolomé de las Casas, su amigo admirado. Y en el del músculo fiel, a un guerrero, el impetuoso y fiero Pánfilo de Narváez. Y ya seguro de sí, el gentilhombre ordena a Narváez que vaya a Bayamo a imponer la soberanía del Rey de España por bien y si no por guerra.
En el atardecer, con escuchas y exploradores, atraviesan los invasores el río de Bayamo y muerde la yegua de Narváez la hierba de un pueblo abandonado. Sus treinta arqueros merodean, avizores, todas las callejuelas que separan la inmensa cantidad de bohíos agrupados en forma de ciudad india.
Se deduce, por las muchas viviendas, que el lugar posee organización. Pero no hay un alma en todos aquellos contornos. Desmonta Narváez y ordena un reconocimiento. En espera de noticias, los criados jamaicanos preparan con las vituallas de la expedición otra comida guerrera. Llegan los mensajeros con la confirmación de una total ausencia de indios por todo el paraje.
Únicamente traen la buena de que el río curvea en herradura y, que el pueblo está en el abrigo del valle. Se encienden fogatas y los soldados se ponen cómodos. En los relatos de la digestión, unos bromean y otros planean. Atrás queda el pasado pobre y sin oportunidad. Pero delante, en el futuro, con audacia y yoísmo, están la riqueza y la personalidad nada más que con alargar la mano y cerrar el puño. La noche avanza y el sueño se adueña de todos, hasta de los centinelas y escuchas, que fueron, sin quererlo cayendo en el sopor del Trópico.
Pero el indio no duerme. Y aconteció la batalla de Bayamo.
De caracola en caracola, los cubanos fueron conociendo al español. Pero la guerra no había llegado al valle y lo que se platicaba era increíble, pues se hacía difícil pensar que nadie fuera capaz de esclavizar ni matar por gusto a nadie.
Al ocurrir la muerte de Hatuey, el pavor colectivamente se mete en todos los bohíos de Bayamo. Y huyéndole al espanto de aquella hoguera, todos, mujeres, niños y hombres, abandonan el pueblo y emigran en masa hacia más allá de Ornofay en busca de las grandes sabanas del Camagüey. Pero son recibidos con cierta frialdad y los camagüeyanos permiten que se instalen provisionalmente, porque allí, al igual que en todos los cacicazgos se vivía al minuto y no había suficientes provisiones para aumentar con la misma cosecha, así a un golpe de mesa, a dos pueblos.
Los bayameses tenían que regresar a su río y a su valle. Con toda seguridad, había un poco de exageración en lo que se propalaba. ¿Hatuey? Bueno, este hombre, igual que los barbudos blancos, era de otras tierras. Váyase a ver qué litigio había entre ellos.
Los camagüeyanos conocían, por una tradición de milenios, todas las tierras y aguas, desde el calcañal de un indio hasta el confín del lejano horizonte. Nunca, en lo que a la médula del pueblo se refiere, fuera del esporádico ciclón o la furtiva dentellada del caribe, había pasado nada grave. Y nada había de pasar ahora. No convenía asustarse mucho y era conveniente, tanto para un pueblo como para el otro, que regresaran al hogar propio.
Los bayameses acatan y van en busca de su destino. Surge, entonces, entre los jóvenes y rebeldes, el partido de la guerra. Había que retornar a Bayamo y si allí estaba el intruso, darle una lección.
Dentro de los mejores bohíos, roncan Narváez y sus treinta arqueros. Acurrucados cerca de la voz de sus amos, duermen los asistentes jamaicanos. Todo es a pierna suelta, con comodidad y despreocupación. Las pesadas corazas y rodelas se amontonan con las demás armas en los rincones cercanos. Amarrada a un arbusto, la yegua del capitán pasta hierba cubana. De pronto, la tranquila y oscura noche bayamesa se puebla de alaridos y reivindicaciones. Arrancados bruscamente al sueño, los castellanos se asoman a las callejuelas y una muchedumbre de indios, con un gran grito, escupen por doquiera sus flechas y sus piedras. Narváez da la voz. ¡A las armas! ¡A las armas! Y recibe en medio de los pechos una terrible pedrada.
Cae de espaldas sin aliento y cuando toma resuello se le ocurre un plan que le da la vitoria. Entre iracundas blasfemias y mientras se calza los hierros, ordena que a la yegua le pongan un pretal de cascabeles, y aparece, centauro, en lo gordo de la pelea dando cuchilladas a diestro y siniestro. Los arqueros, con sus jamaicanos y sus fieros mastines, se han repuesto y en un jadeo de sudores y pavorosos gruñidos, toman la ofensiva. El plan de los indios no fraguó de acuerdo con las consignas.
Divididos en dos cuerpos de ejército, la táctica consistía en avanzar al unísono por cada orilla del río y copar al enemigo entre dos frentes. Pero no sincronizaron el ataque y un grupo se adelantó al otro. El invasor, goloso siempre de sangre, cayó primero sobre una de las divisiones y cuando vino la segunda, estaba enardecido. Agigantada con el jinete, los cascos de la yegua resuenan sobre el tumulto y el insólito ruido de sus relinchos y cascabeles deciden la victoria. Huyen los indios con Mabuya en los talones, hacia la lejana guarida de los montes.
Y dejan atrás, en la derrota, sus muertos y la libertad.
Velázquez se entera de la hazaña india y para que el bayamés no se reponga y tenerlo al alcance de su autoridad, ordena que trasladen la recién fundada villa de San Salvador al mismo asiento de Bayamo. Y entonces, para señalar el pendón de una doble victoria, bautiza al lugar con el nombre de San Salvador de Bayamo.
