Entre las bolas que ruedan referente al posible futuro cambio de régimen en Cuba, hay uno, que, por cínico y ofensivo, nos preocupa. Se trata de la permanencia de la familia Castro en el gobierno de manera directa o indirecta. Es decir, un cambio a pedazos. Considerar este paranoico ensayo como elemento de solución a la tragedia del pueblo cubano, sería, aparte de un anatema inaceptable, una oprobiosa ofensa a la sensibilidad de cada cubano. La dinastía Castro es un doloroso punto negro en la historia de Cuba que tiene que desaparecer de un tajo, cualesquiera que sean las consecuencias. Que habrá víctimas, sí, pero jamás serían comparables a los cientos de miles, o millones, que ha causado el castro-comunismo en su eterno martirio en la Isla.
El rumor, o la bola, que ya viene circulando, flotando en todos los ámbitos de las redes sociales y alguna prensa de reputación marginal, entretiene la diabólica fantasía de utilizar a esa figura inocua de Raúl Rodríguez Castro –“El Cangrejo”, nieto de Raúl- como interlocutor en las “conversaciones” que, supuestamente, se llevan a cabo con ciertos funcionarios del departamento de Estado. No sabemos qué hay de cierto en ello, pero, cuando el río suena es porque algo trae. Y ese algo, por los detalles del rumor, pretende preservar, de alguna forma, la dinastía Castro en el poder. Es decir, la sobrevivencia del perro con un nuevo collar.
La notoriedad y visibilidad repente de “El Cangrejo” en la pupila pública no deja de ser sorprendente. El individuo es un compendio de inanidad. No mantiene cargo importante ni en el gobierno ni en el Partido Comunista. No posee un alto grado de educación. Su máxima relevancia descansa en ser nieto de su abuelo, más sus estrechos y misteriosos lazos con el sector militar, especialmente con el consorcio GAESA, que controla toda la economía – o lo que queda- del Estado cubano.
Lo que trasciende del rumor a lo cierto, es que, en efecto, el departamento de Estado está olfateando, husmeando, olisqueando, por todos los rincones de esa estructura gubernamental putrefacta, buscando una figura viable, aceptable, para el cambio, – como Diógenes en las calles de Atenas en pleno día, candil en mano, en búsqueda de un hombre- y al parecer, no encontrando a nadie, dieron con “El Cangrejo”.
Pero, el resultado de esta obra de narices les huele mal a los cubanos. El apellido Castro les apesta. Y, por lo tanto, no habrá solución posible con la permanencia de los Castro y su pandilla de malhechores en el poder. Claro, que, por el momento, estamos lidiando con hipotéticas especulaciones, pero es prudente, desde temprano, elevar la alerta para evitar desagradables sorpresas que choquen con nuestros años de lucha por la liberación de Cuba. De desengaños, abandonos y traiciones tenemos larga experiencia los cubanos, y no queremos más de lo mismo.
Al final de cuentas tenemos fe en el secretario de Estado, Marco Rubio, un cubanoamericano que ha mostrado amor y fidelidad a la patria de sus padres. Un hombre honesto y riguroso en sus principios. Pero él no es dueño de la decisión final. Y esa decisión siempre estará en las manos del presidente Trump, quien, en honor a la justa verdad, aunque siempre se ha mostrado aliado a la causa de la libertad de Cuba, tiene una marcada tendencia a los cambios abruptos, e imponer, en ocasiones, sus ideas, que a veces están desproporcionadamente influenciadas por el enfoque transaccional en la gobernabilidad por encima de principios más abstractos como la libertad y la democracia.
Digo esto porque en esferas influyentes de Washington se machaca en el experimento de Venezuela como modelo para Cuba. Para esa nación hermana, también víctima de la escoria comunista, la estrategia parece estar trabajando, aunque lentamente. El país vive bajo cierta estabilización, no totalmente libre, aún bajo el mandato de la tiranía, mas ahora con sus mandarines de turno provisional obedeciendo las órdenes de Washington. ¿Están mejor que en diciembre pasado? ¡Sí! Salieron de Maduro y eso ha traído cierto alivio, pero no total. Todavía falta un largo trecho en el camino hacia la democracia. ¿Está mejor la economía? Definitivamente. ¿Son felices los venezolanos? Comparado con el 2025 mucho más. Pero esperan más: el regreso de su libertad completa y la democracia. ¡Se lo merecen!
Mientras tanto, Cuba espera. El optimismo impera. Yo también estoy en ese grupo, pero cautelosamente. No concuerdo con ningún plan, a corto, mediano, o largo plazo, en que los Castro y su pandilla tengan participación en el gobierno. Ni apoyo negociaciones en que el exilio cubano esté ausente de ellas. Y creo, además, que la estrategia de Venezuela no encaja en la situación de Cuba porque las características y componentes de ambos casos no se corresponden, y, porque, para los cubanos, la única solución a nuestra problemática es la salida total de la mafia comunista que los oprime.
En Cuba, al contrario de Venezuela, no hay partido oposicionista. El régimen nunca lo ha permitido. Y, por ende, no ha podido surgir un líder disidente que catalice el flujo del descontento. La única fuerza política está en manos del Partido Comunista. Y es de ahí, de esa fuente de desperdicio, de donde, según los aires del rumor que flota por doquier, se pretende encontrar una figura de “transición”. Eso no funcionaría. Una Cuba libre clama por un rendimiento incondicional de la claque virulenta que se adosa al poder en La Habana con la adhesividad de una garrapata. Algo menos que eso daría pie para el juego de la dictadura de seguir ganando tiempo en espera de algo trascendental que lo rescate del abismo.
El presente estado de cosas, inmerso en los rumores, las dudas, las contradicciones, tal vez propalados por ambas partes, sin dudas, entusiasma al régimen de La Habana que mira hacia Venezuela, donde, de alguna manera, Maduro ha sido extraído del poder, pero el régimen permanece en funciones, limitado, pero casi intacto. No queremos ese tipo de arreglo a retazos para Cuba. Sabemos de nuestras limitaciones y de nuestra inhabilidad para resolver la cuestión cubana por nuestros medios y esfuerzos. Eso está claro. En esos trajines hemos andado por 60 años, cayéndonos, -como en el pacto del Zanjón- levantándonos, -como en la protesta de Baraguá- sacudiéndonos el polvo de la derrota, pero con tozudez corajuda seguimos el camino que algún día, solos o acompañados, nos llevará a la meta que no es otra que la libertad de la patria.






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