El camino de la liquidación física (VI)
ROBERT KENNEDY ESTABA
INFORMADO
El Fiscal General, Bobby Kennedy, se mantenía al tanto de lo que estaba sucediendo. En abril de 1962 su asesor legal, La-wrence Houston, y Cheffield Edwards129 le informaban sobre la operación con Giancana y Rosselli, según se hizo constar en un memorándum de fecha abril 26 de 1962.
En mayo 7 Edwards y Houston vuelven a informar a Robert Kennedy sobre los planes de la eliminación física del dictador cubano utilizando a determinadas figuras del hampa. Ese día el calendario de Robert Kennedy, como Fiscal General, muestra la siguiente anotación: 1 pm: Richard Helms.
A las 4 pm el Fiscal General se reunió, a su solicitud, con Houston y Edwards para ser informado de la operación de la CIA que envolvía a Maheu, Rosselli y Giancana. (Informe del Inspector General, página 62A, mencionado en el ya citado informe 94-465).
A los más altos niveles se conversaba y discutía sobre estos planes. Dos días después, el 9 de mayo, el Fiscal General se reúne con el Director del FBI, Edgar Hoover. ¿Qué discuten? Lo expone con claridad el Director del FBI:
“El Fiscal General me informó que… días atrás había sido informado por la CIA que en conexión con Giancana, la CIA había contratado a Robert Maheu, un detective privado en Washington, D.C. para que se acercara a Giancana con la proposición de pagarle $150,000 para contratar a algunos pistoleros que fueran a Cuba y mataran a Castro”.
Así, de simplistas, eran los planes.
En una extensa y, a veces, contradictoria exposición ante el Comité del Senado de Robert McNamara, antiguo Secretario de Defensa durante las administraciones de J.F. Kennedy y Lyndon B. Johnson, el funcionario manifestó:
“Yo he afirmado antes y lo creo hoy, que la CIA era una organización altamente disciplinada, completamente bajo el control de veteranos oficiales del gobierno… Yo no conozco de ninguna importante acción realizada por la CIA durante la época en la que yo formaba parte del gobierno que no hubiera estado propiamente autorizada por calificados funcionarios (senior oficials)”.
Y concluía su testimonio McNamara con esta afirmación.
“Yo encuentro casi inconcebible que intentos de asesinato se hubieran llevado a cabo durante los días de la Administración de Kennedy sin que los “senior members” los conocieran”.
Planes de todo tipo continúan. Se discuten, con gran seriedad, como antes habíamos expresado, las “Alternativas en Cuba”. Entre éstas “la posibilidad de la muerte de Castro”. Tan en serio se toman esas “alternativas” que el Grupo de Trabajo estudia, concienzudamente, “el papel que desempeñarían Raúl Castro y Che Guevara, y la posible reacción soviética”.
DISTANCIAMIENTO DE McCONE.
LA MUERTE DE DIEM
Pero también se hacen planes para, si no asesinar, al menos deponer a otro gobernante. Este, contrario a Castro, confiaba en la Administración de Kennedy.
John McCone, como Director de la CIA, habia hecho llegar, repetidamente, al Presidente Kennedy, durante los meses de julio, agosto y septiembre de 1962, informes detallando la introducción en Cuba de armamentos soviéticos. Ya en los últimos reportes se le informaba al mandatario norteamericano la llegada a la isla de cohetes atómicos que comenzaban a ser instalados.
Fue en octubre de aquel año que Kennedy se vio obligado a admitir que McCone tuvo la visión de la que él carecía. El Presidente y sus más cercanos colaboradores resentían que el Director de la CIA recordase a todos, con demasiada frecuencia, la corrección de sus informes. Esto produjo si no una fricción, al menos un enfriamiento en sus relaciones con Kennedy.
Pero va surgiendo un nuevo obstáculo en las, hasta hace poco, cordiales relaciones del presidente y el Director de la CIA: Vietnam.
Figuras del Departamento de Estado cercanas a Kennedy (Averell Harriman, Roger Hilsman y Michael Forrestal) deseaban reemplazar al Presidente de aquella nación, Ngo Dinh Diem, que estaba reprimiendo, con mano extremadamente dura, un movimiento budista cada día más agresivo. McCone defendía la permanencia de Diem en el poder, considerando que su sustitución conduciría a la nación vietnamita a una más cruenta guerra civil. Kennedy se inclinaba a la posición de los funcionarios del Departamento de Estado que deseaban la remoción de Diem y su hermano Nhu a cualquier precio. Nhu, a través de su propia esposa, influía sobre Diem.
Un cable fue enviado a Henry Cabot Lodge, el nuevo embajador norteamericano en Vietnam, con instrucciones de respaldar a los generales vietnamitas golpistas. El primero de noviembre de 1963 se produjo el golpe de estado y la muerte de los hermanos Diem.
El cable al recién nombrado embajador Cabot le daba luz verde a los generates vietnamitas complotados:
“Debemos decirle a los líderes militares más importantes que a los Estados Unidos le es imposible continuar respaldando al gobierno… Si Diem no sustituye a Nhu y a su esposa no respaldaremos más a Diem”.
“Debe informarle a los comandantes militares apropiados que les daremos respaldo directo en cualquier intento de destruir el mecanismo del gobierno central”.
Más explícito no podía ser el mensaje. Temprano en aquella mañana de noviembre se produjo el golpe militar que desplazaba a Diem del poder. Se rendían, dentro de una iglesia católica, en Saigón, Diem y su hermano Nhu. Estos hombres que habían confiado, como los cubanos en 1961 y 1962, en la palabra y el respaldo del Presidente Kennedy, fueron removidos violentamente de la iglesia y asesinados minutos después.
Paradójicamente, a las tres semanas, el 22 de noviembre, era el Presidente Kennedy quien caía abatido en Dallas.
En la decisión golpista pero no, necesariamente, en el asesinato de los hermanos Diem, intervinieron altos funcionarios que habían estado envueltos, también, en el tema cubano: el presidente Kennedy y su hermano Bob; el General Maxwell Taylor, John McCone, McGeorge Bundy, Roger Hilsman, Robert McNamara, Dean Rusk.
No podía, por tanto, sorprender el nuevo plan imaginado por tan brillantes personalidades y que tendría, como ejecutor, al Comandante Rolando Cubela. Ejecutor fallido, por supuesto.
Estamos en 1963. Se está recorriendo, sin escrúpulo alguno, el acomodo con Castro, al que nos referiremos en el siguiente capítulo, y, simultáneamente, el camino de la eliminación física del tirano cubano.






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