Todo allí es pródigo, como una buena cosecha del cuerno de la abundancia tirada en la vertiente septentrional de la Sierra Maestra. Los ríos Cantillo, Guamá, Bayamo y Jicotea vitaminan los valles; y el cedro, la caoba y el guayacán atesoran sus maderas preciosas en grandes bosques. Buscando libertad individual en los espacios, abundan las palmeras y los pinos de la sierra. Y los exóticos frutales derriten el zumo de sus mieles en la feraz tierra.
Las malezas vibran de jutías y las cuevas de murciélagos. En las ciénagas hay un latido primitivo de caimanes, jicoteas y majaces. Y abajo, en la entraña de la tierra, se aprieta el mármol, el alabastro y el cristal de roca. Y, sobre todo, el cobre, quien, más adelante, le prestara el nombre a la virgen de estos cielos.
Con responsabilidad política, calma Velázquez a sus guerreros y envía por toda la región, con indios fieles, mensajes de amistad y paz. La guerra se hacía cuando era necesario. Pero el Adelantado estaba allí para algo más que entintar su espada. Había estudiado el terreno y la comarca era rica en minas y en agricultura.
Y para estos menesteres hacía falta el brazo del indio, Cálmese Narváez, pues para su capitán y sus fieros arqueros allá, tierra adelante, habrá más acciones para servir a Dios y al Rey.
Al igual que la vieja Europa, Cuba arrancó de la colectividad el sentido humanista de la vida. El español trajo la técnica y el egoísmo de una pujante personalidad. Y como es inmenso el esfuerzo que se aplica en el plasma de una propia obra, todo esforzado, a la hora de la concepción, como el árbol, está solo y, lo que es más duro, incomprendido. Así pasa con el hombre. Así pasa con los pueblos.
Viejas y empolvadas crónicas dicen que el municipio de Bayamo se fundó en el año 1513, allá por la primera quincena del mes de noviembre. Fue la segunda población de Cuba. La primada, un año antes, había sido Baracoa. Pero en verdad, Bayamo siempre existió y siempre existirá. Porque Bayamo es autóctono como la palma, como la libertad.
Los aborígenes tenían una leyenda en el corazón y aseguraban que Bayamo era un desprendimiento de la palabra “bayum”, con la cual nombraban el árbol de la sabiduría, ecléctico simbolismo que convertía a las fieras, bajo la razón de sus ramajes, en mansos venados.
Bayamo era un cacicazgo sibotaíno con una población de dos mil habitantes y una autonomía familiar encerrada en unas cincuenta leguas a la redonda. No tenían casa de cal y canto, ni púrpura dominante, ni decretos coactivos, ni miedo al porvenir. Los hombres y mujeres de Bayamo eran libres como el aire, como el agua de sus ríos, como la espontánea confianza de un entretejido de conductas apoyadas en el respeto y la mutua consideración. Bayamo era un Estado hecho para la felicidad humana. Un bohío, una canoa, un yucal. Y después el horizonte y el libre albedrío.
Europa, desde el ángulo de sus intereses, ajustó la historia a su dogmática conveniencia. Educada en la fuerza del Derecho romano, fue incapaz de razonar, y como estaba ávida de sublimado poder material, fue totalitaria. Como el metal. Dejó de apoyarse en la fe de lo abstracto, en el soplo divino, y la que supo crear la maravilla de una Grecia de artistas y municipios, desechó el risueño sentido de la vida e hizo del miedo un culto a la Muerte.
La que había sido pródiga y encaminada, desconectó la inspiración de lo alto y olvidó el equilibrio de un Cosmos donde el hombre, la estrella y la espiga son uno y el todo. Entonces fue al fango, a la roña de la tierra, al oro. Por eso no pudo comprender el mensaje, simple y vivido, del indio cubano.
Cuba fue un paraíso, un encantador y cordial pedazo de naturaleza, donde el individuo en un primitivismo fraterno disfrutaba de la paz, lo más anhelante para la humanidad de hoy. Los seres de Bayamo no conocieron a Cristo. Sin embargo, estaban iniciados y practicaban el amor al prójimo. Detrás de la gran piedra estaban los cacicazgos de Macaca y Bayatiquirí y pasando los altos bosques, los de Cuaiba y Maniabón y Ornofay.
Diseminados por la isla, desde Guaniguanico a Maysí, había once cacicazgos más, desvertebrados políticamente entre sí. Los indios cubanos eran tan respetuosamente afectuosos, que no les hacía falta el aparato del gobierno centralista para sus relaciones sociales.
Practicaban el rito de la Purificación, utilizando para ello unas especies de espátulas vómicas. Eran anarco espiritualistas. Por arriba de ellos, con sus inmutables leyes para las cosechas y los ritos filosóficos, tenían al Sol y a la Luna Abajo, en el valle y en el río, los derivados de la palma para las necesidades del hogar. Y en total, un mínimo de preocupaciones y prejuicios para hacer más llevadero el tránsito por la Tierra.
Sólo el dolor venía por el ciclón o el caribe. Pero era pasajero. Después del areíto, siempre había una mano una palma para, hacer un bohío y cobijar la compañía de otra hembra y el retozo de los hijos. Vivían en paz y confiados.
Eran libres y felices. Ignorantes que allá, por donde se pierden las olas de la Gran Agua, se agitaba el tumulto de unos pueblos inquietos y emprendedores, pero olvidados del secreto de la Vida. Entonces vino Mabuya. Y el indio cubano empezó a morir.
¿Para qué quería vivir, si ya no era libre ni podía serlo?







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